Vienen de Júpiter. Qué hacen aquí, se pregunta la humanidad unánimemente. Alguna vez escuché que la masa de gente es estúpida, definitivamente es difícil de negar, diría J, el agente azabache que interpreta Will Smith, quizá en su papel más vital. Un día bastante frugal de mi infancia decidí que algún día invadirían seres meta-espaciales, así que creé una espada laser, una espada laser de verdad. También aprendí a usar la Fuerza, esa que lleva F mayúscula. Un padawan self-made, pues, un ser de inimaginable sabiduría galáctica. Aunque en la actualidad, en la ceniza adultez, mis energías arcanas cesan; qué iba a saber que un día serían extremadamente útiles, qué iba a saber que la edad invalida la fantasía. Aquí me tienen. Esperar al fin de la humanidad puede aterrar a un sinfín de gente, a mí me divierte. Me divierte aunque la Fuerza aún me elude, esa energía metafísica que experimenté en la infancia, que ante nuestra insalvable realidad actual me asegurarían un lugar en la Cripta de Paladines, palpita en mí, despierta ante disidentes espaciales que amenazan la vida del planeta. Mi espada laser apenas despide esa luz afilada que antiguamente rebanaba extraterrestres viles e insaciables, aunque me aseguraré que sea reactivada a su luz de ayeres. Mientras seguiré en la penumbra, mientras vigilaré la matanza de mi especie. Aguardaré mientras se liberan mis energías astrales: brevemente esta camisa de fuerza que suprime mi espíritu Jedi dejará de ser una tumba.
jueves, 18 de julio de 2013
Las brujas putonas
Las brujas cantan, las cigarras roncan, mi garganta punza por fumar cigarros sin filtro. Salgo, subo por la montaña tan inclinada, sofoco un suspiro; no por agotado sino por hastiado. Miro mis manos callosas, maldigo a las brujas orgullosas, las brujas putonas. Las adoro, toda la chusma provinciana pasa por la liturgia iniciática: tomarlas al alba para liquidar la virginidad. Ahora soy otro, mis manos callosas arrastradas por la granja son manos adultas. Las ocho brujas cachondas son: Brumhilda, Ariathna, Zaladora, Yuritziah, Mónica, Joan, Blavatsky y, la más cachonda, la más gozosa, Dorothy. Mi favorita, la patrona, virginidad intacta, mirada fogosa, manos blandas, canto impoluto, rizos blancos de nata. No conquista con su ámbar vaginal, conquista con su canto impoluto; canta, las otras gozan; canta, hipnotiza, las otras agasajan, utilizan. Nos consagran a su dios: Satanás.
Arribo al pico, vislumbro un claro. Ya no hay luz, sólo lunar. Ahí hallo a Dorothy, dormita. Cuando ronca las ratas marchan a su compás. Son sumisos soldaditos, giran a su contorno patrullando su modorra. Cómo la alcanzo, cómo la toco, cómo rozo su mano. Saco mi lanza, su largo mástil importuna, vigilo a las ratas. Mato una, mato dos, alarmo a las otras, atacan, susurran rasguños rápidos, dolorosos. Mato más, soy notorio con la lanza, mi pasión por Dorothy agranda mi vigor. Una rata horrorosa, colosal, aborda la batalla. Tarda por su tamaño. Torno a su contorno hallo un ángulo blando, la astillo y brotan sus órganos. Arribo a la bruja divina, la abordo con suavidad, brota su mirada. Magnífica, asombrosa. Gozo a su lado. Tomo su mano, sus ojos titilan luz lunar. Digo: canta. Canta. Mis oídos lloran. Canta distinto. Su canto no busca mi paz, no busca mi simpatía. Ha sido Brumhilda, tomando una forma dorothiana. Ahora la miro con cuidado, sus ojos cambian. No titilan, la luna falta. Su garra, colosal y horrorosa, como la rata, araña mi panza. Mis órganos brotan, así mismo mi alma. Fui su víctima, uno más. Miro las ratas soldado, noto las caras humanas. Son otros caídos. Muchos la amamos, todos caímos. Ahora intuyo con claridad: antaño amor limpio, ahora sucia abominación. Dorothy, la cantora, sólo ama con su coño a Satanás.
Arribo al pico, vislumbro un claro. Ya no hay luz, sólo lunar. Ahí hallo a Dorothy, dormita. Cuando ronca las ratas marchan a su compás. Son sumisos soldaditos, giran a su contorno patrullando su modorra. Cómo la alcanzo, cómo la toco, cómo rozo su mano. Saco mi lanza, su largo mástil importuna, vigilo a las ratas. Mato una, mato dos, alarmo a las otras, atacan, susurran rasguños rápidos, dolorosos. Mato más, soy notorio con la lanza, mi pasión por Dorothy agranda mi vigor. Una rata horrorosa, colosal, aborda la batalla. Tarda por su tamaño. Torno a su contorno hallo un ángulo blando, la astillo y brotan sus órganos. Arribo a la bruja divina, la abordo con suavidad, brota su mirada. Magnífica, asombrosa. Gozo a su lado. Tomo su mano, sus ojos titilan luz lunar. Digo: canta. Canta. Mis oídos lloran. Canta distinto. Su canto no busca mi paz, no busca mi simpatía. Ha sido Brumhilda, tomando una forma dorothiana. Ahora la miro con cuidado, sus ojos cambian. No titilan, la luna falta. Su garra, colosal y horrorosa, como la rata, araña mi panza. Mis órganos brotan, así mismo mi alma. Fui su víctima, uno más. Miro las ratas soldado, noto las caras humanas. Son otros caídos. Muchos la amamos, todos caímos. Ahora intuyo con claridad: antaño amor limpio, ahora sucia abominación. Dorothy, la cantora, sólo ama con su coño a Satanás.
viernes, 12 de julio de 2013
Arreolando
Gallo
Con plumas que surcan cielos
fantasmas, el gallo acepta su condición maldecida como uno de los custodios de las interminables mofas que la naturaleza emite. En las
celebraciones centenarias que realiza el reino de las aves, el gallo tiene
que probarse ante los guardias, representados por la más virtuosa de las aves: el fénix. La malnacida prueba consiste en cruzar un acantilado de lado a lado
empleado apenas un ligero impulso con las patas, dejando el resto de la faena a
las alas. Es por eso que entre todos los gallos sobre la tierra se alza la
leyenda de uno, el gallo de oro, gallo que exhortaban no mirar de frente pues
su destello esplendoroso cegaba a las soberbias aves de cielo que siempre se mofaron
de su raza.
El gallo irradiaba luces
incandescentes que la impelían hacia los aires; un reto como el acantilado era
una majadería que sólo consintió en conquistar en nombre de los miles de gallos
caídos antes que él. Desde entonces, cada cien años, baja desde los cielos ante
el inminente fracaso de sus hermanos en la prueba espuria.
Mientras espera el día aciago, el
gallo rinde tributo al sueño de oro entonando un canto estridente cuando
presencia la renovación del sol, reino del gallo dorado, desde donde vela por
el destino de su pueblo.
