Ahora que los días se van sucediendo con frialdad, puedo decir, sin manías, que ya nadie escucha la música puerca que enturbia el aire, que viaja en las tuberías, los caños, que se arrastra en el fango. Recuerdo cuando mi tío empezó a llevarme al bar donde tocaba la Negra Wagner. Un lugar de trazos feroces. La clase de lugar donde iban tipos brumosos como mi tío, tipos que llevaban la noche tatuada en los ojos. Él sabía sobre blues de a madres. Podía hablarme por horas entre densas nubes de humo sobre las peleas a puño limpio entre Little Walter y Muddy Waters, el gusto de Elmore James por el licor y la cacería con perros y pistolas, la música de Son House que suena más vieja que el tiempo. Aunque bien visto su tema favorito eran las mujeres. Sentía que lo escuchaba desde una distancia incierta, lo miraba, su cigarro fluctuanto entre su boca y sus dedos índice y pulgar como si fuera un puro, como si él fuera un jodido gánster. Sólo era mi tío. Un tipo tristón, un tipo al que le mataba el blues, la música puerca, como le llamaba. No entendía gran cosa de lo que me decía, mujeres calientes del Magreb, esbozos de una serie de cuentos de sus andanzas por Europa, más mujeres. A veces no se podía contener, el blues lo ponía de un humor de locos, a mí apenas empezaban a interesarme las chicas pero me hablaba de las piernas largas y humeantes de las mujeres maduras que lo visitaban desde Veracruz. Creo que decía humeantes, quizá usara otra palabra. Sabía que a ese lugar iba por la Negra Wagner. Estuvo casado con una antropóloga holandesa que había conocido durante sus devaneos trotskistas. Tuvieron un hijo, muy pronto las cosas se fueron a la mierda y ella se lo llevó de regreso a su tierra de tulipanes. En la familia se decía que apenas una mujer muy necia podría haberlo aguantado esos años. Un día me arrastró al bar y creo que por efecto del alcohol o el blues o más bien por ambas me confesó que no estaba seguro que fuera su hijo, pero un día dejó de darle vueltas al asunto, lo quería igual. La Negra siempre era la última en presentarse. Era un lugar ruidoso, el blues y el griterío enrarecían el ambiente, un lugar en el que no podías estar de pie mucho rato, lo mejor era buscar una esquina en que arrumbarse. Mi tío siempre elegía un taburete bien metido entre el escenario y una columna revestida de un terciopelo rasgado, tomaba cerveza pero antes de que saliera la Negra ordenaba una margarita. Una margarita pa’ mí, una coca pal’ joven, decía en falso acento zacatecano. El bullicio se desvanece junto a las luces. Un par de reflectores azules iluminan el escenario, mi tío me habla al oído, algo que ver con una voz en ascuas, lo miro desde la oquedad del humo, hace una mueca repugnante que casi me deja helado, una sonrisa, lo miro como entre sueños, el tiempo se espesa y ya no quiero ver su horrenda sonrisa. En el escenario, ahora brasas, hay una mujer, su negrura es mineral. Ahí descalza parece frágil, se sienta en el banco, alcanza la guitarra a sus pies, se mueve a una velocidad distinta a nosotros, el sonido se suspende como polvo en una asta de luz, los cimientos crujen, su voz es sísmica y bella y nada más importa, el murmullo de la guitarra y su voz pactan con la nada, sus letras adolecen, hablan de lugares lejanos y solitarios, de amores verdaderos, de su abuela que baila con el diablo, de estrellas caídas en las planicies de Etiopía, en donde todas las estrellas caerán esta noche, recorre llanos secos, se detiene en pueblos sin sombra, remonta