martes, 10 de diciembre de 2013

Hoy aprendí que no se dar paseos tan buenos como los de Robert Walser así que escuché música

Fraccionamiento Insurgentes, Cuernavaca, Morelos. Son las 4:06pm, el experimento es el siguiente: pasear con mi perro, aquella fuerza de la naturaleza que obedece a leyes menos certeras de la probabilidad, canino que no ha conocido los extramuros del jardín en varias semanas y trazará la aleatoriedad – alimentada por esa ansiedad errática del encierro – de un camino, un territorio, que conozco bien. Pasear con mi perro, pues, es una afrenta a la conceptualización más común del paseo, sometida a la preposición a y reducida a obedecer una lógica de utilidad mercantil. Para qué pasear, por tanto, si no es lucrativo. Ejemplo: darle la vuelta a tu abuelo a cambio de tu domingo.

El fraccionamiento es un lugar dulce y aislado, a sus espaldas cumbres boscosas, en la lejanía ruidos citadinos y diáfanos gritos de plenitud dominguera, a mi vista hileras de casas abrigadas por muros. Aunque las quiero mirar como bardas excluyentes, propiciadores de espacios capsulares, me parecen el menor de los culpables de nuestra cultura amurallada, simples moles bobaliconas que miran desde las alturas nuestra pequeñez, nuestro miedo a la concertación pública. Aún controlo a Chuck con la cadena: su brío me asusta. Recuerdo vagamente los consejos del Encantador de Perros y le atizo un golpe al costado de su cuello. Chuck, cristiano inflexible, prefiere poner la otra mejilla. Es mejor que yo. Decido soltarlo. Sale impelido por el meñique de Dios hacia la derecha. Anticipando la dificultad del ejercicio, empuño mi Ipod con la canción que lubricará la sublimación del paseo aguardando en el cilindro. Activo mi aparato extraterrestre y camino hacia la calle periférica del fraccionamiento, Chamizal, .

Hay canciones que te extraen del flujo del tiempo y te colocan en una extraña clase de arcoíris cósmico sobre el que por pura fuerza de atracción te pones a dar piruetas de loco. Hay canciones, no muchas. AMOK, la mejor creación de Atoms for Peace, es una de ellas. Más que súperbanda, Atoms for Peace da la impresión de ser una clase de jam desenfadado entre hinchas de la buena música, una indeliberada reunión de músicos –muy a su manera– extravagantes. Vemos un Flea que francamente no ha lucido tan gozoso en dos décadas y un Thom Yorke que encuentra el espejo de aquella energía que no supo hacia donde proyectar en The Eraser, disco con otra de esas canciones extirpadoras de la realidad y tras la cual decidieron, campechanamente, nombrarse: Atoms for Piece, una clase de balada espectral ejecutada con una confianza que asusta, humedecida por la llovizna nostálgica de Worrywort. En AMOK, la voz de Yorke se desliza como aceite y agua por el sonido fantasmagórico del bajo de Flea y los rumores electrónicos de Nigel Godrich, derivando en un cauce que se desembaraza con lisura en la cresta de ese arcoíris que te permite ver la monstruosidad de la Tierra. Pero a la vez es un asomo al infinito, o al infinito silencio que rodea a la Tierra, así que de nuevo diriges tu mirada a la Tierra, más deslumbrante que nunca, con luz propia, ese pequeño chispazo improbable, el gran Accidente; no es un faro en la oscuridad del mar, es una maldita reja de clavos que se ciñe a la carne y forma boquetes de donde escurre vida, rojísima y purulenta. Y desde aquellas alturas vislumbras las calle de Chamizal, sobre la cual paseo con Chuck, que ahora se dirige hacia el gran imán de la Bomba de Agua, lugar cardinal en la mitología de mi infancia: la base máxima de las Guerras de Frutas, el bastión a colonizar, el lugar de las borracheras iniciáticas; más tarde, próximo a la decadencia adulta, el rincón donde perdíamos tardes enteras fumando marihuana mientras les mirábamos las piernas a las vecinas argentinas que salían a hacer ejercicio.

Pauso el Ipod y permito que los aromas de la memoria tomen un asiento protagónico en el ejercicio. Ya en los parajes de la Bomba me siento en una mesa de piedra deteriorada y aferro la cadena de Chuck. Ya no hay vecinas argentinas, sólo moradores domingueros y anodinos paseantes de perros (no como yo), y pienso, una vez más, en la severidad del tiempo que se lleva las bellezas porteñas a lugares misteriosos que no son tan misteriosos, sino lejanos y ocultos a mi mirada. Contengo las reflexiones y retomo el paseo. Salgo del terreno de la Bomba y desciendo por Chamizal para cubrir el otro frente del Fraccionamiento. Chuck, ya serenado, me sigue a cierta distancia deteniéndose de tanto en tanto a mear. Observo las casas intentando franquear con la mirada las rejas y los muros, detectar la palpitante vida detrás de las moles bobaliconas: desgranar el misterio. Frente la mayoría no descubro nada, ante otras prefiero pasarme de largo para evitar posibles encuentros enredosos –incómodos– con conocidos. Ahora ni Ipod ni morriña. Cada paso se hunde más y más en el fango impreciso de la memoria, entiendo sin ir más lejos que estoy en una trampa mortal. Considero detener el paseo, estoy casi a la altura de Beltrán y Puga donde vive mi papá pero me detengo. Chuck ya está algo cansado, yo no aunque me siento aturdido y con hambre. Recuerdo que mi papá cocinará los hongos silvestres que recogió este otoño en los bosques de Estocolmo. Doblo por Beltrán y Puga y dirijo mis pasos a la promesa trascendental de la cocina de mi padre.

lunes, 4 de noviembre de 2013

La katana de Veracruz

A Liam Kitano lo conocí cuando aún pertenecía a los Yakuza y yo apenas salía de la carrera de Comunicación de la UAM Xochimilco terriblemente decepcionado y sin mucha idea de qué hacer, así que me pasaba las tardes en la Alameda Central sentado en una banca comiendo tortas o leyendo. Creo que cuando vi a Kitano por primera vez yo leía algún libro de cuentos de Enrique Serna algo liviano pero que tenía un cuento bastante divertido sobre una yerma escritora francesa que pesca un trabajo como delegada cultural en una dictadura africana en que el gobierno en turno sostiene una pantomima entre la hueca casta literaria y la veneración del pueblo iletrado. Recuerdo haber pensado que era un premisa bastante absurda pero por alguna razón hoy en día no me parece tan improbable. Kitano llevaba gafas Windsor, traje oscuro y un aura tan lejana a los orientales que entonces abundaban por la ciudad: los ejecutivos nipones de mirada vidriosa y los absortos tenderos sudasiáticos que ven todo el día la televisión marciana de su país. Una segunda mirada lo distanciaba aún más, pues traslucía los pasos de un sinuoso peregrino que conoce perfectamente su destino y prefiere no llegar, y así lo empecé a ver a diario, iba y pasaba una o dos veces por el parque, o se sentaba y veía o creo que veía a la gente pasar con un sosiego cada vez más parecido al de un hombre esperando el fin del mundo, hasta que un día me ganó la curiosidad y lo seguí a un banco al margen de la Alameda y sin más me senté a su lado, él me miró un instante, metió las manos en los bolsillos, sacó un cigarro y me preguntó en un español fracturado si tenía fuego, en ese entonces llevaba un par de meses de haber dejado de fumar pero recordé que tenía un encendedor en la mochila. Prendí su cigarro y le pregunté de dónde era y me dijo que de Japón. Yo había leído Caballos Desbocados de Yukio Mishima unos meses antes y de ahí me tomé para hacer conversación, hablé tontamente por un rato de cosas que sabía o creía saber de Japón, él seguía mirando hacia enfrente pero asentía de tanto en tanto, después me callé algo avergonzado por mi parloteo. De pronto dijo que había leído un libro de Mishima cuando era joven aunque ahora no recordaba el título, pero que más que sus libros le gustaba su vida, recuerdo que lo llamó el último samurái, y a pesar de haberlo dicho como entre sueños me dejó bastante deslumbrado. 