Ardilla
La ardilla perdió su hogar
original, y en cambio ganó la experiencia de decenios. Este holocausto
ambiental que la orilló a cambiar su antaño color pardo por un gris concreto,
las ramas desobedientes por los cables eléctricos, la preparó para el fin del
mundo, o lo que viene siendo lo mismo, el comienzo de la civilización. Ahora
que las bellotas son duras rocas edulcoradas con agua de alcantarillado,
su fama de sofisticación se ha derruido como antiguas efigies de culturas
muertas.
Ahora salta por aquí, ahora por
allá. Se detiene ante la figura ansiosa de un niñato que la tienta con
cacahuates industriales. La ardilla se aproxima, se para en dos
patas, analiza el comportamiento de quien le ofrenda el alimento. Cuando está a
punto de aceptarlo, un eco ancestral surge desde el fondo de su ser que parece
suplicarle no inclinarse ante la especie que lo despojó de su hogar original.
Toma el cacahuate y regresa a su áspera madriguera.
Búfalo
Hay quien mira las praderas del norte y recuerda con nostalgia las guerras pugnadas entre hombres honorables de uniformes fieros y bramidos de gloria. Pero también hay quien evoca aquellas conflagraciones con desdicha, pues trataban su morada como patio de juego: el búfalo.
El animal-bulto que ostenta vanidosamente aquel pelaje convulsivo no rehúye a la violencia, pero en aquellas álgidas batallas se favorecía la ligereza del caballo y el humano frente a la potencia bestial. Con su orgullo herido, miraba desde alguna colina las vicisitudes de la contienda y, a veces, secretamente, desprendía una lágrima que se petrificaba en los bordes del pelaje. Tiempo después, cuando las batallas migraron a latitudes menos eternas, más gélidas, el bisonte encontró sosiego en la quietud de los llanos y el sigilo de las estrellas.
Tucán
Aunque dicen que el arcoíris es intangible - una inusual expresión de frecuencias de luz - no contaban con la ambición impasible del tucán, animal que, bajo ninguna eventualidad, descuida su elegancia, antaño considerada presunción, pues no era ni de lejos el animal más agraciado de la selva. Esto, naturalmente, no le sentaba bien, y fiel a su sed de perfección, decidió pintar su pico con los colores más fastuosos que la naturaleza pudiera ofrecer.
Incluso en un reino francamente maniático por el color como la selva amazónica, las bestias vacilan ante la belleza de los esmaltes prismáticos del arcoíris, y es ahí donde el tucán enfocó su ambición. No fue tarea fácil, pero con ayuda de sus amigos halcones, aves más parcas y más talentosas, llegó hasta la cresta del arcoíris, cabalgándola cual potro, y con un esfuerzo enorme, torció la rectitud del arcoíris, comprimiéndola entre su pico y sus alas en un forma suficientemente pequeña para engullir. Este enorme acto de valentía fue justamente gratificado, pues su pico obtuvo los colores anhelados, y desde entonces su presencia en cualquier recinto de la selva es recibida con una venia.
viernes, 5 de julio de 2013
El sentō del Chino
Quizá ustedes no lo recuerden pero yo sí. Hace ya cuarenta y tres años que se clausuraron las puertas del baño público de Altitic. La leyenda del Chino, como cualquier leyenda, cobra un impulso ascendente con el tiempo. No está de más decir que en aquellos tiempos, antes de que la ciudad se hiciera con todas las comunidades en la periferia, un baño público no era lo que hoy en día se entiendo por baño público. Un baño público, y más nuestro baño público, tenía una presencia en la comunidad.
Sé que suena extraño. No lo imaginen como una suerte de almacenen donde se organizan bailongos tornasoles y pachangizas. En ese lugar iba a morir la distracción. Junto con la ropa, nos deshacíamos de nuestro pasado.
Aunque los cuartos de baño se segmentaban por género, el vestíbulo no estaba regulado. Ahí había intercambio de chirimbolos, encuentros y desencuentros amorosos, era chismógrafo mismo del pueblo, pues. Habré visto incluso alguna una limpia, aunque no les habrá durado mucho porque ningún tipo de negocio estaba permitido; imagínense el metro de hoy en día pero poblado de gente más cívica. Aunque esté de más mencionarlo, éramos una comunidad popular, así que no piensen en rituales sociales rígidos sobre los cuales pendía el futuro de las relaciones familiares o algo por el estilo. Si, teníamos nuestros problemas, pero el baño público era el lugar al que íbamos a enjuagar la suciedad de la ciudad, era como un nuevo comienzo, un lugar para olvidar y renovar nuestros recuerdos. A lo que quiero llegar es que era un lugar especial para nosotros, pero no por las razones que hoy en día se le considera especial. Les extrañará que un inmueble clausurado hace cinco décadas no haya sido derribado y reemplazado por una conjunto habitacional con mal servicio de agua o un Soriana Híper, bueno, la razón es una y una sola. Somos una sociedad supersticiosa, pero más que supersticiosa somos una sociedad respetuosa. Ese lugar le pertenece al Chino, el hombre quien era el dínamo de tan mágico lugar. El hombre que, por razones veladas en el misterio para la mayoría, fundó y murió en el baño público. Se dice que llegó en tiempos de la Revolución junto a su madre y padre y nueve hermanos y hermanas con la intención de comerciar en la, entonces y ahora, mítica Ciudad de México. Tiempos difíciles aquellos, especialmente para una comunidad que era percibida como una clase de subespecie y tratada como tal. El caso es que para la década de los treinta o cuarenta el aún joven Chino llegaría a la ciudad. Dicen que calzaba unas botas de escorpión y atenazaba un machete afiladísimo y era el único superviviente de su nutrida familia. Estas son leyendas dentro de leyendas, pero para mí tiene sentido, un hombre venido de tal desgracia sólo le quedan dos caminos: envolverse en un denso carbón de odio, o insertarse en el seno de una familia que lo acoja como a un hijo natural. Esa familia fuimos nosotros, nuestra pequeña comunidad, cuando aún existían las comunidades en una ciudad que se dejó engullir por el principio de desalojo espiritual. Pero también explica otro elemento importante en esta leyenda: el ruinoso fin del baño público. El baño llevaba cerca de quince años funcionando, y funcionaba porque era parte de nuestra tradición, apenas un par de generaciones confluyeron en ese espacio pero ostentaba la misma importancia que, guardando las distancias, la iglesia de San Jerónimo Aculco. Y así fue como una tarde de verano de la década de los cincuenta brotaron los primeros despojos de lo que más tarde se contaría como la leyenda del baño público de Altitic. Quizá sea mucho preámbulo para contar lo que realmente pasó, quizá no. La razón por lo que la gente pasa con un ceño de desconfianza por ese lugar es tormentoso de invocar, pero aquí les va: Una matanza, una absolutamente sanguinaria y brutal carnicería. Como mencioné, fue una tarde de verano que prometía ser como cualquier otra, la gente se apiñaba en el vestíbulo, adornado con las risas diáfanas de los niños y niñas y las bufadas alegres de las señoras y demás fauna. Yo ese día no pude ir porque, aunque les parezca inconcebible, mi estado era el de un adolescente con varicela maldiciendo su mala fortuna de vivir frente al baño sin poder acudir buena parte del verano. Las puertas del baño, que eran dos grandes puertas de madera de estilo chino, o al menos eso me parecía, se cerraron a las seis en punto, cuando toda la gente solía estar en el interior bañándose o lo que fuera que hicieran. Recuerdo haberme asomado por la ventana de mi cuarto al escuchar el crujir de las puertas, cosa poco común a esa hora del día. Intempestivamente, las risas y griterío gozoso provenientes del fondo del inmueble se extinguieron, no hubo más que silencio, como si esas puertas al cerrarse delimitaran un posible acceso a otra dimensión. Iba de regreso a mi cama cuando escucho lo que juro sonó como el desgarrador bramido de puercos en el matadero. Ese horrendo sonido prosiguió durante lo que pareció una eternidad, aunque no pudieron haber sido más de diez minutos. La poca gente que pasaba por la calle se empezó a amontonar en las puertas, sin saber cómo actuar. Después silencio, o más bien debería decir ausencia. Recuerdo que el resto de la entonces contenida ciudad no parecía emitir ningún sonido. Dos, quizá tres minutos pasaron así, y de pronto las puertas abrieron por sí mismas. Salí proyectado como petardo sin pensar en mi condición y me detuve en las puertas del baño; yo junto a todos los demás vimos el fin de un era ante nuestros ojos, manifestado en los restos ensangrentados de amigos, conocidos, familiares, parejas.