cerros, cava pozos, me sepulto en la ceniza de su relato, caminamos bajo un cielo metálico, me habla de Joe, un fantasma que escucha las aves cantar en los árboles durante el amanecer, no sabe más, trina un suirirí, el cielo está vivo, llegamos a una casa rodeada de arbustos desérticos y espinosos, refulge blanca entramos a tomar una taza de té con su abuela, que habla de un camino, el camino que lleva al pozo, velado por un hombre gris y viejo, creo que la Negra Wagner mira a mi tío. Él hace esa mueca parecida a una sonrisa, se toma la margarita de un trago, me toma de la solapa y me arrastra hasta la entrada. Salimos a las calles oscuras que espero encontrar húmedas y abandonadas, no sé por qué, quizá porque el buen blues me recuerda a la lluvia. Caminamos en silencio hasta su auto y me pide que maneje. A decir verdad no lo veo pedo. En ese momento me da la impresión de estar mirando a un tipo ajado, un tipo tristón, enamorado de la Negra, que escucha música puerca, música delirante que visita lugares lejanos y extraños. Unos días después mí tío se enferma, creo que de tristeza, lo sé porque ya no escucha y habla más el blues. Empiezo a salir con chicas e interesarme en otras cosas, a veces me habla por teléfono, lo escucho lejano, como si hablara desde el pasado, hasta que un día ya no sé más de él. No me deja nada tras su muerte pero me apropio de su colección de vinilos que imagino infinita pero en realidad, ya contados, no pasan de cien. Unos años después regreso al bar. La Negra no sale. Le pido una margarita a uno de los meseros más veteranos y le pregunto sobre la Negra. No sabe gran cosa pero escuchó que un tal Jon o Joe, un mulato gigante que tenía los ojos del diablo, se la llevó al otro lado, a Los Ángeles o quizá a Nueva Orleans. Salgo del bar sintiéndome amoratado, como si acabara de recibir una madriza de Little Walter. Camino sin rumbo por las calles húmedas y vacías.
jueves, 24 de julio de 2014
domingo, 20 de julio de 2014
El palacio de Pekín
A finales del último verano que viví en Cuernavaca conocí El Palacio de Pekín, un restaurante chino sobre Rio Nazas y Río Mayo en la colonia Vista Hermosa. La colonia, como tantas otras zonas residenciales en Cuernavaca, ostentaba un cierto encanto marchito. En aquellos tiempos pasaba gran parte del día fumando marihuana pretendiendo hacer ejercicio en el parque de la colonia y leyendo escritores del boom latinoamericano, aunque por suerte también leía a gringos como King y Vonnegut. Esperaba como necio los resultados de un par de universidades en la Ciudad de México. Apenas soportaba la bruma inerte que se había asentado sobre Cuernavaca, las derivas en parques húmedos perdían su gracia con rapidez y mi mamá empezaba a sospechar, a falta de un progreso visible en mi cuerpo, que las largas sesiones de ejercicio venían viciadas. En general me pasaba gran parte del tiempo en mi cuarto, echado junto a la ventaba tomando café con leche, leyendo y escribiendo largas necrologías de personas que no me simpatizaban o me simpatizaban mucho. Por aquellos días escribí una sobre mi hermano menor. No era particularmente maligna, contenía algunas verdades duras y mierdecitas que pensaba sobre él. No tardó en encontrarla y dársela al jefe. Mi papá la leyó e intentó simular indignación aunque ya en privado me dijo que se había divertido leyéndola, luego me sugirió orientar mi imaginación a otras empresas.
Podrías ayudar a tu tío en su laboratorio. Ya ves que siempre anda preguntando por ti.
