martes, 25 de marzo de 2014

Dédalo de arena*

Dicen que el escritor muere cada vez que escribe –dijo el señor Noguchi. Le había permitido quedarse en aquél herrumbroso desván detrás de su estudio en el que nadie había puesto pie en años. Se sentía cansado y con ganas de abandonar el pequeño comedor donde tomaban el té desde hacía horas entre prolongados silencios de tanto en tanto interrumpidos por aforismos ininteligibles como aquél. Se puso de pie y dijo que si no le importaba se iría a acostar. El señor Noguchi miraba el fondo de su taza, sus ojos brumosos parecían haber enfrascado la neblina que rodeaba el patio de la casa. Hizo una imperceptible venia y el joven escritor se retiró de inmediato. Entró al estudio de Noguchi, un espacio sobrio saturado de obras que parecían inacabadas, aun las que ya contaban con aquella firma arabesca que entretejía de un trazo su nombre de pila, Antonio, y su apellido de ultramar. Se detuvo un rato a mirar el espacio hasta que sintió nauseas. Noguchi ya había habituado el desván. Junto a la ventana se arrimaba un escritorio pequeñísimo y una silla. Se sentó en el borde de la cama y miró el techo surcado de hendiduras por las que caminaban pequeños bichos negros. Le había pedido el cuarto a Noguchi unas cuantas semanas con el argumento de estar buscando un puesto de redactor en una revista o un periódico. Sentía cómo la criatura instalada en sus entrañas se agitaba cada que vez que pensaba en el vacilante rumbo de su pluma. Pensó, aún con resistencia, que la madurez es saber distinguir entre el capricho y la realidad, hacer concesiones exigía sacrificios insospechados por parte de cualquier artista. Le vino a la mente Kafka, secretario legal de una aseguradora hasta el último día de su nocturna vida. Luego Carver, a tiempos conserje y cartero. Pero entretenía una idea consoladora: el trabajo en una publicación, cualquiera que fuera, afianzaría las ataduras de su escritura, a tiempos francamente torpe, de bordes mancillados. 

Pero él no era Carver, ni mucho menos Kafka. Se acercó al escritorio recubierta por hojas en blanco y textos truncados: revelaban una clase de abandono muy diferente al de la obra de Noguchi –pensó– la cual evocaba un náufrago capaz de mirar las fulgurantes costas del arte y se ve alejado por la inexorable marea del tiempo. Lo que veía en sus páginas en blanco y textos deshilados era un escritor que no moría cada vez que escribía. Se encontraba en una ladera desde la cual miraba la tiranía de ese mar metálico, veía los esqueletos de grandes fragatas entre las rocas que protegían la costa, el mar derramándose sobre la bahía con rabia. Sólo un puñado había cruzado esa trampa. Noguchi no era Kafka, pero comprendió que aquellos ojos nublados divisaban un pasado delineado por las huellas desnudas sobre la fina arena blanca. Habría medido su pie con la de Malevich, sólo para verse perdido en la suela de un coloso. Miró las hojas con desasosiego. Quería tocar la rabia del mar, que su espuma exiliara a la criatura de sus entrañas. Empezó a escribir sobre un hombre vestido de negro sentado en la acera, mira la corriente del agua de lluvia deslizarse por las coladeras, su rostro de una lejanía plácida. Extiende sus manos manchadas para limpiarlas con el agua sucia. Se pone de pie y gira hacia la reja de la casa tras la neblina que acaba de abandonar. La reja permanece abierta. Piensa en el viejo tomando el té en silencio, como si esperara ese momento, su rostro impreciso. Recordó seguir por el pasillo, entrar en un espacio amplio. No se detuvo a mirar. Al final una puerta entreabierta. Con tres dedos largos abrió el resto. Sentado frente a la ventana un mancebo mugriento escribía sobre su muerte. El hombre vacante levantó la porra y le atizó un golpe en la nuca que emitió un crujido seco. Tachó el texto con violencia y pensó que morir en la escritura no era matarse a sí mismo. Se puso de pie y miró la puerta al otro lado del estudio que daba hacia el pasillo del comedor. Pensó en llamar a Noguchi. Se sentó frente a los papeles ciñendo la pluma. Unos momentos después escuchó el crujido de la puerta más apartada del taller. La figura del viejo se aproximaba, portaba una soga roída. La instaló en el centro de su estudio como si lo hubiera hecho muchas veces antes. El joven escritor arrastró la silla, la dispuso junto al viejo pintor. Cuando la soga hubo atenazado su garganta, Noguchi no esperó la señal.

*Texto publicado en Los Bastardos de la Uva

jueves, 13 de marzo de 2014

Barbacoa

El viernes 28 de mayo de 2004 abrí la ventana de mi buhardilla para que la neblina inundara el cuarto. Ese día marcó el inicio de la temporada de lluvias. 

El tres de mayo, apenas una semana después, salí del cuartucho de Los Girasoles donde me había acuartelado desde hace unos días con la Chula, una poeta de veintitantos años con un gusto depravado por la coca y Mallarmé a quien había conocido en la redada de un table. Traía unas ganas terribles de zamparme un caldo de gallina aunque no estaba para ser exigente. Revisé mis bolsas y encontré cincuenta pesos y media grapa de coca. La avenida Cuauhtémoc es intranquila y larga como la erección de un pony. Caminé por sus venas húmedas por la lluvia buscando algún rincón vaporoso. Tropecé con lugar llamado Barbacoa el Misterio: un toldo azul y dos mesas largas dispuestas junto a la acera, una mujer entrada en años y un mocetón con playera del América que supuse su hijo comían en silencio. No vi a nadie que atendiera, sólo un tipo trozando carne al margen de las mesas. Me senté, lo miré unos segundos a los ojos y creí reconocerlo, luego me di cuenta que lo había visto en todos los otros puestos de barbacoa en que me había parado en mi vida, a veces con un mostacho ralo, a veces hosco y cuarentón, a veces un cabrito bizco, pero siempre ataviado con esa gorra y delantal amarillos o rojos. 

— ¡Cuánto tiempo! –espeté efusivo– Sírvame tres de maciza con cuerito y un Boing de guayaba, manito. –No sé por qué pero me miró raro, aunque quizá, pensé, una mirada estrábica todo lo ve raro. Los tacos estaban secos y naturalmente no traían cuerito, pero con el hambre que tenía tras comer Maruchan y Cheetos durante tres días me sabían a la vagina de Dios. Me paré dispuesto a pagar la cuenta y regresar con la Chula cuando emergieron dos tipos trajeados y torvos de alguno de los pliegues de la calle. Se sentaron frente a la vieja y su larva de hijo.
— ¿Señora Velarde? –preguntó el mayor de los trajes. La señora asintió y sin decir nada produjo una carpeta abultada.
— Este es el plano del terreno. Es de fácil acceso y no es necesario adentrarse al pueblo. Es un pueblo de mucha fiesta, pero tranquilo. –dijo la Sra. Martínez. Parecía nerviosa, gustosa de agradar. El hecho de que prescindieran de frases de introducción llamó mi atención. Me senté y pedí otro de maciza.
— Excelente. Me dijo que son 16,000 m² por 9,600 al mes. ¿Esta zona roja qué representa?
— Ese terreno le pertenece a mi tío. –intervino el mocetón– No creo que podamos disponer de él. No es tierra de siembra.
— Hágalo posible, joven Velarde. –dijo el mayor con una voz perfectamente modulada– Saben, mi papá trabajó como supervisor de la Coca-Cola, mi hermano nació en Jojutla y mi hermana es de Guanajuato. Yo soy de Tejupilco. El sueño de mi padre era que nos dedicáramos a la política. Mi hermano está muerto y mi hermana se mudó a Coahuila hace treinta años y no he sabido nada de ella desde entonces. Y heme aquí, con un bosquejo de valores de político de Atlacomulco y unas ganas tremendas de hacerme rico.
— Entonces conoce bien la zona. ¿Hace cuánto vive en la Ciudad? –preguntó la señora.
— 49 años.
— No pues ya es de aquí, verdad. –dijo Velarde hijo– Déjeme le digo que en el pueblo hacen la mejor barbacoa del mundo. Ahí grabaron la novela de Lucerito…
— Vamos a sembrar hierba no de visita turística. –levantó la voz el más joven y rufianesco de los trajeados.

Escuché lo que tenía que escuchar. Recordé que no traía mi pieza conmigo. Ventilé la idea de sacar la radio y pedir refuerzos o terminarme en silencio el taco. Mi dolor de cabeza se había esfumado, pensé en las piernas jodidamente buenas de la Chula. Dejé el billete de cincuenta sobre la mesa, me puse de pie y dirigí mis pasos a ese cuartucho de Los Girasoles donde no llovía.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Botas sucias

Hoy se lee en los periódicos: Real Madrid machaca al Schalke 1-6. Machaca. Está de más decir que sobran palabras para sintetizar uno de los partidos culminantes de la etapa final del torneo de fútbol de más alto nivel en el mundo, pero se han enquistado en una jerigonza chapucera porque así se comunica al nivel de las tetas y el escarnio público. Le pregunto al tendero del puesto si sigue el fútbol europeo. Lo duda un segundo y sacude sus manos diciendo no tres veces. Intensidad, alto voltaje, descargas al hilo, no canten victoria, metáforas que remiten más a un descampado polaco tras la invasión rusa que a una pugna entre dos mulas del mercado deportivo. Sigo sin dudarlo: el lugar más alejado de la verdadera sustancia del fútbol es el estadio. Eso es algo que todos sabemos, o al menos, todos los que hemos pasado silentes tardes frente a una humilde cancha de primaria de pueblo ver a críos patear el balón de aquí a allá, despreocupados. Habré visto unas cuantas docenas de partidos, casi siempre desde mi camioneta, a veces en las improvisadas gradas. Aquel es un lugar terso; más que la iglesia, la cancha de fútbol es donde las almas cansinas reposan. Emulan al domingo agonizante: los maestros abandonan durante treinta o cuarenta minutos a los colegiales para zamparse unas chelas frías y olvidarse de todo. Treinta o cuarenta minutos es suficiente. Con eso basta para que uno de ellos abandone el rebaño y busque un rincón para mear u ocultar su agotamiento.

Me estaciono a una distancia prudente y desciendo. Rincón de incipiente pasto, ramas desperdigas, merodeo agazapado tras los pasos del porterito. Cuando meas eres dócil, liado al sosiego del abandono. Ahí es cuando actúo. En ese rincón donde nadie mira. Lo someto sin dificultad. El cloroformo actúa al instante en un párvulo de 30 kilos. Lo cargo y lo colocó en el sucio asiento trasero de mi camioneta. Miro sus brazos flacos, sus piernas de cabra. Asciendo. Este día no compré el periódico pero miro la portada del periódico del lunes que reposa junto a mí. El América es una vergüenza, 1-3 frente los Pumas en el Azteca. Ya no sorprende que lo llamen el Gallinero, hace mucho que dejó de ser un bastión. Lo mismo ocurre cuando juega la selección nacional en casa, se doblegan ante la proximidad del público local. El deportista mexicano es así: timorato, tapizado de una gallardía parda cuando está frente al pariente, el que lo conoce y puede sentir su vacilación. Arranco, prendo la radio, me encamino a la ciudad.