Unos días después terminaron junto ayuda de la comunidad a identificar los cuerpos e investigar lo sucedido. Dos cosas se concluyeron: habían sido destajados con un tipo de machete extremadamente afilado y que el cuerpo del Chino no estaba en ninguna parte. Se dice que hoy día aún deambula por los recintos de aquel baño, buscando el apego de una familia, para consumar el mayor acto de amor sobre la tierra: matar.
Sé que suena extraño. No lo imaginen como una suerte de almacenen donde se organizan bailongos tornasoles y pachangizas. En ese lugar iba a morir la distracción. Junto con la ropa, nos deshacíamos de nuestro pasado.
Aunque los cuartos de baño se segmentaban por género, el vestíbulo no estaba regulado. Ahí había intercambio de chirimbolos, encuentros y desencuentros amorosos, era chismógrafo mismo del pueblo, pues. Habré visto incluso alguna una limpia, aunque no les habrá durado mucho porque ningún tipo de negocio estaba permitido; imagínense el metro de hoy en día pero poblado de gente más cívica. Aunque esté de más mencionarlo, éramos una comunidad popular, así que no piensen en rituales sociales rígidos sobre los cuales pendía el futuro de las relaciones familiares o algo por el estilo. Si, teníamos nuestros problemas, pero el baño público era el lugar al que íbamos a enjuagar la suciedad de la ciudad, era como un nuevo comienzo, un lugar para olvidar y renovar nuestros recuerdos. A lo que quiero llegar es que era un lugar especial para nosotros, pero no por las razones que hoy en día se le considera especial. Les extrañará que un inmueble clausurado hace cinco décadas no haya sido derribado y reemplazado por una conjunto habitacional con mal servicio de agua o un Soriana Híper, bueno, la razón es una y una sola. Somos una sociedad supersticiosa, pero más que supersticiosa somos una sociedad respetuosa. Ese lugar le pertenece al Chino, el hombre quien era el dínamo de tan mágico lugar. El hombre que, por razones veladas en el misterio para la mayoría, fundó y murió en el baño público. Se dice que llegó en tiempos de la Revolución junto a su madre y padre y nueve hermanos y hermanas con la intención de comerciar en la, entonces y ahora, mítica Ciudad de México. Tiempos difíciles aquellos, especialmente para una comunidad que era percibida como una clase de subespecie y tratada como tal. El caso es que para la década de los treinta o cuarenta el aún joven Chino llegaría a la ciudad. Dicen que calzaba unas botas de escorpión y atenazaba un machete afiladísimo y era el único superviviente de su nutrida familia. Estas son leyendas dentro de leyendas, pero para mí tiene sentido, un hombre venido de tal desgracia sólo le quedan dos caminos: envolverse en un denso carbón de odio, o insertarse en el seno de una familia que lo acoja como a un hijo natural. Esa familia fuimos nosotros, nuestra pequeña comunidad, cuando aún existían las comunidades en una ciudad que se dejó engullir por el principio de desalojo espiritual. Pero también explica otro elemento importante en esta leyenda: el ruinoso fin del baño público. El baño llevaba cerca de quince años funcionando, y funcionaba porque era parte de nuestra tradición, apenas un par de generaciones confluyeron en ese espacio pero ostentaba la misma importancia que, guardando las distancias, la iglesia de San Jerónimo Aculco. Y así fue como una tarde de verano de la década de los cincuenta brotaron los primeros despojos de lo que más tarde se contaría como la leyenda del baño público de Altitic. Quizá sea mucho preámbulo para contar lo que realmente pasó, quizá no. La razón por lo que la gente pasa con un ceño de desconfianza por ese lugar es tormentoso de invocar, pero aquí les va: Una matanza, una absolutamente sanguinaria y brutal carnicería. Como mencioné, fue una tarde de verano que prometía ser como cualquier otra, la gente se apiñaba en el vestíbulo, adornado con las risas diáfanas de los niños y niñas y las bufadas alegres de las señoras y demás fauna. Yo ese día no pude ir porque, aunque les parezca inconcebible, mi estado era el de un adolescente con varicela maldiciendo su mala fortuna de vivir frente al baño sin poder acudir buena parte del verano. Las puertas del baño, que eran dos grandes puertas de madera de estilo chino, o al menos eso me parecía, se cerraron a las seis en punto, cuando toda la gente solía estar en el interior bañándose o lo que fuera que hicieran. Recuerdo haberme asomado por la ventana de mi cuarto al escuchar el crujir de las puertas, cosa poco común a esa hora del día. Intempestivamente, las risas y griterío gozoso provenientes del fondo del inmueble se extinguieron, no hubo más que silencio, como si esas puertas al cerrarse delimitaran un posible acceso a otra dimensión. Iba de regreso a mi cama cuando escucho lo que juro sonó como el desgarrador bramido de puercos en el matadero. Ese horrendo sonido prosiguió durante lo que pareció una eternidad, aunque no pudieron haber sido más de diez minutos. La poca gente que pasaba por la calle se empezó a amontonar en las puertas, sin saber cómo actuar. Después silencio, o más bien debería decir ausencia. Recuerdo que el resto de la entonces contenida ciudad no parecía emitir ningún sonido. Dos, quizá tres minutos pasaron así, y de pronto las puertas abrieron por sí mismas. Salí proyectado como petardo sin pensar en mi condición y me detuve en las puertas del baño; yo junto a todos los demás vimos el fin de un era ante nuestros ojos, manifestado en los restos ensangrentados de amigos, conocidos, familiares, parejas.
