En algún momento Uriel y yo fuimos, a un grado que resultaría bochornoso, inseparables. Nuestra historia se remonta al segundo grado de primaria. Entre los compañeros de clase, Uriel tenía la reputación de mitómano. Era también, a la manera paradójica de los viajes iniciáticos, el más consentido. A pesar de la abundancia de cachivaches que pavoneaba, mentía sobre todo con lo que lograra salirse con la suya. Aprovechaba el breve respiro entre el receso y la clase de inglés para, con el lado masculino del grupo cautivo, ostentar sus rutilantes juguetes y estampillas de video juegos y caricaturas japonesas que la televisión abierta aún no transmitía en esos días. Ya ejemplares por sí mismos, Uriel les pintaba una pátina mitológica: su patrimonio, decía, viajaba genuinamente desde ultramar. Una tía rica, mujer de mundo que vivía en Japón, lo visitaba cada tantos meses cargando mercancías flamantes, inconseguibles en cualquier otro lugar. Habría que admirar su tenacidad: logró sostener el teatro unos cuantos años hasta el día en que un compañero lo sorprendió en la tienda de comics del centro vaciando el aparador de novedades. Con todo nos caía bien pues nunca dejó de ser compartido con su fortuna ficticia. En la juventud la imaginación desbordante aun no era razón de ultimátums. Al terminar la primaria sus padres tuvieron el buen tino de sacarlo del Centro Educativo Bilingüe, una decadente empresa educativa con desmedidas ambiciones curriculares que en mejores tiempos podía abarcar, con éxito variable, todo el ciclo escolar de un estudiante cautivo, desde el kínder hasta la preparatoria. El signo más obvio de su ocaso llegó cuando en los tres grados de preparatoria, ese rincón más bien apartado del resto del complejo en el que no parecía pegar la luz del sol, se inscribieron menos de veinte alumnos. A la distancia, mirando desde dominios en que aún se escuchaba el sano bullicio de la vida escolar, esos pocos estudiantes me parecían gigantes mohosos, de facciones borradas por el viento, abandonados por sus guardianes, los adultos, quienes sabían que su mejor oportunidad de graduarse descansaba en las exhalaciones finales de ese mastodonte formativo. La persona que llevaba la riendas de la bestia agonizante era conocido como el Ingeniero, una suerte de Santa Claus supurante que se erguía varias cabezas por encima de nosotros, sus pequeños, trampeados ayudantes. Era un rufián que todos sabíamos despreciable, alumnos y maestros y padres por igual, que exprimió la escuela hasta lo posible. Los últimos tiempos, antes de que la escuela cerrara las puertas, circulaban rumores sobre su fuga, de sueldos no pagados por años, de una red de complicidad entre directivos, de una colección de caballos pura sangre abandonados en su rancho. La familia de Uriel no esperó la inminente inmolación (que llegaría dos años después) y lo transfirieron a una escuela en un vecindario aledaño, también privada, que brindaba refugio a los exiliados del CEB, alumnos y docentes y padres por igual. Nos volvimos a reunir años después, junto con otros tantos compañeros, en La Salle, la preparatoria en boga, cuya reputación cosmopolita e instalaciones racionalistas prometían una experiencia a medio camino entre las escuelas privadas más exclusivas, como el Colegio Miraflores, y las del tipo de CEB, negocios antes que nada, pedagógicas casi por casualidad. Ahí, a fuerza de familiaridad, náufragos en costas extrañas, reiniciamos nuestra relación en el equipo de fútbol de la escuela. Uriel era malo pero voluntarioso, confinado a la defensa y apenas a ratos, pero igual fue una presencia constante en todos los entrenamientos y partidos y luego en el equipo que formamos algunos amigos del equipo fuera de la escuela. Después y antes de los partidos, usualmente miércoles y viernes, se redefinieron los límites de nuestra amistad, hasta