viernes, 11 de julio de 2014

La mirada triste de los martes

La luz de la superficie se filtra por el lechoso domo hexagonal. En las escaleras eléctricas que avanzan lentamente relucen diferentes matices del exilio humano. Entre ellos, dos personas, una junta a la otra, sin mirarse, conversan en voz baja.

Es difícil no sentirse miserable cuando te abandonas al ascenso acompasado de las escaleras eléctricas, dice uno, A veces miro mis agujetas por temor a que queden atrapadas entre las cuchillas de la superficie dentada del escalón.

Es un temor justo, contesta el otro, Muchos lo han olvidado pero hará una década cuando en la estación Santa Anna de la Línea Caqui uno de esos niños que retozan por la vida sin congoja se le enganchó una agujeta. Ante la negligencia de su madre que hurgaba las profundidades de una bolsa de dorilocos, fue molido entre las cuchillas de la escalera mecánica. Una escena horrenda, ¿verdad?

¡Verdad!

Pues imagina que tras haber asistido a tan brutal escena la chusma furibunda consideró que la mujer, como si no fuera suficiente condena ver a su hijo atomizado como las migas naranjas que pintabas sus dedos, la fustigaron a manazos y periodicazos. Hartos de que apenas lograran desgreñarla, le calzaron los tenis sucios de un hombre flemático que decía no necesitarlos más, sentenciándola a esa muerte tan operaria y, según la opinión de una desvergonzada marchanta rolliza, poética. Después de unos cuantos intentos fallidos, entre súplicas feroces, hallaron la manera de enlazar las agujetas entre los resquicios de los escalones. Se dice que la mayoría observó la sentencia en silencio. Otros esbozaron una sonrisa apenas visible.

En ese momento las dos personas llegan al final de la tercera escalera mecánica y doblan para montarse a la siguiente. Uno de ellos levanta la vista y hace un ágil cálculo: faltan veintidós niveles. Por un instante una luz blanquecina barre su mirada.

¡Alguna vez escuché esta historia!, dice el primero, La verdad es que lo descarté como un intento chapucero de crear una de esas leyendas urbanas subterráneas y no le presté mucha atención. Si mal no recuerdo dicen que la chusma, rabiosa aún, pues esa semana habían descontinuado su periódico de nota roja favorito, apenas saciaron su necesidad diaria de violencia y pornografía, así que la irritable marchanta, alzada espontáneamente a líder moral, decretó aquellas escaleras eléctricas como la guillotina del siglo XXI, sintiéndose secretamente más cercana que nunca a su personalidad favorita después de Carmen Salinas: Maximilien Robespierre.

Sólo te equivocas en un detalle, le corrige el segundo, Después del suceso la designaron líder espiritual, no moral, lo que le condecía absoluta autoridad sobre aquella chusma que rápidamente se consolidó como una fuerza política y religiosa a temer. Los mandos altos del gobierno, exhaustos tras una jornada especialmente emocionante de fútbol dominical, les permitieron hacer aquellos sacrificios rituales en nombre de la concupiscencia. Surgieron voces disidentes en algunos niveles del gobierno federal pero se dice que fueron amortiguadas rápidamente con regalitos en forma de calculadoras y calendarios. Un joven tecnócrata recién salido de la Universidad Leninista se mostró más reacio, pues aseguraba tener un celular que ya cumplía todas esas funciones. El gerente, un tipo anémico pero con la suficiente imaginación para improvisar sobre la marcha, decidió darle medio día libre. Medio día de ocio. Una oferta, si me lo permites, irrechazable en estos tiempos.

El hombre suspende su monólogo, un repiqueo lejano se funde con el sonido sordo que emite la gigantesca maquinaria elíptica. Dirige un vistazo mental hacia su mochila; hoy no cargó el paraguas. 

¡Pareces saber bastante sobre el tema!, señala el primero.

Mi prima hizo su tesis de maestría sobre los movimientos políticos post-ideológicos. Me la leí en una noche, no rebasaba las diez cuartillas. 

La Universidad Leninista sí que ha decaído, dice distraídamente el primero. 

El movimiento se nombró La Chusma. El mote era francamente fraternal y pronto sumaron simpatizantes de orígenes tan variados como los alegres lectores de semanarios de farándula, los madrugadores sectarios de Chabelo, los cristianos no raptados en la Segunda venida y los optimistas seguidores del Director General de Exploración Espacial, la cabeza en frasco de Jaime Maussan. La Chusma pareció llenar un vacío que nadie había intuido. Lo cierto es que buscaban una figura que concentrara lo mesiánico con lo mediático, y la fornida marchanta reunía varias características que darían pie a un culto burlesco a la personalidad: había asimilado las arrolladoras apariciones televisivas de Carmen Salinas, adoptó los gestos y ademanes peripatéticos de los presentadores de programas de chismes, y soldó su armazón teórico releyendo por diecisieteava vez Memorias de Robespierre, una obra apócrifa escrita en los años treinta por Jean-Luc Chifflet, plomizo historiador francés que, raptado por un delirio febril tras comer peyote en Ámsterdam, se nombró la reencarnación del revolucionario francés, llevándolo a escribir las memorias durante siete días farragosos. El aparente hallazgo de esta obra histórica perdida causó tal revuelo entre los vestigios de la Academia Mundial que, para cuando se percataron de la errata, ya había sido publicada por trece editoriales y traducido a nueve idiomas, aunque se dice que en la traducción al español se tomaron más libertades ya que fue realizada por un discípulo de Borges: la prosa contiene menos florituras, el orden de los sucesos históricos fue reordenado en favor a una lectura más quimérica, y el título cambiado a El hombre de la cabeza flotante. De ahí que la marchanta lo tomara por un libro de auto-ayuda metafísica cuando ojeaba los estantes de una librería de viejo. De Chifflet no se supo más aunque se dice que, persiguiendo el sueño escapista por excelencia, fue en busca de una playa mexicana donde sólo encontró cerveza quemada y una furiosa adicción a la coca.