Unos días después terminaron junto ayuda de la comunidad a identificar los cuerpos e investigar lo sucedido. Dos cosas se concluyeron: habían sido destajados con un tipo de machete extremadamente afilado y que el cuerpo del Chino no estaba en ninguna parte. Se dice que hoy día aún deambula por los recintos de aquel baño, buscando el apego de una familia, para consumar el mayor acto de amor sobre la tierra: matar.
sábado, 13 de abril de 2013
Hacinamiento
1
Salgo del edificio no hay nadie
quizá una pareja de ancianos ansiosos de contar cuántos pasos les toma llegar a
la parada. Miro una vez más mis pies para contar mis pasos caminando sin la
cautela que detento en las noches. Dos cuadras después en la parada me esperan
personas que nunca había visto en mi vida, intento reconocer sus rostros pero parecen salir de entre los dobleces de esta ciudad. Suben y suben dejo pasar el
primero y segundo camión, me conformo con el tercero aunque parece igual de
atiborrado. Me sujeto bien y llevo la mirada hacia uno de los
costados del camión. Los coches parecen manejados por Speedracer aunque sé que
en parte es porque el camión sigue estático. Veo una chica cruzando la calle y
un taxi aprovechando los primeros segundos del rojo que todos sabemos no
existen en el imaginario vial colectivo. No parecen incomodarse por la
presencia del otro. La chica lo desvía con peculiar seguridad, un segundo taxi
de precipita por la avenida – se me olvida que aquí andan en flotilla – temo
que también deniegue la presencia de quien ahora pienso es bastante linda,
quizá imbuida con el atractivo de la certeza. El segundo taxi se detiene de
sopetón. Estos tipos saben usar un freno, pienso. El chofer, aún sin
avanzar y haciendo uso del privilegio que confiere manejar una mole, abre una vez más las puertas y, quizá viendo el reflejo de su propia locura, permite el ascenso de la chica que hace unos momentos
rechazó la tropelía con guante blanco. Es más linda en la segunda impresión, su cabello es rojizo su piel tostada y los ojos creo que verdes
aunque nunca puedo distinguir entre azul y verde. Me mira aunque más bien mira
a todos, la categorizo como la princesa de hielo pero se me hace muy insulso y
mejor le llamo La chica linda de las 8 5 am con gafas y ojos verdeazul que
disuelven el tráfico. Saco un libro, caigo en el error de pensar que me veré
interesante, considero guardarlo pero continúo leyendo la esotérica prosa de
Carlos Monsiváis quien se hace de ese único recurso para escribir una crónica
acertada sobre la Ciudad de México. Pienso en Roberto Bolaño, ese chileno tan
boreal que desentierra los espectros del romance que se puede tener con las
calles de una urbe, te contagia de un brío errabundo. Monsiváis con sus
terremotos y Negretes te recuerda que es una basura, aunque probablemente
quiera decir algo completamente diferente. Qué diría Nabokov, pienso aunque no
viene a cuento. Levanto la mirada y el paisaje ya cambió, el gris y verde amarillo
del interior del camión se divisa entre el hacinamiento, quiere decir que
llegamos a la estación del metro y al menos medio corral se apeará. Verdazul
sigue en el camión ahora sentada como si hubiese nacido en ese mismo asiento y
ahí deseara morir. Se apoltrona con la misma certeza con la que desvía autos.
Cedo inconscientemente los lugares vacíos una tras otro, decido que le ganaré a
esa señora-puff de cabello chino porque el lugar se encuentra dos filas detrás
de la chica de donde podré observar sus movimientos y desarrollar una
estrategia de abordamiento que sé perfectamente jamás ejecutaré. La venzo con
mis grandes trancos. El marco temporal y espacial están registrados en la
nomenclatura de su nombre – la chica linda de las 8:05 am con gafas y ojos
verdeazul que disuelven el tráfico – ahora me aplico a determinar si su presencia en el
camión es periódica o circunstancial. Ropa que se usaría en una agencia de
inclinación creativa: permanencia; bolsa pequeña: viaje corto; mirada hacia el
frente: familiaridad. Considero que es suficiente información para determinar
que podré verla en días posteriores. Puedo realizar el acercamiento en otra
ocasión, precisar mi estratagema. Dilatar la farsa un poco más.
2
Cuento 7 condones en el piso.
Mira Ratatouille en la tele, fuma un porro horrendamente liado y me lo pasa
necesito entrar en esa bruma tan extrañamente nítida que me permite absorber
los estímulos a mi alrededor. Ese estímulo tan intenso de ojos verde ¿o azules?
que mira la tele cómodamente encorvada y desnuda parece emanar luz de alba o
mostaza francesa, cualquiera de las dos. Al instante mi cabeza se siente
ligeramente más pesada y brumosa (nítida). Pienso en lo acertado que sería
adornar este momento con música de Chico Buarque, de pronto me siento como un
brasileño cincuentón estilo Roberto Zedinho y le agarro los senos a 8:05 am que
son tan jodidamente chicos y perfectos. Alcanzo el control. Estoy viéndola,
dice ella. Reconozco la escena, le resta al menos 1 hora con todo y anuncios.
Me levanto y miro mi pene que está desecho pero brilla con orgullo. Creo escuchar al
de los tamales por la ventana aunque quizá sea uno de esos tratantes de chucherías que simpatizan con aquella frase motivacional adjudicada a Mahoma. Quiero 3 oaxaqueños. Serían veinticuatro
pesitos. Le doy cincuenta y me meto. Me cae bien, le comento a Con gafas
mientras me zampo el segundo tamal, vende buenos tamales oaxaqueños aunque los
de dulce no los he probado. Pienso hablarle sobre la ingestión de manjares
rudimentarios como remanso de esta desairada colonia pero me lo callo. Ella no
dice nada, parece mirar un abismo en la pantalla.
3
Mi gato se perdió. Este es un
territorio de gatos caseros que viven bajo la ley de la selva. Me siento
angustiado, puede toparse con dos situaciones: el tintineo de su cascabel es
suficientemente rítmico para recordarles ese jazz vertical y callejero del que
tanto gustan los gatos y la catequicen como uno de ellos — en este caso aunque
me abrumaría la tristeza, puedo imaginarla tocando el contrabajo, con unos
kilos de más y sonriendo con su inexpresivo hocico — o es víctima de los celos
felinos,y cae como los guerreros que se perdieron en la bruma de río nocturno. Así me gustaría recordarla, como
un guerrero. O un samurái, aunque sería más acertado decir como un ninja, pero
los samuráis, como los gatos, desenvainan sus filos tan rápido como el viento.
Su nombre es Celerina, y el caso es que no creo volverla a ver nunca más.
4
Le toco a mi vecino para
entregarle su disco de John Coltrane Live in Sweden 1961/63. Abre la puerta y me
hace pasar. Nunca había entrado, huele a perro y plátano rancio, es un olor
acogedor. Sus paredes son rosas como las mías antes de que las pintara de un gris
triste. En una de sus paredes hay una fotografía ampliada de 3 jóvenes desnudos
corriendo hacia un volcán nevado, creo que es el Popocateptl. Es el Popocateptl,
dice mi vecino, me extraña que soslaye la presencia de los jóvenes desbocados.
