En un día cualquiera de otoño, Jesús mira desde la cornisa de la azotea de la biblioteca pública de Lund, próximo a Malmö, ciudad de Suecia, testigo del choque entre el mar Báltico y el Atlántico, vecino de Dinamarca y Noruega, países boreales, lejanos a Michoacán, de donde es su madre, y un tanto menos de Morelos, de donde es él, también su padre, Jesús ambos, que comparten su nombre con tantos otros, entre ellos el eternizado carpintero de Jerusalén, al menos ahora, entonces una persona común, luego ya no tanto, la posteridad así lo decidió, si es que existió, pero ese es otro relato. Ahora Jesús hijo mira por el borde del edificio las hojas pardas y amarillentas que se apilan cinco pisos abajo, piensa en su cuerpo ahí tendido, las hojas vistiéndolo, contando una escena de tragedia otoñal, con un tanto de encanto, pero también de horror, un horror otoñal. Piensa que las ideas tropicales sobre el otoño suelen ser generosas, o románticas, o cursis, un sendero impreciso ceñido de árboles flamígeros, que relumbran cuando intuyen o saben la proximidad del invierno, en Morelos no hay otoño, no como este, o como ningún otro. Hay verano, hay lluvias, hay primavera, hay sequedad, una condena que se perpetúa hasta el fin de los días de cada uno, a veces por elección propia, un acto de insolencia, calor sin concesiones, una afrenta al invierno europeo, o invierno nórdico, que es más cruel, pero antes arriba el otoño, esa estación romántica o cursi, aunque sólo en nuestro imaginario tropical, piensa Jesús mientras mira las hojas empalmarse cinco pisos abajo. Luego salta. No muere, el suelo es blando en otoño, húmedo y tapizado por hojas que yacen muertas, que resplandecen, que perecen en favor a la vida de otros. Jesús descansa, hay nobleza en el otoño, el frío reduce el tormento de sus piernas rotas, hojas como un dios que muere y renace y mueve una roca y se proyecta en las nubes y dice morir por ti, o más bien por tus errores. En este país tan lejano de Morelos y Michoacán y de los carpinteros eternizados, aunque no de la carpintería, en que son diestros, las hojas viven aunque caigan, yacen agonizantes desde donde llaman a Jesús y tantos otros. Pronto las hojas lo cubren y pintan una escena trágica, romántica, no cursi, pues el otoño sólo es cursi en las enfebrecidas mentes tropicales.
jueves, 30 de octubre de 2014
lunes, 13 de octubre de 2014
Entierro escandinavo de un mexicano que extraña el sol
De pronto te encuentras ante la disyuntiva de actuar o permanecer sentado, pretendiendo hacer algo de interés, mostrar un semblante de arduo labor intelectual, justificar tu existencia más allá de la de un fisgón que aprovecha los grandes ventanales para ver el reflejo de la chica que siempre se sienta a espaldas de la sala de computadoras, favoreciendo el exterior al interior, como si entendiera, y en ese momento dispusiera una distancia imprecisa de los demás, que la vida está afuera, aunque ese afuera se mantiene esquivo, y suele ser una noción más elocuente en lugares cálidos, no como ese, que no solo no es cálido, sino que oscurece con prontitud, como si el sol cargara un ansia incontrolable por finalizar su labor diaria asignada por el Estado, como si entendiera su condición de habitante europeo, con todo lo que implica, y exigiera una jornada laboral de menos horas, y así cumplir con el rito, como el resto, de consumar las expectativas productivas del ciudadano, recompensada con la oportunidad de ocultarse en ese cuarto iluminado no por su propio resplandor, sino por el pequeño televisor que chilla imágenes parpadeantes, finalizar el día para comenzar un nuevo proceso de aislamiento selectivo, es decir, de aislamiento transitorio, es decir, de nada, quizá solo de permanecer sentado y preguntarse si actuar, ponerse de pie y aproximarse a la chica con