1
Salgo del edificio no hay nadie
quizá una pareja de ancianos ansiosos de contar cuántos pasos les toma llegar a
la parada. Miro una vez más mis pies para contar mis pasos caminando sin la
cautela que detento en las noches. Dos cuadras después en la parada me esperan
personas que nunca había visto en mi vida, intento reconocer sus rostros pero parecen salir de entre los dobleces de esta ciudad. Suben y suben dejo pasar el
primero y segundo camión, me conformo con el tercero aunque parece igual de
atiborrado. Me sujeto bien y llevo la mirada hacia uno de los
costados del camión. Los coches parecen manejados por Speedracer aunque sé que
en parte es porque el camión sigue estático. Veo una chica cruzando la calle y
un taxi aprovechando los primeros segundos del rojo que todos sabemos no
existen en el imaginario vial colectivo. No parecen incomodarse por la
presencia del otro. La chica lo desvía con peculiar seguridad, un segundo taxi
de precipita por la avenida – se me olvida que aquí andan en flotilla – temo
que también deniegue la presencia de quien ahora pienso es bastante linda,
quizá imbuida con el atractivo de la certeza. El segundo taxi se detiene de
sopetón. Estos tipos saben usar un freno, pienso. El chofer, aún sin
avanzar y haciendo uso del privilegio que confiere manejar una mole, abre una vez más las puertas y, quizá viendo el reflejo de su propia locura, permite el ascenso de la chica que hace unos momentos
rechazó la tropelía con guante blanco. Es más linda en la segunda impresión, su cabello es rojizo su piel tostada y los ojos creo que verdes
aunque nunca puedo distinguir entre azul y verde. Me mira aunque más bien mira
a todos, la categorizo como la princesa de hielo pero se me hace muy insulso y
mejor le llamo La chica linda de las 8 5 am con gafas y ojos verdeazul que
disuelven el tráfico. Saco un libro, caigo en el error de pensar que me veré
interesante, considero guardarlo pero continúo leyendo la esotérica prosa de
Carlos Monsiváis quien se hace de ese único recurso para escribir una crónica
acertada sobre la Ciudad de México. Pienso en Roberto Bolaño, ese chileno tan
boreal que desentierra los espectros del romance que se puede tener con las
calles de una urbe, te contagia de un brío errabundo. Monsiváis con sus
terremotos y Negretes te recuerda que es una basura, aunque probablemente
quiera decir algo completamente diferente. Qué diría Nabokov, pienso aunque no
viene a cuento. Levanto la mirada y el paisaje ya cambió, el gris y verde amarillo
del interior del camión se divisa entre el hacinamiento, quiere decir que
llegamos a la estación del metro y al menos medio corral se apeará. Verdazul
sigue en el camión ahora sentada como si hubiese nacido en ese mismo asiento y
ahí deseara morir. Se apoltrona con la misma certeza con la que desvía autos.
Cedo inconscientemente los lugares vacíos una tras otro, decido que le ganaré a
esa señora-puff de cabello chino porque el lugar se encuentra dos filas detrás
de la chica de donde podré observar sus movimientos y desarrollar una
estrategia de abordamiento que sé perfectamente jamás ejecutaré. La venzo con
mis grandes trancos. El marco temporal y espacial están registrados en la
nomenclatura de su nombre – la chica linda de las 8:05 am con gafas y ojos
verdeazul que disuelven el tráfico – ahora me aplico a determinar si su presencia en el
camión es periódica o circunstancial. Ropa que se usaría en una agencia de
inclinación creativa: permanencia; bolsa pequeña: viaje corto; mirada hacia el
frente: familiaridad. Considero que es suficiente información para determinar
que podré verla en días posteriores. Puedo realizar el acercamiento en otra
ocasión, precisar mi estratagema. Dilatar la farsa un poco más.
2
Cuento 7 condones en el piso.
Mira Ratatouille en la tele, fuma un porro horrendamente liado y me lo pasa
necesito entrar en esa bruma tan extrañamente nítida que me permite absorber
los estímulos a mi alrededor. Ese estímulo tan intenso de ojos verde ¿o azules?
que mira la tele cómodamente encorvada y desnuda parece emanar luz de alba o
mostaza francesa, cualquiera de las dos. Al instante mi cabeza se siente
ligeramente más pesada y brumosa (nítida). Pienso en lo acertado que sería
adornar este momento con música de Chico Buarque, de pronto me siento como un
brasileño cincuentón estilo Roberto Zedinho y le agarro los senos a 8:05 am que
son tan jodidamente chicos y perfectos. Alcanzo el control. Estoy viéndola,
dice ella. Reconozco la escena, le resta al menos 1 hora con todo y anuncios.