ese punto más bien discreta. Empezamos a salir, sin falta, cada fin de semana, por lo regular solos, aunque a veces se sumaban otros compañeros. Pero siempre, como una unidad desproporcionada por donde la miraras, nosotros dos. La asimetría era difícil de ignorar. Él era feo y gordo y encantador, con una ambición y ganas de complacer patentes. Yo era flaco y alto y me creía feo, aunque no lo fuera, y era impertinente y tímido. Pero los dos éramos tenaces seguidores del Real Madrid, admiradores exaltados del mago Zidane. Por lo demás, él tenía auto, un Tsuru blanco, y a mí el papel de copiloto comedido me quedaba bien. La coreografía de nuestra amistad, en términos generales, se desenvolvía frente a video juegos, el cine, quizá un toquín si nos iba bien. No pasé por alto el hecho de que procedíamos más como una relación que como una amistad, ni tampoco mi hermano, que lo dejaba claro cuando lo jodía por alguna cosa. Diría que no hubo muchos cambios a lo largo de tres años. A veces él intentaba salir con alguna amiga aunque nunca le resultara, quizá por su nariz ancha y ojos hundidos. Yo, en mi poquedad tajante, ni lo intentaba, así que la delicada armonía de nuestra relación, para mí suerte, pues no fui muy amiguero hasta tiempo después, se mantuvo estable. En algún punto del segundo año se inventó desvergonzadamente un noviazgo con una chica a todas luces fuera de su alcance. Me mostraba fotos y me contaba historias elaboradas de cómo se conocieron en sus clases de guitarra, en donde floreció su amor inoportuno. Ella, por supuesto, se acababa de mudar a otro estado pero mantenían su relación, más fuerte que nunca, a distancia. Meses después descubrí que la foto que llevaba en su celular era de la hermana de una buena amiga suya. Cuando lo confronté negó todo y ahí quedó el asunto. A esas alturas tomaba buena parte de lo que me decía con una saludable pizca de sal. Un día, casi sin darme cuenta, la preparatoria llegó a su fin. Mis papás me mandaron a pasar el verano con mi madrina en Stuttgart, creo que me veían sin rumbo o deprimido, que viene a ser lo mismo, y no supieron qué más hacer conmigo. A mi regreso, tras un verano nebuloso, caí en cuenta de haber perdido el rastro de mis amistades. Por alguna razón, lejos de la estructura que la escuela le brindaba a mi vida, no me dio por buscar a Uriel. De acuerdo a las expectativas de nuestra progenie arribista, era tiempo de pensar en la universidad, y yo, que debía la materia de álgebra, aún no terminaba de graduarme del todo. Luego me enteré por un amigo en común que Uriel se había ido a estudiar a Puebla. Por esos tiempos la gente empezaba a usar redes sociales y muchos aprovecharon para ponerse al día. Un día me llegó un mensaje de Uriel, quería verme a mí y a otros amigos satélite. Nos invitó, naturalmente, al cine y a comer tacos. Llegó con una chica a la que presentó como su novia. Era delgada, de buen cuerpo, bastante fea. Uriel parecía estar muy contento. Yo le platiqué que me quedaría en la universidad en Cuernavaca. Creo que se decepcionó de mi decisión, lo que no es lo mismo que decir que se sorprendió. Nos contó que su universidad era una de las mejores instituciones privadas del país, que la ciudad entera estaba dedicada a ella, muchos bares, muchos fuereños, mucha vida. Lo decía como si su chica no estuviera presente, y en realidad parecía no estarlo, pues no había dicho gran cosa en todo el rato. Como buen tipo que era, o porque siempre le gustó estar tras el volante, nos fue a dejar a cada uno a nuestras casas. Antes de bajarme le pregunté si vendría seguido a la ciudad y me contestó que cada fin de semana. Prometimos mantenernos en contacto. Los primeros meses lo estuvimos, hacíamos lo mismo de siempre, cine, tacos, de pronto una cerveza. Caí en cuenta que nunca lo había visto embriagado, quizá él a mí tampoco. Gobernaba