Vienen de Júpiter. Qué hacen aquí, se pregunta la humanidad unánimemente. Alguna vez escuché que la masa de gente es estúpida, definitivamente es difícil de negar, diría J, el agente azabache que interpreta Will Smith, quizá en su papel más vital. Un día bastante frugal de mi infancia decidí que algún día invadirían seres meta-espaciales, así que creé una espada laser, una espada laser de verdad. También aprendí a usar la Fuerza, esa que lleva F mayúscula. Un padawan self-made, pues, un ser de inimaginable sabiduría galáctica. Aunque en la actualidad, en la ceniza adultez, mis energías arcanas cesan; qué iba a saber que un día serían extremadamente útiles, qué iba a saber que la edad invalida la fantasía. Aquí me tienen. Esperar al fin de la humanidad puede aterrar a un sinfín de gente, a mí me divierte. Me divierte aunque la Fuerza aún me elude, esa energía metafísica que experimenté en la infancia, que ante nuestra insalvable realidad actual me asegurarían un lugar en la Cripta de Paladines, palpita en mí, despierta ante disidentes espaciales que amenazan la vida del planeta. Mi espada laser apenas despide esa luz afilada que antiguamente rebanaba extraterrestres viles e insaciables, aunque me aseguraré que sea reactivada a su luz de ayeres. Mientras seguiré en la penumbra, mientras vigilaré la matanza de mi especie. Aguardaré mientras se liberan mis energías astrales: brevemente esta camisa de fuerza que suprime mi espíritu Jedi dejará de ser una tumba.
jueves, 18 de julio de 2013
Las brujas putonas
Las brujas cantan, las cigarras roncan, mi garganta punza por fumar cigarros sin filtro. Salgo, subo por la montaña tan inclinada, sofoco un suspiro; no por agotado sino por hastiado. Miro mis manos callosas, maldigo a las brujas orgullosas, las brujas putonas. Las adoro, toda la chusma provinciana pasa por la liturgia iniciática: tomarlas al alba para liquidar la virginidad. Ahora soy otro, mis manos callosas arrastradas por la granja son manos adultas. Las ocho brujas cachondas son: Brumhilda, Ariathna, Zaladora, Yuritziah, Mónica, Joan, Blavatsky y, la más cachonda, la más gozosa, Dorothy. Mi favorita, la patrona, virginidad intacta, mirada fogosa, manos blandas, canto impoluto, rizos blancos de nata. No conquista con su ámbar vaginal, conquista con su canto impoluto; canta, las otras gozan; canta, hipnotiza, las otras agasajan, utilizan. Nos consagran a su dios: Satanás.
Arribo al pico, vislumbro un claro. Ya no hay luz, sólo lunar. Ahí hallo a Dorothy, dormita. Cuando ronca las ratas marchan a su compás. Son sumisos soldaditos, giran a su contorno patrullando su modorra. Cómo la alcanzo, cómo la toco, cómo rozo su mano. Saco mi lanza, su largo mástil importuna, vigilo a las ratas. Mato una, mato dos, alarmo a las otras, atacan, susurran rasguños rápidos, dolorosos. Mato más, soy notorio con la lanza, mi pasión por Dorothy agranda mi vigor. Una rata horrorosa, colosal, aborda la batalla. Tarda por su tamaño. Torno a su contorno hallo un ángulo blando, la astillo y brotan sus órganos. Arribo a la bruja divina, la abordo con suavidad, brota su mirada. Magnífica, asombrosa. Gozo a su lado. Tomo su mano, sus ojos titilan luz lunar. Digo: canta. Canta. Mis oídos lloran. Canta distinto. Su canto no busca mi paz, no busca mi simpatía. Ha sido Brumhilda, tomando una forma dorothiana. Ahora la miro con cuidado, sus ojos cambian. No titilan, la luna falta. Su garra, colosal y horrorosa, como la rata, araña mi panza. Mis órganos brotan, así mismo mi alma. Fui su víctima, uno más. Miro las ratas soldado, noto las caras humanas. Son otros caídos. Muchos la amamos, todos caímos. Ahora intuyo con claridad: antaño amor limpio, ahora sucia abominación. Dorothy, la cantora, sólo ama con su coño a Satanás.