Me levanto y miro mi pene que está desecho pero brilla con orgullo. Creo escuchar al
de los tamales por la ventana aunque quizá sea uno de esos tratantes de chucherías que simpatizan con aquella frase motivacional adjudicada a Mahoma. Quiero 3 oaxaqueños. Serían veinticuatro
pesitos. Le doy cincuenta y me meto. Me cae bien, le comento a Con gafas
mientras me zampo el segundo tamal, vende buenos tamales oaxaqueños aunque los
de dulce no los he probado. Pienso hablarle sobre la ingestión de manjares
rudimentarios como remanso de esta desairada colonia pero me lo callo. Ella no
dice nada, parece mirar un abismo en la pantalla.
3
Mi gato se perdió. Este es un
territorio de gatos caseros que viven bajo la ley de la selva. Me siento
angustiado, puede toparse con dos situaciones: el tintineo de su cascabel es
suficientemente rítmico para recordarles ese jazz vertical y callejero del que
tanto gustan los gatos y la catequicen como uno de ellos — en este caso aunque
me abrumaría la tristeza, puedo imaginarla tocando el contrabajo, con unos
kilos de más y sonriendo con su inexpresivo hocico — o es víctima de los celos
felinos,y cae como los guerreros que se perdieron en la bruma de río nocturno. Así me gustaría recordarla, como
un guerrero. O un samurái, aunque sería más acertado decir como un ninja, pero
los samuráis, como los gatos, desenvainan sus filos tan rápido como el viento.
Su nombre es Celerina, y el caso es que no creo volverla a ver nunca más.
4
Le toco a mi vecino para
entregarle su disco de John Coltrane Live in Sweden 1961/63. Abre la puerta y me
hace pasar. Nunca había entrado, huele a perro y plátano rancio, es un olor
acogedor. Sus paredes son rosas como las mías antes de que las pintara de un gris
triste. En una de sus paredes hay una fotografía ampliada de 3 jóvenes desnudos
corriendo hacia un volcán nevado, creo que es el Popocateptl. Es el Popocateptl,
dice mi vecino, me extraña que soslaye la presencia de los jóvenes desbocados.
Me ofrece un caballito de mezcal, dice que es de Oaxaca y solo lo toma cuando
su esposa no está. Empieza a sonar el disco de Coltrane, no sé en qué momento
lo puso. El mezcal está malísimo, le comento sin saber por qué, la verdad es
que está bastante decente, supongo que para polemizar un poco y restarle trivialidad
al momento. Sólo me mira y esboza una sonrisa pícara, completamente patética.
Su calva reluce con más intensidad que antes, quizá por efecto del alcohol. Me
sirve otro y luego otro mientras me habla sobre el accidente que lo dejó cojo.
Fue el año pasado, por una completa burrada, dice, me iba a tropezar y para
evitar la caída forcé la rodilla dos veces, ni hablar, al final no sólo me
caí y sino que por enjundioso me jodí la rótula. Dice jodí aunque debió haber
empleado dislocar. Una vez me lo topé camino al edificio, cojeando como un cojo
que ama su bastón, lo saludé y me le emparejé. De pronto prescindió del bastón
y caminó más aprisa; no dije nada para no humillarlo. Ese día
aprendí que no hay dignidad en depender de un objeto, y pensé en Gandalf quien es
el arquetipo del viejo con bastón – aunque lo suyo más bien es un báculo – y la
relación a veces mórbida a veces irremediable entre sujeto y objeto.
5
Mi espontaneo odio hacia ese pequeño individuo cuyos pasos devienen del río de gente se esfuma tan pronto entramos al mar abierto del lobby de la estación. Me quedo con una sensación de asco por mí mismo. Veo el puesto de las tortas que me sacan la lengua burlonamente, todo esta estación huele a vida, es horrendo. Un espacio tan contenido debería de ser ascético, en la medida de lo posible. Una vez un amigo micólogo de Tepoztlán me dijo con un dejo algo perturbador de emoción que en el metro de la Ciudad de México se encontraba la mayor concentración de esporas, su teoría es que el comportamiento anárquico dentro del metro se debe a que los corpúsculos nos zombifican. Por supuesto son tonterías, pero mi amigo micólogo nunca ha estado en la Ciudad y francamente es un astral. Creo que ahí viene el metro, no lo quiero mirar prefiero ver el libro que sostengo en mis manos, el momento de mayor lucidez es cuando el ruido del metro ahoga o apaga el ruido en mi entorno. Es cuando penetro en ese instante de perfecta claridad que puedo escuchar una ceniza súplica en mi cabeza: Vive.