su ambición con rigor. Me sentí un poco avergonzado de que apenas a esas alturas, después de todo este tiempo, empezara a notar que llegaría lejos, que tenía todo para lograrlo. Me di cuenta que, por su fealdad, había tenido un sesgo hacia Uriel: en mi mente no lo había ubicado a la altura de otros compañeros que parecían destinados a hacerla en la vida. Pero ahora estudiaba en una universidad de primera, tenía una novia complaciente y era disciplinado. Parecía que su disposición a la mentira había menguado. Yo lo tomé como indicador de su satisfacción de vida. Con el tiempo la universidad se volvió exigente y yo conocí a una chica, una diseñadora de Celaya. La visitaba casi todos los fines de semana. Dejé de frecuentar a mis amigos que aún moraban, extraviados, por Cuernavaca. Estaba satisfecho con mi vida por primera vez en años y quizá por eso usé los nuevos medios a mi disposición para escribirle a Uriel. Deberíamos vernos durante algún fin de semana que ambos tengamos libre, echo de menos tu carota, le escribí. No se me había ocurrido visitarlo en Puebla. Por sus fotos veía que las cosas parecían irle bien o al menos lucían estables. Seguía con la misma chica y aún compraba el modelo más reciente de la playera del Real Madrid. Quedamos de vernos dos semanas después, junto con otros amigos. Los días se fueron sucediendo y un día mi di cuenta que habían pasado dos meses, pero al final nos vimos, sólo Uriel y yo. Fuimos a tomar un café, nos pusimos al día, él ahora trabajaba medio tiempo como vendedor de autos, más por la experiencia que por el dinero. La escuela iba bien, la relación también, le conté sobre la chica con quien salía. Con una dejadez que me sorprendió, apenas alcanzó a murmurar que le gustaría conocerla uno de estos días. Hagamos una cita doble la próxima vez. Pongamos en un mes. Listo, un mes. Ese día ya no me llevó a casa. Le había pedido prestado el coche a mi papá, pero igual noté que Uriel ya no tenía el Tsuru blanco, ahora era un Golf, también blanco. La cita doble nunca pasó porque yo dejé de salir con la chica de Celaya poco después. No tuve ganas de contarle, sólo le escribí que sería mejor salir, como en los viejos tiempos, nosotros dos. Ya le diría en persona. Seguro, me escribió, será difícil zafarme pero lo intentaré. Sin la distracción de la novia le empecé a tomar gusto a mis estudios. Los fines de semana los pasaba leyendo y dando clases de tenis y adopté una tardía personalidad fiestera. Cuando se me ocurrió buscarlo de nuevo había pasado casi medio año. No había reparado en su mutismo que a estas alturas empezaba a tener algo de inusual. Por lo general él era el primero en buscarme o mandarme algún video para iniciar una conversación. Pensé que visitarlo sería una buena oportunidad de ponernos al día y experimentar la escena de fiesta universitaria poblana, algo que en otros tiempos no hubiera cruzado por mi mente. Al principio me dio largas, que lo visitarían sus papás o que no estaría en la ciudad o que tenía exámenes. Le dije que no dejaría de insistir hasta que aceptara, aunque fuera por una noche. Eso pareció funcionar y me dio fecha: dentro de dos fines de semana. Ese día tomé un autobús y me dormí todo el camino y cuando desperté ya había oscurecido. Al llegar a la terminal le marqué y me dijo que iba un poco tarde, llegaría en quince minutos. Vi un auto blanco acercarse después de un rato y supuse que era él. Me subí al coche y en la penumbra lo saludé alegremente sin mirarlo ni arrimarme a él. Nunca fuimos de mucho contacto físico. Contrario a mi disposición más bien lacónica, no paré de hablar. Hablaba de cualquier cosa, sin punto ni rumbo, pero igual sentía que como invitado, después de todo ese tiempo, estaba obligado a tomar la iniciativa. Había mucho terreno por cubrir. De pronto, con algo de vergüenza, caí en cuenta del silencio