Arribo al pico, vislumbro un claro. Ya no hay luz, sólo lunar. Ahí hallo a Dorothy, dormita. Cuando ronca las ratas marchan a su compás. Son sumisos soldaditos, giran a su contorno patrullando su modorra. Cómo la alcanzo, cómo la toco, cómo rozo su mano. Saco mi lanza, su largo mástil importuna, vigilo a las ratas. Mato una, mato dos, alarmo a las otras, atacan, susurran rasguños rápidos, dolorosos. Mato más, soy notorio con la lanza, mi pasión por Dorothy agranda mi vigor. Una rata horrorosa, colosal, aborda la batalla. Tarda por su tamaño. Torno a su contorno hallo un ángulo blando, la astillo y brotan sus órganos. Arribo a la bruja divina, la abordo con suavidad, brota su mirada. Magnífica, asombrosa. Gozo a su lado. Tomo su mano, sus ojos titilan luz lunar. Digo: canta. Canta. Mis oídos lloran. Canta distinto. Su canto no busca mi paz, no busca mi simpatía. Ha sido Brumhilda, tomando una forma dorothiana. Ahora la miro con cuidado, sus ojos cambian. No titilan, la luna falta. Su garra, colosal y horrorosa, como la rata, araña mi panza. Mis órganos brotan, así mismo mi alma. Fui su víctima, uno más. Miro las ratas soldado, noto las caras humanas. Son otros caídos. Muchos la amamos, todos caímos. Ahora intuyo con claridad: antaño amor limpio, ahora sucia abominación. Dorothy, la cantora, sólo ama con su coño a Satanás.
viernes, 12 de julio de 2013
Arreolando
Gallo
Con plumas que surcan cielos
fantasmas, el gallo acepta su condición maldecida como uno de los custodios de las interminables mofas que la naturaleza emite. En las
celebraciones centenarias que realiza el reino de las aves, el gallo tiene
que probarse ante los guardias, representados por la más virtuosa de las aves: el fénix. La malnacida prueba consiste en cruzar un acantilado de lado a lado
empleado apenas un ligero impulso con las patas, dejando el resto de la faena a
las alas. Es por eso que entre todos los gallos sobre la tierra se alza la
leyenda de uno, el gallo de oro, gallo que exhortaban no mirar de frente pues
su destello esplendoroso cegaba a las soberbias aves de cielo que siempre se mofaron
de su raza.
El gallo irradiaba luces
incandescentes que la impelían hacia los aires; un reto como el acantilado era
una majadería que sólo consintió en conquistar en nombre de los miles de gallos
caídos antes que él. Desde entonces, cada cien años, baja desde los cielos ante
el inminente fracaso de sus hermanos en la prueba espuria.
Mientras espera el día aciago, el
gallo rinde tributo al sueño de oro entonando un canto estridente cuando
presencia la renovación del sol, reino del gallo dorado, desde donde vela por
el destino de su pueblo.
Ardilla
La ardilla perdió su hogar
original, y en cambio ganó la experiencia de decenios. Este holocausto
ambiental que la orilló a cambiar su antaño color pardo por un gris concreto,
las ramas desobedientes por los cables eléctricos, la preparó para el fin del
mundo, o lo que viene siendo lo mismo, el comienzo de la civilización. Ahora
que las bellotas son duras rocas edulcoradas con agua de alcantarillado,
su fama de sofisticación se ha derruido como antiguas efigies de culturas
muertas.
Ahora salta por aquí, ahora por
allá. Se detiene ante la figura ansiosa de un niñato que la tienta con
cacahuates industriales. La ardilla se aproxima, se para en dos
patas, analiza el comportamiento de quien le ofrenda el alimento. Cuando está a
punto de aceptarlo, un eco ancestral surge desde el fondo de su ser que parece
suplicarle no inclinarse ante la especie que lo despojó de su hogar original.
Toma el cacahuate y regresa a su áspera madriguera.
Búfalo
Hay quien mira las praderas del norte y recuerda con nostalgia las guerras pugnadas entre hombres honorables de uniformes fieros y bramidos de gloria. Pero también hay quien evoca aquellas conflagraciones con desdicha, pues trataban su morada como patio de juego: el búfalo.
El animal-bulto que ostenta vanidosamente aquel pelaje convulsivo no rehúye a la violencia, pero en aquellas álgidas batallas se favorecía la ligereza del caballo y el humano frente a la potencia bestial. Con su orgullo herido, miraba desde alguna colina las vicisitudes de la contienda y, a veces, secretamente, desprendía una lágrima que se petrificaba en los bordes del pelaje. Tiempo después, cuando las batallas migraron a latitudes menos eternas, más gélidas, el bisonte encontró sosiego en la quietud de los llanos y el sigilo de las estrellas.
