Fraccionamiento Insurgentes, Cuernavaca, Morelos. Son las 4:06pm, el experimento es el siguiente: pasear con mi perro, aquella fuerza de la naturaleza que obedece a leyes menos certeras de la probabilidad, canino que no ha conocido los extramuros del jardín en varias semanas y trazará la aleatoriedad – alimentada por esa ansiedad errática del encierro – de un camino, un territorio, que conozco bien. Pasear con mi perro, pues, es una afrenta a la conceptualización más común del paseo, sometida a la preposición a y reducida a obedecer una lógica de utilidad mercantil. Para qué pasear, por tanto, si no es lucrativo. Ejemplo: darle la vuelta a tu abuelo a cambio de tu domingo.
El fraccionamiento es un lugar dulce y aislado, a sus espaldas cumbres boscosas, en la lejanía ruidos citadinos y diáfanos gritos de plenitud dominguera, a mi vista hileras de casas abrigadas por muros. Aunque las quiero mirar como bardas excluyentes, propiciadores de espacios capsulares, me parecen el menor de los culpables de nuestra cultura amurallada, simples moles bobaliconas que miran desde las alturas nuestra pequeñez, nuestro miedo a la concertación pública. Aún controlo a Chuck con la cadena: su brío me asusta. Recuerdo vagamente los consejos del Encantador de Perros y le atizo un golpe al costado de su cuello. Chuck, cristiano inflexible, prefiere poner la otra mejilla. Es mejor que yo. Decido soltarlo. Sale impelido por el meñique de Dios hacia la derecha. Anticipando la dificultad del ejercicio, empuño mi Ipod con la canción que lubricará la sublimación del paseo aguardando en el cilindro. Activo mi aparato extraterrestre y camino hacia la calle periférica del fraccionamiento, Chamizal, .
Hay canciones que te extraen del flujo del tiempo y te colocan en una extraña clase de arcoíris cósmico sobre el que por pura fuerza de atracción te pones a dar piruetas de loco. Hay canciones, no muchas. AMOK, la mejor creación de Atoms for Peace, es una de ellas. Más que súperbanda, Atoms for Peace da la impresión de ser una clase de jam desenfadado entre hinchas de la buena música, una indeliberada reunión de músicos –muy a su manera– extravagantes. Vemos un Flea que francamente no ha lucido tan gozoso en dos décadas y un Thom Yorke que encuentra el espejo de aquella energía que no supo hacia donde proyectar en The Eraser, disco con otra de esas canciones extirpadoras de la realidad y tras la cual decidieron, campechanamente, nombrarse: Atoms for Piece, una clase de balada espectral ejecutada con una confianza que asusta, humedecida por la llovizna nostálgica de Worrywort. En AMOK, la voz de Yorke se desliza como aceite y agua por el sonido fantasmagórico del bajo de Flea y los rumores electrónicos de Nigel Godrich, derivando en un cauce que se desembaraza con lisura en la cresta de ese arcoíris que te permite ver la monstruosidad de la Tierra. Pero a la vez es un asomo al infinito, o al infinito silencio que rodea a la Tierra, así que de nuevo diriges tu mirada a la Tierra, más deslumbrante que nunca, con luz propia, ese pequeño chispazo improbable, el gran Accidente; no es un faro en la oscuridad del mar, es una maldita reja de clavos que se ciñe a la carne y forma boquetes de donde escurre vida, rojísima y purulenta. Y desde aquellas alturas vislumbras las calle de Chamizal, sobre la cual paseo con Chuck, que ahora se dirige hacia el gran imán de la Bomba de Agua, lugar cardinal en la mitología de mi infancia: la base máxima de las Guerras de Frutas, el bastión a colonizar, el lugar de las borracheras iniciáticas; más tarde, próximo a la decadencia adulta, el rincón donde perdíamos tardes enteras fumando marihuana mientras les mirábamos las piernas a las vecinas argentinas que salían a hacer ejercicio.
Pauso el Ipod y permito que los aromas de la memoria tomen un asiento protagónico en el ejercicio. Ya en los parajes de la Bomba me siento en una mesa de piedra deteriorada y aferro la cadena de Chuck. Ya no hay vecinas argentinas, sólo moradores domingueros y anodinos paseantes de perros (no como yo), y pienso, una vez más, en la severidad del tiempo que se lleva las bellezas porteñas a lugares misteriosos que no son tan misteriosos, sino lejanos y ocultos a mi mirada. Contengo las reflexiones y retomo el paseo. Salgo del terreno de la Bomba y desciendo por Chamizal para cubrir el otro frente del Fraccionamiento. Chuck, ya serenado, me sigue a cierta distancia deteniéndose de tanto en tanto a mear. Observo las casas intentando franquear con la mirada las rejas y los muros, detectar la palpitante vida detrás de las moles bobaliconas: desgranar el misterio. Frente la mayoría no descubro nada, ante otras prefiero pasarme de largo para evitar posibles encuentros enredosos –incómodos– con conocidos. Ahora ni Ipod ni morriña. Cada paso se hunde más y más en el fango impreciso de la memoria, entiendo sin ir más lejos que estoy en una trampa mortal. Considero detener el paseo, estoy casi a la altura de Beltrán y Puga donde vive mi papá pero me detengo. Chuck ya está algo cansado, yo no aunque me siento aturdido y con hambre. Recuerdo que mi papá cocinará los hongos silvestres que recogió este otoño en los bosques de Estocolmo. Doblo por Beltrán y Puga y dirijo mis pasos a la promesa trascendental de la cocina de mi padre.
