viernes, 25 de noviembre de 2016

Rinoplastia

En algún momento Uriel y yo fuimos, a un grado que resultaría bochornoso, inseparables. Nuestra historia se remonta al segundo grado de primaria. Entre los compañeros de clase, Uriel tenía la reputación de mitómano. Era también, a la manera paradójica de los viajes iniciáticos, el más consentido. A pesar de la abundancia de cachivaches que pavoneaba, mentía sobre todo con lo que lograra salirse con la suya. Aprovechaba el breve respiro entre el receso y la clase de inglés para, con el lado masculino del grupo cautivo, ostentar sus rutilantes juguetes y estampillas de video juegos y caricaturas japonesas que la televisión abierta aún no transmitía en esos días. Ya ejemplares por sí mismos, Uriel les pintaba una pátina mitológica: su patrimonio, decía, viajaba genuinamente desde ultramar. Una tía rica, mujer de mundo que vivía en Japón, lo visitaba cada tantos meses cargando mercancías flamantes, inconseguibles en cualquier otro lugar. Habría que admirar su tenacidad: logró sostener el teatro unos cuantos años hasta el día en que un compañero lo sorprendió en la tienda de comics del centro vaciando el aparador de novedades. Con todo nos caía bien pues nunca dejó de ser compartido con su fortuna ficticia. En la juventud la imaginación desbordante aun no era razón de ultimátums. Al terminar la primaria sus padres tuvieron el buen tino de sacarlo del Centro Educativo Bilingüe, una decadente empresa educativa con desmedidas ambiciones curriculares que en mejores tiempos podía abarcar, con éxito variable, todo el ciclo escolar de un estudiante cautivo, desde el kínder hasta la preparatoria. El signo más obvio de su ocaso llegó cuando en los tres grados de preparatoria, ese rincón más bien apartado del resto del complejo en el que no parecía pegar la luz del sol, se inscribieron menos de veinte alumnos. A la distancia, mirando desde dominios en que aún se escuchaba el sano bullicio de la vida escolar, esos pocos estudiantes me parecían gigantes mohosos, de facciones borradas por el viento, abandonados por sus guardianes, los adultos, quienes sabían que su mejor oportunidad de graduarse descansaba en las exhalaciones finales de ese mastodonte formativo. La persona que llevaba la riendas de la bestia agonizante era conocido como el Ingeniero, una suerte de Santa Claus supurante que se erguía varias cabezas por encima de nosotros, sus pequeños, trampeados ayudantes. Era un rufián que todos sabíamos despreciable, alumnos y maestros y padres por igual, que exprimió la escuela hasta lo posible. Los últimos tiempos, antes de que la escuela cerrara las puertas, circulaban rumores sobre su fuga, de sueldos no pagados por años, de una red de complicidad entre directivos, de una colección de caballos pura sangre abandonados en su rancho. La familia de Uriel no esperó la inminente inmolación (que llegaría dos años después) y lo transfirieron a una escuela en un vecindario aledaño, también privada, que brindaba refugio a los exiliados del CEB, alumnos y docentes y padres por igual. Nos volvimos a reunir años después, junto con otros tantos compañeros, en La Salle, la preparatoria en boga, cuya reputación cosmopolita e instalaciones racionalistas prometían una experiencia a medio camino entre las escuelas privadas más exclusivas, como el Colegio Miraflores, y las del tipo de CEB, negocios antes que nada, pedagógicas casi por casualidad. Ahí, a fuerza de familiaridad, náufragos en costas extrañas, reiniciamos nuestra relación en el equipo de fútbol de la escuela. Uriel era malo pero voluntarioso, confinado a la defensa y apenas a ratos, pero igual fue una presencia constante en todos los entrenamientos y partidos y luego en el equipo que formamos algunos amigos del equipo fuera de la escuela. Después y antes de los partidos, usualmente miércoles y viernes, se redefinieron los límites de nuestra amistad, hasta ese punto más bien discreta. Empezamos a salir, sin falta, cada fin de semana, por lo regular solos, aunque a veces se sumaban otros compañeros. Pero siempre, como una unidad desproporcionada por donde la miraras, nosotros dos. La asimetría era difícil de ignorar. Él era feo y gordo y encantador, con una ambición y ganas de complacer patentes. Yo era flaco y alto y me creía feo, aunque no lo fuera, y era impertinente y tímido. Pero los dos éramos tenaces seguidores del Real Madrid, admiradores exaltados del mago Zidane. Por lo demás, él tenía auto, un Tsuru blanco, y a mí el papel de copiloto comedido me quedaba bien. La coreografía de nuestra amistad, en términos generales, se desenvolvía frente a video juegos, el cine, quizá un toquín si nos iba bien. No pasé por alto el hecho de que procedíamos más como una relación que como una amistad, ni tampoco mi hermano, que lo dejaba claro cuando lo jodía por alguna cosa. Diría que no hubo muchos cambios a lo largo de tres años. A veces él intentaba salir con alguna amiga aunque nunca le resultara, quizá por su nariz ancha y ojos hundidos. Yo, en mi poquedad tajante, ni lo intentaba, así que la delicada armonía de nuestra relación, para mí suerte, pues no fui muy amiguero hasta tiempo