lunes, 13 de octubre de 2014

Entierro escandinavo de un mexicano que extraña el sol

De pronto te encuentras ante la disyuntiva de actuar o permanecer sentado, pretendiendo hacer algo de interés, mostrar un semblante de arduo labor intelectual, justificar tu existencia más allá de la de un fisgón que aprovecha los grandes ventanales para ver el reflejo de la chica que siempre se sienta a espaldas de la sala de computadoras, favoreciendo el exterior al interior, como si entendiera, y en ese momento dispusiera una distancia imprecisa de los demás, que la vida está afuera, aunque ese afuera se mantiene esquivo, y suele ser una noción más elocuente en lugares cálidos, no como ese, que no solo no es cálido, sino que oscurece con prontitud, como si el sol cargara un ansia incontrolable por finalizar su labor diaria asignada por el Estado, como si entendiera su condición de habitante europeo, con todo lo que implica, y exigiera una jornada laboral de menos horas, y así cumplir con el rito, como el resto, de consumar las expectativas productivas del ciudadano, recompensada con la oportunidad de ocultarse en ese cuarto iluminado no por su propio resplandor, sino por el pequeño televisor que chilla imágenes parpadeantes, finalizar el día para comenzar un nuevo proceso de aislamiento selectivo, es decir, de aislamiento transitorio, es decir, de nada, quizá solo de permanecer sentado y preguntarse si actuar, ponerse de pie y aproximarse a la chica con el Jesús en la boca, tiene algún sentido en ese ciclo interminable de días que se suceden con frialdad, hasta que ya no lo hacen, y se van, paso a pasito, alargándose, agarrando confianza, aproximándose un poco más al calor que emana la chica que da la espalda, que tiene pómulos altos, piel cobriza, y es la sueca no sueca más hermosa que has visto, lo cual es mucho decir, si no es que una exageración, pero las exageraciones son el sustento del narrador, el que se exige a sí mismo no ser un mero eco de la realidad, o las realidades, que se superponen y aplanan al individuo, como un ser de cuatro dimensiones observando a un ser de tres o dos o una dimensión, como quizá seas tú, observador pasivo, aunque la observación nunca es pasiva, de a una chica que existe en el reflejo de un ventanal, que se muestra más real entre más se oscurece, como si el sol fuera una venda transdimensional, y eres ese observador que no puede intervenir, solo mirar, mirar día tras día, que frente a la pregunta de actuar o permanecer encuentra una respuesta onerosa, pues actuar implica corporizarse, entrar en un juego de contacto, de roce, de fricción, de calor y rugosidad, de sentir con los dedos o algo parecido a los dedos, y tú apenas tienes eso, apenas lo otro, un lector de la oscuridad, un detractor del acto y de la luz que acompaña al acto, un escritor de la opacidad en tres partes, la primera, la segunda, la tercera, que son la misma, naturalmente, pues la opacidad es incorpórea, como tú, en la realidad que habita la joven de perfil perfecto, que solo ves cuando el objeto lo permite, o sea ella, pues tú, aquí sentado, no eres capaz de modificar el punto de observación, no sin irte, sin ponerte de pie y recular hacia las sombras del sueño, alejarte del reflejo que supone una mirada a través de la ventana a esa otra realidad, de pómulos altos y poco más, que comparte el frío y la noche y la noche y la noche.

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