Tucán
Aunque dicen que el arcoíris es intangible - una inusual expresión de frecuencias de luz - no contaban con la ambición impasible del tucán, animal que, bajo ninguna eventualidad, descuida su elegancia, antaño considerada presunción, pues no era ni de lejos el animal más agraciado de la selva. Esto, naturalmente, no le sentaba bien, y fiel a su sed de perfección, decidió pintar su pico con los colores más fastuosos que la naturaleza pudiera ofrecer.
Incluso en un reino francamente maniático por el color como la selva amazónica, las bestias vacilan ante la belleza de los esmaltes prismáticos del arcoíris, y es ahí donde el tucán enfocó su ambición. No fue tarea fácil, pero con ayuda de sus amigos halcones, aves más parcas y más talentosas, llegó hasta la cresta del arcoíris, cabalgándola cual potro, y con un esfuerzo enorme, torció la rectitud del arcoíris, comprimiéndola entre su pico y sus alas en un forma suficientemente pequeña para engullir. Este enorme acto de valentía fue justamente gratificado, pues su pico obtuvo los colores anhelados, y desde entonces su presencia en cualquier recinto de la selva es recibida con una venia.
viernes, 5 de julio de 2013
El sentō del Chino
Quizá ustedes no lo recuerden pero yo sí. Hace ya cuarenta y tres años que se clausuraron las puertas del baño público de Altitic. La leyenda del Chino, como cualquier leyenda, cobra un impulso ascendente con el tiempo. No está de más decir que en aquellos tiempos, antes de que la ciudad se hiciera con todas las comunidades en la periferia, un baño público no era lo que hoy en día se entiendo por baño público. Un baño público, y más nuestro baño público, tenía una presencia en la comunidad.
Sé que suena extraño. No lo imaginen como una suerte de almacenen donde se organizan bailongos tornasoles y pachangizas. En ese lugar iba a morir la distracción. Junto con la ropa, nos deshacíamos de nuestro pasado.
Aunque los cuartos de baño se segmentaban por género, el vestíbulo no estaba regulado. Ahí había intercambio de chirimbolos, encuentros y desencuentros amorosos, era chismógrafo mismo del pueblo, pues. Habré visto incluso alguna una limpia, aunque no les habrá durado mucho porque ningún tipo de negocio estaba permitido; imagínense el metro de hoy en día pero poblado de gente más cívica. Aunque esté de más mencionarlo, éramos una comunidad popular, así que no piensen en rituales sociales rígidos sobre los cuales pendía el futuro de las relaciones familiares o algo por el estilo. Si, teníamos nuestros problemas, pero el baño público era el lugar al que íbamos a enjuagar la suciedad de la ciudad, era como un nuevo comienzo, un lugar para olvidar y renovar nuestros recuerdos. A lo que quiero llegar es que era un lugar especial para nosotros, pero no por las razones que hoy en día se le considera especial. Les extrañará que un inmueble clausurado hace cinco décadas no haya sido derribado y reemplazado por una conjunto habitacional con mal servicio de agua o un Soriana Híper, bueno, la razón es una y una sola. Somos una sociedad supersticiosa, pero más que supersticiosa somos una sociedad respetuosa. Ese lugar le pertenece al Chino, el hombre quien era el dínamo de tan mágico lugar. El hombre que, por razones veladas en el misterio para la mayoría, fundó y murió en el baño público. Se dice que llegó en tiempos de la Revolución junto a su madre y padre y nueve hermanos y hermanas con la intención de comerciar en la, entonces y ahora, mítica Ciudad de México. Tiempos difíciles aquellos, especialmente para una comunidad que era percibida como una clase de subespecie y tratada como tal. El caso es que para la década de los treinta o cuarenta el aún joven Chino llegaría a la ciudad. Dicen que