lunes, 4 de noviembre de 2013

La katana de Veracruz

A Liam Kitano lo conocí cuando aún pertenecía a los Yakuza y yo apenas salía de la carrera de Comunicación de la UAM Xochimilco terriblemente decepcionado y sin mucha idea de qué hacer, así que me pasaba las tardes en la Alameda Central sentado en una banca comiendo tortas o leyendo. Creo que cuando vi a Kitano por primera vez yo leía algún libro de cuentos de Enrique Serna algo liviano pero que tenía un cuento bastante divertido sobre una yerma escritora francesa que pesca un trabajo como delegada cultural en una dictadura africana en que el gobierno en turno sostiene una pantomima entre la hueca casta literaria y la veneración del pueblo iletrado. Recuerdo haber pensado que era un premisa bastante absurda pero por alguna razón hoy en día no me parece tan improbable. Kitano llevaba gafas Windsor, traje oscuro y un aura tan lejana a los orientales que entonces abundaban por la ciudad: los ejecutivos nipones de mirada vidriosa y los absortos tenderos sudasiáticos que ven todo el día la televisión marciana de su país. Una segunda mirada lo distanciaba aún más, pues traslucía los pasos de un sinuoso peregrino que conoce perfectamente su destino y prefiere no llegar, y así lo empecé a ver a diario, iba y pasaba una o dos veces por el parque, o se sentaba y veía o creo que veía a la gente pasar con un sosiego cada vez más parecido al de un hombre esperando el fin del mundo, hasta que un día me ganó la curiosidad y lo seguí a un banco al margen de la Alameda y sin más me senté a su lado, él me miró un instante, metió las manos en los bolsillos, sacó un cigarro y me preguntó en un español fracturado si tenía fuego, en ese entonces llevaba un par de meses de haber dejado de fumar pero recordé que tenía un encendedor en la mochila. Prendí su cigarro y le pregunté de dónde era y me dijo que de Japón. Yo había leído Caballos Desbocados de Yukio Mishima unos meses antes y de ahí me tomé para hacer conversación, hablé tontamente por un rato de cosas que sabía o creía saber de Japón, él seguía mirando hacia enfrente pero asentía de tanto en tanto, después me callé algo avergonzado por mi parloteo. De pronto dijo que había leído un libro de Mishima cuando era joven aunque ahora no recordaba el título, pero que más que sus libros le gustaba su vida, recuerdo que lo llamó el último samurái, y a pesar de haberlo dicho como entre sueños me dejó bastante deslumbrado. 

Después de esa vez lo vi durante unos días, lo saludaba y no pasaba a más. Luego se ausentó durante un tiempo y yo dejé de callejear porque mi abuela estaba de visita. El mismo día que partió a Veracruz regresé al Centro y decidí pasar por el café del mirador de Sears a tomar un café con leche y leer. Era temprano y esperaba el lugar sólo para mí. En el café encontré a Kitano. Me alegró verlo ahí con su camisa floreada haciéndome señas para que lo acompañara. Me senté a su lado visiblemente contento y le conté sobre mi abuela, hija de un latifundista brasileño que a los veinte años se había fugado de Bahía con un comerciante de pieles veracruzano bastante anodino sin mucha estrella para los negocios, que más tarde dejaría por un estudiante de Derecho de Xalapa cinco años menor que ella, Enrique Cruz, mi abuelo. Kitano pareció interesarse por la historia y me pidió que le contara sobre Veracruz, le dije lo que sabía y me detuve un rato en los mares metálicos y los relieves tropicales. Creo que le agradó escuchar de un lugar tan foráneo como Veracruz y se puso más parlanchín. Me confesó sin más que era Yakuza y preguntó si sabía lo que era, yo le contesté que sí pues después de la mafia italiana eran el hampa más retratada en las películas, y además, aunque esto no lo dije, ya me había olido algo así. Lo meditó unos segundos y asintió. Me contó que llevaba apostado unas cuantas semanas en el DF esperando la orden para ultimar a un industrial minero de su país que había proveído información ventajosa a mineras canadienses en México, provocando furor entre sus rabiosos empleadores. Me dijo que los negocios en su país eran así, despiadados, y no era raro que emplearan el servicio de los Yakuza. Gruño o pareció gruñir, luego dijo que más bien sabía poco sólo que por motivos ocultos era necesario que ocurriera en territorios extranjeros.

Me di cuenta que Kitano tenía una idea de México un tanto adusta, tras el segundo café con leche expresó que México era silencio, una sucesión de balcones y tardes grises quebrantadas por retumbos a la distancia. La verdad es que no sabía cómo tomar gran parte de lo que me decía y lo atribuía a discernimientos propios del temperamento nipón. En cualquier caso creía distinguir cierta tristeza hermética en él, pues aquellas tardes grises no eran grises, sino más bien soleadas y vistas a través de los lentes ahumados de sus Windsor. Pagó la cuenta y me pidió que lo acompañara al lugar donde se alojaba. Llegamos a un invisible hostal en la calle de República de Cuba entre una farmacia y una pollería, saludó al viejo portero y entramos. Me dijo que le gustaba pues no lo molestaban y desde su cuarto del tercer piso se podía ver Bellas Artes y una parte de la Alameda. En la habitación no había gran cosa, un armario dentado, una cama individual y enseres. Me pidió que me sentara en la única silla del lugar, amagó con tumbarse en la cama, se detuvo y desenfundó una pistola enorme y, pensé, escrupulosamente limpia. Consideré obvio que los Yakuza tuvieran vínculos en México. Le quise preguntar para saber más pero me lo callé. Ahí tumbado mirando el techo en silencio me dio la impresión de verlo en su estado natural, con una falta de voluntad silente, como si el mundo no tuviera más que desplegar. Entonces le pedí que me hablara de su vida para mitigar el silencio. Recuerdo la sonrisa que esbozó, un tanto socarrona, como si hablar del pasado fuera una niñería. Me dio su pistola sin más, me dijo que la valorara, pude notar que era una buena pieza aunque yo de armas no sabía nada. 