Después de esa vez lo vi durante unos días, lo saludaba y no pasaba a más. Luego se ausentó durante un tiempo y yo dejé de callejear porque mi abuela estaba de visita. El mismo día que partió a Veracruz regresé al Centro y decidí pasar por el café del mirador de Sears a tomar un café con leche y leer. Era temprano y esperaba el lugar sólo para mí. En el café encontré a Kitano. Me alegró verlo ahí con su camisa floreada haciéndome señas para que lo acompañara. Me senté a su lado visiblemente contento y le conté sobre mi abuela, hija de un latifundista brasileño que a los veinte años se había fugado de Bahía con un comerciante de pieles veracruzano bastante anodino sin mucha estrella para los negocios, que más tarde dejaría por un estudiante de Derecho de Xalapa cinco años menor que ella, Enrique Cruz, mi abuelo. Kitano pareció interesarse por la historia y me pidió que le contara sobre Veracruz, le dije lo que sabía y me detuve un rato en los mares metálicos y los relieves tropicales. Creo que le agradó escuchar de un lugar tan foráneo como Veracruz y se puso más parlanchín. Me confesó sin más que era Yakuza y preguntó si sabía lo que era, yo le contesté que sí pues después de la mafia italiana eran el hampa más retratada en las películas, y además, aunque esto no lo dije, ya me había olido algo así. Lo meditó unos segundos y asintió. Me contó que llevaba apostado unas cuantas semanas en el DF esperando la orden para ultimar a un industrial minero de su país que había proveído información ventajosa a mineras canadienses en México, provocando furor entre sus rabiosos empleadores. Me dijo que los negocios en su país eran así, despiadados, y no era raro que emplearan el servicio de los Yakuza. Gruño o pareció gruñir, luego dijo que más bien sabía poco sólo que por motivos ocultos era necesario que ocurriera en territorios extranjeros.

Me di cuenta que Kitano tenía una idea de México un tanto adusta, tras el segundo café con leche expresó que México era silencio, una sucesión de balcones y tardes grises quebrantadas por retumbos a la distancia. La verdad es que no sabía cómo tomar gran parte de lo que me decía y lo atribuía a discernimientos propios del temperamento nipón. En cualquier caso creía distinguir cierta tristeza hermética en él, pues aquellas tardes grises no eran grises, sino más bien soleadas y vistas a través de los lentes ahumados de sus Windsor. Pagó la cuenta y me pidió que lo acompañara al lugar donde se alojaba. Llegamos a un invisible hostal en la calle de República de Cuba entre una farmacia y una pollería, saludó al viejo portero y entramos. Me dijo que le gustaba pues no lo molestaban y desde su cuarto del tercer piso se podía ver Bellas Artes y una parte de la Alameda. En la habitación no había gran cosa, un armario dentado, una cama individual y enseres. Me pidió que me sentara en la única silla del lugar, amagó con tumbarse en la cama, se detuvo y desenfundó una pistola enorme y, pensé, escrupulosamente limpia. Consideré obvio que los Yakuza tuvieran vínculos en México. Le quise preguntar para saber más pero me lo callé. Ahí tumbado mirando el techo en silencio me dio la impresión de verlo en su estado natural, con una falta de voluntad silente, como si el mundo no tuviera más que desplegar. Entonces le pedí que me hablara de su vida para mitigar el silencio. Recuerdo la sonrisa que esbozó, un tanto socarrona, como si hablar del pasado fuera una niñería. Me dio su pistola sin más, me dijo que la valorara, pude notar que era una buena pieza aunque yo de armas no sabía nada. 

Empezó a contarme que había nacido en un distrito pobre de Kioto donde creció con su madre y abuela, señoras tozudas que subsistían como almacenistas en un mercado local. Cuando su abuela murió su madre se lio con un inmigrante peruano, un hijo de puta del que aprendió unos cuantos oficios útiles y algo de español. Evocó una juventud más aburrida que triste, más bribona que severa entre los callejones húmedos de su distrito en que encontraba cierto encanto, sin ser capaz de desasirse de una sensación de sinsentido. Un día sin decirle a nadie tomó un tren a Hiroshima donde estuvo un tiempo sin encontrar trabajo, así que pasaba el rato visitando parajes asolados por la guerra de los que hacía retratos bastante malos para vender. Más tarde conoció a Fuu, una chica apocada de veintidós años, se mudaron a un departamento en el centro cerca de la cafetería donde ella trabajaba. Un día Kitano llegó del almacén en que trabajaba y la encontró en la sala con un tipo rufianesco. El tipo resultó ser su tío, líder de una facción de brutos de los Yakuza que servían a los Tsukasa, familia de gran poder en la capital. Su tío lo invitó a unirse a la familia, Fuu le había contado sobre su carestía y e incertidumbre, dijo que su facción estaba lleno de tipos como él que ahora eran hombres de respeto. Kitano no se lo pensó mucho y unos días después ya estaba haciendo trabajos de vigilancia para los Tsukasa. 

De pronto dejó de hablar y prendió un cigarro, consideré milagroso que revelara tanta información de sí mismo así que no pregunté más. Mencioné que era el cumpleaños de mi hermana y había prometido acompañarlos a comer, aunque era una excusa más bien pobre para salirme de ahí. Le dije que lo vería pronto, él no contesto, parecía extraviado entre sus recuerdos. Tres días después regresé a la Alameda, por alguna razón no sentía muchas ganas de verlo, aun así lo busqué sin mucha suerte. Los días empezaban a sucederse con tibieza y creía escuchar los retumbos a la distancia de los que hablaba Kitano. Luego caí en cuenta que el encanto estacionario de la Alameda se había disipado y empecé a buscar trabajo. Me puse a trabajar en una librería de viejo en el Centro ordenando los libros que la gente iba a arrumbar a montones. Me mantenía ocupado y de vez en cuando traían joyas entre tan prodigiosa cantidad de basura. Una de esos hallazgos fue Los Sables de Yukio Mishima. Esa tarde después de cerrar me fui directo a la posada de Kitano. No había nadie en la entrada así que pasé, toqué la puerta de su cuarto, nadie respondió. La puerta estaba abierta, el cuarto, vacío, olía a resina. Escuché voces sordas a través de la pared. Llamé a la puerta del cuarto del que provenían las voces, entreabrió una joven adolescente que me miró con irritación, le pregunté si sabía algo del japonés que se quedaba ahí, me ojeó dudosa, una mujer mayor abrió el resto de la puerta, me lanzó un qué quieres. Le conté que buscaba a Kitano, lo había visitado unas semanas atrás, dijo que no sabía nada pero había visto a un chino conversar varias veces con el portero. En la entrada aun no había nadie, esperé un rato hasta que apareció el portero, sus ojos vidriosos me hicieron pensar que regresaba de tomar. Me pasó de largo y se arrellanó en la silla detrás del mostrador soltando un bufido, no quise aproximarlo en ese estado así que me fui. 

