Con plumas que surcan cielos
fantasmas, el gallo acepta su condición maldecida como uno de los custodios de las interminables mofas que la naturaleza emite. En las
celebraciones centenarias que realiza el reino de las aves, el gallo tiene
que probarse ante los guardias, representados por la más virtuosa de las aves: el fénix. La malnacida prueba consiste en cruzar un acantilado de lado a lado
empleado apenas un ligero impulso con las patas, dejando el resto de la faena a
las alas. Es por eso que entre todos los gallos sobre la tierra se alza la
leyenda de uno, el gallo de oro, gallo que exhortaban no mirar de frente pues
su destello esplendoroso cegaba a las soberbias aves de cielo que siempre se mofaron
de su raza.
El gallo irradiaba luces
incandescentes que la impelían hacia los aires; un reto como el acantilado era
una majadería que sólo consintió en conquistar en nombre de los miles de gallos
caídos antes que él. Desde entonces, cada cien años, baja desde los cielos ante
el inminente fracaso de sus hermanos en la prueba espuria.
Mientras espera el día aciago, el
gallo rinde tributo al sueño de oro entonando un canto estridente cuando
presencia la renovación del sol, reino del gallo dorado, desde donde vela por
el destino de su pueblo.
Ardilla
La ardilla perdió su hogar
original, y en cambio ganó la experiencia de decenios. Este holocausto
ambiental que la orilló a cambiar su antaño color pardo por un gris concreto,
las ramas desobedientes por los cables eléctricos, la preparó para el fin del
mundo, o lo que viene siendo lo mismo, el comienzo de la civilización. Ahora
que las bellotas son duras rocas edulcoradas con agua de alcantarillado,
su fama de sofisticación se ha derruido como antiguas efigies de culturas
muertas.
Ahora salta por aquí, ahora por
allá. Se detiene ante la figura ansiosa de un niñato que la tienta con
cacahuates industriales. La ardilla se aproxima, se para en dos
patas, analiza el comportamiento de quien le ofrenda el alimento. Cuando está a
punto de aceptarlo, un eco ancestral surge desde el fondo de su ser que parece
suplicarle no inclinarse ante la especie que lo despojó de su hogar original.
Toma el cacahuate y regresa a su áspera madriguera.
Búfalo
Hay quien mira las praderas del norte y recuerda con nostalgia las guerras pugnadas entre hombres honorables de uniformes fieros y bramidos de gloria. Pero también hay quien evoca aquellas conflagraciones con desdicha, pues trataban su morada como patio de juego: el búfalo.
El animal-bulto que ostenta vanidosamente aquel pelaje convulsivo no rehúye a la violencia, pero en aquellas álgidas batallas se favorecía la ligereza del caballo y el humano frente a la potencia bestial. Con su orgullo herido, miraba desde alguna colina las vicisitudes de la contienda y, a veces, secretamente, desprendía una lágrima que se petrificaba en los bordes del pelaje. Tiempo después, cuando las batallas migraron a latitudes menos eternas, más gélidas, el bisonte encontró sosiego en la quietud de los llanos y el sigilo de las estrellas.
Tucán
Aunque dicen que el arcoíris es intangible - una inusual expresión de frecuencias de luz - no contaban con la ambición impasible del tucán, animal que, bajo ninguna eventualidad, descuida su elegancia, antaño considerada presunción, pues no era ni de lejos el animal más agraciado de la selva. Esto, naturalmente, no le sentaba bien, y fiel a su sed de perfección, decidió pintar su pico con los colores más fastuosos que la naturaleza pudiera ofrecer.
Incluso en un reino francamente maniático por el color como la selva amazónica, las bestias vacilan ante la belleza de los esmaltes prismáticos del arcoíris, y es ahí donde el tucán enfocó su ambición. No fue tarea fácil, pero con ayuda de sus amigos halcones, aves más parcas y más talentosas, llegó hasta la cresta del arcoíris, cabalgándola cual potro, y con un esfuerzo enorme, torció la rectitud del arcoíris, comprimiéndola entre su pico y sus alas en un forma suficientemente pequeña para engullir. Este enorme acto de valentía fue justamente gratificado, pues su pico obtuvo los colores anhelados, y desde entonces su presencia en cualquier recinto de la selva es recibida con una venia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario