jueves, 30 de octubre de 2014

Fall

En un día cualquiera de otoño, Jesús mira desde la cornisa de la azotea de la biblioteca pública de Lund, próximo a Malmö, ciudad de Suecia, testigo del choque entre el mar Báltico y el Atlántico, vecino de Dinamarca y Noruega, países boreales, lejanos a Michoacán, de donde es su madre, y un tanto menos de Morelos, de donde es él, también su padre, Jesús ambos, que comparten su nombre con tantos otros, entre ellos el eternizado carpintero de Jerusalén, al menos ahora, entonces una persona común, luego ya no tanto, la posteridad así lo decidió, si es que existió, pero ese es otro relato. Ahora Jesús hijo mira por el borde del edificio las hojas pardas y amarillentas que se apilan cinco pisos abajo, piensa en su cuerpo ahí tendido, las hojas vistiéndolo, contando una escena de tragedia otoñal, con un tanto de encanto, pero también de horror, un horror otoñal. Piensa que las ideas tropicales sobre el otoño suelen ser generosas, o románticas, o cursis, un sendero impreciso ceñido de árboles flamígeros, que relumbran cuando intuyen o saben la proximidad del invierno, en Morelos no hay otoño, no como este, o como ningún otro. Hay verano, hay lluvias, hay primavera, hay sequedad, una condena que se perpetúa hasta el fin de los días de cada uno, a veces por elección propia, un acto de insolencia, calor sin concesiones, una afrenta al invierno europeo, o invierno nórdico, que es más cruel, pero antes arriba el otoño, esa estación romántica o cursi, aunque sólo en nuestro imaginario tropical, piensa Jesús mientras mira las hojas empalmarse cinco pisos abajo. Luego salta. No muere, el suelo es blando en otoño, húmedo y tapizado por hojas que yacen muertas, que resplandecen, que perecen en favor a la vida de otros. Jesús descansa, hay nobleza en el otoño, el frío reduce el tormento de sus piernas rotas, hojas como un dios que muere y renace y mueve una roca y se proyecta en las nubes y dice morir por ti, o más bien por tus errores. En este país tan lejano de Morelos y Michoacán y de los carpinteros eternizados, aunque no de la carpintería, en que son diestros, las hojas viven aunque caigan, yacen agonizantes desde donde llaman a Jesús y tantos otros. Pronto las hojas lo cubren y pintan una escena trágica, romántica, no cursi, pues el otoño sólo es cursi en las enfebrecidas mentes tropicales.

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