Me ofrece un caballito de mezcal, dice que es de Oaxaca y solo lo toma cuando
su esposa no está. Empieza a sonar el disco de Coltrane, no sé en qué momento
lo puso. El mezcal está malísimo, le comento sin saber por qué, la verdad es
que está bastante decente, supongo que para polemizar un poco y restarle trivialidad
al momento. Sólo me mira y esboza una sonrisa pícara, completamente patética.
Su calva reluce con más intensidad que antes, quizá por efecto del alcohol. Me
sirve otro y luego otro mientras me habla sobre el accidente que lo dejó cojo.
Fue el año pasado, por una completa burrada, dice, me iba a tropezar y para
evitar la caída forcé la rodilla dos veces, ni hablar, al final no sólo me
caí y sino que por enjundioso me jodí la rótula. Dice jodí aunque debió haber
empleado dislocar. Una vez me lo topé camino al edificio, cojeando como un cojo
que ama su bastón, lo saludé y me le emparejé. De pronto prescindió del bastón
y caminó más aprisa; no dije nada para no humillarlo. Ese día
aprendí que no hay dignidad en depender de un objeto, y pensé en Gandalf quien es
el arquetipo del viejo con bastón – aunque lo suyo más bien es un báculo – y la
relación a veces mórbida a veces irremediable entre sujeto y objeto.
5
Mi espontaneo odio hacia ese pequeño individuo cuyos pasos devienen del río de gente se esfuma tan pronto entramos al mar abierto del lobby de la estación. Me quedo con una sensación de asco por mí mismo. Veo el puesto de las tortas que me sacan la lengua burlonamente, todo esta estación huele a vida, es horrendo. Un espacio tan contenido debería de ser ascético, en la medida de lo posible. Una vez un amigo micólogo de Tepoztlán me dijo con un dejo algo perturbador de emoción que en el metro de la Ciudad de México se encontraba la mayor concentración de esporas, su teoría es que el comportamiento anárquico dentro del metro se debe a que los corpúsculos nos zombifican. Por supuesto son tonterías, pero mi amigo micólogo nunca ha estado en la Ciudad y francamente es un astral. Creo que ahí viene el metro, no lo quiero mirar prefiero ver el libro que sostengo en mis manos, el momento de mayor lucidez es cuando el ruido del metro ahoga o apaga el ruido en mi entorno. Es cuando penetro en ese instante de perfecta claridad que puedo escuchar una ceniza súplica en mi cabeza: Vive.
martes, 4 de septiembre de 2012
El bulto
El muchacho era todo un palurdo. No pensaba nada ahi sentado en su banca preferida debajo de un gran olmo amarillo con la cabeza hacia el cielo y los ojos cerrados como si lo alcanzaran los rayos de sol entre las hojas que descendían como paracaidistas experimentados. La vida era buena para quienes no miraban la torre de reloj. Con las monedas que acababa de robar compraría un bolillo para él solo. La idea de compartirlo con su hermano menor cruzó su mente. El desdichado no lo merece, recordó la chamuscada que le provocó con las pinzas de la fragua de su tío. Era un palurdo, peor que él incluso. Vil niñato algún día le cortaré la cabeza y la haré desaparecer, Corko me servirá. Corko era el cerdo más grande que tenían en la granja. También era su favorito era pelotudo y mastodontico. Engullía lo que le dieras. Uno de sus pasatiempos favoritos en la finca era poner a prueba su apetito. El día que le dio las tripas purulentas de un zorro que se había cruzado en el llano estaba seguro que las desembucharía. No sólo las comió con ordinaria impaciencia sino que por un momento su mirada pareció humanizarse. Fue como si las vísceras estuviesen imbuidas de una maldición, pensó, la maldición de la consciencia. En tanto reflexionaba sobre acéfalos en su sopor, un grito se alzó a no más de veinte pasos de donde sentaba. Pensó ir en busca del origen del grito que no había podido diferenciar entre animal o humano horror o júbilo.
Humano. Horror. Esto podría ser divertido, pensó sonriendo como sólo un palurdo puede. Corrió en busca del alborotador sujetando el mango de su navaja. En un pequeño claro yacía un gigantesco bulto. Parecía una montaña de carne. O quizá la excreción de un gigante, ¿O las ruinas de Corko? Le arrojó una piedra que rebotó con un sonido sordo. Esperó a que el bulto se agitara. De pie, perfectamente recto, lo miró durante lo que parecieron horas. En realidad fueron días. El musgo creció primero en los suaves bordes de aquella masa, después en los pies del muchacho. Siendo una tierra de lluvias el proceso se precipitó. Las personas y animales que llegaban a cruzar por aquel paraje los miraban con extrañeza, hasta que se acostumbraron a la presencia de lo que después jurarían era una escultura en vida. Los ojos del muchacho reposaron, lo que se dice reposaron, sobre aquel cuerpo que no entendía sobre fluidez. Pasaron dos siglos. Schopenahauer había muerto pero quedarían sus bellas palabras que el muchacho había tallado en una roca por donde antes fuera su morada: un hombre sólo puede ser él mismo en tanto esté solo. Un día el fardo se desinfló pero para aquel entonces el muchacho ya era musgo y el musgo era musgo. Del interior del bulto deshinchado se arrastró la criatura más marchita que haya caminado sobre la tierra. O al menos esa parte de la tierra. Llegó hasta donde quedaban los restos del muchacho-musgo y los estrechó como si fuera la única razón por la que hubiese venido al mundo.
sábado, 18 de agosto de 2012
Meridaje
Repasando viejos escritos me sorprendo al notar la existencia de patrones y esquemas, y no documentaciones, o extractos, inconexos como sospeché encontraría. Traspasando la densa grama de simbolismos y analogías sin rumbo que encubría muchas de las bitácoras, se muestran pedazos de un rompecabezas que, con algo de atrevimiento, es posible unir. El resultado no es cabalmente interpretable, sino que permite la lectura múltiple, la aproximación de un sujeto intentando reconciliar su existencia con conceptos cuya esencia desconoce, que cuestiona, mas se atañe a ellas intuitivamente, reconociendo el quebrantable suelo de hielo sobre el que camina, que representa su camino moral agrietado. Es extraño como, sin variable, alegorizo mis experiencias, tal vez como evidencia de mi desapego pragmático que pueden velar, y cuya disección sólo ejecuto a través de la abstracción. Temo que revele mi incapacidad de llevarlo a un plano, por así llamarlo, pragmático. Es decir, y quizá no es necesario explicar, temo no reconocer la importancia de la práctica ética, ya que cuando intento penetrarla hasta su núcleo, y extraer alguna verdad, alguna respuesta, me hallo perdido en un nebuloso receptáculo. Porque saber sus fines prácticos y abstractos, y haberlos entendido, experimentado, es muy distinto. El primero no toma más que un año, o dos, u ocho para volverse un perito; la contraparte no la rozarías en el doble de tiempo. Puede serte compartida una doctrina, pero el verdadero conocimiento no está en el discurso, en métodos que vestimos de maestros. La sabiduría no se trasmite. Es posible comunicar el saber, pero es necesario vivirla, hacer de ella un sendero. Y mis temores se fundamentan en la premisa anterior. Temo que mi distancia entre lenguaje y experiencia sea la contestación de mis dudas y aprensión hacia la finalidad de la ética. No ha de ser confundida con la tentación del nihilismo como consejero, sino con la idea del origen simple, infinitamente enmarañada por las personas; que finalmente sea uno más de los juegos mediante los cuales entretenemos a nuestro infante oculto, que visto francamente, no está oculto, sino presente en cada uno de nuestros actos y pensamientos y habladurías; salvo algunos (maravillosos, ohgraciasporexistir) casos. Tal vez nunca alcance la paz; quisiera poder separarme de mi ego como si fuese agua sobre la piel siendo absorbida por una toalla. No quiero perderme en el laberinto de las frases, y reconocer que son sólo palabras todo aquello que llamamos ética y moral. Quiero aprender a través de las acciones, las encrucijadas, los sacrificios, las desvergüenzas, las consecuentes sensaciones de culpa, bienestar, orgullo, nausea. Quiero ver a través de las apariencias, reconocer que yo mismo soy una apariencia, que todo es venerable y evitar analizar, explicar y despreciar el mundo. Quiero no querer.