Regresé al día siguiente un poco más temprano, esperé hasta que abandonó su mostrador, lo seguí a una cierta distancia, dobló en Ignacio Allende, se enfiló hasta Honduras, lo vi meterse a una cantina sin nombre, esperé unos minutos y entré al lugar. Estaba sentado en la barra lo cual suponía una gran oportunidad, me senté a un par de butacas y pedí una cerveza. El portero tomaba un líquido ambarino, lo tomó lentamente, luego, afortunadamente, pidió una cerveza, lo miré fijamente para llamar su atención, mi vio con abierto mosqueo, por alguna razón pedí disculpas y le pregunté si era el portero de la posada sobre República de Cuba, me apresuré a explicar que buscaba desde hace un tiempo a Kitano, bajó la mirada y espetó que no sabía de quién hablaba, dejó un billete y se puso de pie. Salí detrás de él, no se movía como un viejo encorvado, regresé a la cantina y me acabé la cerveza. Cuando llegué a la posada, el viejo se mantuvo sereno. Prendió un cigarro, me ofreció uno y dijo que ahora recordaba haberme visto con Kitano. Desde hacía tiempo lo buscaban, lo habían amenazado y tuvo que decirles la verdad, que se había ido a Veracruz. Algo de por allá le había llamado la atención pero no sabía más, platicamos un rato y me di cuenta que conocía mejor que yo sobre los caudales negros en que se movía Kitano, le pregunté si la gente que lo amenazó eran japoneses como él y me dijo que no, eran mexicanos, de esos que da miedo ver a los ojos pues parecen ojos de cadáveres. Yo sabía que nunca más vería a Kitano. Lo imaginé viendo el amanecer con sus Windsor en las playas de Tuxpan o quizá las de Papantla, que son más bonitas, fumando y enterrando sus pies en la arena. Esa noche soñé con un samurái que peleaba con un ave gigante de hollín, como si viviera en un volcán. 



domingo, 20 de octubre de 2013

Pedro Jimena

Un poco como en Pedro Páramo, la familia entera de Pedro Jimena son fantasmas, excepto su abuelita Valeria, a quien Pedro Jimena siempre ha llamado Abu o Vali porque su nombre no le suena a nombre de abuela. Esto lo lleva constantemente a divagaciones sobre la trascendencia de los nombres, específicamente el suyo, que le gusta por raro, o más acertado sería decir le gusta ahora, pues lo abjuró durante años haciéndose llamar ante los demás Pedro Rulfo, hasta que alguien, un desdichado con ínfulas de literato, le echó en cara el evidente desfalco al escritor jalisciense. El camino de regreso hacia su legado lo indujo a sus primeras reflexiones metafísicas sobre el valor de un nombre y, gracias a ello, pudo palpar los rostros de su familiares fantasma, los Jimena, pero sobre todo, logró esbozar la senda hacia el redescubrimiento de Abu, a quien siempre ha querido mucho pero francamente daba por su lado. Ocurrió así: una tarde grisácea –escenario perfecto para husmear en viejos baúles– se sentó a su lado y le preguntó sobre el origen de su nombre, ella, anciana ya, no le concedió una respuesta directa, sino que erró por la genealogía entera de la familia, recorrió llanos remotos pero sobre todo secos, se detuvo en pueblos sin sombra, remontó cerros y cavó pozos. Al cabo del relato, Pedro Jimena le hizo una sola pregunta: ¿Abu, has oído alguna vez el quejido de un muerto? No, contesto ella, los muertos no sollozan.

martes, 8 de octubre de 2013

Pedro Jimena

Un poco como en Pedro Páramo, la familia entera de Pedro Jimena son fantasmas, excepto su abuelita Valeria, a quien Pedro Jimena siempre ha llamado Abu o Vali porque su nombre no le suena a nombre de abuela. Esto lo lleva constantemente a divagaciones sobre la trascendencia de los nombres, específicamente el suyo, el cual le gusta por raro, o más acertado sería decir le gusta ahora, pues lo renegó durante años haciéndose llamar ante los demás Pedro Rulfo, hasta que alguien, un desdichado con ínfulas de literato, le echó en cara el evidente desfalco al escritor Jalisciense. Para Pedro Jimena, el proceso de re-adopción de su nombre inicial lo indujo a sus primeras reflexiones existenciales sobre el valor de un nombre y, gracias a ello, pudo palpar los rostros de su familiares fantasma, los Jimena, pero sobre todas las cosas, pudo esbozar el camino hacia el redescubrimiento de Abu, a quien siempre ha querido mucho pero francamente daba por su lado. Ocurrió así: una tarde grisácea – escenario perfecto para husmear viejos baúles – se sentó a su lado y le preguntó sobre el origen de su nombre, ella, anciana ya, no le concedió una respuesta directa, sino que erró por la genealogía entera de la familia, recorrió llanos remotos pero sobre todo secos, se detuvo en pueblos sin sombra, remontó cerros y cavó pozos. Al cabo de la rememoración, Pedro Jimena le hizo una sola pregunta: ¿Abu, has oído alguna vez el quejido de un muerto? No, contesto ella, los muertos no sollozan.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Otros Ojos

Ya voy tarde. Me topo a César mi vecino, el enérgico perito de coches, no lo reconozco con pantalón de vestir y lentes sin marco, contra mi voluntad caminamos juntos sobre Salónica, conversamos sobre nada, es decir sobre nuestros lugares de trabajo, el suyo el Panteón Francés (no puedo ni empezar a imaginar qué hace ahí), el mío Lomas de Chapultec. Durante el diálogo me doy cuenta que recorreremos más de medio trecho del camino juntos, así que me invento que voy al Oxxo a comprar algo de desayunar y nos despedimos. El Oxxo dispara, algo prematuramente, mi munchies y compro un panqué de 19 pesos que promete ser orgánico, lo que sea que eso signifique.

Mi recorrido diario hacia el trabajo está fraccionado en tres partes, travesía del camión hasta el metro Camarones, primera fracción, trayecto hasta la estación Auditorio, segunda fracción, camión hasta la Fuente de Petróleos, tercera fracción. Me subo al camión hacia Camarones, soy el único de pie, siento la indolencia matinal reptar por mi espalda, recuerdo un fragmento sobre la escritura durante el paseo, una escritura desapegada de sus alrededores, tengo la impresión de haberlo leído en algún libro de Vila-Matas aunque sé perfectamente que no es cierto y fue aludido en uno de los talleres de Luigi Amara. El agujero crece. Quiero sacar el libro que traigo en la mochila para taparlo pero no lo hago, en cambio pienso en la lectura ambulante, esa actividad inmóvil que se realiza en movimiento. Ahora me viene a la mente Camus, es una pesadez leerlo de camino a la oficina, te contagia de un sentimiento de catarata, como si pudieras caer en los entresijos del absurdo que hiende toda actividad oficinesca. Me obligo a encauzar mis sentidos hacia mi entorno, miro los rostros de los pasajeros, todos sentados, algunos escuchan música, otro lee lo que parece un libro de texto de secundaria, la mayoría mira a ningún lado — quién dice que ir en el camión no es un acto reflexivo — yo anoto en una libretita como pazguato. Me hacen pensar en el cliché del mexicano festivo, si tan sólo fuéramos un país con un hálito de autoconsciencia, si pudiéramos mirar esta escena itinerante de completa ausencia de sentimiento. Hay tráfico, entramos en la zona comercial de Camarones, Crazy little thing called love revienta desde alguna tienda cuyos empleados creen en la festividad maquinal del mexicano. Veo anuncios del evento de Monster Truck por todos lados. El día de mi cumpleaños: al menos alguien pasará un buen rato ese día. Miro más allá del camión y me planteo la misma pregunta de siempre: ¿A dónde van todos? A las 8am bajo cualquier otra circunstancia estaría dando vueltas entre mis cobijas, pero aquí estoy, aquí estamos, camino a ningún lugar. Me bajo del camión, cruzo la calle que me separa de la estación del metro, entro, un jazz horrendo proviene de no sé dónde, hay una entidad detrás de la discontinua música del metro, no puedo evitar imaginar un ser solitario en alguna cabina sin salida, pretendiendo de todo corazón paliar el desesperante ritual mañanero de miles de infelices con un poco de jazz de elevador. Recuerdo haber escuchado alguna vez la banda sonora de Amelié. De pronto una chica alta sale disparada a mi lado, la reconozco, lo cual es casi un milagro — idea algo perturbadora — siempre baja las escaleras eléctricas hecha un rayo, la supongo hija de un relojero que se volvió loco y nunca ajustó un reloj correctamente.

