sábado, 31 de agosto de 2013

Por qué creo que joss debería de ser artista

Porque no estas hecha para una oficina
porque eres más feliz cuando moras por tu ciudad
porque eres mas feliz cuando respiras ese caustico aire que da marcha a tus ganas de vivir,
porque te gusta vivir,
porque el arte es vida,
porque eres más feliz cuando vives
y cuando haces arte
y cuando caminas
y cuando eres dueña de tus pasos
y cuando das trompicones por la banqueta un miércoles al medio día,
porque eres más feliz cuando el sol quema tus párpados,
mientras notas una nueva arista desconocida en aquel viejo edificio de tus corazones,
porque has echado un vistazo a la eternidad,
porque el arte eterniza,
porque un día el Juez vendrá
y no será para dar sermones
porque vivir rifa,
porque hay más tripas que pintar,
porque un muro es más feliz
cuando echa chispas,
porque tus pasos quieren fuego
porque eres mñas feliz con dedos de tenaza
porque cada uno de tus dedos es un Huidobro,
que prefieren los sube-caídas
a los cielos rasos,
y a las tumbas,
porque la vida rifa

viernes, 9 de agosto de 2013

La Colina

En una colina solitaria vive un hombre.

Es un anciano, por lo general le duele la espalda. Alguna vez tuvo familia aunque ya no recuerda sus rostros. Tuvo una hija que no cruzó el umbral de la infancia. Lo único que recuerda son sus cabellos que parecían de paja. Quizá se inventó lo de los cabellos de paja, quizá nunca tuvo una hija. Las ánimas del bosque le susurran cuentos antiguos al oído – cuentos que reviven los campos y bosques primordiales antes de la desolación de la guerra entre los dioses y los primeros hombres – alimentando su locura, pues él está loco, y las personas locas hablan con fantasmas solitarios, en la noche de preferencia, cuando la locura es apapachada por el fantasma más loco de todos: la luna. La luna es ese chiflado que te observa por la ventana en las noches turbias. El hombre le sonríe de vuelta con su yerma mueca. Hace mucho tiempo la luna le pidió que matara a su familia, entre ellos a su hija de paja, que no era de paja, sino de carne, la cual machacó hasta formar una masa pastosa que alimentó al bosque. Es el último guardián de la colina.

El estómago de la joven aún devuelve las bayas que comió antes. Hace frío y empieza a oscurecer. Limpia su boca, se pone de pie y se encamina hacia esa solitaria luz que advirtió al despertar, aún lejana, aún un murmullo. Su vista se nubla a ratos, se detiene, se palpa la frente, aún sangra un poco. No recuerda mucho, pudo haber venido de la nada. Camina hacia la luz. La penumbra va adueñándose del bosque como un hollín espeso y la luz refulge más. Al fin se aproxima. Con la luz sobreviene una choza deteriorada por el musgo, intenta abrir la desvencijada puerta, ¿qué nadie le enseñó modales? La puerta le invita a entrar, le timbran los sonajeros de la memoria como si la hubiese visto antes. En la puerta se lee una inscripción: Calcinaré tus ojos en el in… El resto es ilegible. Se estremece, siente los pies sudados a pesar del frío, mira hacia el cielo y ve la delirante sonrisa de la luna. Ahora repara en lo iluminado que está su alrededor. La penumbra no toca esa solitaria cabaña en esa solitaria colina. Ahora ve un rastro de gotas cafés que va hacia la puerta, o se aleja. Registra un movimiento con el rabillo del ojo. Es sólo un anciano, parece manso y triste. Es el loco más triste que he visto en mi vida, piensa la joven. Está sentado sobre la hierba, abraza sus piernas mientras se mece. Parece más un niño que un viejo, se dice la joven. El viejo la observa columpiándose casi imperceptiblemente. Ahora lleva su mirada hacia la luna, asiente. Se pone de pie con pasmosa facilidad, como si lo halaran hilos invisibles.

El viejo observa a la joven aproximarse a su cabaña, la ve intentando entrar, ¿qué nadie le enseñó modales? La ve leer esa extraña inscripción de ignoto origen, otea la luna, se siente solo, quizá puede jugar con la joven un rato, como cuando, tal vez, jugaba con su hija. Solicita la anuencia de la luna. Ésta sólo lo mira con su sonrisa descompuesta, locuaz. Entiende, asiente. Se pone de pie. Ven, niña, es la hora de los cuentos, dice el viejo. Gira y se dirige hacia la penumbra sin aguardar a la joven.

