Ya voy tarde. Me topo a César mi vecino, el enérgico perito de coches, no lo reconozco con pantalón de vestir y lentes sin marco, contra mi voluntad caminamos juntos sobre Salónica, conversamos sobre nada, es decir sobre nuestros lugares de trabajo, el suyo el Panteón Francés (no puedo ni empezar a imaginar qué hace ahí), el mío Lomas de Chapultec. Durante el diálogo me doy cuenta que recorreremos más de medio trecho del camino juntos, así que me invento que voy al Oxxo a comprar algo de desayunar y nos despedimos. El Oxxo dispara, algo prematuramente, mi munchies y compro un panqué de 19 pesos que promete ser orgánico, lo que sea que eso signifique.
Mi recorrido diario hacia el trabajo está fraccionado en tres partes, travesía del camión hasta el metro Camarones, primera fracción, trayecto hasta la estación Auditorio, segunda fracción, camión hasta la Fuente de Petróleos, tercera fracción. Me subo al camión hacia Camarones, soy el único de pie, siento la indolencia matinal reptar por mi espalda, recuerdo un fragmento sobre la escritura durante el paseo, una escritura desapegada de sus alrededores, tengo la impresión de haberlo leído en algún libro de Vila-Matas aunque sé perfectamente que no es cierto y fue aludido en uno de los talleres de Luigi Amara. El agujero crece. Quiero sacar el libro que traigo en la mochila para taparlo pero no lo hago, en cambio pienso en la lectura ambulante, esa actividad inmóvil que se realiza en movimiento. Ahora me viene a la mente Camus, es una pesadez leerlo de camino a la oficina, te contagia de un sentimiento de catarata, como si pudieras caer en los entresijos del absurdo que hiende toda actividad oficinesca. Me obligo a encauzar mis sentidos hacia mi entorno, miro los rostros de los pasajeros, todos sentados, algunos escuchan música, otro lee lo que parece un libro de texto de secundaria, la mayoría mira a ningún lado — quién dice que ir en el camión no es un acto reflexivo — yo anoto en una libretita como pazguato. Me hacen pensar en el cliché del mexicano festivo, si tan sólo fuéramos un país con un hálito de autoconsciencia, si pudiéramos mirar esta escena itinerante de completa ausencia de sentimiento. Hay tráfico, entramos en la zona comercial de Camarones, Crazy little thing called love revienta desde alguna tienda cuyos empleados creen en la festividad maquinal del mexicano. Veo anuncios del evento de Monster Truck por todos lados. El día de mi cumpleaños: al menos alguien pasará un buen rato ese día. Miro más allá del camión y me planteo la misma pregunta de siempre: ¿A dónde van todos? A las 8am bajo cualquier otra circunstancia estaría dando vueltas entre mis cobijas, pero aquí estoy, aquí estamos, camino a ningún lugar. Me bajo del camión, cruzo la calle que me separa de la estación del metro, entro, un jazz horrendo proviene de no sé dónde, hay una entidad detrás de la discontinua música del metro, no puedo evitar imaginar un ser solitario en alguna cabina sin salida, pretendiendo de todo corazón paliar el desesperante ritual mañanero de miles de infelices con un poco de jazz de elevador. Recuerdo haber escuchado alguna vez la banda sonora de Amelié. De pronto una chica alta sale disparada a mi lado, la reconozco, lo cual es casi un milagro — idea algo perturbadora — siempre baja las escaleras eléctricas hecha un rayo, la supongo hija de un relojero que se volvió loco y nunca ajustó un reloj correctamente.
Segunda fracción del viaje. El tiempo, los no lugares, la hiperrealidad. Los teóricos franceses posmodernos nunca han estado en el metro del D.F. No se puede evitar ver la escalada al metro como un acto voluntarioso, somos un ejército de valientes guerreros. Veo a un tipo leyendo. Ciudad de México = Literatura de autoayuda. Somos valientes sin rumbo, no hay nada peor, voluntad sin fin, voluntad a la deriva. Llegamos a Auditorio. Busco al hombre de la multitud de Poe. Veo una chica con folder en mano. Folder manila: símbolo universal del desempleo. Miro por enésima vez el mural de Auditorio, creo adivinar por fin quién es la chica de las alas de ángel, tiene que ser Nico, ¡pero dónde está Lou Reed! Nota: Investigar si Nico tuvo una etapa de ángel de Victoria’s Secret. Paso por la exposición de La alegría de servir conformada principalmente por fotografías de servidores públicos callejeros, algunos de ellos se ven genuinamente afables, me pregunto dónde están los policías, dónde están los servidores burocráticos. Salgo del metro, me formo en una de las desordenas filas para ascender al camión (tercera fracción), se suscita un diálogo entre el chofer y quien controla el flujo de los camiones, me pregunto por qué los defeños se empecinan en alargar las palabras con ese brío casi infantil. Decido seguir el resto del camino a pie sobre Reforma, la banqueta está deshecha, llego a un tramo recién pavimentado pero ya seco, noto unas huellas menudas para siempre impresas. Evocan la escena de Los Simpsons en que Bart imagina que en un distante futuro es traído a la vida a partir de sus huellas en el pavimento, me pregunto si todas las personas que dejan deliberadamente sus huellas juzgan posible ser revividos en un futuro distante. Creo ver a uno de los tres jefes de mi empresa, específicamente al español lanudo, en uno de los camiones que parecen escoltarnos sobre la avenida. Mi respeto por él, sabiendo que seguramente no es el gachupín, crece de golpe. Llego a la altura de Polanco que en ese momento me da la impresión de ser una jaula de la que todos quieren escapar, una jaula de las locas. Me atropella una loca de Polanco a 2 km/p día, suscita una extraña escena donde yo finjo ser golpeado y una aún más torpe disculpa del conductor. Ignoro su disculpa y camino el resto del trayecto por el parque, noto granaderos en los márgenes del parque. Definitivamente no tiene nada de bucólico este recorrido.
