El muchacho era todo un palurdo. No pensaba nada ahi sentado en su banca preferida debajo de un gran olmo amarillo con la cabeza hacia el cielo y los ojos cerrados como si lo alcanzaran los rayos de sol entre las hojas que descendían como paracaidistas experimentados. La vida era buena para quienes no miraban la torre de reloj. Con las monedas que acababa de robar compraría un bolillo para él solo. La idea de compartirlo con su hermano menor cruzó su mente. El desdichado no lo merece, recordó la chamuscada que le provocó con las pinzas de la fragua de su tío. Era un palurdo, peor que él incluso. Vil niñato algún día le cortaré la cabeza y la haré desaparecer, Corko me servirá. Corko era el cerdo más grande que tenían en la granja. También era su favorito era pelotudo y mastodontico. Engullía lo que le dieras. Uno de sus pasatiempos favoritos en la finca era poner a prueba su apetito. El día que le dio las tripas purulentas de un zorro que se había cruzado en el llano estaba seguro que las desembucharía. No sólo las comió con ordinaria impaciencia sino que por un momento su mirada pareció humanizarse. Fue como si las vísceras estuviesen imbuidas de una maldición, pensó, la maldición de la consciencia. En tanto reflexionaba sobre acéfalos en su sopor, un grito se alzó a no más de veinte pasos de donde sentaba. Pensó ir en busca del origen del grito que no había podido diferenciar entre animal o humano horror o júbilo.
Humano. Horror. Esto podría ser divertido, pensó sonriendo como sólo un palurdo puede. Corrió en busca del alborotador sujetando el mango de su navaja. En un pequeño claro yacía un gigantesco bulto. Parecía una montaña de carne. O quizá la excreción de un gigante, ¿O las ruinas de Corko? Le arrojó una piedra que rebotó con un sonido sordo. Esperó a que el bulto se agitara. De pie, perfectamente recto, lo miró durante lo que parecieron horas. En realidad fueron días. El musgo creció primero en los suaves bordes de aquella masa, después en los pies del muchacho. Siendo una tierra de lluvias el proceso se precipitó. Las personas y animales que llegaban a cruzar por aquel paraje los miraban con extrañeza, hasta que se acostumbraron a la presencia de lo que después jurarían era una escultura en vida. Los ojos del muchacho reposaron, lo que se dice reposaron, sobre aquel cuerpo que no entendía sobre fluidez. Pasaron dos siglos. Schopenahauer había muerto pero quedarían sus bellas palabras que el muchacho había tallado en una roca por donde antes fuera su morada: un hombre sólo puede ser él mismo en tanto esté solo. Un día el fardo se desinfló pero para aquel entonces el muchacho ya era musgo y el musgo era musgo. Del interior del bulto deshinchado se arrastró la criatura más marchita que haya caminado sobre la tierra. O al menos esa parte de la tierra. Llegó hasta donde quedaban los restos del muchacho-musgo y los estrechó como si fuera la única razón por la que hubiese venido al mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario