Hoy se lee en los periódicos: Real Madrid machaca al Schalke 1-6. Machaca. Está de más decir que sobran palabras para sintetizar uno de los partidos culminantes de la etapa final del torneo de fútbol de más alto nivel en el mundo, pero se han enquistado en una jerigonza chapucera porque así se comunica al nivel de las tetas y el escarnio público. Le pregunto al tendero del puesto si sigue el fútbol europeo. Lo duda un segundo y sacude sus manos diciendo no tres veces. Intensidad, alto voltaje, descargas al hilo, no canten victoria, metáforas que remiten más a un descampado polaco tras la invasión rusa que a una pugna entre dos mulas del mercado deportivo. Sigo sin dudarlo: el lugar más alejado de la verdadera sustancia del fútbol es el estadio. Eso es algo que todos sabemos, o al menos, todos los que hemos pasado silentes tardes frente a una humilde cancha de primaria de pueblo ver a críos patear el balón de aquí a allá, despreocupados. Habré visto unas cuantas docenas de partidos, casi siempre desde mi camioneta, a veces en las improvisadas gradas. Aquel es un lugar terso; más que la iglesia, la cancha de fútbol es donde las almas cansinas reposan. Emulan al domingo agonizante: los maestros abandonan durante treinta o cuarenta minutos a los colegiales para zamparse unas chelas frías y olvidarse de todo. Treinta o cuarenta minutos es suficiente. Con eso basta para que uno de ellos abandone el rebaño y busque un rincón para mear u ocultar su agotamiento.
Me estaciono a una distancia prudente y desciendo. Rincón de incipiente pasto, ramas desperdigas, merodeo agazapado tras los pasos del porterito. Cuando meas eres dócil, liado al sosiego del abandono. Ahí es cuando actúo. En ese rincón donde nadie mira. Lo someto sin dificultad. El cloroformo actúa al instante en un párvulo de 30 kilos. Lo cargo y lo colocó en el sucio asiento trasero de mi camioneta. Miro sus brazos flacos, sus piernas de cabra. Asciendo. Este día no compré el periódico pero miro la portada del periódico del lunes que reposa junto a mí. El América es una vergüenza, 1-3 frente los Pumas en el Azteca. Ya no sorprende que lo llamen el Gallinero, hace mucho que dejó de ser un bastión. Lo mismo ocurre cuando juega la selección nacional en casa, se doblegan ante la proximidad del público local. El deportista mexicano es así: timorato, tapizado de una gallardía parda cuando está frente al pariente, el que lo conoce y puede sentir su vacilación. Arranco, prendo la radio, me encamino a la ciudad.
Me estaciono a una distancia prudente y desciendo. Rincón de incipiente pasto, ramas desperdigas, merodeo agazapado tras los pasos del porterito. Cuando meas eres dócil, liado al sosiego del abandono. Ahí es cuando actúo. En ese rincón donde nadie mira. Lo someto sin dificultad. El cloroformo actúa al instante en un párvulo de 30 kilos. Lo cargo y lo colocó en el sucio asiento trasero de mi camioneta. Miro sus brazos flacos, sus piernas de cabra. Asciendo. Este día no compré el periódico pero miro la portada del periódico del lunes que reposa junto a mí. El América es una vergüenza, 1-3 frente los Pumas en el Azteca. Ya no sorprende que lo llamen el Gallinero, hace mucho que dejó de ser un bastión. Lo mismo ocurre cuando juega la selección nacional en casa, se doblegan ante la proximidad del público local. El deportista mexicano es así: timorato, tapizado de una gallardía parda cuando está frente al pariente, el que lo conoce y puede sentir su vacilación. Arranco, prendo la radio, me encamino a la ciudad.
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