domingo, 20 de octubre de 2013

Pedro Jimena

Un poco como en Pedro Páramo, la familia entera de Pedro Jimena son fantasmas, excepto su abuelita Valeria, a quien Pedro Jimena siempre ha llamado Abu o Vali porque su nombre no le suena a nombre de abuela. Esto lo lleva constantemente a divagaciones sobre la trascendencia de los nombres, específicamente el suyo, que le gusta por raro, o más acertado sería decir le gusta ahora, pues lo abjuró durante años haciéndose llamar ante los demás Pedro Rulfo, hasta que alguien, un desdichado con ínfulas de literato, le echó en cara el evidente desfalco al escritor jalisciense. El camino de regreso hacia su legado lo indujo a sus primeras reflexiones metafísicas sobre el valor de un nombre y, gracias a ello, pudo palpar los rostros de su familiares fantasma, los Jimena, pero sobre todo, logró esbozar la senda hacia el redescubrimiento de Abu, a quien siempre ha querido mucho pero francamente daba por su lado. Ocurrió así: una tarde grisácea –escenario perfecto para husmear en viejos baúles– se sentó a su lado y le preguntó sobre el origen de su nombre, ella, anciana ya, no le concedió una respuesta directa, sino que erró por la genealogía entera de la familia, recorrió llanos remotos pero sobre todo secos, se detuvo en pueblos sin sombra, remontó cerros y cavó pozos. Al cabo del relato, Pedro Jimena le hizo una sola pregunta: ¿Abu, has oído alguna vez el quejido de un muerto? No, contesto ella, los muertos no sollozan.

No hay comentarios:

Publicar un comentario