calzaba unas botas de escorpión y atenazaba un machete afiladísimo y era el único superviviente de su nutrida familia. Estas son leyendas dentro de leyendas, pero para mí tiene sentido, un hombre venido de tal desgracia sólo le quedan dos caminos: envolverse en un denso carbón de odio, o insertarse en el seno de una familia que lo acoja como a un hijo natural. Esa familia fuimos nosotros, nuestra pequeña comunidad, cuando aún existían las comunidades en una ciudad que se dejó engullir por el principio de desalojo espiritual. Pero también explica otro elemento importante en esta leyenda: el ruinoso fin del baño público. El baño llevaba cerca de quince años funcionando, y funcionaba porque era parte de nuestra tradición, apenas un par de generaciones confluyeron en ese espacio pero ostentaba la misma importancia que, guardando las distancias, la iglesia de San Jerónimo Aculco. Y así fue como una tarde de verano de la década de los cincuenta brotaron los primeros despojos de lo que más tarde se contaría como la leyenda del baño público de Altitic. Quizá sea mucho preámbulo para contar lo que realmente pasó, quizá no. La razón por lo que la gente pasa con un ceño de desconfianza por ese lugar es tormentoso de invocar, pero aquí les va: Una matanza, una absolutamente sanguinaria y brutal carnicería. Como mencioné, fue una tarde de verano que prometía ser como cualquier otra, la gente se apiñaba en el vestíbulo, adornado con las risas diáfanas de los niños y niñas y las bufadas alegres de las señoras y demás fauna. Yo ese día no pude ir porque, aunque les parezca inconcebible, mi estado era el de un adolescente con varicela maldiciendo su mala fortuna de vivir frente al baño sin poder acudir buena parte del verano. Las puertas del baño, que eran dos grandes puertas de madera de estilo chino, o al menos eso me parecía, se cerraron a las seis en punto, cuando toda la gente solía estar en el interior bañándose o lo que fuera que hicieran. Recuerdo haberme asomado por la ventana de mi cuarto al escuchar el crujir de las puertas, cosa poco común a esa hora del día. Intempestivamente, las risas y griterío gozoso provenientes del fondo del inmueble se extinguieron, no hubo más que silencio, como si esas puertas al cerrarse delimitaran un posible acceso a otra dimensión. Iba de regreso a mi cama cuando escucho lo que juro sonó como el desgarrador bramido de puercos en el matadero. Ese horrendo sonido prosiguió durante lo que pareció una eternidad, aunque no pudieron haber sido más de diez minutos. La poca gente que pasaba por la calle se empezó a amontonar en las puertas, sin saber cómo actuar. Después silencio, o más bien debería decir ausencia. Recuerdo que el resto de la entonces contenida ciudad no parecía emitir ningún sonido. Dos, quizá tres minutos pasaron así, y de pronto las puertas abrieron por sí mismas. Salí proyectado como petardo sin pensar en mi condición y me detuve en las puertas del baño; yo junto a todos los demás vimos el fin de un era ante nuestros ojos, manifestado en los restos ensangrentados de amigos, conocidos, familiares, parejas.
Unos días después terminaron junto ayuda de la comunidad a identificar los cuerpos e investigar lo sucedido. Dos cosas se concluyeron: habían sido destajados con un tipo de machete extremadamente afilado y que el cuerpo del Chino no estaba en ninguna parte. Se dice que hoy día aún deambula por los recintos de aquel baño, buscando el apego de una familia, para consumar el mayor acto de amor sobre la tierra: matar.
Sé que suena extraño. No lo imaginen como una suerte de almacenen donde se organizan bailongos tornasoles y pachangizas. En ese lugar iba a morir la distracción. Junto con la ropa, nos deshacíamos de nuestro pasado.