La primera persona ya no escucha más el relato. Su mente divaga entre los engranes y articulaciones sebosos de la maquinaria que berrea a sus pies. Imagina pequeñas hormigas ungidas en grasa recorriendo los engranajes, perdidas en caos y guerra, desconociendo a los suyos, cegadas por una negrura viscosa, presas del balbuceo del fantasma que yace en las entrañas de la estructura. 

…la gente empezó a evitar la línea, continúa el segundo sujeto, El temor al implacable juicio de la gran marchanta que juzgaba desde las alturas de La Escalera empujó a hordas suburbanas a buscar otros caminos para hacer sus rondas diarias. Un equipo televisivo de última línea se emplazaba en el recinto que alojaba Las Escaleras. Se instalaba un foro donde las figuras de los talk shows más mórbidos se congregaban para hacer los pre y post-comentarios de alguna condena particularmente jugosa. En alguna ocasión sentenciaron a un popular jugador de fútbol por hacer la seña V hacia la cámara durante un partido sabatino, que como bien sabes puede significar ‘victoria’, pero también ‘paz’. El gesto fue tomado como una afrenta directa a La Chusma que había decretado el sábado como su día oficial, jornada en que todos los programas de radio y televisión habrían de contener temáticas, implícita o explícitamente, pornográficas y violentas. Un productor apenas se libró de la guillotina gracias a una convincente defensa en que alegaba que su película para televisión sobre un niño que reencuentra a su gato perdido tras varias semanas contiene trasfondos de violencia, si bien no física, si psicológica, pues explora las huellas de su relación con la hermana mayor, quien abusa de él. Los miembros de La Chusma, que en su mayoría habían interiorizado el manoseo intrafamiliar como algo normal, e incluso sano, sortearon este pormenor. Por temor a mostrar ignorancia sobre los géneros más sutiles de violencia y pornografía, la Marchanta aceptó el alegato, absolviendo al artero productor de televisión.

Las dos personas se encuentran ante unas escaleras averiadas. Uno interrumpe su parloteo, el otro busca huellas negras de hormigas. Se abre una escotilla al pie de la escalera de la que emerge un tipo grueso cargando una caja de herramientas. Detrás surge otro macetón idéntico. Abre la tapa del maletín, juntos estudian con celo cada herramienta, proceden a disponerlas en el suelo guardando un orden simétrico. Se apiña un gentío a espaldas de los hombres. Uno de ellos siente la hormigas ascender por su espina.

Las cosas no se podían mantener así, dice el segundo tipo manteniendo su mirada sobre los técnicos, La misma gente que había robustecido las filas de La Chusma comenzaba a mostrar, a escondidas, disconformidad. La Marchanta enjuiciaba a histriones a diestra y siniestra sin reparar en estatus o estirpe mediática. Después del fiasco del productor de televisión, vinieron otros. La Jefecita, a raíz de un comentario más chusco que tóxico sobre sus pobres nociones de moda, intentó enjuiciar al sobrino del Secretario de Educación, Bisogno III. Todos, aun la cúpula de La Chusma, sabían que la descendencia de la progenie de la primera mujer canonizada en México, Patricia Chapoy, era intocable. Se dice que a raíz de estos continuos deslices y las vigentes tradiciones misóginas de la sociedad, altos miembros del grupo comenzaron a revelarse organizando tomas de poder y vulnerando la legitimidad de la Matrona al divulgar rumores sobre principios de demencia que la afligían. Ignoraban que, según informes posteriores, llevaba años padeciendo ofuscaciones espirituales: el mismo día que enjuiciaron a la Mujer del Pecado Original, madre del Santito de las Agujetas, se había fugado de la institución mental que la retenía. 

La primera persona observa sus agujetas. 

Una calurosa tarde de junio, la Marchanta convocó a todos los miembros a la estancia de Las Escaleras, unos tres mil miembros, que si bien eran demasiados para el espacio, consideraban el hacinamiento uno de sus principales edictos. Algunos adeptos cerraron con tablas las puertas y orificios del lugar. La Marchanta pronunció un críptico discurso sobre tiempos venideros, nuevos vientos que recorrerían los cauces que habían surcado en la cara de la sociedad. Los miembros antagónicos lo interpretaron como una despedida, un guiño hacia un nuevo liderazgo. Después de algunas horas de peroratas y cánticos de temas clásicos de telenovela, los fisgones a los alrededores del recinto escucharon un fuerte ruido y se percataron que salían llamas del santuario. Se dice que, dada la brea que aloja esta maquinaria, todos murieron calcinados en el interior en pocos minutos. 

La escalera comienza a funcionar. El repiqueo sobre el domo se ha detenido. La luz lechosa desmantela la penumbra de los últimos niveles. Los hombres, uno junta al otro, sin mirarse, ascienden el último escalón dentado.

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