A finales del último verano que viví en Cuernavaca conocí El Palacio de Pekín, un restaurante chino sobre Rio Nazas y Río Mayo en la colonia Vista Hermosa. La colonia, como tantas otras zonas residenciales en Cuernavaca, ostentaba un cierto encanto marchito. En aquellos tiempos pasaba gran parte del día fumando marihuana pretendiendo hacer ejercicio en el parque de la colonia y leyendo escritores del boom latinoamericano, aunque por suerte también leía a gringos como King y Vonnegut. Esperaba como necio los resultados de un par de universidades en la Ciudad de México. Apenas soportaba la bruma inerte que se había asentado sobre Cuernavaca, las derivas en parques húmedos perdían su gracia con rapidez y mi mamá empezaba a sospechar, a falta de un progreso visible en mi cuerpo, que las largas sesiones de ejercicio venían viciadas. En general me pasaba gran parte del tiempo en mi cuarto, echado junto a la ventaba tomando café con leche, leyendo y escribiendo largas necrologías de personas que no me simpatizaban o me simpatizaban mucho. Por aquellos días escribí una sobre mi hermano menor. No era particularmente maligna, contenía algunas verdades duras y mierdecitas que pensaba sobre él. No tardó en encontrarla y dársela al jefe. Mi papá la leyó e intentó simular indignación aunque ya en privado me dijo que se había divertido leyéndola, luego me sugirió orientar mi imaginación a otras empresas.
Podrías ayudar a tu tío en su laboratorio. Ya ves que siempre anda preguntando por ti.
Antes de que mi mamá se incorporara a la monserga doméstica me salí de la casa y me encaminé hacia Río Mayo. Le marqué a Juan que sin pensarlo me acompañaría a echar humo. No llevaba crédito en el celular. Caminé al Oxxo de Av. Teopanzolco, le metí veinte pesos y compré una Coca de cinco pagando con un billete de cien que había hurtado de la bolsa de mi mamá. Salí al estacionamiento y me senté sobre una de las barreras, abrí la Coca y me zampé la mitad. Las nubes comenzaban a arremolinarse sobre mí. Miré al este donde se moldeaba el ojo morado de dios, iracundo y apunto de soltar a llorar ceniza. No tenía deseos de regresar a esa ratonera que era mi casa, pensé refugiarme en el Oxxo o en el Starbucks de la esquina pero ambas ideas me parecieron trágicas. Corrí en dirección a Río Mayo, cuando giré en Río Nazas las nubes sucumbieron. Vi tres negocios abiertos, dos sórdidas estéticas y un restaurante chino. Luego pensé que ver dos estéticas juntas era mal augurio y entré al restaurante.
En el recibidor aguardaba una menuda señora china, llevaba el pelo recogido en un prendedor del gato de la suerte y un delantal gris o azul. Su nombre, según el gafete, era Mei. El espacio estaba pintando de un rosa flamingo, con seis o siete mesas blancas traspuestas entre sillones de plástico rojo. Es decir, era un lugar horrendo y no parecía esconder gran cosa. Una señora y una niña comían mirando la tele engarzada en la esquina. Me senté en la última mesa y esperé. No sé qué esperé pero al cabo de unos minutos se me acercó la señora Mei. Me ojeaba abiertamente, como si le costara trabajo creer que sobre mí llevara los sesentaiochos pesos que costaba el buffet. Antes de que dijera nada le pedí una Coca.
¿Buffet? me refutó.
Le contesté que por el momento estaba bien. Supe que venía de tierras muy lejanas cuando se ahorró una mentada de madre. En cambio se tronó los dedos con destreza: entrelazó sus dedos como si hiciera cunitas de gato y detonó un intolerable crujido. Me pareció una ofensa de las grandes, aunque en realidad no supe como tomarlo.
Saqué de mi mochila un libro de Philip K. Dick que le había regalado a mi papá en navidad. Lo había encontrado unas semanas después aun envuelto en plástico y lo tomé sin gran intención de regresarlo. El libro era de ciencia ficción, naturalmente, pero en lugar de colonias espaciales y ovejas eléctricas recontaba el desenlace de la Segunda Guerra Mundial y la conquista de los Estados Unidos por parte de la Alemania Nazi y Japón. Estaba absorto en la lectura cuando alguien dejó la coca sobre la mesa. En la periferia de mi mirada se registró una silueta muy distinta a la de Mei, despegué mí vista de las páginas y vi a una hermosa chica de unos veinte años. En seguida la imaginé hija de Mei, luego lo dudé. Tenía ojos sesgados y pómulos altos, sus iris reñían entre destellos ocres y grises, su cabello, castaño y quebrado, iba sujeto en una coleta. Pensé que sería una política de Mei llevar el pelo recogido, aunque eso lo pensé después. Había dejado el refresco en mi mesa sin decir nada, se mantuvo unos instantes suspendida ante mí, supongo que esperando un gracias pero embobado como estaba no dije nada. Había dado unos pasos hacia la cocina, se detuvo y giró.
Tendrás que pedir algo más si quieres leer tu libro un rato más, dijo.
Afuera aun llovía.
Cómo te llamas, pregunté por decir algo, retenerla unos segundos.
Pensé que me haría pedir el buffet pero sólo dijo: Kumiko, y se metió a la cocina.