Segunda fracción del viaje. El tiempo, los no lugares, la hiperrealidad. Los teóricos franceses posmodernos nunca han estado en el metro del D.F. No se puede evitar ver la escalada al metro como un acto voluntarioso, somos un ejército de valientes guerreros. Veo a un tipo leyendo. Ciudad de México = Literatura de autoayuda. Somos valientes sin rumbo, no hay nada peor, voluntad sin fin, voluntad a la deriva. Llegamos a Auditorio. Busco al hombre de la multitud de Poe. Veo una chica con folder en mano. Folder manila: símbolo universal del desempleo. Miro por enésima vez el mural de Auditorio, creo adivinar por fin quién es la chica de las alas de ángel, tiene que ser Nico, ¡pero dónde está Lou Reed! Nota: Investigar si Nico tuvo una etapa de ángel de Victoria’s Secret. Paso por la exposición de La alegría de servir conformada principalmente por fotografías de servidores públicos callejeros, algunos de ellos se ven genuinamente afables, me pregunto dónde están los policías, dónde están los servidores burocráticos. Salgo del metro, me formo en una de las desordenas filas para ascender al camión (tercera fracción), se suscita un diálogo entre el chofer y quien controla el flujo de los camiones, me pregunto por qué los defeños se empecinan en alargar las palabras con ese brío casi infantil. Decido seguir el resto del camino a pie sobre Reforma, la banqueta está deshecha, llego a un tramo recién pavimentado pero ya seco, noto unas huellas menudas para siempre impresas. Evocan la escena de Los Simpsons en que Bart imagina que en un distante futuro es traído a la vida a partir de sus huellas en el pavimento, me pregunto si todas las personas que dejan deliberadamente sus huellas juzgan posible ser revividos en un futuro distante. Creo ver a uno de los tres jefes de mi empresa, específicamente al español lanudo, en uno de los camiones que parecen escoltarnos sobre la avenida. Mi respeto por él, sabiendo que seguramente no es el gachupín, crece de golpe. Llego a la altura de Polanco que en ese momento me da la impresión de ser una jaula de la que todos quieren escapar, una jaula de las locas. Me atropella una loca de Polanco a 2 km/p día, suscita una extraña escena donde yo finjo ser golpeado y una aún más torpe disculpa del conductor. Ignoro su disculpa y camino el resto del trayecto por el parque, noto granaderos en los márgenes del parque. Definitivamente no tiene nada de bucólico este recorrido.

sábado, 31 de agosto de 2013

Por qué creo que joss debería de ser artista

Porque no estas hecha para una oficina
porque eres más feliz cuando moras por tu ciudad
porque eres mas feliz cuando respiras ese caustico aire que da marcha a tus ganas de vivir,
porque te gusta vivir,
porque el arte es vida,
porque eres más feliz cuando vives
y cuando haces arte
y cuando caminas
y cuando eres dueña de tus pasos
y cuando das trompicones por la banqueta un miércoles al medio día,
porque eres más feliz cuando el sol quema tus párpados,
mientras notas una nueva arista desconocida en aquel viejo edificio de tus corazones,
porque has echado un vistazo a la eternidad,
porque el arte eterniza,
porque un día el Juez vendrá
y no será para dar sermones
porque vivir rifa,
porque hay más tripas que pintar,
porque un muro es más feliz
cuando echa chispas,
porque tus pasos quieren fuego
porque eres mñas feliz con dedos de tenaza
porque cada uno de tus dedos es un Huidobro,
que prefieren los sube-caídas
a los cielos rasos,
y a las tumbas,
porque la vida rifa

viernes, 9 de agosto de 2013

La Colina

En una colina solitaria vive un hombre.

Es un anciano, por lo general le duele la espalda. Alguna vez tuvo familia aunque ya no recuerda sus rostros. Tuvo una hija que no cruzó el umbral de la infancia. Lo único que recuerda son sus cabellos que parecían de paja. Quizá se inventó lo de los cabellos de paja, quizá nunca tuvo una hija. Las ánimas del bosque le susurran cuentos antiguos al oído – cuentos que reviven los campos y bosques primordiales antes de la desolación de la guerra entre los dioses y los primeros hombres – alimentando su locura, pues él está loco, y las personas locas hablan con fantasmas solitarios, en la noche de preferencia, cuando la locura es apapachada por el fantasma más loco de todos: la luna. La luna es ese chiflado que te observa por la ventana en las noches turbias. El hombre le sonríe de vuelta con su yerma mueca. Hace mucho tiempo la luna le pidió que matara a su familia, entre ellos a su hija de paja, que no era de paja, sino de carne, la cual machacó hasta formar una masa pastosa que alimentó al bosque. Es el último guardián de la colina.

El estómago de la joven aún devuelve las bayas que comió antes. Hace frío y empieza a oscurecer. Limpia su boca, se pone de pie y se encamina hacia esa solitaria luz que advirtió al despertar, aún lejana, aún un murmullo. Su vista se nubla a ratos, se detiene, se palpa la frente, aún sangra un poco. No recuerda mucho, pudo haber venido de la nada. Camina hacia la luz. La penumbra va adueñándose del bosque como un hollín espeso y la luz refulge más. Al fin se aproxima. Con la luz sobreviene una choza deteriorada por el musgo, intenta abrir la desvencijada puerta, ¿qué nadie le enseñó modales? La puerta le invita a entrar, le timbran los sonajeros de la memoria como si la hubiese visto antes. En la puerta se lee una inscripción: Calcinaré tus ojos en el in… El resto es ilegible. Se estremece, siente los pies sudados a pesar del frío, mira hacia el cielo y ve la delirante sonrisa de la luna. Ahora repara en lo iluminado que está su alrededor. La penumbra no toca esa solitaria cabaña en esa solitaria colina. Ahora ve un rastro de gotas cafés que va hacia la puerta, o se aleja. Registra un movimiento con el rabillo del ojo. Es sólo un anciano, parece manso y triste. Es el loco más triste que he visto en mi vida, piensa la joven. Está sentado sobre la hierba, abraza sus piernas mientras se mece. Parece más un niño que un viejo, se dice la joven. El viejo la observa columpiándose casi imperceptiblemente. Ahora lleva su mirada hacia la luna, asiente. Se pone de pie con pasmosa facilidad, como si lo halaran hilos invisibles.