viernes, 17 de agosto de 2012
La secre
¿Telera o bolillo joven? Telera. Con aguatito. Ito. No gracias. El joven cruzó la calle vio a una de las altísimas secretarias de su trabajo y dio la vuelta. Camino un par de cuadras más y se metió a una tienda de joyería de los judíos de la cuadra. Con la mano que no sujetaba la torta sacó sus llaves de Lucas Piolleri y empezó a jugar con ellas mientras pensaba en las muchas tiendas que no han soportado el paso del tiempo. Son de terrible gusto, estas malditas tiendas pertenecen al estacionario ethos mexicano. Son y serán hasta que el cielo deje de iluminarnos con su luz crepuscular, se dijo abochornándose por la chabacanería de su frase. Buenas tardes, joven, déjeme adivinar está huyendo de alguien, escuchó dimanar una voz del fondo de la tienda. Al joven se le dificultó enfocar a su autor, como si existiera detrás de un vidrio sucio. El atuendo tradicional de rabí le confería al viejo una cualidad de sabio. A este hombre le creeré cada palabra que salga de su boca, decretó el joven. Sus cejas parecían llamas danzantes con decenas de humanos-perros reaccionando a su crujir sonoro. Siento molestarlo estoy buscando una anillo para mi novia, dijo el joven. Curioso, sonrió y sus dientes formaban parte del experimento tribal que acontecía hacia el norte de su compás, No le calcularía más de 18 me disculpará si me niego a creerle. La secretaria de mi trabajo: me la dí dispense mi lenguaje, se sorprendió confensando el joven, la evito desde entonces carecía de un cierto tacto al intimar que me recordaba a esas cruentas películas setenteras donde todo se ve falso. No las recuerdo, dijo el rabí que más bien le parecía mustafa. Y mire que me lleva medio siglo. Al menos, convino el viejo. Bueno qué me dice de películas setenteras que si recuerda. Me gustaban las de Pedro Infante y las de Bergman, ahora las comisuras de la sonrisa del viejo parecían cultivar miles de esos caninos enfermizos. El joven suspiró. Me voy. Cuídese hombre. Giró en un movimiento a punto de tensar la rótula, favorecía las buenas salidas sobre las buenas entradas. Adiós, la próxima vez que pretenda huir de la secretaria está bienvenido. El joven detuvo su maniobra y balbuceó: quizá cuando me case de verdad y salió. Quizá cuando me...? Arruiné mi salida, pensó en la arbolada calle. Se sentó en la banqueta.
jueves, 2 de agosto de 2012
Agujero
El hombre sesudo concluyó dos cosas. La profundidad gradual se tornaba en algo insoportable. Su camino terminaría engullida por esa profundidad. La confrontación de estas dos premisas habían alimentado su trasnochado sentimiento de absurdidad, antaño equiparable a nunca. la sonrisa del hombre podía ser confundida por una de alivio. En verdad lo era. Nadie más que él lo habría visto de otra manera. Continuó camino abajo. Los veinte metros que lo separaban de su destino se dilataban en kilométricas reflexiones, antaño equiparable a nunca. Se detuvo, reculó dos pasos. Un paso más y su vida reanimaría su sentido. De espíritu desbordante. La idea le daba repulsión. Desfundó la Molina calibre .45. El enorme péndulo ampliaba su oscilación y amenazaba con aplastarlo bajo su peso invisible. Dejó de sonreír mientras quitaba el seguro de su acompañante.
El siguiente paso que dio fue mecánico, nacido del hábito. Dejaría que sus articulaciones respondieran a las cargas eléctricas nativas a la inercia, antaño equiparable a siempre. El péndulo rugía como una serpiente emplumada: sedosa y amenazante. La profundidad se movió, inquieta, deseosa de avanzar. Pero no, esperaría al hombre, dejaría que su titubeo anudara sus reflejos, sus rápidas manos como insonoros rayos.
El hombre, ahora penumbra, sentenció a la profundidad. Las siguientes palabras fueron sus últimas: Eres mi hermana. Siempre lo has sido. Conozco tus secretos y debilidades: estás asqueada de tí misma. Ven a mi, yo te arropo. Recibe mi abrazo y despréndete y clausura y nace de nuevo. Desenfunda. Hazlo ahora o piérdete en los laberintos de la eternidad. El hombre sabía que no la engañaría, percibiría su miedo en esas incoherentes sentencias. Silencio. Nulidad. Colocó el dedo sobre el gatillo. El abismo hizo lo mismo.
El péndulo se detuvo apenas un segundo, quizá ni eso. Los condenó a la eternidad de ese segundo. Su confrontación tendría que esperar el fin de los tiempos (del segundo), que no llegaría. Los gatillos rompieron los cristales del tiempo, formando una urdimbre de probabilidades infinitesimales. Descargaron los arbitrarios proyectiles que se rehusaron a aniquilar sin el permiso del péndulo, amo de todos los duelos y el tiempo. El hombre y la profundidad quedaron petrificados, con la eternidad enlazando sus miradas y sus pistolas, como el granítico pegamento que une al cosmos.
El siguiente paso que dio fue mecánico, nacido del hábito. Dejaría que sus articulaciones respondieran a las cargas eléctricas nativas a la inercia, antaño equiparable a siempre. El péndulo rugía como una serpiente emplumada: sedosa y amenazante. La profundidad se movió, inquieta, deseosa de avanzar. Pero no, esperaría al hombre, dejaría que su titubeo anudara sus reflejos, sus rápidas manos como insonoros rayos.
El hombre, ahora penumbra, sentenció a la profundidad. Las siguientes palabras fueron sus últimas: Eres mi hermana. Siempre lo has sido. Conozco tus secretos y debilidades: estás asqueada de tí misma. Ven a mi, yo te arropo. Recibe mi abrazo y despréndete y clausura y nace de nuevo. Desenfunda. Hazlo ahora o piérdete en los laberintos de la eternidad. El hombre sabía que no la engañaría, percibiría su miedo en esas incoherentes sentencias. Silencio. Nulidad. Colocó el dedo sobre el gatillo. El abismo hizo lo mismo.