Incauta, la joven decide seguirlo, pero se detiene, busca el consejo de alguien, de algo, del musgo que suaviza los pasos, de las estrellas impertérritas, de la luna que esta noche parece menos remota; sí, de la luna. No le dice nada, sólo sonríe. Siempre sonríe. Decide seguir al viejo que camina lánguidamente hacía los árboles que rápidamente se amontonan colina arriba. Mantiene una distancia prudente, la disminuida marcha del viejo no la engaña, lo ha visto moverse con la soltura de un títere. La oscuridad se condensa, ninguna luz llega a este lugar. La figura del viejo se comienza a desvanecer a pesar de la cercanía. Apremia el paso, intenta escrutar su alrededor, aguza el oído. Cree escuchar lejanos retintines, como si hadas perversas jugaran entre ellas, pero sabe que el silencio absoluto excita su voz oculta. La colina le empieza a parecer más bien un deslizadero hacia un sepulcro de locura. El viejo se detiene frente a un árbol ancho y seco, una corriente de viento silba entre las ramas, algunas de ellas tan anchas como troncos. La joven guarda la distancia, espera dubitativa el siguiente movimiento del viejo. Es hora de los cuentos, dice el viejo como si hablara entre sueños. Las ramas se agitan inquietas, la joven escucha los retintines de nuevo, ahora acompañados de lo que le parecen risillas traviesas. De pronto, en una de las ramas inferiores aparece algo parecido a un hombrecito blanco con una cabeza oval desproporcionalmente grande, con ojos como pozos y sonrisa chueca. Es diminuto, los observa, ladea su cabeza que emite un tintineo. No estoy loca, piensa con alivio la joven, los sonidos dimanan del gnomo. Recuerda – su memoria se retuerce – haber escuchado cuentos sobre espectros del bosque, criaturas traviesas que resguardan a los árboles, pensaba que eran cuentos orientales, pero frente a ella tiene uno… No, ahora son dos. Ahora tres. Casi al instante decenas de espectros más brotan de las ramas como crisantemos en primavera. Más bien son cientos, todos raros, todos diferentes. Ese es más bocón que el otro, ese tiene la cabeza redonda como una naranja, ese tiene un sólo ojo. Pero todos miran al viejo y a la joven.

El viejo se sienta frente al árbol, se abraza las rodillas y mira atento a las ánimas del bosque. Mira de reojo a la joven que sigue de pie. No les gusta que los escuchen de pie, le dice. Ve a la joven dudar un instante, finalmente se sienta en la misma posición que el viejo. Las criaturas agitan sus cabezas-campanitas que anuncian el comienzo del relato. Hablan en unísono con una voz infantil, juguetona:

Al principio no había nada. Tres diosas sin nombre vieron la soledad del planeta y decidieron crear la vida. Una dio vida a los mares, otra dio vida a la tierra, otra dio vida al cielo. Pero esto no agradó a los dragones que vivían en las entrañas del mundo y apreciaban el silencio sobre todas las cosas. Así que decidieron devastarlo todo. Los dragones surgieron con estruendo de la superficie y atacaron a las diosas quienes en ese momento vagaban por los extensos prados del norte rumiando la posibilidad de concebir un ser que pudiera contemplar su creación, de la cual estaban muy orgullosas. Los dragones, que eran innobles, las tomaron por sorpresa. Lanzaron sus imperecederos fuegos negros sobre la diosa que había creado la tierra, quien fue consumida y regresada al vacío. Arrogantes, creyeron que aniquilar a las otras dos sería igualmente fácil, pero desconocían la furia y poder de las diosas, quienes levantaron una marea inmensa y la moldearon en terribles lanzas empleando el poder del cielo. Las lanzas, guiadas por la voluntad del viento, atravesaron la dura piel de los dragones y perforaron sus carbonizados corazones. Los restos de los dragones se tornaron en ceniza. Las diosas entendieron que la ceniza guardaba el suficiente poder para moldear vida, pero cualquier ser creado con aquella ceniza sería malévolo y ambicioso como los dragones. Así que, sabiamente, resolvieron mezclarla con los restos de su hermana caída. Fue así como crearon al ser consciente que habían concebido: al hombre, que es un ser capaz de terribles obras, pero también de grandes actos de bondad.

Las criaturitas dejan de prestarles atención tan pronto terminan el relato y empiezan a jugar y danzar entre ellas, poco a poco se desvanecen dejando apenas un eco de risas y tintineos. La joven mira al viejo. Ahora lo comprende todo, comprende la colina, comprende al viejo y a la luna, comprende su origen, no es una persona venida de la nada: ha retornado de la fosa de los muertos buscando venganza. Ahora es claro. Ahora el viejo sentado frente a ella ya no es un viejo triste y manso, es su verdugo, el loco que amaba y que la traicionó, que desgarró y rompió cada parte de su cuerpo, quien la hizo pasar por el infierno en vida y muerte. Por ello los pequeñines del bosque la invocaron, deseaban que escuchara los relatos cifrados en los orígenes del mundo. Están de mi lado, se dice, quieren que liquide al anciano, a mi padre, y tome su lugar. Su padre sigue sentado ofreciendo la espalda, la joven alza con ardor una roca pesada, se aproxima quedamente a la figura del anciano. Éste aún no se mueve, reposa sin reaccionar ante el gruñir de sus pasos sobre el forraje. La joven levanta la roca por encima de su cabeza, mira su patética calva que refleja la luz lunar. Mira hacia el cielo. Mátalo, le dice la luna, despedaza su cabeza. Su padre levanta la mirada, la observa con ojos tristes, desvía su vista hacia la luna. La joven deja caer la roca con brutalidad. Hunde su cráneo y lo machaca hasta dejar una masa pastosa que alimentará al bosque. Camina colina abajo, hacia la luz aún lejana, aún un murmullo.