Antes de que mi mamá se incorporara a la monserga doméstica me salí de la casa y me encaminé hacia Río Mayo. Le marqué a Juan que sin pensarlo me acompañaría a echar humo. No llevaba crédito en el celular. Caminé al Oxxo de Av. Teopanzolco, le metí veinte pesos y compré una Coca de cinco pagando con un billete de cien que había hurtado de la bolsa de mi mamá. Salí al estacionamiento y me senté sobre una de las barreras, abrí la Coca y me zampé la mitad. Las nubes comenzaban a arremolinarse sobre mí. Miré al este donde se moldeaba el ojo morado de dios, iracundo y apunto de soltar a llorar ceniza. No tenía deseos de regresar a esa ratonera que era mi casa, pensé refugiarme en el Oxxo o en el Starbucks de la esquina pero ambas ideas me parecieron trágicas. Corrí en dirección a Río Mayo, cuando giré en Río Nazas las nubes sucumbieron. Vi tres negocios abiertos, dos sórdidas estéticas y un restaurante chino. Luego pensé que ver dos estéticas juntas era mal augurio y entré al restaurante.
En el recibidor aguardaba una menuda señora china, llevaba el pelo recogido en un prendedor del gato de la suerte y un delantal gris o azul. Su nombre, según el gafete, era Mei. El espacio estaba pintando de un rosa flamingo, con seis o siete mesas blancas traspuestas entre sillones de plástico rojo. Es decir, era un lugar horrendo y no parecía esconder gran cosa. Una señora y una niña comían mirando la tele engarzada en la esquina. Me senté en la última mesa y esperé. No sé qué esperé pero al cabo de unos minutos se me acercó la señora Mei. Me ojeaba abiertamente, como si le costara trabajo creer que sobre mí llevara los sesentaiochos pesos que costaba el buffet. Antes de que dijera nada le pedí una Coca.
¿Buffet? me refutó.
Le contesté que por el momento estaba bien. Supe que venía de tierras muy lejanas cuando se ahorró una mentada de madre. En cambio se tronó los dedos con destreza: entrelazó sus dedos como si hiciera cunitas de gato y detonó un intolerable crujido. Me pareció una ofensa de las grandes, aunque en realidad no supe como tomarlo.
Saqué de mi mochila un libro de Philip K. Dick que le había regalado a mi papá en navidad. Lo había encontrado unas semanas después aun envuelto en plástico y lo tomé sin gran intención de regresarlo. El libro era de ciencia ficción, naturalmente, pero en lugar de colonias espaciales y ovejas eléctricas recontaba el desenlace de la Segunda Guerra Mundial y la conquista de los Estados Unidos por parte de la Alemania Nazi y Japón. Estaba absorto en la lectura cuando alguien dejó la coca sobre la mesa. En la periferia de mi mirada se registró una silueta muy distinta a la de Mei, despegué mí vista de las páginas y vi a una hermosa chica de unos veinte años. En seguida la imaginé hija de Mei, luego lo dudé. Tenía ojos sesgados y pómulos altos, sus iris reñían entre destellos ocres y grises, su cabello, castaño y quebrado, iba sujeto en una coleta. Pensé que sería una política de Mei llevar el pelo recogido, aunque eso lo pensé después. Había dejado el refresco en mi mesa sin decir nada, se mantuvo unos instantes suspendida ante mí, supongo que esperando un gracias pero embobado como estaba no dije nada. Había dado unos pasos hacia la cocina, se detuvo y giró.
Tendrás que pedir algo más si quieres leer tu libro un rato más, dijo.
Afuera aun llovía.
Cómo te llamas, pregunté por decir algo, retenerla unos segundos.
Pensé que me haría pedir el buffet pero sólo dijo: Kumiko, y se metió a la cocina.
Comencé a visitar a Kumiko cada vez que podía, es decir, cada que me hacía de algunos pesos, una suerte de espejismo pecuniario. Por esos días publicaron los resultados de uno de los exámenes: había sido rechazado de la UAM. No le di mucha importancia, yo navegaba la mansa corriente me arrastraba a las costas extrañas de El Palacio. Me sentaba en el taburete, ordenaba el buffet, platicaba unos minutos con Kumiko. Con Mei ahí era difícil hacer gran cosa pero mi atracción por Kumiko ascendía como mi aversión por los platillos chinos que me producían abscesos agridulces. Al cabo de unas semanas aun no sabía mucho de ella, pero sus piernas flacas y nalgas respingadas me volvían loco.