Aunque los cuartos de baño se segmentaban por género, el vestíbulo no estaba regulado. Ahí había intercambio de chirimbolos, encuentros y desencuentros amorosos, era chismógrafo mismo del pueblo, pues. Habré visto incluso alguna una limpia, aunque no les habrá durado mucho porque ningún tipo de negocio estaba permitido; imagínense el metro de hoy en día pero poblado de gente más cívica. Aunque esté de más mencionarlo, éramos una comunidad popular, así que no piensen en rituales sociales rígidos sobre los cuales pendía el futuro de las relaciones familiares o algo por el estilo. Si, teníamos nuestros problemas, pero el baño público era el lugar al que íbamos a enjuagar la suciedad de la ciudad, era como un nuevo comienzo, un lugar para olvidar y renovar nuestros recuerdos. A lo que quiero llegar es que era un lugar especial para nosotros, pero no por las razones que hoy en día se le considera especial. Les extrañará que un inmueble clausurado hace cinco décadas no haya sido derribado y reemplazado por una conjunto habitacional con mal servicio de agua o un Soriana Híper, bueno, la razón es una y una sola. Somos una sociedad supersticiosa, pero más que supersticiosa somos una sociedad respetuosa. Ese lugar le pertenece al Chino, el hombre quien era el dínamo de tan mágico lugar. El hombre que, por razones veladas en el misterio para la mayoría, fundó y murió en el baño público. Se dice que llegó en tiempos de la Revolución junto a su madre y padre y nueve hermanos y hermanas con la intención de comerciar en la, entonces y ahora, mítica Ciudad de México. Tiempos difíciles aquellos, especialmente para una comunidad que era percibida como una clase de subespecie y tratada como tal. El caso es que para la década de los treinta o cuarenta el aún joven Chino llegaría a la ciudad. Dicen que calzaba unas botas de escorpión y atenazaba un machete afiladísimo y era el único superviviente de su nutrida familia. Estas son leyendas dentro de leyendas, pero para mí tiene sentido, un hombre venido de tal desgracia sólo le quedan dos caminos: envolverse en un denso carbón de odio, o insertarse en el seno de una familia que lo acoja como a un hijo natural. Esa familia fuimos nosotros, nuestra pequeña comunidad, cuando aún existían las comunidades en una ciudad que se dejó engullir por el principio de desalojo espiritual. Pero también explica otro elemento importante en esta leyenda: el ruinoso fin del baño público. El baño llevaba cerca de quince años funcionando, y funcionaba porque era parte de nuestra tradición, apenas un par de generaciones confluyeron en ese espacio pero ostentaba la misma importancia que, guardando las distancias, la iglesia de San Jerónimo Aculco. Y así fue como una tarde de verano de la década de los cincuenta brotaron los primeros despojos de lo que más tarde se contaría como la leyenda del baño público de Altitic. Quizá sea mucho preámbulo para contar lo que realmente pasó, quizá no. La razón por lo que la gente pasa con un ceño de desconfianza por ese lugar es tormentoso de invocar, pero aquí les va: Una matanza, una absolutamente sanguinaria y brutal carnicería. Como mencioné, fue una tarde de verano que prometía ser como cualquier otra, la gente se apiñaba en el vestíbulo, adornado con las risas diáfanas de los niños y niñas y las bufadas alegres de las señoras y demás fauna. Yo ese día no pude ir porque, aunque les parezca inconcebible, mi estado era el de un adolescente con varicela maldiciendo su mala fortuna de vivir frente al baño sin poder acudir buena parte del verano. Las puertas del baño, que eran dos grandes puertas de madera de estilo chino, o al menos eso me parecía, se cerraron a las seis en punto, cuando toda la gente solía estar en el interior bañándose o lo que fuera que hicieran. Recuerdo haberme asomado por la ventana de mi cuarto al escuchar el crujir de las puertas, cosa poco común a esa hora del día. Intempestivamente, las risas y griterío gozoso provenientes del fondo del inmueble se extinguieron, no hubo más que silencio, como si esas puertas al cerrarse delimitaran un posible acceso a otra dimensión. Iba de regreso a mi cama cuando escucho lo que juro sonó como el desgarrador bramido de puercos en el matadero. Ese horrendo sonido prosiguió durante lo que pareció una eternidad, aunque no pudieron haber sido más de diez minutos. La poca gente que pasaba por la calle se empezó a amontonar en las puertas, sin saber cómo actuar. Después silencio, o más bien debería decir ausencia. Recuerdo que el resto de la entonces contenida ciudad no parecía emitir ningún sonido. Dos, quizá tres minutos pasaron así, y de pronto las puertas abrieron por sí mismas. Salí proyectado como petardo sin pensar en mi condición y me detuve en las puertas del baño; yo junto a todos los demás vimos el fin de un era ante nuestros ojos, manifestado en los restos ensangrentados de amigos, conocidos, familiares, parejas.
Unos días después terminaron junto ayuda de la comunidad a identificar los cuerpos e investigar lo sucedido. Dos cosas se concluyeron: habían sido destajados con un tipo de machete extremadamente afilado y que el cuerpo del Chino no estaba en ninguna parte. Se dice que hoy día aún deambula por los recintos de aquel baño, buscando el apego de una familia, para consumar el mayor acto de amor sobre la tierra: matar.
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