El viejo observa a la joven aproximarse a su cabaña, la ve intentando entrar, ¿qué nadie le enseñó modales? La ve leer esa extraña inscripción de ignoto origen, otea la luna, se siente solo, quizá puede jugar con la joven un rato, como cuando, tal vez, jugaba con su hija. Solicita la anuencia de la luna. Ésta sólo lo mira con su sonrisa descompuesta, locuaz. Entiende, asiente. Se pone de pie. Ven, niña, es la hora de los cuentos, dice el viejo. Gira y se dirige hacia la penumbra sin aguardar a la joven.

Incauta, la joven decide seguirlo, pero se detiene, busca el consejo de alguien, de algo, del musgo que suaviza los pasos, de las estrellas impertérritas, de la luna que esta noche parece menos remota; sí, de la luna. No le dice nada, sólo sonríe. Siempre sonríe. Decide seguir al viejo que camina lánguidamente hacía los árboles que rápidamente se amontonan colina arriba. Mantiene una distancia prudente, la disminuida marcha del viejo no la engaña, lo ha visto moverse con la soltura de un títere. La oscuridad se condensa, ninguna luz llega a este lugar. La figura del viejo se comienza a desvanecer a pesar de la cercanía. Apremia el paso, intenta escrutar su alrededor, aguza el oído. Cree escuchar lejanos retintines, como si hadas perversas jugaran entre ellas, pero sabe que el silencio absoluto excita su voz oculta. La colina le empieza a parecer más bien un deslizadero hacia un sepulcro de locura. El viejo se detiene frente a un árbol ancho y seco, una corriente de viento silba entre las ramas, algunas de ellas tan anchas como troncos. La joven guarda la distancia, espera dubitativa el siguiente movimiento del viejo. Es hora de los cuentos, dice el viejo como si hablara entre sueños. Las ramas se agitan inquietas, la joven escucha los retintines de nuevo, ahora acompañados de lo que le parecen risillas traviesas. De pronto, en una de las ramas inferiores aparece algo parecido a un hombrecito blanco con una cabeza oval desproporcionalmente grande, con ojos como pozos y sonrisa chueca. Es diminuto, los observa, ladea su cabeza que emite un tintineo. No estoy loca, piensa con alivio la joven, los sonidos dimanan del gnomo. Recuerda – su memoria se retuerce – haber escuchado cuentos sobre espectros del bosque, criaturas traviesas que resguardan a los árboles, pensaba que eran cuentos orientales, pero frente a ella tiene uno… No, ahora son dos. Ahora tres. Casi al instante decenas de espectros más brotan de las ramas como crisantemos en primavera. Más bien son cientos, todos raros, todos diferentes. Ese es más bocón que el otro, ese tiene la cabeza redonda como una naranja, ese tiene un sólo ojo. Pero todos miran al viejo y a la joven.

El viejo se sienta frente al árbol, se abraza las rodillas y mira atento a las ánimas del bosque. Mira de reojo a la joven que sigue de pie. No les gusta que los escuchen de pie, le dice. Ve a la joven dudar un instante, finalmente se sienta en la misma posición que el viejo. Las criaturas agitan sus cabezas-campanitas que anuncian el comienzo del relato. Hablan en unísono con una voz infantil, juguetona:

Al principio no había nada. Tres diosas sin nombre vieron la soledad del planeta y decidieron crear la vida. Una dio vida a los mares, otra dio vida a la tierra, otra dio vida al cielo. Pero esto no agradó a los dragones que vivían en las entrañas del mundo y apreciaban el silencio sobre todas las cosas. Así que decidieron devastarlo todo. Los dragones surgieron con estruendo de la superficie y atacaron a las diosas quienes en ese momento vagaban por los extensos prados del norte rumiando la posibilidad de concebir un ser que pudiera contemplar su creación, de la cual estaban muy orgullosas. Los dragones, que eran innobles, las tomaron por sorpresa. Lanzaron sus imperecederos fuegos negros sobre la diosa que había creado la tierra, quien fue consumida y regresada al vacío. Arrogantes, creyeron que aniquilar a las otras dos sería igualmente fácil, pero desconocían la furia y poder de las diosas, quienes levantaron una marea inmensa y la moldearon en terribles lanzas empleando el poder del cielo. Las lanzas, guiadas por la voluntad del viento, atravesaron la dura piel de los dragones y perforaron sus carbonizados corazones. Los restos de los dragones se tornaron en ceniza. Las diosas entendieron que la ceniza guardaba el suficiente poder para moldear vida, pero cualquier ser creado con aquella ceniza sería malévolo y ambicioso como los dragones. Así que, sabiamente, resolvieron mezclarla con los restos de su hermana caída. Fue así como crearon al ser consciente que habían concebido: al hombre, que es un ser capaz de terribles obras, pero también de grandes actos de bondad.

Las criaturitas dejan de prestarles atención tan pronto terminan el relato y empiezan a jugar y danzar entre ellas, poco a poco se desvanecen dejando apenas un eco de risas y tintineos. La joven mira al viejo. Ahora lo comprende todo, comprende la colina, comprende al viejo y a la luna, comprende su origen, no es una persona venida de la nada: ha retornado de la fosa de los muertos buscando venganza. Ahora es claro. Ahora el viejo sentado frente a ella ya no es un viejo triste y manso, es su verdugo, el loco que amaba y que la traicionó, que desgarró y rompió cada parte de su cuerpo, quien la hizo pasar por el infierno en vida y muerte. Por ello los pequeñines del bosque la invocaron, deseaban que escuchara los relatos cifrados en los orígenes del mundo. Están de mi lado, se dice, quieren que liquide al anciano, a mi padre, y tome su lugar. Su padre sigue sentado ofreciendo la espalda, la joven alza con ardor una roca pesada, se aproxima quedamente a la figura del anciano. Éste aún no se mueve, reposa sin reaccionar ante el gruñir de sus pasos sobre el forraje. La joven levanta la roca por encima de su cabeza, mira su patética calva que refleja la luz lunar. Mira hacia el cielo. Mátalo, le dice la luna, despedaza su cabeza. Su padre levanta la mirada, la observa con ojos tristes, desvía su vista hacia la luna. La joven deja caer la roca con brutalidad. Hunde su cráneo y lo machaca hasta dejar una masa pastosa que alimentará al bosque. Camina colina abajo, hacia la luz aún lejana, aún un murmullo.

jueves, 18 de julio de 2013

Vienen de Júpiter

Vienen de Júpiter. Qué hacen aquí, se pregunta la humanidad unánimemente. Alguna vez escuché que la masa de gente es estúpida, definitivamente es difícil de negar, diría J, el agente azabache que interpreta Will Smith, quizá en su papel más vital. Un día bastante frugal de mi infancia decidí que algún día invadirían seres meta-espaciales, así que creé una espada laser, una espada laser de verdad. También aprendí a usar la Fuerza, esa que lleva F mayúscula. Un padawan self-made, pues, un ser de inimaginable sabiduría galáctica. Aunque en la actualidad, en la ceniza adultez, mis energías arcanas cesan; qué iba a saber que un día serían extremadamente útiles, qué iba a saber que la edad invalida la fantasía. Aquí me tienen. Esperar al fin de la humanidad puede aterrar a un sinfín de gente, a mí me divierte. Me divierte aunque la Fuerza aún me elude, esa energía metafísica que experimenté en la infancia, que ante nuestra insalvable realidad actual me asegurarían un lugar en la Cripta de Paladines, palpita en mí, despierta ante disidentes espaciales que amenazan la vida del planeta. Mi espada laser apenas despide esa luz afilada que antiguamente rebanaba extraterrestres viles e insaciables, aunque me aseguraré que sea reactivada a su luz de ayeres. Mientras seguiré en la penumbra, mientras vigilaré la matanza de mi especie. Aguardaré mientras se liberan mis energías astrales: brevemente esta camisa de fuerza que suprime mi espíritu Jedi dejará de ser una tumba.

