Soy un hombre langosta, me gusta caminar bajo cielos estrellados y me gustan los exteriores, soy aventurero aunque tengo un lado sensible, me gustaría conocer alguien con quien pueda escalar montañas un domingo por la mañana y terminar el día viendo películas o escuchando jazz acurrucados en un diván. No me gusta tanto el agua, pero de vez en cuando me doy un chapuzón cuando mi caparazón es un horno. Mi color favorito es el rojo, y me gustan las mujeres de todo tipo, pero las prefiero altas de piernas flacas. Si te gustan las personas contemplativas pero apasionadas escríbeme, mi dirección es…
El hombre langosta no terminó de escribir la nota. Como siempre, se quedaba en la última línea, colmado de dudas, repasando los estropeados capítulos de su vida dedicados a las mujeres, todos tristes, todos incómodos como calcetines mojados. Le roía que en otros tiempos había sido diferente: como mancebo había gozado cierto éxito con las mujeres, a quienes les atraía su caparazón, en aquel entonces más robusto, sus tenazas angulosas, su fogoso tono rojizo, pero sobre todo –había que admitirlo–, su Impala 67 descapotado, comprado con la parte del dinero que a su padre le pareció justo cederle tras ganar una embrollada demanda contra el progenitor no oficial de ambos: el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras. Era una adquisición más bien caprichosa y lo sabía, pero a los diecinueve años poco le importaba: en aquellos días, de mente y caparazón tiernos, nada mejor que sentir el viento tibio lustrando su bermejo talante.
Pero ahora, muchos años después de que aquellas llantas dejaran de fijar el ritmo de los días, era una mañana nublada y poco más. Más de una vez se había arrepentido de no zanjar su vida en esa borrascosa cúspide, por lo general en las épocas rayanas a su cumpleaños: más y más el sol parecía negarle a su armadura ese resplandor antaño deslumbrante.
Y como casi todas las mañanas el hombre langosta salió de su departamento ubicado en una de las colonias indistinguibles de la ciudad, compró el periódico y fue a la cafetería de la esquina para sentarse a leer. Se dirigió, tal como sugería la métrica de su ritual, a la sección de avisos oportunos en busca del dócil verbo de un corazón, de preferencia un corazón insular como el suyo, sensible pero aventurero, con gusto por las laderas y las esquinas suaves, un corazón de piernas flacas. A pesar de su premura, esperaba los tradicionales anuncios escasamente velados de suplicios amorosos: esa mañana no fue la excepción, así que salió de la cafetería dejando su café con leche intacto y dirigió sus pasos a la heladería de su amigo. No solía abrir hasta las once, decía que no tenía caso abrir antes: sus mejores clientes eran estudiantes de secundaria que aprovechaban la hora del receso para fugarse y atiborrarse de azúcar.
Y como casi todas las mañanas el hombre langosta salió de su departamento ubicado en una de las colonias indistinguibles de la ciudad, compró el periódico y fue a la cafetería de la esquina para sentarse a leer. Se dirigió, tal como sugería la métrica de su ritual, a la sección de avisos oportunos en busca del dócil verbo de un corazón, de preferencia un corazón insular como el suyo, sensible pero aventurero, con gusto por las laderas y las esquinas suaves, un corazón de piernas flacas. A pesar de su premura, esperaba los tradicionales anuncios escasamente velados de suplicios amorosos: esa mañana no fue la excepción, así que salió de la cafetería dejando su café con leche intacto y dirigió sus pasos a la heladería de su amigo. No solía abrir hasta las once, decía que no tenía caso abrir antes: sus mejores clientes eran estudiantes de secundaria que aprovechaban la hora del receso para fugarse y atiborrarse de azúcar.
Eran diez para las once y decidió esperar sentado en la banquete de la paletería "El teacher", así: encomillado. El nombre era una consecuencia natural: por varios años su amigo había dado clases de inglés en la secundaria privada de la que ahora venía la mayor parte de su clientela, quienes apreciaban la ironía. Era bajito y panzón, con ojos azul hielo que parecían verlo todo, un güero de rancho, de físico y modales. Le encantaba que su amigo fuera una langosta, lo hacía presa fácil para alguien cuyas cabuleadas eran más bien mediocres. Aunque se lo guardara, el hombre langosta le tenía franco aprecio, sabía que a su amigo no le gustaba verlo solo y triste así que en ocasiones lo llevaba a rastras a algún club de caballeros. El temor que el hombre langosta le tenía a los burdeles era justificado: el diseño de las pinzas y los senos de silicona no hacen juego. Prefería acabar la noche en algún mirador viendo calladitos las estrellas.