Una tarde me marcó Juan, lo visitaban unos tíos y andaba erizo. Le vendí dos churros por cien pesos y me fui directo a El Palacio. Vi unas camionetas de policía estacionadas frente al lugar. Entré, me recibió un estertor de risotadas porcinas. Unos policías patibularios estaban sentados en la mesa del centro. Kumiko, parada junto a ellos, reía aunque más bien me parecía sonreír con violencia. El más joven de ellos la sujetaba del brazo. Eché un vistazo al resto del restaurante buscando a la señora Mei. Vislumbré su brazo detrás de la puerta entornada de la cocina, parecía estar guisando. Me senté en la mesa contigua. Por aquellos días sentía un especial desdén hacia ese hatajo de lechones sobrealimentados, habían agarrado a un amigo con un guato unos meses antes en uno de aquellos retenes ilegales. Lo dejaron seco.
Disculpe, va a ser un buffet y una Coca, dije con desaire.
Ella giró la cabeza, me miró sonriendo y se liberó del agarre del policía.
En un momento, dijo y se dirigió a la cocina a prisa.
El joven oficial se giró, mi miró serpenteando la lengua entre los dientes.
Buenas tardes oficial, dije.
Después aprendería a controlar mi altivez hacia esos hijos de puta. En ese momento deseaba provocar, buscar una excusa para gritonear que mi tío era un pinche abogangster cercano a algún funcionario inventado y no un etnobotánico solterón.
Ira, cabrón, azotó, ¿por qué no te vas a chingar a tu madre?
Tu trabajo es servirme, pinche puerco, échate al piso y rueda.
Tras soltar semejante estupidez debí largarme y correr hasta mi casa como un loco, pero me sentía rabioso como un perro o como un chacal. Los cuatro tipos se pusieron de pie. Kumiko salió de la cocina con una bandeja, ponderó la situación con presteza y se puso entre nosotros. Me pidió airada que dejara el lugar. Me salí sin pensarlo, mi cólera se disipaba y empezaba a comprender la situación en que me había metido. Llegué hasta mi casa hecho un trapo y me dieron unas ganas terribles de darme un tanque. Mi familia seguía en la casa, veían una película de Bruce Willis en la sala que daba a la entrada, mi mamá giró y me ordenó que me quitara la ropa y me bañara. El calentador tardaba quince minutos así que me quité la ropa y me eché al piso de mi cuarto. Me puse a escribir una necrología especialmente virulenta sobre los policías de Pekín. No guardaba la solemnidad que se espera de este tipo de misivas pero en esos momentos me valía madres acotarme al género.
Terminaba así: Qué descansen en un chiquero de sufrimiento y desolación. Amen.
Me pareció mi peor necrología pero escribirla me hizo sentir mejor. Al día siguiente se la leí a Kumiko. No comentó nada, luego me dijo que el más joven de ellos la visitaba desde hacía unos meses. Su familia entera estaba en la policía, los tipos de ayer eran primos y tíos.
¿Es tu novio?, le pregunté.
Por supuesto que no. Por lo general viene a comer cada par de semanas, casi nunca salimos.
Lo imaginé tocándole los senos bien formados, buscando debajo de su ropa interior, jugando con el clítoris mientras ella se la jalaba. Por alguna razón me sentí humillado aunque no pude evitar que se me pusiera dura.
Quiero que dejes de salir con él, ¿te gusta la marihuana? Yo vivo por aquí, podríamos ir a fumar, dije con impotencia.
Quería retenerla, no sabía cómo. Me miró con unos ojos serenos, tristes, ahora parecían negros, ya no brotaban los matices belicosos de aquél lluvioso primer día.