El fraccionamiento es un lugar dulce y aislado, a sus espaldas cumbres boscosas, en la lejanía ruidos citadinos y diáfanos gritos de plenitud dominguera, a mi vista hileras de casas abrigadas por muros. Aunque las quiero mirar como bardas excluyentes, propiciadores de espacios capsulares, me parecen el menor de los culpables de nuestra cultura amurallada, simples moles bobaliconas que miran desde las alturas nuestra pequeñez, nuestro miedo a la concertación pública. Aún controlo a Chuck con la cadena: su brío me asusta. Recuerdo vagamente los consejos del Encantador de Perros y le atizo un golpe al costado de su cuello. Chuck, cristiano inflexible, prefiere poner la otra mejilla. Es mejor que yo. Decido soltarlo. Sale impelido por el meñique de Dios hacia la derecha. Anticipando la dificultad del ejercicio, empuño mi Ipod con la canción que lubricará la sublimación del paseo aguardando en el cilindro. Activo mi aparato extraterrestre y camino hacia la calle periférica del fraccionamiento, Chamizal, .
Hay canciones que te extraen del flujo del tiempo y te colocan en una extraña clase de arcoíris cósmico sobre el que por pura fuerza de atracción te pones a dar piruetas de loco. Hay canciones, no muchas. AMOK, la mejor creación de Atoms for Peace, es una de ellas. Más que súperbanda, Atoms for Peace da la impresión de ser una clase de jam desenfadado entre hinchas de la buena música, una indeliberada reunión de músicos –muy a su manera– extravagantes. Vemos un Flea que francamente no ha lucido tan gozoso en dos décadas y un Thom Yorke que encuentra el espejo de aquella energía que no supo hacia donde proyectar en The Eraser, disco con otra de esas canciones extirpadoras de la realidad y tras la cual decidieron, campechanamente, nombrarse: Atoms for Piece, una clase de balada espectral ejecutada con una confianza que asusta, humedecida por la llovizna nostálgica de Worrywort. En AMOK, la voz de Yorke se desliza como aceite y agua por el sonido fantasmagórico del bajo de Flea y los rumores electrónicos de Nigel Godrich, derivando en un cauce que se desembaraza con lisura en la cresta de ese arcoíris que te permite ver la monstruosidad de la Tierra. Pero a la vez es un asomo al infinito, o al infinito silencio que rodea a la Tierra, así que de nuevo diriges tu mirada a la Tierra, más deslumbrante que nunca, con luz propia, ese pequeño chispazo improbable, el gran Accidente; no es un faro en la oscuridad del mar, es una maldita reja de clavos que se ciñe a la carne y forma boquetes de donde escurre vida, rojísima y purulenta. Y desde aquellas alturas vislumbras las calle de Chamizal, sobre la cual paseo con Chuck, que ahora se dirige hacia el gran imán de la Bomba de Agua, lugar cardinal en la mitología de mi infancia: la base máxima de las Guerras de Frutas, el bastión a colonizar, el lugar de las borracheras iniciáticas; más tarde, próximo a la decadencia adulta, el rincón donde perdíamos tardes enteras fumando marihuana mientras les mirábamos las piernas a las vecinas argentinas que salían a hacer ejercicio.
Pauso el Ipod y permito que los aromas de la memoria tomen un asiento protagónico en el ejercicio. Ya en los parajes de la Bomba me siento en una mesa de piedra deteriorada y aferro la cadena de Chuck. Ya no hay vecinas argentinas, sólo moradores domingueros y anodinos paseantes de perros (no como yo), y pienso, una vez más, en la severidad del tiempo que se lleva las bellezas porteñas a lugares misteriosos que no son tan misteriosos, sino lejanos y ocultos a mi mirada. Contengo las reflexiones y retomo el paseo. Salgo del terreno de la Bomba y desciendo por Chamizal para cubrir el otro frente del Fraccionamiento. Chuck, ya serenado, me sigue a cierta distancia deteniéndose de tanto en tanto a mear. Observo las casas intentando franquear con la mirada las rejas y los muros, detectar la palpitante vida detrás de las moles bobaliconas: desgranar el misterio. Frente la mayoría no descubro nada, ante otras prefiero pasarme de largo para evitar posibles encuentros enredosos –incómodos– con conocidos. Ahora ni Ipod ni morriña. Cada paso se hunde más y más en el fango impreciso de la memoria, entiendo sin ir más lejos que estoy en una trampa mortal. Considero detener el paseo, estoy casi a la altura de Beltrán y Puga donde vive mi papá pero me detengo. Chuck ya está algo cansado, yo no aunque me siento aturdido y con hambre. Recuerdo que mi papá cocinará los hongos silvestres que recogió este otoño en los bosques de Estocolmo. Doblo por Beltrán y Puga y dirijo mis pasos a la promesa trascendental de la cocina de mi padre.