Ahí sentado fue cuando notó a una mujer aparecer en el marco de una ventana del segundo piso del achatado edificio de enfrente. No era especialmente encantadora y parecía estar rondando la cuarentena, pero le atrajo el rojo inflexible de sus labios y su cautela al fumar un cigarro que no parecía de tabaco. Se fijó con impunidad en su semblante gatuno, ojos un poco enfermizos y bocanadas perezosas. Creyó ver algo de sí mismo en ella, o más bien la carencia de ese algo. El hombre langosta enderezó su coraza quizá por primera vez en años, como si ese espiritifláutico movimiento fuera a sacar del retiro a su jubilada visibilidad, como si no estuviera sentado frente a una heladería color rosa y verde limón. Pero esa tracción no respondía a una chispa consciente y quizá su caparazón había guardado en secreto todo ese tiempo pequeños rituales de emparejamiento.
Pero la mujer no lo vio, o no le importó que un hombre langosta se arrellanara frente a la unidad en la que vivía, como si fuera cosa de todos los días. En ese momento el hombre langosta escuchó el silbido alegre de su amigo. Lo vio doblar la esquina con su mirada desordenada recorriendo las planas de un periódico de nota roja. Hoy tenía la esperanza de no ver su triste jeta, le dijo su amigo mientras subía la cortina de "El teacher". Cállate, chato, y dime quién es esa, el hombre langosta proyectó su zarpa hacia la ventana, temiendo encontrar un marco vacío. Ella seguía ahí. Ahora blandía con displicencia un matamoscas. Su amigo enfocó sus ladinos ojos azules hacia el segundo piso. No lo sé y no me hagas caso pero parece una de esas recién-divorciadas que se quedan todo el día en la ventana imaginando el horizonte.
Espoleado por sus palabras, el hombre langosta se puso de pie con dificultad, le pidió dos paletas de limón a su amigo. Sin pensarlo dos veces cruzó la calle y se plantó bajo la ventana. Disculpa, con el calor que hace pensé que te gustaría probar algo frío. Le habló de tú con un hilo de voz y mostró la atenazada paleta sabiendo que era un día más bien fresco.
Ella lo miró quizá por primera vez. Seguro, por qué no subes. Luego desapareció. Subió y tocó la puerta frente a las escaleras. No hubo respuesta. Momentos después escuchó un piso arriba el crujir de unas bisagras. La mujer asomó sus ojos vaporosos entre los balaustres del tercer piso, hecho que quizá en otro momento le habría extrañado, pero el hombre langosta sólo atinó a flotar por las escaleras como embrujado.
La mujer, que se movía con silenciosa agilidad para su tremenda estatura, ahora lo esperaba en uno de los divanes individuales del diminuto departamento. Olía a orines de gato y plátano maduro, un aroma extrañamente acogedor. La mujer saltó del asiento. ¿Gustas algo de licor con tu paleta?, se dirigió a una vitrina dentada. Llevaba un pantalón holgado pero él juró distinguir unos popotes de piernas. Sintió un hormigueo en sus tenazas. La mujer le extendió uno de dos vasos servidos sin recato, él le correspondió con una paleta de limón y se dio cuenta que no había dicho nada en todo ese tiempo. Eres nueva por aquí, cierto... vengo casi todos los días a la heladería de mi amigo y nunca te había visto.
Ella lo miró quizá por primera vez. Seguro, por qué no subes. Luego desapareció. Subió y tocó la puerta frente a las escaleras. No hubo respuesta. Momentos después escuchó un piso arriba el crujir de unas bisagras. La mujer asomó sus ojos vaporosos entre los balaustres del tercer piso, hecho que quizá en otro momento le habría extrañado, pero el hombre langosta sólo atinó a flotar por las escaleras como embrujado.
La mujer, que se movía con silenciosa agilidad para su tremenda estatura, ahora lo esperaba en uno de los divanes individuales del diminuto departamento. Olía a orines de gato y plátano maduro, un aroma extrañamente acogedor. La mujer saltó del asiento. ¿Gustas algo de licor con tu paleta?, se dirigió a una vitrina dentada. Llevaba un pantalón holgado pero él juró distinguir unos popotes de piernas. Sintió un hormigueo en sus tenazas. La mujer le extendió uno de dos vasos servidos sin recato, él le correspondió con una paleta de limón y se dio cuenta que no había dicho nada en todo ese tiempo. Eres nueva por aquí, cierto... vengo casi todos los días a la heladería de mi amigo y nunca te había visto.