Al día siguiente publicaron los resultados del examen la UNAM. Esa noche esperé a Kumiko hasta que Mei cerró El Palacio. Las luces neón del cristal se mantenían encendidas disimulando el interior entre sombras sin secretos. Después de cerciorarse que el lugar estaba bien cerrado, Mei carraspeó como si fuera a decir algo. Se limitó a mirarnos y se siguió de largo. Supongo que era su manera de decir que yo no estaba tan mal. La llevé a mi casa. Mi papá leía en la sala, le presenté rápidamente a Kumiko y no pude evitar notar su gesto de alivió. Nos encerramos en mi cuarto donde por timidez o por no saber qué hacer o por ambas le mostré algunas de mis necrologías favoritas. No dijo nada, se sentó en mi cama y empezó a quitarse la ropa. Afuera llovía. Habían pasado dos años desde mi última vez así que me vine en seguida. Después del bochorno inicial lo hicimos tres o cuatro veces más durante la noche. Quise decirle palabras primorosas, en cambio le pregunté tontamente si se había venido.
Tres veces.
viernes, 11 de julio de 2014
La mirada triste de los martes
La luz de la superficie se filtra por el lechoso domo hexagonal. En las escaleras eléctricas que avanzan lentamente relucen diferentes matices del exilio humano. Entre ellos, dos personas, una junta a la otra, sin mirarse, conversan en voz baja.
Es difícil no sentirse miserable cuando te abandonas al ascenso acompasado de las escaleras eléctricas, dice uno, A veces miro mis agujetas por temor a que queden atrapadas entre las cuchillas de la superficie dentada del escalón.
Es un temor justo, contesta el otro, Muchos lo han olvidado pero hará una década cuando en la estación Santa Anna de la Línea Caqui uno de esos niños que retozan por la vida sin congoja se le enganchó una agujeta. Ante la negligencia de su madre que hurgaba las profundidades de una bolsa de dorilocos, fue molido entre las cuchillas de la escalera mecánica. Una escena horrenda, ¿verdad?
¡Verdad!
Pues imagina que tras haber asistido a tan brutal escena la chusma furibunda consideró que la mujer, como si no fuera suficiente condena ver a su hijo atomizado como las migas naranjas que pintabas sus dedos, la fustigaron a manazos y periodicazos. Hartos de que apenas lograran desgreñarla, le calzaron los tenis sucios de un hombre flemático que decía no necesitarlos más, sentenciándola a esa muerte tan operaria y, según la opinión de una desvergonzada marchanta rolliza, poética. Después de unos cuantos intentos fallidos, entre súplicas feroces, hallaron la manera de enlazar las agujetas entre los resquicios de los escalones. Se dice que la mayoría observó la sentencia en silencio. Otros esbozaron una sonrisa apenas visible.
En ese momento las dos personas llegan al final de la tercera escalera mecánica y doblan para montarse a la siguiente. Uno de ellos levanta la vista y hace un ágil cálculo: faltan veintidós niveles. Por un instante una luz blanquecina barre su mirada.
¡Alguna vez escuché esta historia!, dice el primero, La verdad es que lo descarté como un intento chapucero de crear una de esas leyendas urbanas subterráneas y no le presté mucha atención. Si mal no recuerdo dicen que la chusma, rabiosa aún, pues esa semana habían descontinuado su periódico de nota roja favorito, apenas saciaron su necesidad diaria de violencia y pornografía, así que la irritable marchanta, alzada espontáneamente a líder moral, decretó aquellas escaleras eléctricas como la guillotina del siglo XXI, sintiéndose secretamente más cercana que nunca a su personalidad favorita después de Carmen Salinas: Maximilien Robespierre.