poco común en él. Enmudecí y giré mi cabeza para cederle la palabra. Entonces noté una silueta que no correspondía con la de Uriel. Esta era angulosa y lustrosa. Sintió el peso de mi mirada, ladeó su rostro y me dedicó una sonrisa vanidosa que me pareció verdaderamente espantosa. Donde antes había estado una nariz amplia, ampulosa, la nariz de Uriel, ahora me saludaba un alfiler con aletas. Clavé mi mirada hacia enfrente y caí en un silencio plomizo. Uriel empezó a hablar con tranquilidad sobre lo que haríamos esa noche. Te encantará, las mujeres abundan y como están lejos de casa son más relajadas. Su trompa había mutado en un elefante mínimo que ahora abarcaba la habitación entera. Eché en falta la intimidad altanera de otros días que me hubiera dado recursos para suavizar el impacto. Llegamos al lugar donde se quedaba, un cuchitril que formaba parte de lo que parecía un deteriorado conjunto habitacional de paso. Durante el rato que estuvimos ahí para dejar mis cosas y bañarnos no dije nada ni lo miré directamente a los ojos. Sabía que él lo notaría tarde o temprano, pero decidí dejar las confidencias y turbaciones para más tarde. Me dije que con unos alcoholes encima esto perdería la dimensión catastrófica de la primera impresión. Me llevó a un ruidoso bar estudiantil en donde no parecía caber una persona más. Encontramos por suerte una mesa condicionada por la compra de una botella de Bacardí. Me zampé una cuba tras otra, aún sin poder mirarlo de frente ni hablarle con soltura, pretendiendo estar distraído por las mujeres del lugar, por lo demás decepcionantes. Cuando empecé a sentir el efecto del alcohol me puse a bailar en la pista improvisada, pretendiendo ser un estudiante más que vive para el fin de semana. De pronto ojeaba la mesa donde Uriel seguía sentado, su rostro iluminado por la pantalla del celular que arrojaba una luz mortecina sobre su rostro moreno. Su nariz, como recién salida de la fábrica, fulguraba con otra intensidad. Aunque doblaba la cabeza, la cima de la nariz me apuntaba como un dedo enjuiciador. Iba a la mesa sólo para servirme más ron y de inmediato regresaba a la pista. Queriendo lucir ocupado le hacía la plática a una chica chaparrita de Morelia. Vi a Uriel ponerse de pie y dirigirse a donde yo bailaba como un cretino. Hice como si no lo viera hasta que puso su mano sobre mi hombro. Giré. Mírame, cabrón, este es mi rostro ahora, este soy yo, el mismo de siempre, sólo que ahora tengo esta pinche nariz y si no puedes vivir con ello eres la mayor mierda sobre la tierra. Eso creía que diría pero sólo me pidió que nos fuéramos, tenía que trabajar en la agencia mañana a medio día. Pretendí ir dormido todo el camino, sintiéndome como la mayor mierda sobre la tierra. Al día siguiente, reducido a un ovillo en el sofá, lo escuché salir. Vomité y me di un baño y salí. Le mandé un mensaje agradeciéndole por todo, la próxima vez yo invitaría la salida en Cuernavaca. Sabía que eso no ocurriría. Había perdido la oportunidad de extirpar la estilizada aberración que había brotado entre nosotros: el instante en que la noté en el auto, o nunca más. Uriel, el rollizo y encantador mitómano, había muerto. Jamás imaginé que el rigor con que conducía su ambición pudiera llevarlo por el camino de la alteración plástica. Quería dejar de ser feo para ser la persona que podía llegar a ser, sólo para convertirse en un monstruo. Semanas después su foto de perfil había cambiado. Me miraba un trasunto pobremente remedado, mal distribuido, irreconocible, que exaltaba su fealdad hasta el infinito. Si lo permitía, la imagen de su nuevo rostro terminaría por entrometerse en nuestra biografía compartida. Su prístina nariz colonizaría los recuerdos de mi infancia y juventud, dándoles un grotesco brillo plastificado. Lo busqué entre mi lista de contactos. Encontré el botón de eliminar.
Click.