Las brujas putonas

Las brujas cantan, las cigarras roncan, mi garganta punza por fumar cigarros sin filtro. Salgo, subo por la montaña tan inclinada, sofoco un suspiro; no por agotado sino por hastiado. Miro mis manos callosas, maldigo a las brujas orgullosas, las brujas putonas. Las adoro, toda la chusma provinciana pasa por la liturgia iniciática: tomarlas al alba para liquidar la virginidad. Ahora soy otro, mis manos callosas arrastradas por la granja son manos adultas. Las ocho brujas cachondas son: Brumhilda, Ariathna, Zaladora, Yuritziah, Mónica, Joan, Blavatsky y, la más cachonda, la más gozosa, Dorothy. Mi favorita, la patrona, virginidad intacta, mirada fogosa, manos blandas, canto impoluto, rizos blancos de nata. No conquista con su ámbar vaginal, conquista con su canto impoluto; canta, las otras gozan; canta, hipnotiza, las otras agasajan, utilizan. Nos consagran a su dios: Satanás.

Arribo al pico, vislumbro un claro. Ya no hay luz, sólo lunar. Ahí hallo a Dorothy, dormita. Cuando ronca las ratas marchan a su compás. Son sumisos soldaditos, giran a su contorno patrullando su modorra. Cómo la alcanzo, cómo la toco, cómo rozo su mano. Saco mi lanza, su largo mástil importuna, vigilo a las ratas. Mato una, mato dos, alarmo a las otras, atacan, susurran rasguños rápidos, dolorosos. Mato más, soy notorio con la lanza, mi pasión por Dorothy agranda mi vigor. Una rata horrorosa, colosal, aborda la batalla. Tarda por su tamaño. Torno a su contorno hallo un ángulo blando, la astillo y brotan sus órganos. Arribo a la bruja divina, la abordo con suavidad, brota su mirada. Magnífica, asombrosa. Gozo a su lado. Tomo su mano, sus ojos titilan luz lunar. Digo: canta. Canta. Mis oídos lloran. Canta distinto. Su canto no busca mi paz, no busca mi simpatía. Ha sido Brumhilda, tomando una forma dorothiana. Ahora la miro con cuidado, sus ojos cambian. No titilan, la luna falta. Su garra, colosal y horrorosa, como la rata, araña mi panza. Mis órganos brotan, así mismo mi alma. Fui su víctima, uno más. Miro  las ratas soldado, noto las caras humanas. Son otros caídos. Muchos la amamos, todos caímos. Ahora intuyo con claridad: antaño amor limpio, ahora sucia abominación. Dorothy, la cantora, sólo ama con su coño a Satanás.

viernes, 12 de julio de 2013

Arreolando

Gallo

Con plumas que surcan cielos fantasmas, el gallo acepta su condición maldecida como uno de los custodios de las interminables mofas que la naturaleza emite. En las celebraciones centenarias que realiza el reino de las aves, el gallo tiene que probarse ante los guardias, representados por la más virtuosa de las aves: el fénix. La malnacida prueba consiste en cruzar un acantilado de lado a lado empleado apenas un ligero impulso con las patas, dejando el resto de la faena a las alas. Es por eso que entre todos los gallos sobre la tierra se alza la leyenda de uno, el gallo de oro, gallo que exhortaban no mirar de frente pues su destello esplendoroso cegaba a las soberbias aves de cielo que siempre se mofaron de su raza.

El gallo irradiaba luces incandescentes que la impelían hacia los aires; un reto como el acantilado era una majadería que sólo consintió en conquistar en nombre de los miles de gallos caídos antes que él. Desde entonces, cada cien años, baja desde los cielos ante el inminente fracaso de sus hermanos en la prueba espuria.

Mientras espera el día aciago, el gallo rinde tributo al sueño de oro entonando un canto estridente cuando presencia la renovación del sol, reino del gallo dorado, desde donde vela por el destino de su pueblo.

Ardilla 

La ardilla perdió su hogar original, y en cambio ganó la experiencia de decenios. Este holocausto ambiental que la orilló a cambiar su antaño color pardo por un gris concreto, las ramas desobedientes por los cables eléctricos, la preparó para el fin del mundo, o lo que viene siendo lo mismo, el comienzo de la civilización. Ahora que las bellotas son duras rocas edulcoradas con agua de alcantarillado, su fama de sofisticación se ha derruido como antiguas efigies de culturas muertas.

Ahora salta por aquí, ahora por allá. Se detiene ante la figura ansiosa de un niñato que la tienta con cacahuates industriales. La ardilla se aproxima, se para en dos patas, analiza el comportamiento de quien le ofrenda el alimento. Cuando está a punto de aceptarlo, un eco ancestral surge desde el fondo de su ser que parece suplicarle no inclinarse ante la especie que lo despojó de su hogar original. Toma el cacahuate y regresa a su áspera madriguera.

Búfalo

Hay quien mira las praderas del norte y recuerda con nostalgia las guerras pugnadas entre hombres honorables de uniformes fieros y bramidos de gloria. Pero también hay quien evoca aquellas conflagraciones con desdicha, pues trataban su morada como patio de juego: el búfalo.

El animal-bulto que ostenta vanidosamente aquel pelaje convulsivo no rehúye a la violencia, pero en aquellas álgidas batallas se favorecía la ligereza del caballo y el humano frente a la potencia bestial. Con su orgullo herido, miraba desde alguna colina las vicisitudes de la contienda y, a veces, secretamente, desprendía una lágrima que se petrificaba en los bordes del pelaje. Tiempo después, cuando las batallas migraron a latitudes menos eternas, más gélidas, el bisonte encontró sosiego en la quietud de los llanos y el sigilo de las estrellas.

Tucán

Aunque dicen que el arcoíris es intangible - una inusual expresión de frecuencias de luz - no contaban con la ambición impasible del tucán, animal que, bajo ninguna eventualidad, descuida su elegancia, antaño considerada presunción, pues no era ni de lejos el animal más agraciado de la selva. Esto, naturalmente, no le sentaba bien, y fiel a su sed de perfección, decidió pintar su pico con los colores más fastuosos que la naturaleza pudiera ofrecer.