Sólo te equivocas en un detalle, le corrige el segundo, Después del suceso la designaron líder espiritual, no moral, lo que le condecía absoluta autoridad sobre aquella chusma que rápidamente se consolidó como una fuerza política y religiosa a temer. Los mandos altos del gobierno, exhaustos tras una jornada especialmente emocionante de fútbol dominical, les permitieron hacer aquellos sacrificios rituales en nombre de la concupiscencia. Surgieron voces disidentes en algunos niveles del gobierno federal pero se dice que fueron amortiguadas rápidamente con regalitos en forma de calculadoras y calendarios. Un joven tecnócrata recién salido de la Universidad Leninista se mostró más reacio, pues aseguraba tener un celular que ya cumplía todas esas funciones. El gerente, un tipo anémico pero con la suficiente imaginación para improvisar sobre la marcha, decidió darle medio día libre. Medio día de ocio. Una oferta, si me lo permites, irrechazable en estos tiempos.
El hombre suspende su monólogo, un repiqueo lejano se funde con el sonido sordo que emite la gigantesca maquinaria elíptica. Dirige un vistazo mental hacia su mochila; hoy no cargó el paraguas.
¡Pareces saber bastante sobre el tema!, señala el primero.
Mi prima hizo su tesis de maestría sobre los movimientos políticos post-ideológicos. Me la leí en una noche, no rebasaba las diez cuartillas.
La Universidad Leninista sí que ha decaído, dice distraídamente el primero.
El movimiento se nombró La Chusma. El mote era francamente fraternal y pronto sumaron simpatizantes de orígenes tan variados como los alegres lectores de semanarios de farándula, los madrugadores sectarios de Chabelo, los cristianos no raptados en la Segunda venida y los optimistas seguidores del Director General de Exploración Espacial, la cabeza en frasco de Jaime Maussan. La Chusma pareció llenar un vacío que nadie había intuido. Lo cierto es que buscaban una figura que concentrara lo mesiánico con lo mediático, y la fornida marchanta reunía varias características que darían pie a un culto burlesco a la personalidad: había asimilado las arrolladoras apariciones televisivas de Carmen Salinas, adoptó los gestos y ademanes peripatéticos de los presentadores de programas de chismes, y soldó su armazón teórico releyendo por diecisieteava vez Memorias de Robespierre, una obra apócrifa escrita en los años treinta por Jean-Luc Chifflet, plomizo historiador francés que, raptado por un delirio febril tras comer peyote en Ámsterdam, se nombró la reencarnación del revolucionario francés, llevándolo a escribir las memorias durante siete días farragosos. El aparente hallazgo de esta obra histórica perdida causó tal revuelo entre los vestigios de la Academia Mundial que, para cuando se percataron de la errata, ya había sido publicada por trece editoriales y traducido a nueve idiomas, aunque se dice que en la traducción al español se tomaron más libertades ya que fue realizada por un discípulo de Borges: la prosa contiene menos florituras, el orden de los sucesos históricos fue reordenado en favor a una lectura más quimérica, y el título cambiado a El hombre de la cabeza flotante. De ahí que la marchanta lo tomara por un libro de auto-ayuda metafísica cuando ojeaba los estantes de una librería de viejo. De Chifflet no se supo más aunque se dice que, persiguiendo el sueño escapista por excelencia, fue en busca de una playa mexicana donde sólo encontró cerveza quemada y una furiosa adicción a la coca.
La primera persona ya no escucha más el relato. Su mente divaga entre los engranes y articulaciones sebosos de la maquinaria que berrea a sus pies. Imagina pequeñas hormigas ungidas en grasa recorriendo los engranajes, perdidas en caos y guerra, desconociendo a los suyos, cegadas por una negrura viscosa, presas del balbuceo del fantasma que yace en las entrañas de la estructura.
