Repasando viejos escritos me sorprendo al notar la existencia de patrones y esquemas, y no documentaciones, o extractos, inconexos como sospeché encontraría. Traspasando la densa grama de simbolismos y analogías sin rumbo que encubría muchas de las bitácoras, se muestran pedazos de un rompecabezas que, con algo de atrevimiento, es posible unir. El resultado no es cabalmente interpretable, sino que permite la lectura múltiple, la aproximación de un sujeto intentando reconciliar su existencia con conceptos cuya esencia desconoce, que cuestiona, mas se atañe a ellas intuitivamente, reconociendo el quebrantable suelo de hielo sobre el que camina, que representa su camino moral agrietado. Es extraño como, sin variable, alegorizo mis experiencias, tal vez como evidencia de mi desapego pragmático que pueden velar, y cuya disección sólo ejecuto a través de la abstracción. Temo que revele mi incapacidad de llevarlo a un plano, por así llamarlo, pragmático. Es decir, y quizá no es necesario explicar, temo no reconocer la importancia de la práctica ética, ya que cuando intento penetrarla hasta su núcleo, y extraer alguna verdad, alguna respuesta, me hallo perdido en un nebuloso receptáculo. Porque saber sus fines prácticos y abstractos, y haberlos entendido, experimentado, es muy distinto. El primero no toma más que un año, o dos, u ocho para volverse un perito; la contraparte no la rozarías en el doble de tiempo. Puede serte compartida una doctrina, pero el verdadero conocimiento no está en el discurso, en métodos que vestimos de maestros. La sabiduría no se trasmite. Es posible comunicar el saber, pero es necesario vivirla, hacer de ella un sendero. Y mis temores se fundamentan en la premisa anterior. Temo que mi distancia entre lenguaje y experiencia sea la contestación de mis dudas y aprensión hacia la finalidad de la ética. No ha de ser confundida con la tentación del nihilismo como consejero, sino con la idea del origen simple, infinitamente enmarañada por las personas; que finalmente sea uno más de los juegos mediante los cuales entretenemos a nuestro infante oculto, que visto francamente, no está oculto, sino presente en cada uno de nuestros actos y pensamientos y habladurías; salvo algunos (maravillosos, ohgraciasporexistir) casos. Tal vez nunca alcance la paz; quisiera poder separarme de mi ego como si fuese agua sobre la piel siendo absorbida por una toalla. No quiero perderme en el laberinto de las frases, y reconocer que son sólo palabras todo aquello que llamamos ética y moral. Quiero aprender a través de las acciones, las encrucijadas, los sacrificios, las desvergüenzas, las consecuentes sensaciones de culpa, bienestar, orgullo, nausea. Quiero ver a través de las apariencias, reconocer que yo mismo soy una apariencia, que todo es venerable y evitar analizar, explicar y despreciar el mundo. Quiero no querer.
sábado, 18 de agosto de 2012
viernes, 17 de agosto de 2012
La secre
¿Telera o bolillo joven? Telera. Con aguatito. Ito. No gracias. El joven cruzó la calle vio a una de las altísimas secretarias de su trabajo y dio la vuelta. Camino un par de cuadras más y se metió a una tienda de joyería de los judíos de la cuadra. Con la mano que no sujetaba la torta sacó sus llaves de Lucas Piolleri y empezó a jugar con ellas mientras pensaba en las muchas tiendas que no han soportado el paso del tiempo. Son de terrible gusto, estas malditas tiendas pertenecen al estacionario ethos mexicano. Son y serán hasta que el cielo deje de iluminarnos con su luz crepuscular, se dijo abochornándose por la chabacanería de su frase. Buenas tardes, joven, déjeme adivinar está huyendo de alguien, escuchó dimanar una voz del fondo de la tienda. Al joven se le dificultó enfocar a su autor, como si existiera detrás de un vidrio sucio. El atuendo tradicional de rabí le confería al viejo una cualidad de sabio. A este hombre le creeré cada palabra que salga de su boca, decretó el joven. Sus cejas parecían llamas danzantes con decenas de humanos-perros reaccionando a su crujir sonoro. Siento molestarlo estoy buscando una anillo para mi novia, dijo el joven. Curioso, sonrió y sus dientes formaban parte del experimento tribal que acontecía hacia el norte de su compás, No le calcularía más de 18 me disculpará si me niego a creerle. La secretaria de mi trabajo: me la dí dispense mi lenguaje, se sorprendió confensando el joven, la evito desde entonces carecía de un cierto tacto al intimar que me recordaba a esas cruentas películas setenteras donde todo se ve falso. No las recuerdo, dijo el rabí que más bien le parecía mustafa. Y mire que me lleva medio siglo. Al menos, convino el viejo. Bueno qué me dice de películas setenteras que si recuerda. Me gustaban las de Pedro Infante y las de Bergman, ahora las comisuras de la sonrisa del viejo parecían cultivar miles de esos caninos enfermizos. El joven suspiró. Me voy. Cuídese hombre. Giró en un movimiento a punto de tensar la rótula, favorecía las buenas salidas sobre las buenas entradas. Adiós, la próxima vez que pretenda huir de la secretaria está bienvenido. El joven detuvo su maniobra y balbuceó: quizá cuando me case de verdad y salió. Quizá cuando me...? Arruiné mi salida, pensó en la arbolada calle. Se sentó en la banqueta.
