Escribir, en contra de lo que diga Noguchi, no es morir. Escribir es estar consciente de la muerte, es decir la vida. Es mirar la intensa hojarasca en otoño que se ilumina en tanto más cercano es el invierno, es decir la muerte.
Mi tiempo en Suecia está lleno de parcelas paradójicamente familiares. Siento, mientras superpongo las calles maltrechas y polvosas de Jardín Azpeitia sobre las sólidas avenidas de Staffanstorp, que este periodo debió haber sido uno de choques y de reapreciaciones, de aprendizajes inauditos, de inmundicia y quizá de rabia. Me pregunto con frecuencia si en su privación revelo el ahuecamiento de mi ser donde no cabe ya la construcción de un mundo interior, que aprecie y calibre el exterior a través de mecanismos de ficción, o narrativos, asignándole un valor, un peso emocional a cada elemento y la suma de éstos. ¿Soy una persona que dejó de serlo en los últimos ocho años, más o menos abarcando el periodo entre mi última visita a Suecia hasta mi regreso? Los cambios, ahora que lo pienso, o más bien me dispongo a enumerarlos, fueron o debieron ser un terremoto, una reconstrucción o destrucción de los cimientos de mi pilastra. Quizá no más sólidos, solo más flexibles, con ampliada capacidad de tensión.
La muerte de mi madre, capítulo que se entreteje y se entretejerá con el resto de las hilachas que desprenda mi vida, rasgó el agujero que tragó el caldo de mi espiritualidad cocida por entes absolutos. Mi dependencia a dios era la del pusilánime que fija sus esperanzas en el capricho de un autista celeste que retoza en el pantano, devorando los capullos de la felicidad perfecta, esa que brota a la sombra de la ignorancia o el velo con que cubrimos la miseria y el dolor, que elegimos que no nos pertenezca, que se atomice en cuartos oscuros.
Consigo se llevó mi posibilidad redención, de una moral propia e íntima, no divina, que nadie me echará en cara y, de no ser que alguien lea esto, no sabrán que me pueden echar en cara: dejarla enflaquecer en ese largo peregrinaje sobre clavos del cáncer sin que yo pasara a su lado más que una noche en el hospital, que casi o más bien se me fue impuesta, aunque sin reproche —no fuera a ser— llevé a cabo. Esa noche dormí a sus pies, sentado en una silla junto a sus pies hinchados como tubérculos, esa noche que la acaricié subrepticiamente y sentí su mirada sobre mí, como si no fuera capaz de cerrar los ojos, como si la idea de la muerte no le permitiera dormir. Llegada la mañana cometí una cobardía, un acto monstruoso: evadí el dolor y con ello toda posibilidad de sentir. El médico entra a la habitación, su semblante el que imagino muchos médicos adoptan para tampoco permitirse sentir, o simular valentía donde hay patetismo. Me coloco los auriculares y, en tanto él habla con ella, escucho música o más bien ruido. Algo contesta mi mamá, algo musita sin mucha fuerza. He cumplido mi labor como velador, no deseo paladear más ceniza, necesito salir de ahí, o que el médico adopte un semblante más esperanzador, pero no puede, cómo puede si lleve esa carátula de mármol, si carga un aura de llevar las manos encajadas en la bata, si mi madre profiere unas pocas palabras con el coraje de un samurái susurrando su muerte al viento, que seguro el médico olvidará tan pronto salga del cuarto.
Mi madre fue un samurái. Mi madre fue una valiente porque no deseó arrastrarnos a ese precipicio sin fin de oscuridad, no mientras viviéramos y camináramos descalzos en la alfombra de hojas agonizantes de otoño.
Mi tiempo en Suecia está lleno de parcelas paradójicamente familiares. Siento, mientras superpongo las calles maltrechas y polvosas de Jardín Azpeitia sobre las sólidas avenidas de Staffanstorp, que este periodo debió haber sido uno de choques y de reapreciaciones, de aprendizajes inauditos, de inmundicia y quizá de rabia. Me pregunto con frecuencia si en su privación revelo el ahuecamiento de mi ser donde no cabe ya la construcción de un mundo interior, que aprecie y calibre el exterior a través de mecanismos de ficción, o narrativos, asignándole un valor, un peso emocional a cada elemento y la suma de éstos. ¿Soy una persona que dejó de serlo en los últimos ocho años, más o menos abarcando el periodo entre mi última visita a Suecia hasta mi regreso? Los cambios, ahora que lo pienso, o más bien me dispongo a enumerarlos, fueron o debieron ser un terremoto, una reconstrucción o destrucción de los cimientos de mi pilastra. Quizá no más sólidos, solo más flexibles, con ampliada capacidad de tensión.
La muerte de mi madre, capítulo que se entreteje y se entretejerá con el resto de las hilachas que desprenda mi vida, rasgó el agujero que tragó el caldo de mi espiritualidad cocida por entes absolutos. Mi dependencia a dios era la del pusilánime que fija sus esperanzas en el capricho de un autista celeste que retoza en el pantano, devorando los capullos de la felicidad perfecta, esa que brota a la sombra de la ignorancia o el velo con que cubrimos la miseria y el dolor, que elegimos que no nos pertenezca, que se atomice en cuartos oscuros.
Consigo se llevó mi posibilidad redención, de una moral propia e íntima, no divina, que nadie me echará en cara y, de no ser que alguien lea esto, no sabrán que me pueden echar en cara: dejarla enflaquecer en ese largo peregrinaje sobre clavos del cáncer sin que yo pasara a su lado más que una noche en el hospital, que casi o más bien se me fue impuesta, aunque sin reproche —no fuera a ser— llevé a cabo. Esa noche dormí a sus pies, sentado en una silla junto a sus pies hinchados como tubérculos, esa noche que la acaricié subrepticiamente y sentí su mirada sobre mí, como si no fuera capaz de cerrar los ojos, como si la idea de la muerte no le permitiera dormir. Llegada la mañana cometí una cobardía, un acto monstruoso: evadí el dolor y con ello toda posibilidad de sentir. El médico entra a la habitación, su semblante el que imagino muchos médicos adoptan para tampoco permitirse sentir, o simular valentía donde hay patetismo. Me coloco los auriculares y, en tanto él habla con ella, escucho música o más bien ruido. Algo contesta mi mamá, algo musita sin mucha fuerza. He cumplido mi labor como velador, no deseo paladear más ceniza, necesito salir de ahí, o que el médico adopte un semblante más esperanzador, pero no puede, cómo puede si lleve esa carátula de mármol, si carga un aura de llevar las manos encajadas en la bata, si mi madre profiere unas pocas palabras con el coraje de un samurái susurrando su muerte al viento, que seguro el médico olvidará tan pronto salga del cuarto.
Mi madre fue un samurái. Mi madre fue una valiente porque no deseó arrastrarnos a ese precipicio sin fin de oscuridad, no mientras viviéramos y camináramos descalzos en la alfombra de hojas agonizantes de otoño.
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