Ese es el viejo Nugari que camina con la mirada ausente por la calle. Arrastra los pies por el fango como si sus botas tuviesen miles de boquillas chupafango y sacara a alimentarlas. Siempre me han gustado sus botas, algún día se las robaré. El viejo Nugari tiene uno de esos nombres exóticos que relaciono con el lado oscuro de la tierra. A mi entender, y no veo porque no debería ser así, si la luna tiene un lado oscuro la tierra por igual ha de tenerlo. De ese lado viene Nugari, el viejo que camina con la mirada ausente. Qué pasara por su mente. Probablemente nada. Cuando veo su mirada no me recuerda a la mirada perdida de mi padre a la hora del desayuno, cuando ve el televisor y anticipa su pequeña ritualidad diaria. Mira que si no le he preguntado sobre su vida es porque me inquieta un poco, y eso que lo saludo como a todos los otros vejestorios del vecindario. Es una cuestión de educación, sabes. El otro día jugando béisbol con los otros chicos de la cuadra me encontré una moneda vieja y extraña. Una corazonada me dijo que guardaba un vinculo con el viejo Nugari, pero qué se yo, en estos días la mayor parte de mis corazonadas no amontan a nada. Ya no es como antes, cuando el reflejo de la luz se refractaba en miles de hilos intangibles formando una visión. Yo les llamo corazonadas. Me parece una palabra más fiel que digamos intuición porque cada vez que tengo uno de esos sentimientos proféticos puedo sentir mi pecho inflándose, como si mi corazón quisiera salir impelido hacia el cielo dando patadas karatecas. Aunque ya perdieron vapor, les digo. Quizá es porque ya no soy un niño. Quizá los efluvios del corazón pertenecen al mundo de la fantasía, al complejísimo mundo que nace de la simplísima mente de un niño. Caramba, las cosas que me tragaba hace un par de años. Era un verdadero tarado. Una vez mi prima Lourdes (en realidad es mi tía pero tiene apenas cinco años más que yo. Jamás le llamaré tía no le daré la satisfacción) me contó que cuando dejas tus calcetines sucios debajo de tu almohada mientras duermes, unos duendecillos rollizos vienen y los rellenan de dulces. Me lo contó mientras exhalaba una bocanada de humo. Jamás confíes en alguien que fuma. Qué decir que después de pasar esa sofocante noche de verano (imaginen como han de oler las calcetas de un niño de 10 años después de jugar el día entero) no encontré mas que la pérdida de mi inocencia en el fondo del calcetín. Mis manos exploraron los rincones de tela que impregnaban las puntas de mis dedos con un olorsito similar al que dejan los Ruffles de queso. Ese olor a quesillo aun persiste aunque ahora se ha esparcido hasta mis axilas. Lo juro. Mis axilas apestan tremendamente sin ninguna provocación como si hubiesen cobrado vida propia.