Empezó a contarme que había nacido en un distrito pobre de Kioto donde creció con su madre y abuela, señoras tozudas que subsistían como almacenistas en un mercado local. Cuando su abuela murió su madre se lio con un inmigrante peruano, un hijo de puta del que aprendió unos cuantos oficios útiles y algo de español. Evocó una juventud más aburrida que triste, más bribona que severa entre los callejones húmedos de su distrito en que encontraba cierto encanto, sin ser capaz de desasirse de una sensación de sinsentido. Un día sin decirle a nadie tomó un tren a Hiroshima donde estuvo un tiempo sin encontrar trabajo, así que pasaba el rato visitando parajes asolados por la guerra de los que hacía retratos bastante malos para vender. Más tarde conoció a Fuu, una chica apocada de veintidós años, se mudaron a un departamento en el centro cerca de la cafetería donde ella trabajaba. Un día Kitano llegó del almacén en que trabajaba y la encontró en la sala con un tipo rufianesco. El tipo resultó ser su tío, líder de una facción de brutos de los Yakuza que servían a los Tsukasa, familia de gran poder en la capital. Su tío lo invitó a unirse a la familia, Fuu le había contado sobre su carestía y e incertidumbre, dijo que su facción estaba lleno de tipos como él que ahora eran hombres de respeto. Kitano no se lo pensó mucho y unos días después ya estaba haciendo trabajos de vigilancia para los Tsukasa. 

De pronto dejó de hablar y prendió un cigarro, consideré milagroso que revelara tanta información de sí mismo así que no pregunté más. Mencioné que era el cumpleaños de mi hermana y había prometido acompañarlos a comer, aunque era una excusa más bien pobre para salirme de ahí. Le dije que lo vería pronto, él no contesto, parecía extraviado entre sus recuerdos. Tres días después regresé a la Alameda, por alguna razón no sentía muchas ganas de verlo, aun así lo busqué sin mucha suerte. Los días empezaban a sucederse con tibieza y creía escuchar los retumbos a la distancia de los que hablaba Kitano. Luego caí en cuenta que el encanto estacionario de la Alameda se había disipado y empecé a buscar trabajo. Me puse a trabajar en una librería de viejo en el Centro ordenando los libros que la gente iba a arrumbar a montones. Me mantenía ocupado y de vez en cuando traían joyas entre tan prodigiosa cantidad de basura. Una de esos hallazgos fue Los Sables de Yukio Mishima. Esa tarde después de cerrar me fui directo a la posada de Kitano. No había nadie en la entrada así que pasé, toqué la puerta de su cuarto, nadie respondió. La puerta estaba abierta, el cuarto, vacío, olía a resina. Escuché voces sordas a través de la pared. Llamé a la puerta del cuarto del que provenían las voces, entreabrió una joven adolescente que me miró con irritación, le pregunté si sabía algo del japonés que se quedaba ahí, me ojeó dudosa, una mujer mayor abrió el resto de la puerta, me lanzó un qué quieres. Le conté que buscaba a Kitano, lo había visitado unas semanas atrás, dijo que no sabía nada pero había visto a un chino conversar varias veces con el portero. En la entrada aun no había nadie, esperé un rato hasta que apareció el portero, sus ojos vidriosos me hicieron pensar que regresaba de tomar. Me pasó de largo y se arrellanó en la silla detrás del mostrador soltando un bufido, no quise aproximarlo en ese estado así que me fui. 

Regresé al día siguiente un poco más temprano, esperé hasta que abandonó su mostrador, lo seguí a una cierta distancia, dobló en Ignacio Allende, se enfiló hasta Honduras, lo vi meterse a una cantina sin nombre, esperé unos minutos y entré al lugar. Estaba sentado en la barra lo cual suponía una gran oportunidad, me senté a un par de butacas y pedí una cerveza. El portero tomaba un líquido ambarino, lo tomó lentamente, luego, afortunadamente, pidió una cerveza, lo miré fijamente para llamar su atención, mi vio con abierto mosqueo, por alguna razón pedí disculpas y le pregunté si era el portero de la posada sobre República de Cuba, me apresuré a explicar que buscaba desde hace un tiempo a Kitano, bajó la mirada y espetó que no sabía de quién hablaba, dejó un billete y se puso de pie. Salí detrás de él, no se movía como un viejo encorvado, regresé a la cantina y me acabé la cerveza. Cuando llegué a la posada, el viejo se mantuvo sereno. Prendió un cigarro, me ofreció uno y dijo que ahora recordaba haberme visto con Kitano. Desde hacía tiempo lo buscaban, lo habían amenazado y tuvo que decirles la verdad, que se había ido a Veracruz. Algo de por allá le había llamado la atención pero no sabía más, platicamos un rato y me di cuenta que conocía mejor que yo sobre los caudales negros en que se movía Kitano, le pregunté si la gente que lo amenazó eran japoneses como él y me dijo que no, eran mexicanos, de esos que da miedo ver a los ojos pues parecen ojos de cadáveres. Yo sabía que nunca más vería a Kitano. Lo imaginé viendo el amanecer con sus Windsor en las playas de Tuxpan o quizá las de Papantla, que son más bonitas, fumando y enterrando sus pies en la arena. Esa noche soñé con un samurái que peleaba con un ave gigante de hollín, como si viviera en un volcán. 



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