Mi recorrido diario hacia el trabajo está fraccionado en tres partes, travesía del camión hasta el metro Camarones, primera fracción, trayecto hasta la estación Auditorio, segunda fracción, camión hasta la Fuente de Petróleos, tercera fracción. Me subo al camión hacia Camarones, soy el único de pie, siento la indolencia matinal reptar por mi espalda, recuerdo un fragmento sobre la escritura durante el paseo, una escritura desapegada de sus alrededores, tengo la impresión de haberlo leído en algún libro de Vila-Matas aunque sé perfectamente que no es cierto y fue aludido en uno de los talleres de Luigi Amara. El agujero crece. Quiero sacar el libro que traigo en la mochila para taparlo pero no lo hago, en cambio pienso en la lectura ambulante, esa actividad inmóvil que se realiza en movimiento. Ahora me viene a la mente Camus, es una pesadez leerlo de camino a la oficina, te contagia de un sentimiento de catarata, como si pudieras caer en los entresijos del absurdo que hiende toda actividad oficinesca. Me obligo a encauzar mis sentidos hacia mi entorno, miro los rostros de los pasajeros, todos sentados, algunos escuchan música, otro lee lo que parece un libro de texto de secundaria, la mayoría mira a ningún lado — quién dice que ir en el camión no es un acto reflexivo — yo anoto en una libretita como pazguato. Me hacen pensar en el cliché del mexicano festivo, si tan sólo fuéramos un país con un hálito de autoconsciencia, si pudiéramos mirar esta escena itinerante de completa ausencia de sentimiento. Hay tráfico, entramos en la zona comercial de Camarones, Crazy little thing called love revienta desde alguna tienda cuyos empleados creen en la festividad maquinal del mexicano. Veo anuncios del evento de Monster Truck por todos lados. El día de mi cumpleaños: al menos alguien pasará un buen rato ese día. Miro más allá del camión y me planteo la misma pregunta de siempre: ¿A dónde van todos? A las 8am bajo cualquier otra circunstancia estaría dando vueltas entre mis cobijas, pero aquí estoy, aquí estamos, camino a ningún lugar. Me bajo del camión, cruzo la calle que me separa de la estación del metro, entro, un jazz horrendo proviene de no sé dónde, hay una entidad detrás de la discontinua música del metro, no puedo evitar imaginar un ser solitario en alguna cabina sin salida, pretendiendo de todo corazón paliar el desesperante ritual mañanero de miles de infelices con un poco de jazz de elevador. Recuerdo haber escuchado alguna vez la banda sonora de Amelié. De pronto una chica alta sale disparada a mi lado, la reconozco, lo cual es casi un milagro — idea algo perturbadora — siempre baja las escaleras eléctricas hecha un rayo, la supongo hija de un relojero que se volvió loco y nunca ajustó un reloj correctamente.
Segunda fracción del viaje. El tiempo, los no lugares, la hiperrealidad. Los teóricos franceses posmodernos nunca han estado en el metro del D.F. No se puede evitar ver la escalada al metro como un acto voluntarioso, somos un ejército de valientes guerreros. Veo a un tipo leyendo. Ciudad de México = Literatura de autoayuda. Somos valientes sin rumbo, no hay nada peor, voluntad sin fin, voluntad a la deriva. Llegamos a Auditorio. Busco al hombre de la multitud de Poe. Veo una chica con folder en mano. Folder manila: símbolo universal del desempleo. Miro por enésima vez el mural de Auditorio, creo adivinar por fin quién es la chica de las alas de ángel, tiene que ser Nico, ¡pero dónde está Lou Reed! Nota: Investigar si Nico tuvo una etapa de ángel de Victoria’s Secret. Paso por la exposición de La alegría de servir conformada principalmente por fotografías de servidores públicos callejeros, algunos de ellos se ven genuinamente afables, me pregunto dónde están los policías, dónde están los servidores burocráticos. Salgo del metro, me formo en una de las desordenas filas para ascender al camión (tercera fracción), se suscita un diálogo entre el chofer y quien controla el flujo de los camiones, me pregunto por qué los defeños se empecinan en alargar las palabras con ese brío casi infantil. Decido seguir el resto del camino a pie sobre Reforma, la banqueta está deshecha, llego a un tramo recién pavimentado pero ya seco, noto unas huellas menudas para siempre impresas. Evocan la escena de Los Simpsons en que Bart imagina que en un distante futuro es traído a la vida a partir de sus huellas en el pavimento, me pregunto si todas las personas que dejan deliberadamente sus huellas juzgan posible ser revividos en un futuro distante. Creo ver a uno de los tres jefes de mi empresa, específicamente al español lanudo, en uno de los camiones que parecen escoltarnos sobre la avenida. Mi respeto por él, sabiendo que seguramente no es el gachupín, crece de golpe. Llego a la altura de Polanco que en ese momento me da la impresión de ser una jaula de la que todos quieren escapar, una jaula de las locas. Me atropella una loca de Polanco a 2 km/p día, suscita una extraña escena donde yo finjo ser golpeado y una aún más torpe disculpa del conductor. Ignoro su disculpa y camino el resto del trayecto por el parque, noto granaderos en los márgenes del parque. Definitivamente no tiene nada de bucólico este recorrido.