Incluso en un reino francamente maniático por el color como la selva amazónica, las bestias vacilan ante la belleza de los esmaltes prismáticos del arcoíris, y es ahí donde el tucán enfocó su ambición. No fue tarea fácil, pero con ayuda de sus amigos halcones, aves más parcas y más talentosas, llegó hasta la cresta del arcoíris, cabalgándola cual potro, y con un esfuerzo enorme, torció la rectitud del arcoíris, comprimiéndola entre su pico y sus alas en un forma suficientemente pequeña para engullir. Este enorme acto de valentía fue justamente gratificado, pues su pico obtuvo los colores anhelados, y desde entonces su presencia en cualquier recinto de la selva es recibida con una venia.


viernes, 5 de julio de 2013

El sentō del Chino

Quizá ustedes no lo recuerden pero yo sí. Hace ya cuarenta y tres años que se clausuraron las puertas del baño público de Altitic. La leyenda del Chino, como cualquier leyenda, cobra un impulso ascendente con el tiempo. No está de más decir que en aquellos tiempos,  antes de que la ciudad se hiciera con todas las comunidades en la periferia, un baño público no era lo que hoy en día se entiendo por baño público. Un baño público, y más nuestro baño público, tenía una presencia en la comunidad.
Sé que suena extraño. No lo imaginen como una suerte de almacenen donde se organizan bailongos tornasoles y pachangizas. En ese lugar iba a morir la distracción. Junto con la ropa, nos deshacíamos de nuestro pasado.
Aunque los cuartos de baño se segmentaban por género, el vestíbulo no estaba regulado. Ahí había intercambio de chirimbolos, encuentros y desencuentros amorosos, era chismógrafo mismo del pueblo, pues. Habré visto incluso alguna una limpia, aunque no les habrá durado mucho porque ningún tipo de negocio estaba permitido; imagínense el metro de hoy en día pero poblado de gente más cívica. Aunque esté de más mencionarlo, éramos una comunidad popular, así que no piensen en rituales sociales rígidos sobre los cuales pendía el futuro de las relaciones familiares o algo por el estilo. Si, teníamos nuestros problemas, pero el baño público era el lugar al que íbamos a enjuagar la suciedad de la ciudad, era como un nuevo comienzo, un lugar para olvidar y renovar nuestros recuerdos. A lo que quiero llegar es que era un lugar especial para nosotros, pero no por las razones que hoy en día se le considera especial. Les extrañará que un inmueble clausurado hace cinco décadas no haya sido derribado y reemplazado por una conjunto habitacional con mal servicio de agua o un Soriana Híper, bueno, la razón es una y una sola. Somos una sociedad supersticiosa, pero más que supersticiosa somos una sociedad respetuosa. Ese lugar le pertenece al Chino, el hombre quien era el dínamo de tan mágico lugar. El hombre que, por razones veladas en el misterio para la mayoría, fundó y murió en el baño público. Se dice que llegó en tiempos de la Revolución junto a su madre y padre y nueve hermanos y hermanas con la intención de comerciar en la, entonces y ahora, mítica Ciudad de México. Tiempos difíciles aquellos, especialmente para una comunidad que era percibida como una clase de subespecie y tratada como tal. El caso es que para la década de los treinta o cuarenta el aún joven Chino  llegaría a la ciudad. Dicen que calzaba unas botas de escorpión y atenazaba un machete afiladísimo y era el único superviviente de su nutrida familia. Estas son leyendas dentro de leyendas, pero para mí tiene sentido, un hombre venido de tal desgracia sólo le quedan dos caminos: envolverse en un denso carbón de odio, o insertarse en el seno de una familia que lo acoja como a un hijo natural. Esa familia fuimos nosotros, nuestra pequeña comunidad, cuando aún existían las comunidades en una ciudad que se dejó engullir por el principio de desalojo espiritual. Pero también explica otro elemento importante en esta leyenda: el ruinoso fin del baño público. El baño llevaba cerca de quince años funcionando, y funcionaba porque era parte de nuestra tradición, apenas un par de generaciones confluyeron en ese espacio pero ostentaba la misma importancia que, guardando las distancias, la iglesia de San Jerónimo Aculco. Y así fue como una tarde de verano de la década de los cincuenta brotaron los primeros despojos de lo que más tarde se contaría como la leyenda del baño público de Altitic. Quizá sea mucho preámbulo para contar lo que realmente pasó, quizá no. La razón por lo que la gente pasa con un ceño de desconfianza por ese lugar es tormentoso de invocar, pero aquí les va: Una matanza, una absolutamente sanguinaria y brutal carnicería. Como mencioné, fue una tarde de verano que prometía ser como cualquier otra, la gente se apiñaba en el vestíbulo, adornado con las risas diáfanas de los niños y niñas y las bufadas alegres de las señoras y demás fauna. Yo ese día no pude ir porque, aunque les parezca inconcebible, mi estado era el de un adolescente con varicela maldiciendo su mala fortuna de vivir frente al baño sin poder acudir buena parte del verano. Las puertas del baño, que eran dos grandes puertas de madera de estilo chino, o al menos eso me parecía, se cerraron a las seis en punto, cuando toda la gente solía estar en el interior bañándose o lo que fuera que hicieran. Recuerdo haberme asomado por la ventana de mi cuarto al escuchar el crujir de las puertas, cosa poco común a esa hora del día. Intempestivamente, las risas y griterío gozoso provenientes del fondo del inmueble se extinguieron, no hubo más que silencio, como si esas puertas al cerrarse delimitaran un posible acceso a otra dimensión. Iba de regreso a mi cama cuando escucho lo que juro sonó como el desgarrador bramido de puercos en el matadero. Ese horrendo sonido prosiguió durante lo que pareció una eternidad, aunque no pudieron haber sido más de diez minutos. La poca gente que pasaba por la calle se empezó a amontonar en las puertas, sin saber cómo actuar. Después silencio, o más bien debería decir ausencia. Recuerdo que el resto de la entonces contenida ciudad no parecía emitir ningún sonido. Dos, quizá tres minutos pasaron así, y de pronto las puertas abrieron por sí mismas. Salí proyectado como petardo sin pensar en mi condición y me detuve en las puertas del baño; yo junto a todos los demás vimos el fin de un era ante nuestros ojos, manifestado en los restos ensangrentados de amigos, conocidos, familiares, parejas.

Unos días después terminaron junto ayuda de la comunidad a identificar los cuerpos e investigar lo sucedido. Dos cosas se concluyeron: habían sido destajados con un tipo de machete extremadamente afilado y que el cuerpo del Chino no estaba en ninguna parte. Se dice que hoy día aún deambula por los recintos de aquel baño, buscando el apego de una familia, para consumar el mayor acto de amor sobre la tierra: matar.