…la gente empezó a evitar la línea, continúa el segundo sujeto, El temor al implacable juicio de la gran marchanta que juzgaba desde las alturas de La Escalera empujó a hordas suburbanas a buscar otros caminos para hacer sus rondas diarias. Un equipo televisivo de última línea se emplazaba en el recinto que alojaba Las Escaleras. Se instalaba un foro donde las figuras de los talk shows más mórbidos se congregaban para hacer los pre y post-comentarios de alguna condena particularmente jugosa. En alguna ocasión sentenciaron a un popular jugador de fútbol por hacer la seña V hacia la cámara durante un partido sabatino, que como bien sabes puede significar ‘victoria’, pero también ‘paz’. El gesto fue tomado como una afrenta directa a La Chusma que había decretado el sábado como su día oficial, jornada en que todos los programas de radio y televisión habrían de contener temáticas, implícita o explícitamente, pornográficas y violentas. Un productor apenas se libró de la guillotina gracias a una convincente defensa en que alegaba que su película para televisión sobre un niño que reencuentra a su gato perdido tras varias semanas contiene trasfondos de violencia, si bien no física, si psicológica, pues explora las huellas de su relación con la hermana mayor, quien abusa de él. Los miembros de La Chusma, que en su mayoría habían interiorizado el manoseo intrafamiliar como algo normal, e incluso sano, sortearon este pormenor. Por temor a mostrar ignorancia sobre los géneros más sutiles de violencia y pornografía, la Marchanta aceptó el alegato, absolviendo al artero productor de televisión.
Las dos personas se encuentran ante unas escaleras averiadas. Uno interrumpe su parloteo, el otro busca huellas negras de hormigas. Se abre una escotilla al pie de la escalera de la que emerge un tipo grueso cargando una caja de herramientas. Detrás surge otro macetón idéntico. Abre la tapa del maletín, juntos estudian con celo cada herramienta, proceden a disponerlas en el suelo guardando un orden simétrico. Se apiña un gentío a espaldas de los hombres. Uno de ellos siente la hormigas ascender por su espina.
Las cosas no se podían mantener así, dice el segundo tipo manteniendo su mirada sobre los técnicos, La misma gente que había robustecido las filas de La Chusma comenzaba a mostrar, a escondidas, disconformidad. La Marchanta enjuiciaba a histriones a diestra y siniestra sin reparar en estatus o estirpe mediática. Después del fiasco del productor de televisión, vinieron otros. La Jefecita, a raíz de un comentario más chusco que tóxico sobre sus pobres nociones de moda, intentó enjuiciar al sobrino del Secretario de Educación, Bisogno III. Todos, aun la cúpula de La Chusma, sabían que la descendencia de la progenie de la primera mujer canonizada en México, Patricia Chapoy, era intocable. Se dice que a raíz de estos continuos deslices y las vigentes tradiciones misóginas de la sociedad, altos miembros del grupo comenzaron a revelarse organizando tomas de poder y vulnerando la legitimidad de la Matrona al divulgar rumores sobre principios de demencia que la afligían. Ignoraban que, según informes posteriores, llevaba años padeciendo ofuscaciones espirituales: el mismo día que enjuiciaron a la Mujer del Pecado Original, madre del Santito de las Agujetas, se había fugado de la institución mental que la retenía.
La primera persona observa sus agujetas.
Una calurosa tarde de junio, la Marchanta convocó a todos los miembros a la estancia de Las Escaleras, unos tres mil miembros, que si bien eran demasiados para el espacio, consideraban el hacinamiento uno de sus principales edictos. Algunos adeptos cerraron con tablas las puertas y orificios del lugar. La Marchanta pronunció un críptico discurso sobre tiempos venideros, nuevos vientos que recorrerían los cauces que habían surcado en la cara de la sociedad. Los miembros antagónicos lo interpretaron como una despedida, un guiño hacia un nuevo liderazgo. Después de algunas horas de peroratas y cánticos de temas clásicos de telenovela, los fisgones a los alrededores del recinto escucharon un fuerte ruido y se percataron que salían llamas del santuario. Se dice que, dada la brea que aloja esta maquinaria, todos murieron calcinados en el interior en pocos minutos.
La escalera comienza a funcionar. El repiqueo sobre el domo se ha detenido. La luz lechosa desmantela la penumbra de los últimos niveles. Los hombres, uno junta al otro, sin mirarse, ascienden el último escalón dentado.
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