el Jesús en la boca, tiene algún sentido en ese ciclo interminable de días que se suceden con frialdad, hasta que ya no lo hacen, y se van, paso a pasito, alargándose, agarrando confianza, aproximándose un poco más al calor que emana la chica que da la espalda, que tiene pómulos altos, piel cobriza, y es la sueca no sueca más hermosa que has visto, lo cual es mucho decir, si no es que una exageración, pero las exageraciones son el sustento del narrador, el que se exige a sí mismo no ser un mero eco de la realidad, o las realidades, que se superponen y aplanan al individuo, como un ser de cuatro dimensiones observando a un ser de tres o dos o una dimensión, como quizá seas tú, observador pasivo, aunque la observación nunca es pasiva, de a una chica que existe en el reflejo de un ventanal, que se muestra más real entre más se oscurece, como si el sol fuera una venda transdimensional, y eres ese observador que no puede intervenir, solo mirar, mirar día tras día, que frente a la pregunta de actuar o permanecer encuentra una respuesta onerosa, pues actuar implica corporizarse, entrar en un juego de contacto, de roce, de fricción, de calor y rugosidad, de sentir con los dedos o algo parecido a los dedos, y tú apenas tienes eso, apenas lo otro, un lector de la oscuridad, un detractor del acto y de la luz que acompaña al acto, un escritor de la opacidad en tres partes, la primera, la segunda, la tercera, que son la misma, naturalmente, pues la opacidad es incorpórea, como tú, en la realidad que habita la joven de perfil perfecto, que solo ves cuando el objeto lo permite, o sea ella, pues tú, aquí sentado, no eres capaz de modificar el punto de observación, no sin irte, sin ponerte de pie y recular hacia las sombras del sueño, alejarte del reflejo que supone una mirada a través de la ventana a esa otra realidad, de pómulos altos y poco más, que comparte el frío y la noche y la noche y la noche.
sábado, 4 de octubre de 2014
Arte rebelde en Malmö*
Malmö es una ciudad rebelde. Preguntarle a un sueco común y corriente sobre esta ciudad más cercana a Copenhague que a cualquier otra concentración urbana en Suecia producirá, las más de las veces, una opinión oblicua sobre la naturaleza conflictiva de Malmö, un pobre representante de la placidez escandinava. Malmö, en términos discursivos, es un proyecto urbano de integración de culturas heterogéneas apuntalado por los fuertes principios democráticos de Suecia, en el que las fisuras son más visibles que en las otras ciudades principales del país, como se ve en la formación de guetos de migrantes en el distrito de Rosengård, donde las ambiciones de integración se mantienen irresueltas.
Después de todo, Malmö no es solo Suecia, Malmö es Santiago, Malmö es Estambul, es Bagdad, es La Habana, Malmö es Kabul. No es de sorprenderse que, a diferencia de otras latitudes más sobrias del país nórdico, la ciudad aproveche estas grietas para embalarlas con expresiones culturales y artísticas vistas en sus calles y paredes pintadas que recuerdan más al DF que a su capital, Estocolmo, donde existen fuertes posturas anti-arte urbano de algunos de sus políticos.
El arte institucional de Malmö se muestra atento a esta noción del arte como reconquista del espacio ante el continuo avance de lo privado sobre lo público, y se acomete a explorar las identidades abatidas y erigidas en el terreno incierto de la modernidad.
El Moderna Museet, uno de los museos más adelantados de arte moderno y contemporáneo en Europa, abre brechas de diálogo entre la ciudad y su habitante que ve su identidad desdibujada por los espacios coyunturales de su realidad cosmopolita, como se ve en The Modern Exhibition, exposición que reaparece cada cuatro años para ofrecer una mirada al arte contemporáneo en Suecia, y que por primera vez se muestra en Malmö.