jueves, 2 de agosto de 2012
Agujero
El hombre sesudo concluyó dos cosas. La profundidad gradual se tornaba en algo insoportable. Su camino terminaría engullida por esa profundidad. La confrontación de estas dos premisas habían alimentado su trasnochado sentimiento de absurdidad, antaño equiparable a nunca. la sonrisa del hombre podía ser confundida por una de alivio. En verdad lo era. Nadie más que él lo habría visto de otra manera. Continuó camino abajo. Los veinte metros que lo separaban de su destino se dilataban en kilométricas reflexiones, antaño equiparable a nunca. Se detuvo, reculó dos pasos. Un paso más y su vida reanimaría su sentido. De espíritu desbordante. La idea le daba repulsión. Desfundó la Molina calibre .45. El enorme péndulo ampliaba su oscilación y amenazaba con aplastarlo bajo su peso invisible. Dejó de sonreír mientras quitaba el seguro de su acompañante.
El siguiente paso que dio fue mecánico, nacido del hábito. Dejaría que sus articulaciones respondieran a las cargas eléctricas nativas a la inercia, antaño equiparable a siempre. El péndulo rugía como una serpiente emplumada: sedosa y amenazante. La profundidad se movió, inquieta, deseosa de avanzar. Pero no, esperaría al hombre, dejaría que su titubeo anudara sus reflejos, sus rápidas manos como insonoros rayos.
El hombre, ahora penumbra, sentenció a la profundidad. Las siguientes palabras fueron sus últimas: Eres mi hermana. Siempre lo has sido. Conozco tus secretos y debilidades: estás asqueada de tí misma. Ven a mi, yo te arropo. Recibe mi abrazo y despréndete y clausura y nace de nuevo. Desenfunda. Hazlo ahora o piérdete en los laberintos de la eternidad. El hombre sabía que no la engañaría, percibiría su miedo en esas incoherentes sentencias. Silencio. Nulidad. Colocó el dedo sobre el gatillo. El abismo hizo lo mismo.
El péndulo se detuvo apenas un segundo, quizá ni eso. Los condenó a la eternidad de ese segundo. Su confrontación tendría que esperar el fin de los tiempos (del segundo), que no llegaría. Los gatillos rompieron los cristales del tiempo, formando una urdimbre de probabilidades infinitesimales. Descargaron los arbitrarios proyectiles que se rehusaron a aniquilar sin el permiso del péndulo, amo de todos los duelos y el tiempo. El hombre y la profundidad quedaron petrificados, con la eternidad enlazando sus miradas y sus pistolas, como el granítico pegamento que une al cosmos.
El siguiente paso que dio fue mecánico, nacido del hábito. Dejaría que sus articulaciones respondieran a las cargas eléctricas nativas a la inercia, antaño equiparable a siempre. El péndulo rugía como una serpiente emplumada: sedosa y amenazante. La profundidad se movió, inquieta, deseosa de avanzar. Pero no, esperaría al hombre, dejaría que su titubeo anudara sus reflejos, sus rápidas manos como insonoros rayos.
El hombre, ahora penumbra, sentenció a la profundidad. Las siguientes palabras fueron sus últimas: Eres mi hermana. Siempre lo has sido. Conozco tus secretos y debilidades: estás asqueada de tí misma. Ven a mi, yo te arropo. Recibe mi abrazo y despréndete y clausura y nace de nuevo. Desenfunda. Hazlo ahora o piérdete en los laberintos de la eternidad. El hombre sabía que no la engañaría, percibiría su miedo en esas incoherentes sentencias. Silencio. Nulidad. Colocó el dedo sobre el gatillo. El abismo hizo lo mismo.
El péndulo se detuvo apenas un segundo, quizá ni eso. Los condenó a la eternidad de ese segundo. Su confrontación tendría que esperar el fin de los tiempos (del segundo), que no llegaría. Los gatillos rompieron los cristales del tiempo, formando una urdimbre de probabilidades infinitesimales. Descargaron los arbitrarios proyectiles que se rehusaron a aniquilar sin el permiso del péndulo, amo de todos los duelos y el tiempo. El hombre y la profundidad quedaron petrificados, con la eternidad enlazando sus miradas y sus pistolas, como el granítico pegamento que une al cosmos.
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