El viernes 28 de mayo de 2004 abrí la ventana de mi buhardilla para que la neblina inundara el cuarto. Ese día marcó el inicio de la temporada de lluvias.
El tres de mayo, apenas una semana después, salí del cuartucho de Los Girasoles donde me había acuartelado desde hace unos días con la Chula, una poeta de veintitantos años con un gusto depravado por la coca y Mallarmé a quien había conocido en la redada de un table. Traía unas ganas terribles de zamparme un caldo de gallina aunque no estaba para ser exigente. Revisé mis bolsas y encontré cincuenta pesos y media grapa de coca. La avenida Cuauhtémoc es intranquila y larga como la erección de un pony. Caminé por sus venas húmedas por la lluvia buscando algún rincón vaporoso. Tropecé con lugar llamado Barbacoa el Misterio: un toldo azul y dos mesas largas dispuestas junto a la acera, una mujer entrada en años y un mocetón con playera del América que supuse su hijo comían en silencio. No vi a nadie que atendiera, sólo un tipo trozando carne al margen de las mesas. Me senté, lo miré unos segundos a los ojos y creí reconocerlo, luego me di cuenta que lo había visto en todos los otros puestos de barbacoa en que me había parado en mi vida, a veces con un mostacho ralo, a veces hosco y cuarentón, a veces un cabrito bizco, pero siempre ataviado con esa gorra y delantal amarillos o rojos.
— ¡Cuánto tiempo! –espeté efusivo– Sírvame tres de maciza con cuerito y un Boing de guayaba, manito. –No sé por qué pero me miró raro, aunque quizá, pensé, una mirada estrábica todo lo ve raro. Los tacos estaban secos y naturalmente no traían cuerito, pero con el hambre que tenía tras comer Maruchan y Cheetos durante tres días me sabían a la vagina de Dios. Me paré dispuesto a pagar la cuenta y regresar con la Chula cuando emergieron dos tipos trajeados y torvos de alguno de los pliegues de la calle. Se sentaron frente a la vieja y su larva de hijo.
— ¿Señora Velarde? –preguntó el mayor de los trajes. La señora asintió y sin decir nada produjo una carpeta abultada.
— Este es el plano del terreno. Es de fácil acceso y no es necesario adentrarse al pueblo. Es un pueblo de mucha fiesta, pero tranquilo. –dijo la Sra. Martínez. Parecía nerviosa, gustosa de agradar. El hecho de que prescindieran de frases de introducción llamó mi atención. Me senté y pedí otro de maciza.
— Excelente. Me dijo que son 16,000 m² por 9,600 al mes. ¿Esta zona roja qué representa?
— Ese terreno le pertenece a mi tío. –intervino el mocetón– No creo que podamos disponer de él. No es tierra de siembra.
— Hágalo posible, joven Velarde. –dijo el mayor con una voz perfectamente modulada– Saben, mi papá trabajó como supervisor de la Coca-Cola, mi hermano nació en Jojutla y mi hermana es de Guanajuato. Yo soy de Tejupilco. El sueño de mi padre era que nos dedicáramos a la política. Mi hermano está muerto y mi hermana se mudó a Coahuila hace treinta años y no he sabido nada de ella desde entonces. Y heme aquí, con un bosquejo de valores de político de Atlacomulco y unas ganas tremendas de hacerme rico.
— Entonces conoce bien la zona. ¿Hace cuánto vive en la Ciudad? –preguntó la señora.
— 49 años.
— No pues ya es de aquí, verdad. –dijo Velarde hijo– Déjeme le digo que en el pueblo hacen la mejor barbacoa del mundo. Ahí grabaron la novela de Lucerito…
— Vamos a sembrar hierba no de visita turística. –levantó la voz el más joven y rufianesco de los trajeados.
Escuché lo que tenía que escuchar. Recordé que no traía mi pieza conmigo. Ventilé la idea de sacar la radio y pedir refuerzos o terminarme en silencio el taco. Mi dolor de cabeza se había esfumado, pensé en las piernas jodidamente buenas de la Chula. Dejé el billete de cincuenta sobre la mesa, me puse de pie y dirigí mis pasos a ese cuartucho de Los Girasoles donde no llovía.
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