La exhibición es una puesta en escena de la multiplicidad de identidades en esta faceta de una Suecia más incluyente. Artistas de Letonia, Lituania, Polonia, Dinamarca, Finlandia y Suecia se acometen a explorar desde el arte contemporáneo estos temas; de boca de su curador, Andreas Nilsson: “las obras cuestionan y desafían las identidades colectivas y privadas, la concepción de la esfera pública y los espacios institucionales, enmarcadas por expresiones performativas y participativas donde la relación entre la observación y la acción es central”.
En el contexto de una ciudad que se rehúsa a la placidez sin carácter, Nilsson apela a la pieza interpretativa de Emily Roysdon, I am a helicopter, Camera, Queen, para acentuar la importancia de reorganizar y desafiar las relaciones de poder dominantes: en las calles y museos de Malmö, uno siente pulsiones de osadía.
*Texto publicado en Picnic
Hoyuelos
Llegué a la casa de mis tíos con dos maletas llenas de ropa que en gran medida terminaría por desechar. En este lugar visten bien. Prudentes, colores lisos, sin exageraciones, como ellos mismos. Las mujeres llevan el pelo rubio largo y lacio. Los hombres, casi todos, Converse blancos. Tuve una novia que me reprochaba por usar Converse blancos. Le parecían tenis sin chiste. A mí, sobre todo, me gustaba que fueran una clase de lienzo sobre el que imprimía mi andar diario. En ese sentido fueron los tenis más sinceros que me calcé. Acá no les importa ese tipo de cosas. Guardan un afecto pasajero por la ropa, un afecto de temporada. Yo, como ya mencioné, terminé por adoptar esa misma actitud desenfadada y me deshice de buena parte de mi guardarropa, por llamarle de alguna manera, pues me tomó meses trasladar todos mis trapos de las maletas a un ropero. Me quedé con los bóxers y calcetines y algunas prendas de batalla, de esas que un día aparecían de la nada entre mi ropa, cautivas del tino venturoso de mi madre, y por las que enseguida sentía afinidad. Esa era una ventaja, sino es que la mayor, de compartir el techo con una persona más o menos de mis dimensiones y edad.
Mi hermano dictaba, sin saberlo, mi sentido del estilo. Un día, quizá cursara el quinto grado, le pedí que me ayudara a vestirme como él, es decir, como a mi entender se vestía un estudiante carismático de secundaria. Mi hermano accedió buscando entre su armario ropa de mi talla, aunque ya por esos años estaría dando el estirón que finalmente, palabra lapidaria pero precisa, me llevaría a sacarle una cabeza. El resultado me pareció penoso. Mi hermano, quizá a manera evasiva, se lo tomó con bastante humor, por no decir que tras pitorrearse me dejó solo en el cuarto con aquel atuendo a todas luces afeminado: la camisa, abierta, se plegaba en un nudo que habría revelado mi ombligo de no llevar una camisa blanca por debajo. Quizá, ahora que lo pienso, se habría inspirado en algún video de MTV. Después de todo, viendo hacia atrás, no se le puede culpar de que la moda de los noventa fuera tan estrambótica.
A todo esto, conservo una prenda que sobrevivió a la tiranía de la renovación: una playera blanca minada por pequeños hoyos en las axilas. Siempre he tomado este aparente pormenor como testimonio de la potencia y efecto del sudor de la región axilar. Pienso que el sudor, y por lo tanto el humor que brota de nuestras axilas, dice bastante sobre nosotros. La playera es especial pues habla de dos historias: la mía y la de mi hermano. Me gusta creer que el sudor de mi hermano ablandó las fibras, que yo no soy el autor en solitario de tan prodigiosos hoyuelos. De vez en cuando duermo con ella. La llevo como armadura: me blinda de la persona que soy con la persona que fui, sentir que aunque ahora soy capaz de actos de desapego, actos despóticos, como tirar o renovar mi armario entero, por así llamarlo, retengo los hilos imaginarios que me unen con las hebras del pasado. Sé que las personas que solamente desean lucir bien también tienen hermanos y hermanas, pero dudo, y los compadezco por ello, que sepan lo que es desgastar la ropa a fuerza de sudor y fraternidad.
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