viernes, 17 de agosto de 2012

La secre

¿Telera o bolillo joven? Telera. Con aguatito. Ito. No gracias. El joven cruzó la calle vio a una de las altísimas secretarias de su trabajo y dio la vuelta. Camino un par de cuadras más y se metió a una tienda de joyería de los judíos de la cuadra. Con la mano que no sujetaba la torta sacó sus llaves de Lucas Piolleri y empezó a jugar con ellas mientras pensaba en las muchas tiendas que no han soportado el paso del tiempo. Son de terrible gusto, estas malditas tiendas pertenecen al estacionario ethos mexicano. Son y serán hasta que el cielo deje de iluminarnos con su luz crepuscular, se dijo abochornándose por la chabacanería de su frase. Buenas tardes, joven, déjeme adivinar está huyendo de alguien, escuchó dimanar una voz del fondo de la tienda. Al joven se le dificultó enfocar a su autor, como si existiera detrás de un vidrio sucio. El atuendo tradicional de rabí le confería al viejo una cualidad de sabio. A este hombre le creeré cada palabra que salga de su boca, decretó el joven. Sus cejas parecían llamas danzantes con decenas de humanos-perros reaccionando a su crujir sonoro. Siento molestarlo estoy buscando una anillo para mi novia, dijo el joven. Curioso, sonrió y sus dientes formaban parte del experimento tribal que acontecía hacia el norte de su compás, No le calcularía más de 18 me disculpará si me niego a creerle. La secretaria de mi trabajo: me la dí dispense mi lenguaje, se sorprendió confensando el joven, la evito desde entonces carecía de un cierto tacto al intimar que me recordaba a esas cruentas películas setenteras donde todo se ve falso. No las recuerdo, dijo el rabí que más bien le parecía mustafa. Y mire que me lleva medio siglo. Al menos, convino el viejo. Bueno qué me dice de películas setenteras que si recuerda. Me gustaban las de Pedro Infante y las de Bergman, ahora las comisuras de la sonrisa del viejo parecían cultivar miles de esos caninos enfermizos. El joven suspiró. Me voy. Cuídese hombre. Giró en un movimiento a punto de tensar la rótula, favorecía las buenas salidas sobre las buenas entradas. Adiós, la próxima vez que pretenda huir de la secretaria está bienvenido. El joven detuvo su maniobra y balbuceó: quizá cuando me case de verdad y salió. Quizá cuando me...? Arruiné mi salida, pensó en la arbolada calle. Se sentó en la banqueta.






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