Yo si te había visto a ti y a tus escamas, es difícil no hacerlo. Siendo sincera te noto distinto, menos, no sé… como sea, me llamo Mirna, ¡pero llámame Mir! Sorbió ruidosamente la paleta. En realidad no es que me ande asomando mucho por la ventana. No hay mucho que ver por aquí. Sabes, anteayer se perdió mi gata…quizá no sean mis rumbos pero reconozco un barrio de gatos rufianes cuando lo veo.
Seguro que regresa, los gatos son vagabundos duchos, el hombre langosta buscó serenarla.
Aprecio su optimismo, señor crustáceo, pero la verdad es que creo que mi gata puede toparse con dos situaciones: uno, que el tintineo de su cascabel les evoque ese jazz vertical del que tanto gustan los gatos callejeros y la hagan uno de ellos. La mujer suspiró. La segunda y más probable es que caiga víctima de las fieras sospechas felinas en el campo de batalla. Fondeó el licor.
Como un samurái, dijo el hombre langosta como entre sueños.
Creo que justo así me gustaría recordarla, como un samurái, o como un ninja, pero los samuráis y los gatos se parecen en una cosa: desenvainan sus filos tan rápido como el viento. Su nombre es Celerina y el caso es que no creo volverla a ver nunca más.
Seguro que regresa, los gatos son vagabundos duchos, el hombre langosta buscó serenarla.
Aprecio su optimismo, señor crustáceo, pero la verdad es que creo que mi gata puede toparse con dos situaciones: uno, que el tintineo de su cascabel les evoque ese jazz vertical del que tanto gustan los gatos callejeros y la hagan uno de ellos. La mujer suspiró. La segunda y más probable es que caiga víctima de las fieras sospechas felinas en el campo de batalla. Fondeó el licor.
Como un samurái, dijo el hombre langosta como entre sueños.
Creo que justo así me gustaría recordarla, como un samurái, o como un ninja, pero los samuráis y los gatos se parecen en una cosa: desenvainan sus filos tan rápido como el viento. Su nombre es Celerina y el caso es que no creo volverla a ver nunca más.
Al hombre langosta le pareció la historia más triste que jamás había escuchado y se enamoró sin remedio. Aunque no sabía sobre animales extraviados sabía lo que era perder el rumbo hacia el hogar. La mujer cayó en silencio y su mirada se enturbió. El hombre le dio un sorbo al vaso: le supo a licor de caña. Por un momento pensó que Celarina era todo lo que Mir tenía en el mundo.
Mi color favorito es el rojo y me gustan las piernas flacas, se escuchó diciendo el hombre langosta. Ella miraba el fondo de la copa vacía entre sus manos. En esos momentos imprecisos, de silencio espeso, detonó un rumor zigzagueante de origen incierto. El hombre langosta creyó reconocer el instrumento atolondrado de Coltrane. También me gustan las noches estrelladas… a veces voy con mi amigo el heladero a mirar las estrellas, pero a pesar de su compañía miro las estrellas y me siento solo y las siento solas a ellas, porque refulgen en un universo silencioso…. pero nuestro mundo no es silencioso, para eso tenemos a Coltrane.
Ella sonrió y levantó la vista. En ese instante, ese hombre metido en el apolillado caparazón le pareció más joven, menos triste. Afuera, más allá de toda lógica, parecía amanecer, pero no amanecía, no era afuera donde salía el sol, sino allí adentro, en ese minúsculo departamento en el que dos criaturas extrañas intercambiaban gestos extraños. Él sin decir nada más le tomó la mano con su blanda tenaza. También me gusta el color rojo. Le estrujo la tenaza.
Ella sonrió y levantó la vista. En ese instante, ese hombre metido en el apolillado caparazón le pareció más joven, menos triste. Afuera, más allá de toda lógica, parecía amanecer, pero no amanecía, no era afuera donde salía el sol, sino allí adentro, en ese minúsculo departamento en el que dos criaturas extrañas intercambiaban gestos extraños. Él sin decir nada más le tomó la mano con su blanda tenaza. También me gusta el color rojo. Le estrujo la tenaza.
*Texto publicado en Radiador Magazine