Las brujas cantan, las cigarras roncan, mi garganta punza por fumar cigarros sin filtro. Salgo, subo por la montaña tan inclinada, sofoco un suspiro; no por agotado sino por hastiado. Miro mis manos callosas, maldigo a las brujas orgullosas, las brujas putonas. Las adoro, toda la chusma provinciana pasa por la liturgia iniciática: tomarlas al alba para liquidar la virginidad. Ahora soy otro, mis manos callosas arrastradas por la granja son manos adultas. Las ocho brujas cachondas son: Brumhilda, Ariathna, Zaladora, Yuritziah, Mónica, Joan, Blavatsky y, la más cachonda, la más gozosa, Dorothy. Mi favorita, la patrona, virginidad intacta, mirada fogosa, manos blandas, canto impoluto, rizos blancos de nata. No conquista con su ámbar vaginal, conquista con su canto impoluto; canta, las otras gozan; canta, hipnotiza, las otras agasajan, utilizan. Nos consagran a su dios: Satanás.
Arribo al pico, vislumbro un claro. Ya no hay luz, sólo lunar. Ahí hallo a Dorothy, dormita. Cuando ronca las ratas marchan a su compás. Son sumisos soldaditos, giran a su contorno patrullando su modorra. Cómo la alcanzo, cómo la toco, cómo rozo su mano. Saco mi lanza, su largo mástil importuna, vigilo a las ratas. Mato una, mato dos, alarmo a las otras, atacan, susurran rasguños rápidos, dolorosos. Mato más, soy notorio con la lanza, mi pasión por Dorothy agranda mi vigor. Una rata horrorosa, colosal, aborda la batalla. Tarda por su tamaño. Torno a su contorno hallo un ángulo blando, la astillo y brotan sus órganos. Arribo a la bruja divina, la abordo con suavidad, brota su mirada. Magnífica, asombrosa. Gozo a su lado. Tomo su mano, sus ojos titilan luz lunar. Digo: canta. Canta. Mis oídos lloran. Canta distinto. Su canto no busca mi paz, no busca mi simpatía. Ha sido Brumhilda, tomando una forma dorothiana. Ahora la miro con cuidado, sus ojos cambian. No titilan, la luna falta. Su garra, colosal y horrorosa, como la rata, araña mi panza. Mis órganos brotan, así mismo mi alma. Fui su víctima, uno más. Miro las ratas soldado, noto las caras humanas. Son otros caídos. Muchos la amamos, todos caímos. Ahora intuyo con claridad: antaño amor limpio, ahora sucia abominación. Dorothy, la cantora, sólo ama con su coño a Satanás.
Arribo al pico, vislumbro un claro. Ya no hay luz, sólo lunar. Ahí hallo a Dorothy, dormita. Cuando ronca las ratas marchan a su compás. Son sumisos soldaditos, giran a su contorno patrullando su modorra. Cómo la alcanzo, cómo la toco, cómo rozo su mano. Saco mi lanza, su largo mástil importuna, vigilo a las ratas. Mato una, mato dos, alarmo a las otras, atacan, susurran rasguños rápidos, dolorosos. Mato más, soy notorio con la lanza, mi pasión por Dorothy agranda mi vigor. Una rata horrorosa, colosal, aborda la batalla. Tarda por su tamaño. Torno a su contorno hallo un ángulo blando, la astillo y brotan sus órganos. Arribo a la bruja divina, la abordo con suavidad, brota su mirada. Magnífica, asombrosa. Gozo a su lado. Tomo su mano, sus ojos titilan luz lunar. Digo: canta. Canta. Mis oídos lloran. Canta distinto. Su canto no busca mi paz, no busca mi simpatía. Ha sido Brumhilda, tomando una forma dorothiana. Ahora la miro con cuidado, sus ojos cambian. No titilan, la luna falta. Su garra, colosal y horrorosa, como la rata, araña mi panza. Mis órganos brotan, así mismo mi alma. Fui su víctima, uno más. Miro las ratas soldado, noto las caras humanas. Son otros caídos. Muchos la amamos, todos caímos. Ahora intuyo con claridad: antaño amor limpio, ahora sucia abominación. Dorothy, la cantora, sólo ama con su coño a Satanás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario