martes, 14 de abril de 2015

Segunda parte de un entierro escandinavo

En esta segunda parte de la historia, el hombre, ahora mirándose a sí mismo en tercera persona, ocupa un espacio inmediato a la mujer de pómulos altos más bella que ha visto de este lado del Atlántico. Hay cierta crispación en el aire, una agitación vivificada. Las miradas oblicuas, indirectas, antes retozando en el reflejo prematuro de los ventanales, ahora se friccionan sesgadamente, en un plano no intervenido por la virtualidad de los reflejos que pertenecen al pasado.

Ahora estas líneas caen y describen el campo gravitacional que ejerce la mujer, que llamarle mujer siempre estará de más, un prisma que sintetiza las características de una sinopsis femenina; morocha y alta, ojos oscuros labios afilados; como su nariz, sus pómulos cortan vidrio. Amparado por un lenguaje extranjero, el hombre escribe sobre ella.

Qué curioso, qué perverso, casi voyerista, componer líneas sobre alguien sentado a su lado, no a manera del reportero haciendo una entrevista, o el mecanógrafo que registra los diálogos en la corte, sino como un literato: el más sucio, ramplón, indigno de todos los escribanos sobre la tierra. Los escritores hablan de la escritura como un acto de aislamiento, de ausencia de sonido sobre todo, pero ¿alguno han hablado de la escritura en un espacio público que propugna el silencio casi absoluto? En este momento no se enfrenta a la provocación del sonido, sino a una amenaza gravitacional: la cercanía física de un campo de atracción granítico, de la mujer de pómulos altos y uñas negras como ampolletas de sangre seca, de voz queda e incandescente, ahora y siempre imaginada, pues este es un recinto silencioso.