después, se mantuvo estable. En algún punto del segundo año se inventó desvergonzadamente un noviazgo con una chica a todas luces fuera de su alcance. Me mostraba fotos y me contaba historias elaboradas de cómo se conocieron en sus clases de guitarra, en donde floreció su amor inoportuno. Ella, por supuesto, se acababa de mudar a otro estado pero mantenían su relación, más fuerte que nunca, a distancia. Meses después descubrí que la foto que llevaba en su celular era de la hermana de una buena amiga suya. Cuando lo confronté negó todo y ahí quedó el asunto. A esas alturas tomaba buena parte de lo que me decía con una saludable pizca de sal. Un día, casi sin darme cuenta, la preparatoria llegó a su fin. Mis papás me mandaron a pasar el verano con mi madrina en Stuttgart, creo que me veían sin rumbo o deprimido, que viene a ser lo mismo, y no supieron qué más hacer conmigo. A mi regreso, tras un verano nebuloso, caí en cuenta de haber perdido el rastro de mis amistades. Por alguna razón, lejos de la estructura que la escuela le brindaba a mi vida, no me dio por buscar a Uriel. De acuerdo a las expectativas de nuestra progenie arribista, era tiempo de pensar en la universidad, y yo, que debía la materia de álgebra, aún no terminaba de graduarme del todo. Luego me enteré por un amigo en común que Uriel se había ido a estudiar a Puebla. Por esos tiempos la gente empezaba a usar redes sociales y muchos aprovecharon para ponerse al día. Un día me llegó un mensaje de Uriel, quería verme a mí y a otros amigos satélite. Nos invitó, naturalmente, al cine y a comer tacos. Llegó con una chica a la que presentó como su novia. Era delgada, de buen cuerpo, bastante fea. Uriel parecía estar muy contento. Yo le platiqué que me quedaría en la universidad en Cuernavaca. Creo que se decepcionó de mi decisión, lo que no es lo mismo que decir que se sorprendió. Nos contó que su universidad era una de las mejores instituciones privadas del país, que la ciudad entera estaba dedicada a ella, muchos bares, muchos fuereños, mucha vida. Lo decía como si su chica no estuviera presente, y en realidad parecía no estarlo, pues no había dicho gran cosa en todo el rato. Como buen tipo que era, o porque siempre le gustó estar tras el volante, nos fue a dejar a cada uno a nuestras casas. Antes de bajarme le pregunté si vendría seguido a la ciudad y me contestó que cada fin de semana. Prometimos mantenernos en contacto. Los primeros meses lo estuvimos, hacíamos lo mismo de siempre, cine, tacos, de pronto una cerveza. Caí en cuenta que nunca lo había visto embriagado, quizá él a mí tampoco. Gobernaba su ambición con rigor. Me sentí un poco avergonzado de que apenas a esas alturas, después de todo este tiempo, empezara a notar que llegaría lejos, que tenía todo para lograrlo. Me di cuenta que, por su fealdad, había tenido un sesgo hacia Uriel: en mi mente no lo había ubicado a la altura de otros compañeros que parecían destinados a hacerla en la vida. Pero ahora estudiaba en una universidad de primera, tenía una novia complaciente y era disciplinado. Parecía que su disposición a la mentira había menguado. Yo lo tomé como indicador de su satisfacción de vida. Con el tiempo la universidad se volvió exigente y yo conocí a una chica, una diseñadora de Celaya. La visitaba casi todos los fines de semana. Dejé de frecuentar a mis amigos que aún moraban, extraviados, por Cuernavaca. Estaba satisfecho con mi vida por primera vez en años y quizá por eso usé los nuevos medios a mi disposición para escribirle a Uriel. Deberíamos vernos durante algún fin de semana que ambos tengamos libre, echo de menos tu carota, le escribí. No se me había ocurrido visitarlo en Puebla. Por sus fotos veía que las cosas parecían irle bien o al menos lucían estables. Seguía con la misma chica y aún compraba el modelo más reciente de la playera del Real Madrid. Quedamos de vernos dos semanas después, junto con otros amigos. Los días se fueron sucediendo y un día mi di cuenta que habían pasado dos meses, pero al final nos vimos, sólo Uriel y yo. Fuimos a tomar un café, nos pusimos al día, él ahora trabajaba medio tiempo como vendedor de autos, más por la experiencia que por el dinero. La escuela iba bien, la relación también, le conté sobre la chica con quien salía. Con una dejadez que me sorprendió, apenas alcanzó a murmurar que le gustaría conocerla uno de estos días. Hagamos una cita doble la próxima vez. Pongamos en un mes. Listo, un mes. Ese día ya no me llevó a casa. Le había pedido prestado el coche a mi papá, pero igual noté que Uriel ya no tenía el Tsuru blanco, ahora era un Golf, también blanco. La cita doble nunca pasó porque yo dejé de salir con la chica de Celaya poco después. No tuve ganas de contarle, sólo le escribí que sería mejor salir, como en los viejos tiempos, nosotros dos. Ya le diría en persona. Seguro, me escribió, será difícil zafarme pero lo intentaré. Sin la distracción de la novia le empecé a tomar gusto a mis estudios. Los fines de semana los pasaba leyendo y dando clases de tenis y adopté una tardía personalidad fiestera. Cuando se me ocurrió buscarlo de nuevo había pasado casi medio año. No había