Ahora que los días se van sucediendo con frialdad, puedo decir, sin manías, que ya nadie escucha la música puerca que enturbia el aire, que viaja en las tuberías, los caños, que se arrastra en el fango. Recuerdo cuando mi tío empezó a llevarme al bar donde tocaba la Negra Wagner. Un lugar de trazos feroces. La clase de lugar donde iban tipos brumosos como mi tío, tipos que llevaban la noche tatuada en los ojos. Él sabía sobre blues de a madres. Podía hablarme por horas entre densas nubes de humo sobre las peleas a puño limpio entre Little Walter y Muddy Waters, el gusto de Elmore James por el licor y la cacería con perros y pistolas, la música de Son House que suena más vieja que el tiempo. Aunque bien visto su tema favorito eran las mujeres. Sentía que lo escuchaba desde una distancia incierta, lo miraba, su cigarro fluctuanto entre su boca y sus dedos índice y pulgar como si fuera un puro, como si él fuera un jodido gánster. Sólo era mi tío. Un tipo tristón, un tipo al que le mataba el blues, la música puerca, como le llamaba. No entendía gran cosa de lo que me decía, mujeres calientes del Magreb, esbozos de una serie de cuentos de sus andanzas por Europa, más mujeres. A veces no se podía contener, el blues lo ponía de un humor de locos, a mí apenas empezaban a interesarme las chicas pero me hablaba de las piernas largas y humeantes de las mujeres maduras que lo visitaban desde Veracruz. Creo que decía humeantes, quizá usara otra palabra. Sabía que a ese lugar iba por la Negra Wagner. Estuvo casado con una antropóloga holandesa que había conocido durante sus devaneos trotskistas. Tuvieron un hijo, muy pronto las cosas se fueron a la mierda y ella se lo llevó de regreso a su tierra de tulipanes. En la familia se decía que apenas una mujer muy necia podría haberlo aguantado esos años. Un día me arrastró al bar y creo que por efecto del alcohol o el blues o más bien por ambas me confesó que no estaba seguro que fuera su hijo, pero un día dejó de darle vueltas al asunto, lo quería igual. La Negra siempre era la última en presentarse. Era un lugar ruidoso, el blues y el griterío enrarecían el ambiente, un lugar en el que no podías estar de pie mucho rato, lo mejor era buscar una esquina en que arrumbarse. Mi tío siempre elegía un taburete bien metido entre el escenario y una columna revestida de un terciopelo rasgado, tomaba cerveza pero antes de que saliera la Negra ordenaba una margarita. Una margarita pa’ mí, una coca pal’ joven, decía en falso acento zacatecano. El bullicio se desvanece junto a las luces. Un par de reflectores azules iluminan el escenario, mi tío me habla al oído, algo que ver con una voz en ascuas, lo miro desde la oquedad del humo, hace una mueca repugnante que casi me deja helado, una sonrisa, lo miro como entre sueños, el tiempo se espesa y ya no quiero ver su horrenda sonrisa. En el escenario, ahora brasas, hay una mujer, su negrura es mineral. Ahí descalza parece frágil, se sienta en el banco, alcanza la guitarra a sus pies, se mueve a una velocidad distinta a nosotros, el sonido se suspende como polvo en una asta de luz, los cimientos crujen, su voz es sísmica y bella y nada más importa, el murmullo de la guitarra y su voz pactan con la nada, sus letras adolecen, hablan de lugares lejanos y solitarios, de amores verdaderos, de su abuela que baila con el diablo, de estrellas caídas en las planicies de Etiopía, en donde todas las estrellas caerán esta noche, recorre llanos secos, se detiene en pueblos sin sombra, remonta cerros, cava pozos, me sepulto en la ceniza de su relato, caminamos bajo un cielo metálico, me habla de Joe, un fantasma que escucha las aves cantar en los árboles durante el amanecer, no sabe más, trina un suirirí, el cielo está vivo, llegamos a una casa rodeada de arbustos desérticos y espinosos, refulge blanca entramos a tomar una taza de té con su abuela, que habla de un camino, el camino que lleva al pozo, velado por un hombre gris y viejo, creo que la Negra Wagner mira a mi tío. Él hace esa mueca parecida a una sonrisa, se toma la margarita de un trago, me toma de la solapa y me arrastra hasta la entrada. Salimos a las calles oscuras que espero encontrar húmedas y abandonadas, no sé por qué, quizá porque el buen blues me recuerda a la lluvia. Caminamos en silencio hasta su auto y me pide que maneje. A decir verdad no lo veo pedo. En ese momento me da la impresión de estar mirando a un tipo ajado, un tipo tristón, enamorado de la Negra, que escucha música puerca, música delirante que visita lugares lejanos y extraños. Unos días después mí tío se enferma, creo que de tristeza, lo sé porque ya no escucha y habla más el blues. Empiezo a salir con chicas e interesarme en otras cosas, a veces me habla por teléfono, lo escucho lejano, como si hablara desde el pasado, hasta que un día ya no sé más de él. No me deja nada tras su muerte pero me apropio de su colección de vinilos que imagino infinita pero en realidad, ya contados, no pasan de cien. Unos años después regreso al bar. La Negra no sale. Le pido una margarita a uno de los meseros más veteranos y le pregunto sobre la Negra. No sabe gran cosa pero escuchó que un tal Jon o Joe, un mulato gigante que tenía los ojos del diablo, se la llevó al otro lado, a Los Ángeles o quizá a Nueva Orleans. Salgo del bar sintiéndome amoratado, como si acabara de recibir una madriza de Little Walter. Camino sin rumbo por las calles húmedas y vacías.
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