El péndulo se detuvo apenas un segundo, quizá ni eso. Los condenó a la eternidad de ese segundo. Su confrontación tendría que esperar el fin de los tiempos (del segundo), que no llegaría. Los gatillos rompieron los cristales del tiempo, formando una urdimbre de probabilidades infinitesimales. Descargaron los arbitrarios proyectiles que se rehusaron a aniquilar sin el permiso del péndulo, amo de todos los duelos y el tiempo. El hombre y la profundidad quedaron petrificados, con la eternidad enlazando sus miradas y sus pistolas, como el granítico pegamento que une al cosmos.
viernes, 6 de julio de 2012
Oubli
-Ves a esa mujer de ahi. La que se sienta innecesariamente apartada del resto, que mira sus manos con una mirada empachada. Me pregunto porqué parece salida de una pelicula de la época de oro, olvidada, despidiendo cemento de sus poros.
- Yo no veo eso. En realidad es una mujer íntegramente desquiciada que de alguna manera fortuita reunió lo necesario para comprar una cerveza y padeció un fugaz destello de lucidez que la trajo hasta el unico lugar en donde antaño, cuando aun se sujetaba en el tendedero de su cordura, sentía cierto cobijo. Quizá el olor a sudor alcoholizado y cacahuates rancios a su vez la llevasen a su infancia cuando su padre abusaba de ella y le susurraba palabras imperecederas de amor y cuidado, a esos momentos brutales de amor deforme y aliento ulcerado que marcarían y confundirían sus emociones por el resto de su vida. Te fijas cómo ahora en su estado de completa demencia retrae los pasos a su refugio viniendo al único lugar que frecuentaba su padre durante su infancia, su esposo en su adultez y ahora ella misma en su decrepitud...
- Perdón no sabía que hablábamos de tu madre. traes tu ife por si nos la piden?
- qué nos van a pedir id, no digas pendejadas y mejor cuéntame de nuevo sobre tu moralidad perdida.
- hace un par de añitos iba con mi padre a coahuila, que descanse en paz (coahuila no mi padre) en su viejo mustang. cuando digo viejo quiero decir un verdadero cacharro, de esos que parecieran cobrar vida por pura experiencia y agradecimiento a su fiel y pobre amo. A medio camino cuando el sonido de las aves deslizaba por mi consciente..
- ahórrate detalles bobos.
- ... a medio dormir, sentí como mi papá se revolvió nerviosamente en su asiento. levante mi mirada al largo y erecto camino y vi por primera vez lo que es la nada. hasta ese momento el concepto del universo expandiéndose hacia la nada no me cabía en la cabeza. a cualquier escéptico lo llevaría a ese preciso momento en ese preciso estado y se que nunca más dudaría de la nada. La nada no se puede observar directamente, es como cuando atisbas al interior de una cueva y puedes jurar que en esa perfecta oscuridad se mueve algo incomprensible en el fondo. Pero más recóndito, como estampidos sin sonido.
- Fue un estado de ensueño, le diste al desierto crepuscular una cualidad de ausencia henchida.
- Sin duda. Supongo que mi padre sintió algo similar. No es el mismo desde entonces, al menos eso creo.
- Ya no desayuna huevos tibios cada mañana?
- Bueno, supongo que no lo movió tanto como a mí.
- Joven, más de esos cacahuates rancios por favor. Sabes qué creo que ocurrió. Alternaste de realidad, viste hacia el interior de tu mente y te aterró. entendiste qué es el olvido o algo se que parece al olvido, los franceces le llaman oubli. toda persona de a pie tiene que enfrentarse a la extinción de la consciencia en algún momento, al oblivion. Tú aún no estabas listo, cerraste los ojos en el momento preciso, te hubiera tronado si no lo hacías, amigo.
- Chance. No sé si alguna vez estaré listo. Es como ese viaje de salvia que me eché el verano pasado. Tan pronto se pasó el efecto comprendí dos cosas; que jamás lo haría de nuevo y que era un cachorro sin convicciones y lo terminaría haciendo de nuevo. Contradicciones como esas me traen bienestar, reafirman que habitamos en una existencia sin sentido, cuyo apellido de realidad es pura charlatanería propagada por filisteos borrachos en un sábado.
- otra chela?
- no.
- Yo no veo eso. En realidad es una mujer íntegramente desquiciada que de alguna manera fortuita reunió lo necesario para comprar una cerveza y padeció un fugaz destello de lucidez que la trajo hasta el unico lugar en donde antaño, cuando aun se sujetaba en el tendedero de su cordura, sentía cierto cobijo. Quizá el olor a sudor alcoholizado y cacahuates rancios a su vez la llevasen a su infancia cuando su padre abusaba de ella y le susurraba palabras imperecederas de amor y cuidado, a esos momentos brutales de amor deforme y aliento ulcerado que marcarían y confundirían sus emociones por el resto de su vida. Te fijas cómo ahora en su estado de completa demencia retrae los pasos a su refugio viniendo al único lugar que frecuentaba su padre durante su infancia, su esposo en su adultez y ahora ella misma en su decrepitud...
- Perdón no sabía que hablábamos de tu madre. traes tu ife por si nos la piden?
- qué nos van a pedir id, no digas pendejadas y mejor cuéntame de nuevo sobre tu moralidad perdida.
- hace un par de añitos iba con mi padre a coahuila, que descanse en paz (coahuila no mi padre) en su viejo mustang. cuando digo viejo quiero decir un verdadero cacharro, de esos que parecieran cobrar vida por pura experiencia y agradecimiento a su fiel y pobre amo. A medio camino cuando el sonido de las aves deslizaba por mi consciente..
- ahórrate detalles bobos.
- ... a medio dormir, sentí como mi papá se revolvió nerviosamente en su asiento. levante mi mirada al largo y erecto camino y vi por primera vez lo que es la nada. hasta ese momento el concepto del universo expandiéndose hacia la nada no me cabía en la cabeza. a cualquier escéptico lo llevaría a ese preciso momento en ese preciso estado y se que nunca más dudaría de la nada. La nada no se puede observar directamente, es como cuando atisbas al interior de una cueva y puedes jurar que en esa perfecta oscuridad se mueve algo incomprensible en el fondo. Pero más recóndito, como estampidos sin sonido.
- Fue un estado de ensueño, le diste al desierto crepuscular una cualidad de ausencia henchida.
- Sin duda. Supongo que mi padre sintió algo similar. No es el mismo desde entonces, al menos eso creo.
- Ya no desayuna huevos tibios cada mañana?
- Bueno, supongo que no lo movió tanto como a mí.
- Joven, más de esos cacahuates rancios por favor. Sabes qué creo que ocurrió. Alternaste de realidad, viste hacia el interior de tu mente y te aterró. entendiste qué es el olvido o algo se que parece al olvido, los franceces le llaman oubli. toda persona de a pie tiene que enfrentarse a la extinción de la consciencia en algún momento, al oblivion. Tú aún no estabas listo, cerraste los ojos en el momento preciso, te hubiera tronado si no lo hacías, amigo.
