viernes, 5 de julio de 2013

El sentō del Chino

Quizá ustedes no lo recuerden pero yo sí. Hace ya cuarenta y tres años que se clausuraron las puertas del baño público de Altitic. La leyenda del Chino, como cualquier leyenda, cobra un impulso ascendente con el tiempo. No está de más decir que en aquellos tiempos,  antes de que la ciudad se hiciera con todas las comunidades en la periferia, un baño público no era lo que hoy en día se entiendo por baño público. Un baño público, y más nuestro baño público, tenía una presencia en la comunidad.
Sé que suena extraño. No lo imaginen como una suerte de almacenen donde se organizan bailongos tornasoles y pachangizas. En ese lugar iba a morir la distracción. Junto con la ropa, nos deshacíamos de nuestro pasado.
Aunque los cuartos de baño se segmentaban por género, el vestíbulo no estaba regulado. Ahí había intercambio de chirimbolos, encuentros y desencuentros amorosos, era chismógrafo mismo del pueblo, pues. Habré visto incluso alguna una limpia, aunque no les habrá durado mucho porque ningún tipo de negocio estaba permitido; imagínense el metro de hoy en día pero poblado de gente más cívica. Aunque esté de más mencionarlo, éramos una comunidad popular, así que no piensen en rituales sociales rígidos sobre los cuales pendía el futuro de las relaciones familiares o algo por el estilo. Si, teníamos nuestros problemas, pero el baño público era el lugar al que íbamos a enjuagar la suciedad de la ciudad, era como un nuevo comienzo, un lugar para olvidar y renovar nuestros recuerdos. A lo que quiero llegar es que era un lugar especial para nosotros, pero no por las razones que hoy en día se le considera especial. Les extrañará que un inmueble clausurado hace cinco décadas no haya sido derribado y reemplazado por una conjunto habitacional con mal servicio de agua o un Soriana Híper, bueno, la razón es una y una sola. Somos una sociedad supersticiosa, pero más que supersticiosa somos una sociedad respetuosa. Ese lugar le pertenece al Chino, el hombre quien era el dínamo de tan mágico lugar. El hombre que, por razones veladas en el misterio para la mayoría, fundó y murió en el baño público. Se dice que llegó en tiempos de la Revolución junto a su madre y padre y nueve hermanos y hermanas con la intención de comerciar en la, entonces y ahora, mítica Ciudad de México. Tiempos difíciles aquellos, especialmente para una comunidad que era percibida como una clase de subespecie y tratada como tal. El caso es que para la década de los treinta o cuarenta el aún joven Chino  llegaría a la ciudad. Dicen que calzaba unas botas de escorpión y atenazaba un machete afiladísimo y era el único superviviente de su nutrida familia. Estas son leyendas dentro de leyendas, pero para mí tiene sentido, un hombre venido de tal desgracia sólo le quedan dos caminos: envolverse en un denso carbón de odio, o insertarse en el seno de una familia que lo acoja como a un hijo natural. Esa familia fuimos nosotros, nuestra pequeña comunidad, cuando aún existían las comunidades en una ciudad que se dejó engullir por el principio de desalojo espiritual. Pero también explica otro elemento importante en esta leyenda: el ruinoso fin del baño público. El baño llevaba cerca de quince años funcionando, y funcionaba porque era parte de nuestra tradición, apenas un par de generaciones confluyeron en ese espacio pero ostentaba la misma importancia que, guardando las distancias, la iglesia de San Jerónimo Aculco. Y así fue como una tarde de verano de la década de los cincuenta brotaron los primeros despojos de lo que más tarde se contaría como la leyenda del baño público de Altitic. Quizá sea mucho preámbulo para contar lo que realmente pasó, quizá no. La razón por lo que la gente pasa con un ceño de desconfianza por ese lugar es tormentoso de invocar, pero aquí les va: Una matanza, una absolutamente sanguinaria y brutal carnicería. Como mencioné, fue una tarde de verano que prometía ser como cualquier otra, la gente se apiñaba en el vestíbulo, adornado con las risas diáfanas de los niños y niñas y las bufadas alegres de las señoras y demás fauna. Yo ese día no pude ir porque, aunque les parezca inconcebible, mi estado era el de un adolescente con varicela maldiciendo su mala fortuna de vivir frente al baño sin poder acudir buena parte del verano. Las puertas del baño, que eran dos grandes puertas de madera de estilo chino, o al menos eso me parecía, se cerraron a las seis en punto, cuando toda la gente solía estar en el interior bañándose o lo que fuera que hicieran. Recuerdo haberme asomado por la ventana de mi cuarto al escuchar el crujir de las puertas, cosa poco común a esa hora del día. Intempestivamente, las risas y griterío gozoso provenientes del fondo del inmueble se extinguieron, no hubo más que silencio, como si esas puertas al cerrarse delimitaran un posible acceso a otra dimensión. Iba de regreso a mi cama cuando escucho lo que juro sonó como el desgarrador bramido de puercos en el matadero. Ese horrendo sonido prosiguió durante lo que pareció una eternidad, aunque no pudieron haber sido más de diez minutos. La poca gente que pasaba por la calle se empezó a amontonar en las puertas, sin saber cómo actuar. Después silencio, o más bien debería decir ausencia. Recuerdo que el resto de la entonces contenida ciudad no parecía emitir ningún sonido. Dos, quizá tres minutos pasaron así, y de pronto las puertas abrieron por sí mismas. Salí proyectado como petardo sin pensar en mi condición y me detuve en las puertas del baño; yo junto a todos los demás vimos el fin de un era ante nuestros ojos, manifestado en los restos ensangrentados de amigos, conocidos, familiares, parejas.

Unos días después terminaron junto ayuda de la comunidad a identificar los cuerpos e investigar lo sucedido. Dos cosas se concluyeron: habían sido destajados con un tipo de machete extremadamente afilado y que el cuerpo del Chino no estaba en ninguna parte. Se dice que hoy día aún deambula por los recintos de aquel baño, buscando el apego de una familia, para consumar el mayor acto de amor sobre la tierra: matar.


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