sábado, 4 de octubre de 2014

Hoyuelos

Llegué a la casa de mis tíos con dos maletas llenas de ropa que en gran medida terminaría por desechar. En este lugar visten bien. Prudentes, colores lisos, sin exageraciones, como ellos mismos. Las mujeres llevan el pelo rubio largo y lacio. Los hombres, casi todos, Converse blancos. Tuve una novia que me reprochaba por usar Converse blancos. Le parecían tenis sin chiste. A mí, sobre todo, me gustaba que fueran una clase de lienzo sobre el que imprimía mi andar diario. En ese sentido fueron los tenis más sinceros que me calcé. Acá no les importa ese tipo de cosas. Guardan un afecto pasajero por la ropa, un afecto de temporada. Yo, como ya mencioné, terminé por adoptar esa misma actitud desenfadada y me deshice de buena parte de mi guardarropa, por llamarle de alguna manera, pues me tomó meses trasladar todos mis trapos de las maletas a un ropero. Me quedé con los bóxers y calcetines y algunas prendas de batalla, de esas que un día aparecían de la nada entre mi ropa, cautivas del tino venturoso de mi madre, y por las que enseguida sentía afinidad. Esa era una ventaja, sino es que la mayor, de compartir el techo con una persona más o menos de mis dimensiones y edad. 

Mi hermano dictaba, sin saberlo, mi sentido del estilo. Un día, quizá cursara el quinto grado, le pedí que me ayudara a vestirme como él, es decir, como a mi entender se vestía un estudiante carismático de secundaria. Mi hermano accedió buscando entre su armario ropa de mi talla, aunque ya por esos años estaría dando el estirón que finalmente, palabra lapidaria pero precisa, me llevaría a sacarle una cabeza. El resultado me pareció penoso. Mi hermano, quizá a manera evasiva, se lo tomó con bastante humor, por no decir que tras pitorrearse me dejó solo en el cuarto con aquel atuendo a todas luces afeminado: la camisa, abierta, se plegaba en un nudo que habría revelado mi ombligo de no llevar una camisa blanca por debajo. Quizá, ahora que lo pienso, se habría inspirado en algún video de MTV. Después de todo, viendo hacia atrás, no se le puede culpar de que la moda de los noventa fuera tan estrambótica. 

A todo esto, conservo una prenda que sobrevivió a la tiranía de la renovación: una playera blanca minada por pequeños hoyos en las axilas. Siempre he tomado este aparente pormenor como testimonio de la potencia y efecto del sudor de la región axilar. Pienso que el sudor, y por lo tanto el humor que brota de nuestras axilas, dice bastante sobre nosotros. La playera es especial pues habla de dos historias: la mía y la de mi hermano. Me gusta creer que el sudor de mi hermano ablandó las fibras, que yo no soy el autor en solitario de tan prodigiosos hoyuelos. De vez en cuando duermo con ella. La llevo como armadura: me blinda de la persona que soy con la persona que fui, sentir que aunque ahora soy capaz de actos de desapego, actos despóticos, como tirar o renovar mi armario entero, por así llamarlo, retengo los hilos imaginarios que me unen con las hebras del pasado. Sé que las personas que solamente desean lucir bien también tienen hermanos y hermanas, pero dudo, y los compadezco por ello, que sepan lo que es desgastar la ropa a fuerza de sudor y fraternidad.

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