sábado, 18 de agosto de 2012

Meridaje

Repasando viejos escritos me sorprendo al notar la existencia de patrones y esquemas, y no documentaciones, o extractos, inconexos como sospeché encontraría. Traspasando la densa grama de simbolismos y analogías sin rumbo que encubría muchas de las bitácoras, se muestran pedazos de un rompecabezas que, con algo de atrevimiento, es posible unir. El resultado no es cabalmente interpretable, sino que permite la lectura múltiple, la aproximación de un sujeto intentando reconciliar su existencia con conceptos cuya esencia desconoce, que cuestiona, mas se atañe a ellas intuitivamente, reconociendo el quebrantable suelo de hielo sobre el que camina, que representa su camino moral agrietado. Es extraño como, sin variable, alegorizo mis experiencias, tal vez como evidencia de mi desapego pragmático que pueden velar, y cuya disección sólo ejecuto a través de la abstracción. Temo que revele mi incapacidad de llevarlo a un plano, por así llamarlo, pragmático. Es decir, y quizá no es necesario explicar, temo no reconocer la importancia de la práctica ética, ya que cuando intento penetrarla hasta su núcleo, y extraer alguna verdad, alguna respuesta, me hallo perdido en un nebuloso receptáculo. Porque saber sus fines prácticos y abstractos, y haberlos entendido, experimentado, es muy distinto. El primero no toma más que un año, o dos, u ocho para volverse un perito; la contraparte no la rozarías en el doble de tiempo. Puede serte compartida una doctrina, pero el verdadero conocimiento no está en el discurso, en métodos que vestimos de maestros. La sabiduría no se trasmite. Es posible comunicar el saber, pero es necesario vivirla, hacer de ella un sendero. Y mis temores se fundamentan en la premisa anterior. Temo que mi distancia entre lenguaje y experiencia sea la contestación de mis dudas y aprensión hacia la finalidad de la ética. No ha de ser confundida con la tentación del nihilismo como consejero, sino con la idea del origen simple, infinitamente enmarañada por las personas; que finalmente sea uno más de los juegos mediante los cuales entretenemos a nuestro infante oculto, que visto francamente, no está oculto, sino presente en cada uno de nuestros actos y pensamientos y habladurías; salvo algunos (maravillosos, ohgraciasporexistir) casos. Tal vez nunca alcance la paz; quisiera poder separarme de mi ego como si fuese agua sobre la piel siendo absorbida por una toalla. No quiero perderme en el laberinto de las frases, y reconocer que son sólo palabras todo aquello que llamamos ética y moral. Quiero aprender a través de las acciones, las encrucijadas, los sacrificios, las desvergüenzas, las consecuentes sensaciones de culpa, bienestar, orgullo, nausea. Quiero ver a través de las apariencias, reconocer que yo mismo soy una apariencia, que todo es venerable y evitar analizar, explicar y despreciar el mundo. Quiero no querer.








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