reparado en su mutismo que a estas alturas empezaba a tener algo de inusual. Por lo general él era el primero en buscarme o mandarme algún video para iniciar una conversación. Pensé que visitarlo sería una buena oportunidad de ponernos al día y experimentar la escena de fiesta universitaria poblana, algo que en otros tiempos no hubiera cruzado por mi mente. Al principio me dio largas, que lo visitarían sus papás o que no estaría en la ciudad o que tenía exámenes. Le dije que no dejaría de insistir hasta que aceptara, aunque fuera por una noche. Eso pareció funcionar y me dio fecha: dentro de dos fines de semana. Ese día tomé un autobús y me dormí todo el camino y cuando desperté ya había oscurecido. Al llegar a la terminal le marqué y me dijo que iba un poco tarde, llegaría en quince minutos. Vi un auto blanco acercarse después de un rato y supuse que era él. Me subí al coche y en la penumbra lo saludé alegremente sin mirarlo ni arrimarme a él. Nunca fuimos de mucho contacto físico. Contrario a mi disposición más bien lacónica, no paré de hablar. Hablaba de cualquier cosa, sin punto ni rumbo, pero igual sentía que como invitado, después de todo ese tiempo, estaba obligado a tomar la iniciativa. Había mucho terreno por cubrir. De pronto, con algo de vergüenza, caí en cuenta del silencio poco común en él. Enmudecí y giré mi cabeza para cederle la palabra. Entonces noté una silueta que no correspondía con la de Uriel. Esta era angulosa y lustrosa. Sintió el peso de mi mirada, ladeó su rostro y me dedicó una sonrisa vanidosa que me pareció verdaderamente espantosa. Donde antes había estado una nariz amplia, ampulosa, la nariz de Uriel, ahora me saludaba un alfiler con aletas. Clavé mi mirada hacia enfrente y caí en un silencio plomizo. Uriel empezó a hablar con tranquilidad sobre lo que haríamos esa noche. Te encantará, las mujeres abundan y como están lejos de casa son más relajadas. Su trompa había mutado en un elefante mínimo que ahora abarcaba la habitación entera. Eché en falta la intimidad altanera de otros días que me hubiera dado recursos para suavizar el impacto. Llegamos al lugar donde se quedaba, un cuchitril que formaba parte de lo que parecía un deteriorado conjunto habitacional de paso. Durante el rato que estuvimos ahí para dejar mis cosas y bañarnos no dije nada ni lo miré directamente a los ojos. Sabía que él lo notaría tarde o temprano, pero decidí dejar las confidencias y turbaciones para más tarde. Me dije que con unos alcoholes encima esto perdería la dimensión catastrófica de la primera impresión. Me llevó a un ruidoso bar estudiantil en donde no parecía caber una persona más. Encontramos por suerte una mesa condicionada por la compra de una botella de Bacardí. Me zampé una cuba tras otra, aún sin poder mirarlo de frente ni hablarle con soltura, pretendiendo estar distraído por las mujeres del lugar, por lo demás decepcionantes. Cuando empecé a sentir el efecto del alcohol me puse a bailar en la pista improvisada, pretendiendo ser un estudiante más que vive para el fin de semana. De pronto ojeaba la mesa donde Uriel seguía sentado, su rostro iluminado por la pantalla del celular que arrojaba una luz mortecina sobre su rostro moreno. Su nariz, como recién salida de la fábrica, fulguraba con otra intensidad. Aunque doblaba la cabeza, la cima de la nariz me apuntaba como un dedo enjuiciador. Iba a la mesa sólo para servirme más ron y de inmediato regresaba a la pista. Queriendo lucir ocupado le hacía la plática a una chica chaparrita de Morelia. Vi a Uriel ponerse de pie y dirigirse a donde yo bailaba como un cretino. Hice como si no lo viera hasta que puso su mano sobre mi hombro. Giré. Mírame, cabrón, este es mi rostro ahora, este soy yo, el mismo de siempre, sólo que ahora tengo esta pinche nariz y si no puedes vivir con ello eres la mayor mierda sobre la tierra. Eso creía que diría pero sólo me pidió que nos fuéramos, tenía que trabajar en la agencia mañana a medio día. Pretendí ir dormido todo el camino, sintiéndome como la mayor mierda sobre la tierra. Al día siguiente, reducido a un ovillo en el sofá, lo escuché salir. Vomité y me di un baño y salí. Le mandé un mensaje agradeciéndole por todo, la próxima vez yo invitaría la salida en Cuernavaca. Sabía que eso no ocurriría. Había perdido la oportunidad de extirpar la estilizada aberración que había brotado entre nosotros: el instante en que la noté en el auto, o nunca más. Uriel, el rollizo y encantador mitómano, había muerto. Jamás imaginé que el rigor con que conducía su ambición pudiera llevarlo por el camino de la alteración plástica. Quería dejar de ser feo para ser la persona que podía llegar a ser, sólo para convertirse en un monstruo. Semanas después su foto de perfil había cambiado. Me miraba un trasunto pobremente remedado, mal distribuido, irreconocible, que exaltaba su fealdad hasta el infinito. Si lo permitía, la imagen de su nuevo rostro terminaría por entrometerse en nuestra biografía compartida. Su prístina nariz colonizaría los recuerdos de mi infancia y juventud, dándoles un grotesco brillo plastificado. Lo busqué entre mi lista de contactos. Encontré el botón de eliminar.

