Ayer fui a una de aquellas pasarelas que duran 36 segundos y no respetan las cosas sagradas como que el separador ha de ser uno con el libro, hasta el final al menos. Deben migrar de libro en libro es como si vacacionaras en el mismo lugar cada verano. Bajo esa lógica se ha de emprender el camino de la literatura y la moda, que vienen a ser lo mismo. La pasarela se presentaba diáfana como los contornos de porcelana y los cuellos rojos de las modelos. Sus ojos flotaban más allá de sus cavidades, como empolvados por cocaína de esa que pica las encías. Aquellas excusas caminantes seguían una estría amarilla que parecía truncarse tan pronto salían del primero de tres cuartos, regresando a su punto de partida casi al instante que sus tacones-rascacielos trepidaban por el suelo, haciendo un sonido carnal que sólo me puedo imaginar, pues era ahogado por el cuchicheo, a su vez ahogado por la música a su vez ahogada por mi corazón. Ahí salen los primeros ojos con algo de candela, como si fueran una niña de 13 años bailando danzón cubano. Bien, lo cubano quizá estuviese sugestionado por su fresca negrura, de porcelana también. En realidad sus tacones descendían por un pasillo distinto, no guiado por una linea amarilla sino por un sonido liberado. Libre en esa mazmorra nimia. Que mérito. La pasarela merece la calificación perfecta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario