Dicen que el escritor muere cada vez que escribe –dijo el señor Noguchi. Le había permitido quedarse en aquél herrumbroso desván detrás de su estudio en el que nadie había puesto pie en años. Se sentía cansado y con ganas de abandonar el pequeño comedor donde tomaban el té desde hacía horas entre prolongados silencios de tanto en tanto interrumpidos por aforismos ininteligibles como aquél. Se puso de pie y dijo que si no le importaba se iría a acostar. El señor Noguchi miraba el fondo de su taza, sus ojos brumosos parecían haber enfrascado la neblina que rodeaba el patio de la casa. Hizo una imperceptible venia y el joven escritor se retiró de inmediato. Entró al estudio de Noguchi, un espacio sobrio saturado de obras que parecían inacabadas, aun las que ya contaban con aquella firma arabesca que entretejía de un trazo su nombre de pila, Antonio, y su apellido de ultramar. Se detuvo un rato a mirar el espacio hasta que sintió nauseas. Noguchi ya había habituado el desván. Junto a la ventana se arrimaba un escritorio pequeñísimo y una silla. Se sentó en el borde de la cama y miró el techo surcado de hendiduras por las que caminaban pequeños bichos negros. Le había pedido el cuarto a Noguchi unas cuantas semanas con el argumento de estar buscando un puesto de redactor en una revista o un periódico. Sentía cómo la criatura instalada en sus entrañas se agitaba cada que vez que pensaba en el vacilante rumbo de su pluma. Pensó, aún con resistencia, que la madurez es saber distinguir entre el capricho y la realidad, hacer concesiones exigía sacrificios insospechados por parte de cualquier artista. Le vino a la mente Kafka, secretario legal de una aseguradora hasta el último día de su nocturna vida. Luego Carver, a tiempos conserje y cartero. Pero entretenía una idea consoladora: el trabajo en una publicación, cualquiera que fuera, afianzaría las ataduras de su escritura, a tiempos francamente torpe, de bordes mancillados.
Pero él no era Carver, ni mucho menos Kafka. Se acercó al escritorio recubierta por hojas en blanco y textos truncados: revelaban una clase de abandono muy diferente al de la obra de Noguchi –pensó– la cual evocaba un náufrago capaz de mirar las fulgurantes costas del arte y se ve alejado por la inexorable marea del tiempo. Lo que veía en sus páginas en blanco y textos deshilados era un escritor que no moría cada vez que escribía. Se encontraba en una ladera desde la cual miraba la tiranía de ese mar metálico, veía los esqueletos de grandes fragatas entre las rocas que protegían la costa, el mar derramándose sobre la bahía con rabia. Sólo un puñado había cruzado esa trampa. Noguchi no era Kafka, pero comprendió que aquellos ojos nublados divisaban un pasado delineado por las huellas desnudas sobre la fina arena blanca. Habría medido su pie con la de Malevich, sólo para verse perdido en la suela de un coloso. Miró las hojas con desasosiego. Quería tocar la rabia del mar, que su espuma exiliara a la criatura de sus entrañas. Empezó a escribir sobre un hombre vestido de negro sentado en la acera, mira la corriente del agua de lluvia deslizarse por las coladeras, su rostro de una lejanía plácida. Extiende sus manos manchadas para limpiarlas con el agua sucia. Se pone de pie y gira hacia la reja de la casa tras la neblina que acaba de abandonar. La reja permanece abierta. Piensa en el viejo tomando el té en silencio, como si esperara ese momento, su rostro impreciso. Recordó seguir por el pasillo, entrar en un espacio amplio. No se detuvo a mirar. Al final una puerta entreabierta. Con tres dedos largos abrió el resto. Sentado frente a la ventana un mancebo mugriento escribía sobre su muerte. El hombre vacante levantó la porra y le atizó un golpe en la nuca que emitió un crujido seco. Tachó el texto con violencia y pensó que morir en la escritura no era matarse a sí mismo. Se puso de pie y miró la puerta al otro lado del estudio que daba hacia el pasillo del comedor. Pensó en llamar a Noguchi. Se sentó frente a los papeles ciñendo la pluma. Unos momentos después escuchó el crujido de la puerta más apartada del taller. La figura del viejo se aproximaba, portaba una soga roída. La instaló en el centro de su estudio como si lo hubiera hecho muchas veces antes. El joven escritor arrastró la silla, la dispuso junto al viejo pintor. Cuando la soga hubo atenazado su garganta, Noguchi no esperó la señal.
*Texto publicado en Los Bastardos de la Uva