Click.

domingo, 3 de abril de 2016

La Invención del Amanecer*

Soy un hombre langosta, me gusta caminar bajo cielos estrellados y me gustan los exteriores, soy aventurero aunque tengo un lado sensible, me gustaría conocer alguien con quien pueda escalar montañas un domingo por la mañana y terminar el día viendo películas o escuchando jazz acurrucados en un diván. No me gusta tanto el agua, pero de vez en cuando me doy un chapuzón cuando mi caparazón es un horno. Mi color favorito es el rojo, y me gustan las mujeres de todo tipo, pero las prefiero altas de piernas flacas. Si te gustan las personas contemplativas pero apasionadas escríbeme, mi dirección es…

El hombre langosta no terminó de escribir la nota. Como siempre, se quedaba en la última línea, colmado de dudas, repasando los estropeados capítulos de su vida dedicados a las mujeres, todos tristes, todos incómodos como calcetines mojados. Le roía que en otros tiempos había sido diferente: como mancebo había gozado cierto éxito con las mujeres, a quienes les atraía su caparazón, en aquel entonces más robusto, sus tenazas angulosas, su fogoso tono rojizo, pero sobre todo –había que admitirlo–, su Impala 67 descapotado, comprado con la parte del dinero que a su padre le pareció justo cederle tras ganar una embrollada demanda contra el progenitor no oficial de ambos: el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras. Era una adquisición más bien caprichosa y lo sabía, pero a los diecinueve años poco le importaba: en aquellos días, de mente y caparazón tiernos, nada mejor que sentir el viento tibio lustrando su bermejo talante.