- Chance. No sé si alguna vez estaré listo. Es como ese viaje de salvia que me eché el verano pasado. Tan pronto se pasó el efecto comprendí dos cosas; que jamás lo haría de nuevo y que era un cachorro sin convicciones y lo terminaría haciendo de nuevo. Contradicciones como esas me traen bienestar, reafirman que habitamos en una existencia sin sentido, cuyo apellido de realidad es pura charlatanería propagada por filisteos borrachos en un sábado.
- otra chela?
- no.
jueves, 21 de junio de 2012
Nugari
Ese es el viejo Nugari que camina con la mirada ausente por la calle. Arrastra los pies por el fango como si sus botas tuviesen miles de boquillas chupafango y sacara a alimentarlas. Siempre me han gustado sus botas, algún día se las robaré. El viejo Nugari tiene uno de esos nombres exóticos que relaciono con el lado oscuro de la tierra. A mi entender, y no veo porque no debería ser así, si la luna tiene un lado oscuro la tierra por igual ha de tenerlo. De ese lado viene Nugari, el viejo que camina con la mirada ausente. Qué pasara por su mente. Probablemente nada. Cuando veo su mirada no me recuerda a la mirada perdida de mi padre a la hora del desayuno, cuando ve el televisor y anticipa su pequeña ritualidad diaria. Mira que si no le he preguntado sobre su vida es porque me inquieta un poco, y eso que lo saludo como a todos los otros vejestorios del vecindario. Es una cuestión de educación, sabes. El otro día jugando béisbol con los otros chicos de la cuadra me encontré una moneda vieja y extraña. Una corazonada me dijo que guardaba un vinculo con el viejo Nugari, pero qué se yo, en estos días la mayor parte de mis corazonadas no amontan a nada. Ya no es como antes, cuando el reflejo de la luz se refractaba en miles de hilos intangibles formando una visión. Yo les llamo corazonadas. Me parece una palabra más fiel que digamos intuición porque cada vez que tengo uno de esos sentimientos proféticos puedo sentir mi pecho inflándose, como si mi corazón quisiera salir impelido hacia el cielo dando patadas karatecas. Aunque ya perdieron vapor, les digo. Quizá es porque ya no soy un niño. Quizá los efluvios del corazón pertenecen al mundo de la fantasía, al complejísimo mundo que nace de la simplísima mente de un niño. Caramba, las cosas que me tragaba hace un par de años. Era un verdadero tarado. Una vez mi prima Lourdes (en realidad es mi tía pero tiene apenas cinco años más que yo. Jamás le llamaré tía no le daré la satisfacción) me contó que cuando dejas tus calcetines sucios debajo de tu almohada mientras duermes, unos duendecillos rollizos vienen y los rellenan de dulces. Me lo contó mientras exhalaba una bocanada de humo. Jamás confíes en alguien que fuma. Qué decir que después de pasar esa sofocante noche de verano (imaginen como han de oler las calcetas de un niño de 10 años después de jugar el día entero) no encontré mas que la pérdida de mi inocencia en el fondo del calcetín. Mis manos exploraron los rincones de tela que impregnaban las puntas de mis dedos con un olorsito similar al que dejan los Ruffles de queso. Ese olor a quesillo aun persiste aunque ahora se ha esparcido hasta mis axilas. Lo juro. Mis axilas apestan tremendamente sin ninguna provocación como si hubiesen cobrado vida propia.
viernes, 25 de mayo de 2012
Esta es la última canción cowboy
creci
soñando, siendo un vaquero. encendi en llamas mis anhelos campiranos y parti hacia el borde creciente de la noche. la luna tendió su cobijo y mi cajetilla de cigarros se agotó. caminé sin tomar agua por tres dias. habia una ciudad en llamas en el horizonte. sólo era mi mente en llamas. el sabor de ceniza en mi boca se tornó insoportable. saqué mi pequeño cuaderno y anoté en guijarros viene esta historia cowboy. dibuje la siguiente parte del mapa. trazaba mis pasos mi camino. el mundo se encendía frente a mi ya era de dia- porqué no lo vi venir. este desierto es uno de los ancianos, canté aunque en realidad queria escupir. escupir carajo porqué no traje más cigarros. y mi armónica, mi puta armónica. quería tocar un poco de blues a la luna aullar un poco de Howlin'. me levanté y seguí caminando ya no deseaba dibujar mi camino. recordé esos frijoles verdes que me gustaba comer con cáscara de chico. al día siguiente y al siguiente de ese no vi nada en ninguna parte, era como si las baquetas de un titán hubiesen usado el terreno como tambor. al tercer día encontré unas plantas las comí y seguí mi camino mis pasos humeaban eran mis huesos pulverizados o quizá los de los cuervos que seguían mi cada paso. se detenían a alimentarse de sus propios huesos entre la luz crepuscular - o eran mis huesos? tumtumtum sonaba el tambor a mis espaldas. seguí el camino hacia la inclinada pendiente frente a mi que llevaba una pueblo fantasma. me recibieron con vitores y jarras de agua. agradecido por su recibimiento pinte un mural de su historia como ofrenda. la historia iba así antes de la noche cayeron los estrellas nosotros somos sus hijos malditos. ahí me quedé tres meses. un dia retomé el camino, las fogatas quemaban con más vigor quizá me acercaba al desenlace. la noche tiene tres lunas dos más de las que recordaba, al menos no eran los planetas fantasmas de las que tanto me hablaba Coconiztl la bruja de mi pueblo de cuya teta me alimenté. la ceniza que se arrastraba con sus agudos dedos por mi lengua reculó. mis ojos ya no veían hace tiempo que había perdido el camino. mi tierra frente a mi, enterrada en mar. corrí hacia mi mente en llamas. estaba muy fría y mojada. nade en mi mente durante veinticuatro horas seguidas,
como todo un cowboy.
Pasarela pañalera
Ayer fui a una de aquellas pasarelas que duran 36 segundos y no respetan las cosas sagradas como que el separador ha de ser uno con el libro, hasta el final al menos. Deben migrar de libro en libro es como si vacacionaras en el mismo lugar cada verano. Bajo esa lógica se ha de emprender el camino de la literatura y la moda, que vienen a ser lo mismo. La pasarela se presentaba diáfana como los contornos de porcelana y los cuellos rojos de las modelos. Sus ojos flotaban más allá de sus cavidades, como empolvados por cocaína de esa que pica las encías. Aquellas excusas caminantes seguían una estría amarilla que parecía truncarse tan pronto salían del primero de tres cuartos, regresando a su punto de partida casi al instante que sus tacones-rascacielos trepidaban por el suelo, haciendo un sonido carnal que sólo me puedo imaginar, pues era ahogado por el cuchicheo, a su vez ahogado por la música a su vez ahogada por mi corazón. Ahí salen los primeros ojos con algo de candela, como si fueran una niña de 13 años bailando danzón cubano. Bien, lo cubano quizá estuviese sugestionado por su fresca negrura, de porcelana también. En realidad sus tacones descendían por un pasillo distinto, no guiado por una linea amarilla sino por un sonido liberado. Libre en esa mazmorra nimia. Que mérito. La pasarela merece la calificación perfecta.
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