El hombre sesudo concluyó dos cosas. La profundidad gradual se tornaba en algo insoportable. Su camino terminaría engullida por esa profundidad. La confrontación de estas dos premisas habían alimentado su trasnochado sentimiento de absurdidad, antaño equiparable a nunca. la sonrisa del hombre podía ser confundida por una de alivio. En verdad lo era. Nadie más que él lo habría visto de otra manera. Continuó camino abajo. Los veinte metros que lo separaban de su destino se dilataban en kilométricas reflexiones, antaño equiparable a nunca. Se detuvo, reculó dos pasos. Un paso más y su vida reanimaría su sentido. De espíritu desbordante. La idea le daba repulsión. Desfundó la Molina calibre .45. El enorme péndulo ampliaba su oscilación y amenazaba con aplastarlo bajo su peso invisible. Dejó de sonreír mientras quitaba el seguro de su acompañante.
El siguiente paso que dio fue mecánico, nacido del hábito. Dejaría que sus articulaciones respondieran a las cargas eléctricas nativas a la inercia, antaño equiparable a siempre. El péndulo rugía como una serpiente emplumada: sedosa y amenazante. La profundidad se movió, inquieta, deseosa de avanzar. Pero no, esperaría al hombre, dejaría que su titubeo anudara sus reflejos, sus rápidas manos como insonoros rayos.
El hombre, ahora penumbra, sentenció a la profundidad. Las siguientes palabras fueron sus últimas: Eres mi hermana. Siempre lo has sido. Conozco tus secretos y debilidades: estás asqueada de tí misma. Ven a mi, yo te arropo. Recibe mi abrazo y despréndete y clausura y nace de nuevo. Desenfunda. Hazlo ahora o piérdete en los laberintos de la eternidad. El hombre sabía que no la engañaría, percibiría su miedo en esas incoherentes sentencias. Silencio. Nulidad. Colocó el dedo sobre el gatillo. El abismo hizo lo mismo.
El péndulo se detuvo apenas un segundo, quizá ni eso. Los condenó a la eternidad de ese segundo. Su confrontación tendría que esperar el fin de los tiempos (del segundo), que no llegaría. Los gatillos rompieron los cristales del tiempo, formando una urdimbre de probabilidades infinitesimales. Descargaron los arbitrarios proyectiles que se rehusaron a aniquilar sin el permiso del péndulo, amo de todos los duelos y el tiempo. El hombre y la profundidad quedaron petrificados, con la eternidad enlazando sus miradas y sus pistolas, como el granítico pegamento que une al cosmos.
El siguiente paso que dio fue mecánico, nacido del hábito. Dejaría que sus articulaciones respondieran a las cargas eléctricas nativas a la inercia, antaño equiparable a siempre. El péndulo rugía como una serpiente emplumada: sedosa y amenazante. La profundidad se movió, inquieta, deseosa de avanzar. Pero no, esperaría al hombre, dejaría que su titubeo anudara sus reflejos, sus rápidas manos como insonoros rayos.
El hombre, ahora penumbra, sentenció a la profundidad. Las siguientes palabras fueron sus últimas: Eres mi hermana. Siempre lo has sido. Conozco tus secretos y debilidades: estás asqueada de tí misma. Ven a mi, yo te arropo. Recibe mi abrazo y despréndete y clausura y nace de nuevo. Desenfunda. Hazlo ahora o piérdete en los laberintos de la eternidad. El hombre sabía que no la engañaría, percibiría su miedo en esas incoherentes sentencias. Silencio. Nulidad. Colocó el dedo sobre el gatillo. El abismo hizo lo mismo.
El péndulo se detuvo apenas un segundo, quizá ni eso. Los condenó a la eternidad de ese segundo. Su confrontación tendría que esperar el fin de los tiempos (del segundo), que no llegaría. Los gatillos rompieron los cristales del tiempo, formando una urdimbre de probabilidades infinitesimales. Descargaron los arbitrarios proyectiles que se rehusaron a aniquilar sin el permiso del péndulo, amo de todos los duelos y el tiempo. El hombre y la profundidad quedaron petrificados, con la eternidad enlazando sus miradas y sus pistolas, como el granítico pegamento que une al cosmos.
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