Pero ahora, muchos años después de que aquellas llantas dejaran de fijar el ritmo de los días, era una mañana nublada y poco más. Más de una vez se había arrepentido de no zanjar su vida en esa borrascosa cúspide, por lo general en las épocas rayanas a su cumpleaños: más y más el sol parecía negarle a su armadura ese resplandor antaño deslumbrante.

Y como casi todas las mañanas el hombre langosta salió de su departamento ubicado en una de las colonias indistinguibles de la ciudad, compró el periódico y fue a la cafetería de la esquina para sentarse a leer. Se dirigió, tal como sugería la métrica de su ritual, a la sección de avisos oportunos en busca del dócil verbo de un corazón, de preferencia un corazón insular como el suyo, sensible pero aventurero, con gusto por las laderas y las esquinas suaves, un corazón de piernas flacas. A pesar de su premura, esperaba los tradicionales anuncios escasamente velados de suplicios amorosos: esa mañana no fue la excepción, así que salió de la cafetería dejando su café con leche intacto y dirigió sus pasos a la heladería de su amigo. No solía abrir hasta las once, decía que no tenía caso abrir antes: sus mejores clientes eran estudiantes de secundaria que aprovechaban la hora del receso para fugarse y atiborrarse de azúcar. 

Eran diez para las once y decidió esperar sentado en la banquete de la paletería "El teacher", así: encomillado. El nombre era una consecuencia natural: por varios años su amigo había dado clases de inglés en la secundaria privada de la que ahora venía la mayor parte de su clientela, quienes apreciaban la ironía. Era bajito y panzón, con ojos azul hielo que parecían verlo todo, un güero de rancho, de físico y modales. Le encantaba que su amigo fuera una langosta, lo hacía presa fácil para alguien cuyas cabuleadas eran más bien mediocres. Aunque se lo guardara, el hombre langosta le tenía franco aprecio, sabía que a su amigo no le gustaba verlo solo y triste así que en ocasiones lo llevaba a rastras a algún club de caballeros. El temor que el hombre langosta le tenía a los burdeles era justificado: el diseño de las pinzas y los senos de silicona no hacen juego. Prefería acabar la noche en algún mirador viendo calladitos las estrellas.

Ahí sentado fue cuando notó a una mujer aparecer en el marco de una ventana del segundo piso del achatado edificio de enfrente. No era especialmente encantadora y parecía estar rondando la cuarentena, pero le atrajo el rojo inflexible de sus labios y su cautela al fumar un cigarro que no parecía de tabaco. Se fijó con impunidad en su semblante gatuno, ojos un poco enfermizos y bocanadas perezosas. Creyó ver algo de sí mismo en ella, o más bien la carencia de ese algo. El hombre langosta enderezó su coraza quizá por primera vez en años, como si ese espiritifláutico movimiento fuera a sacar del retiro a su jubilada visibilidad, como si no estuviera sentado frente a una heladería color rosa y verde limón. Pero esa tracción no respondía a una chispa consciente y quizá su caparazón había guardado en secreto todo ese tiempo pequeños rituales de emparejamiento.

Pero la mujer no lo vio, o no le importó que un hombre langosta se arrellanara frente a la unidad en la que vivía, como si fuera cosa de todos los días. En ese momento el hombre langosta escuchó el silbido alegre de su amigo. Lo vio doblar la esquina con su mirada desordenada recorriendo las planas de un periódico de nota roja. Hoy tenía la esperanza de no ver su triste jeta, le dijo su amigo mientras subía la cortina de "El teacher". Cállate, chato, y dime quién es esa, el hombre langosta proyectó su zarpa hacia la ventana, temiendo encontrar un marco vacío. Ella seguía ahí. Ahora blandía con displicencia un matamoscas. Su amigo enfocó sus ladinos ojos azules hacia el segundo piso. No lo sé y no me hagas caso pero parece una de esas recién-divorciadas que se quedan todo el día en la ventana imaginando el horizonte.