sábado, 13 de abril de 2013

Hacinamiento


1

Salgo del edificio no hay nadie quizá una pareja de ancianos ansiosos de contar cuántos pasos les toma llegar a la parada. Miro una vez más mis pies para contar mis pasos caminando sin la cautela que detento en las noches. Dos cuadras después en la parada me esperan personas que nunca había visto en mi vida, intento reconocer sus rostros pero parecen salir de entre los dobleces de esta ciudad. Suben y suben dejo pasar el primero y segundo camión, me conformo con el tercero aunque parece igual de atiborrado. Me sujeto bien y llevo la mirada hacia uno de los costados del camión. Los coches parecen manejados por Speedracer aunque sé que en parte es porque el camión sigue estático. Veo una chica cruzando la calle y un taxi aprovechando los primeros segundos del rojo que todos sabemos no existen en el imaginario vial colectivo. No parecen incomodarse por la presencia del otro. La chica lo desvía con peculiar seguridad, un segundo taxi de precipita por la avenida – se me olvida que aquí andan en flotilla – temo que también deniegue la presencia de quien ahora pienso es bastante linda, quizá imbuida con el atractivo de la certeza. El segundo taxi se detiene de sopetón. Estos tipos saben usar un freno, pienso. El chofer, aún sin avanzar y haciendo uso del privilegio que confiere manejar una mole, abre una vez más las puertas y, quizá viendo el reflejo de su propia locura, permite el ascenso de la chica que hace unos momentos rechazó la tropelía con guante blanco. Es más linda en la segunda impresión, su cabello es rojizo su piel tostada y los ojos creo que verdes aunque nunca puedo distinguir entre azul y verde. Me mira aunque más bien mira a todos, la categorizo como la princesa de hielo pero se me hace muy insulso y mejor le llamo La chica linda de las 8 5 am con gafas y ojos verdeazul que disuelven el tráfico. Saco un libro, caigo en el error de pensar que me veré interesante, considero guardarlo pero continúo leyendo la esotérica prosa de Carlos Monsiváis quien se hace de ese único recurso para escribir una crónica acertada sobre la Ciudad de México. Pienso en Roberto Bolaño, ese chileno tan boreal que desentierra los espectros del romance que se puede tener con las calles de una urbe, te contagia de un brío errabundo. Monsiváis con sus terremotos y Negretes te recuerda que es una basura, aunque probablemente quiera decir algo completamente diferente. Qué diría Nabokov, pienso aunque no viene a cuento. Levanto la mirada y el paisaje ya cambió, el gris y verde amarillo del interior del camión se divisa entre el hacinamiento, quiere decir que llegamos a la estación del metro y al menos medio corral se apeará. Verdazul sigue en el camión ahora sentada como si hubiese nacido en ese mismo asiento y ahí deseara morir. Se apoltrona con la misma certeza con la que desvía autos. Cedo inconscientemente los lugares vacíos una tras otro, decido que le ganaré a esa señora-puff de cabello chino porque el lugar se encuentra dos filas detrás de la chica de donde podré observar sus movimientos y desarrollar una estrategia de abordamiento que sé perfectamente jamás ejecutaré. La venzo con mis grandes trancos. El marco temporal y espacial están registrados en la nomenclatura de su nombre – la chica linda de las 8:05 am con gafas y ojos verdeazul que disuelven el tráfico – ahora me aplico a determinar si su presencia en el camión es periódica o circunstancial. Ropa que se usaría en una agencia de inclinación creativa: permanencia; bolsa pequeña: viaje corto; mirada hacia el frente: familiaridad. Considero que es suficiente información para determinar que podré verla en días posteriores. Puedo realizar el acercamiento en otra ocasión, precisar mi estratagema. Dilatar la farsa un poco más.

2

Cuento 7 condones en el piso. Mira Ratatouille en la tele, fuma un porro horrendamente liado y me lo pasa necesito entrar en esa bruma tan extrañamente nítida que me permite absorber los estímulos a mi alrededor. Ese estímulo tan intenso de ojos verde ¿o azules? que mira la tele cómodamente encorvada y desnuda parece emanar luz de alba o mostaza francesa, cualquiera de las dos. Al instante mi cabeza se siente ligeramente más pesada y brumosa (nítida). Pienso en lo acertado que sería adornar este momento con música de Chico Buarque, de pronto me siento como un brasileño cincuentón estilo Roberto Zedinho y le agarro los senos a 8:05 am que son tan jodidamente chicos y perfectos. Alcanzo el control. Estoy viéndola, dice ella. Reconozco la escena, le resta al menos 1 hora con todo y anuncios. Me levanto y miro mi pene que está desecho pero brilla con orgullo. Creo escuchar al de los tamales por la ventana aunque quizá sea uno de esos tratantes de chucherías que simpatizan con aquella frase motivacional adjudicada a Mahoma. Quiero 3 oaxaqueños. Serían veinticuatro pesitos. Le doy cincuenta y me meto. Me cae bien, le comento a Con gafas mientras me zampo el segundo tamal, vende buenos tamales oaxaqueños aunque los de dulce no los he probado. Pienso hablarle sobre la ingestión de manjares rudimentarios como remanso de esta desairada colonia pero me lo callo. Ella no dice nada, parece mirar un abismo en la pantalla.

3

Mi gato se perdió. Este es un territorio de gatos caseros que viven bajo la ley de la selva. Me siento angustiado, puede toparse con dos situaciones: el tintineo de su cascabel es suficientemente rítmico para recordarles ese jazz vertical y callejero del que tanto gustan los gatos y la catequicen como uno de ellos — en este caso aunque me abrumaría la tristeza, puedo imaginarla tocando el contrabajo, con unos kilos de más y sonriendo con su inexpresivo hocico  — o es víctima de los celos felinos,y cae como los guerreros que se perdieron en la bruma de río nocturno. Así me gustaría recordarla, como un guerrero. O un samurái, aunque sería más acertado decir como un ninja, pero los samuráis, como los gatos, desenvainan sus filos tan rápido como el viento. Su nombre es Celerina, y el caso es que no creo volverla a ver nunca más.

4

Le toco a mi vecino para entregarle su disco de John Coltrane Live in Sweden 1961/63. Abre la puerta y me hace pasar. Nunca había entrado, huele a perro y plátano rancio, es un olor acogedor. Sus paredes son rosas como las mías antes de que las pintara de un gris triste. En una de sus paredes hay una fotografía ampliada de 3 jóvenes desnudos corriendo hacia un volcán nevado, creo que es el Popocateptl. Es el Popocateptl, dice mi vecino, me extraña que soslaye la presencia de los jóvenes desbocados. Me ofrece un caballito de mezcal, dice que es de Oaxaca y solo lo toma cuando su esposa no está. Empieza a sonar el disco de Coltrane, no sé en qué momento lo puso. El mezcal está malísimo, le comento sin saber por qué, la verdad es que está bastante decente, supongo que para polemizar un poco y restarle trivialidad al momento. Sólo me mira y esboza una sonrisa pícara, completamente patética. Su calva reluce con más intensidad que antes, quizá por efecto del alcohol. Me sirve otro y luego otro mientras me habla sobre el accidente que lo dejó cojo. Fue el año pasado, por una completa burrada, dice, me iba a tropezar y para evitar la caída forcé la rodilla dos veces, ni hablar, al final no sólo me caí y sino que por enjundioso me jodí la rótula. Dice jodí aunque debió haber empleado dislocar. Una vez me lo topé camino al edificio, cojeando como un cojo que ama su bastón, lo saludé y me le emparejé. De pronto prescindió del bastón y caminó más aprisa; no dije nada para no humillarlo. Ese día aprendí que no hay dignidad en depender de un objeto, y pensé en Gandalf quien es el arquetipo del viejo con bastón – aunque lo suyo más bien es un báculo – y la relación a veces mórbida a veces irremediable entre sujeto y objeto.

5


Mi espontaneo odio hacia ese pequeño individuo cuyos pasos devienen del río de gente se esfuma tan pronto entramos al mar abierto del lobby de la estación. Me quedo con una sensación de asco por mí mismo. Veo el puesto de las tortas que me sacan la lengua burlonamente, todo esta estación huele a vida, es horrendo. Un espacio tan contenido debería de ser ascético, en la medida de lo posible. Una vez un amigo micólogo de Tepoztlán me dijo con un dejo algo perturbador de emoción que en el metro de la Ciudad de México se encontraba la mayor concentración de esporas, su teoría es que el comportamiento anárquico dentro del metro se debe a que los corpúsculos nos zombifican. Por supuesto son tonterías, pero mi amigo micólogo nunca ha estado en la Ciudad y francamente es un astral. Creo que ahí viene el metro, no lo quiero mirar prefiero ver el libro que sostengo en mis manos, el momento de mayor lucidez es cuando el ruido del metro ahoga o apaga el ruido en mi entorno. Es cuando penetro en ese instante de perfecta claridad que puedo escuchar una ceniza súplica en mi cabeza: Vive.