Comencé a visitar a Kumiko cada vez que podía, es decir, cada que me hacía de algunos pesos, una suerte de espejismo pecuniario. Por esos días publicaron los resultados de uno de los exámenes: había sido rechazado de la UAM. No le di mucha importancia, yo navegaba la mansa corriente me arrastraba a las costas extrañas de El Palacio. Me sentaba en el taburete, ordenaba el buffet, platicaba unos minutos con Kumiko. Con Mei ahí era difícil hacer gran cosa pero mi atracción por Kumiko ascendía como mi aversión por los platillos chinos que me producían abscesos agridulces. Al cabo de unas semanas aun no sabía mucho de ella, pero sus piernas flacas y nalgas respingadas me volvían loco.
Una tarde me marcó Juan, lo visitaban unos tíos y andaba erizo. Le vendí dos churros por cien pesos y me fui directo a El Palacio. Vi unas camionetas de policía estacionadas frente al lugar. Entré, me recibió un estertor de risotadas porcinas. Unos policías patibularios estaban sentados en la mesa del centro. Kumiko, parada junto a ellos, reía aunque más bien me parecía sonreír con violencia. El más joven de ellos la sujetaba del brazo. Eché un vistazo al resto del restaurante buscando a la señora Mei. Vislumbré su brazo detrás de la puerta entornada de la cocina, parecía estar guisando. Me senté en la mesa contigua. Por aquellos días sentía un especial desdén hacia ese hatajo de lechones sobrealimentados, habían agarrado a un amigo con un guato unos meses antes en uno de aquellos retenes ilegales. Lo dejaron seco.
Disculpe, va a ser un buffet y una Coca, dije con desaire.
Ella giró la cabeza, me miró sonriendo y se liberó del agarre del policía.
En un momento, dijo y se dirigió a la cocina a prisa.
El joven oficial se giró, mi miró serpenteando la lengua entre los dientes.
Buenas tardes oficial, dije.
Después aprendería a controlar mi altivez hacia esos hijos de puta. En ese momento deseaba provocar, buscar una excusa para gritonear que mi tío era un pinche abogangster cercano a algún funcionario inventado y no un etnobotánico solterón.
Ira, cabrón, azotó, ¿por qué no te vas a chingar a tu madre?
Tu trabajo es servirme, pinche puerco, échate al piso y rueda.
Tras soltar semejante estupidez debí largarme y correr hasta mi casa como un loco, pero me sentía rabioso como un perro o como un chacal. Los cuatro tipos se pusieron de pie. Kumiko salió de la cocina con una bandeja, ponderó la situación con presteza y se puso entre nosotros. Me pidió airada que dejara el lugar. Me salí sin pensarlo, mi cólera se disipaba y empezaba a comprender la situación en que me había metido. Llegué hasta mi casa hecho un trapo y me dieron unas ganas terribles de darme un tanque. Mi familia seguía en la casa, veían una película de Bruce Willis en la sala que daba a la entrada, mi mamá giró y me ordenó que me quitara la ropa y me bañara. El calentador tardaba quince minutos así que me quité la ropa y me eché al piso de mi cuarto. Me puse a escribir una necrología especialmente virulenta sobre los policías de Pekín. No guardaba la solemnidad que se espera de este tipo de misivas pero en esos momentos me valía madres acotarme al género.
Terminaba así: Qué descansen en un chiquero de sufrimiento y desolación. Amen.
Me pareció mi peor necrología pero escribirla me hizo sentir mejor. Al día siguiente se la leí a Kumiko. No comentó nada, luego me dijo que el más joven de ellos la visitaba desde hacía unos meses. Su familia entera estaba en la policía, los tipos de ayer eran primos y tíos.
¿Es tu novio?, le pregunté.
Por supuesto que no. Por lo general viene a comer cada par de semanas, casi nunca salimos.
Lo imaginé tocándole los senos bien formados, buscando debajo de su ropa interior, jugando con el clítoris mientras ella se la jalaba. Por alguna razón me sentí humillado aunque no pude evitar que se me pusiera dura.
Quiero que dejes de salir con él, ¿te gusta la marihuana? Yo vivo por aquí, podríamos ir a fumar, dije con impotencia.
Quería retenerla, no sabía cómo. Me miró con unos ojos serenos, tristes, ahora parecían negros, ya no brotaban los matices belicosos de aquél lluvioso primer día.
Al día siguiente publicaron los resultados del examen la UNAM. Esa noche esperé a Kumiko hasta que Mei cerró El Palacio. Las luces neón del cristal se mantenían encendidas disimulando el interior entre sombras sin secretos. Después de cerciorarse que el lugar estaba bien cerrado, Mei carraspeó como si fuera a decir algo. Se limitó a mirarnos y se siguió de largo. Supongo que era su manera de decir que yo no estaba tan mal. La llevé a mi casa. Mi papá leía en la sala, le presenté rápidamente a Kumiko y no pude evitar notar su gesto de alivió. Nos encerramos en mi cuarto donde por timidez o por no saber qué hacer o por ambas le mostré algunas de mis necrologías favoritas. No dijo nada, se sentó en mi cama y empezó a quitarse la ropa. Afuera llovía. Habían pasado dos años desde mi última vez así que me vine en seguida. Después del bochorno inicial lo hicimos tres o cuatro veces más durante la noche. Quise decirle palabras primorosas, en cambio le pregunté tontamente si se había venido.
Tres veces.
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