Espoleado por sus palabras, el hombre langosta se puso de pie con dificultad, le pidió dos paletas de limón a su amigo. Sin pensarlo dos veces cruzó la calle y se plantó bajo la ventana. Disculpa, con el calor que hace pensé que te gustaría probar algo frío. Le habló de con un hilo de voz y mostró la atenazada paleta sabiendo que era un día más bien fresco.

Ella lo miró quizá por primera vez. Seguro, por qué no subes. Luego desapareció. Subió y tocó la puerta frente a las escaleras. No hubo respuesta. Momentos después escuchó un piso arriba el crujir de unas bisagras. La mujer asomó sus ojos vaporosos entre los balaustres del tercer piso, hecho que quizá en otro momento le habría extrañado, pero el hombre langosta sólo atinó a flotar por las escaleras como embrujado.

La mujer, que se movía con silenciosa agilidad para su tremenda estatura, ahora lo esperaba en uno de los divanes individuales del diminuto departamento. Olía a orines de gato y plátano maduro, un aroma extrañamente acogedor. La mujer saltó del asiento. ¿Gustas algo de licor con tu paleta?, se dirigió a una vitrina dentada. Llevaba un pantalón holgado pero él juró distinguir unos popotes de piernas. Sintió un hormigueo en sus tenazas. La mujer le extendió uno de dos vasos servidos sin recato, él le correspondió con una paleta de limón y se dio cuenta que no había dicho nada en todo ese tiempo. Eres nueva por aquí, cierto... vengo casi todos los días a la heladería de mi amigo y nunca te había visto.

Yo si te había visto a ti y a tus escamas, es difícil no hacerlo. Siendo sincera te noto distinto, menos, no sé… como sea, me llamo Mirna, ¡pero llámame Mir! Sorbió ruidosamente la paleta. En realidad no es que me ande asomando mucho por la ventana. No hay mucho que ver por aquí. Sabes, anteayer se perdió mi gata…quizá no sean mis rumbos pero reconozco un barrio de gatos rufianes cuando lo veo.

Seguro que regresa, los gatos son vagabundos duchos, el hombre langosta buscó serenarla.

Aprecio su optimismo, señor crustáceo, pero la verdad es que creo que mi gata puede toparse con dos situaciones: uno, que el tintineo de su cascabel les evoque ese jazz vertical del que tanto gustan los gatos callejeros y la hagan uno de ellos. La mujer suspiró. La segunda y más probable es que caiga víctima de las fieras sospechas felinas en el campo de batalla. Fondeó el licor.

Como un samurái, dijo el hombre langosta como entre sueños.

Creo que justo así me gustaría recordarla, como un samurái, o como un ninja, pero los samuráis y los gatos se parecen en una cosa: desenvainan sus filos tan rápido como el viento. Su nombre es Celerina y el caso es que no creo volverla a ver nunca más.

Al hombre langosta le pareció la historia más triste que jamás había escuchado y se enamoró sin remedio. Aunque no sabía sobre animales extraviados sabía lo que era perder el rumbo hacia el hogar. La mujer cayó en silencio y su mirada se enturbió. El hombre le dio un sorbo al vaso: le supo a licor de caña. Por un momento pensó que Celarina era todo lo que Mir tenía en el mundo. 

Mi color favorito es el rojo y me gustan las piernas flacas, se escuchó diciendo el hombre langosta. Ella miraba el fondo de la copa vacía entre sus manos. En esos momentos imprecisos, de silencio espeso, detonó un rumor zigzagueante de origen incierto. El hombre langosta creyó reconocer el instrumento atolondrado de Coltrane. También me gustan las noches estrelladas… a veces voy con mi amigo el heladero a mirar las estrellas, pero a pesar de su compañía miro las estrellas y me siento solo y las siento solas a ellas, porque refulgen en un universo silencioso…. pero nuestro mundo no es silencioso, para eso tenemos a Coltrane.

Ella sonrió y levantó la vista. En ese instante, ese hombre metido en el apolillado caparazón le pareció más joven, menos triste. Afuera, más allá de toda lógica, parecía amanecer, pero no amanecía, no era afuera donde salía el sol, sino allí adentro, en ese minúsculo departamento en el que dos criaturas extrañas intercambiaban gestos extraños. Él sin decir nada más le tomó la mano con su blanda tenaza. También me gusta el color rojo. Le estrujo la tenaza.

*Texto publicado en Radiador Magazine