jueves, 7 de diciembre de 2017

El oficio de reír. Carta contra el bullicio godinez*

K:

Mi carta no pretende ser leída a manera de apología. Quizá apenas suponga la tentativa de una explicación aplazada. Admito que encuentro algo de perverso en las relaciones telefónicas: necesitan distancia y ausencia para prosperar. Ya Ricardo Piglia advirtió que el género telefónico derrumbó los cimientos anacrónicos del género epistolar. Quizá Piglia no previno que llegaría un día en que toda relación terminaría por, de alguna manera u otra, estar mediada, escindida. Si elegimos los instrumentos de nuestra tortura, yo prefiero guarecerme bajo utopías en ruinas.

Quizá te parezca trivial o falseada, pero la razón de mi mutismo no se encuentra en este lado del Atlántico. Caímos en una onerosa omisión cuando pactamos llamarnos durante tu huida diaria de Santa Fe, ese fangal de oficinas que domestica a los valientes. El camión de tu compañía se antojaba fortificado ante el tropel urbano, no previne su amenaza troyana: las risotadas de tus compañeros de oficina que encrespan su aquelarre en movimiento. Acepto que al principio me creí capaz de fragmentar el ruido: el soplo de tú voz entre el fragor de su bullicio.

Aventuro tres interpretaciones de su disposición a la risa: 

1) La lentitud del sonido incomoda el tránsito de su apresurada barahúnda. 
2) Son muecas sacudidas por el amedrento del silencio. 
3) Han levantado muros fonéticos para vestir una realidad, de contornos y superficies lánguidos, que les provoca bostezos.

Las risas de tus compañeros exhalan metáfora quemada— fogonazos avivados por la bencina del humor derramada por un miedo específicos de nuestros tiempos: atender el tenue arroyo de una voz gorjeada por su corriente interna, que busca desaguar en el tranquilo lago de la conversación.

No toda risa es ornamental: el júbilo también reluce con discreción. Tus compañeros, tal vez sugeriría el barroco Rubens, más bien hacen alarde de su opulencia emocional. Despotricar de esta manera contra la risa no es una simple frivolidad. El flamenco, insolente que desafió la potestad de la risa, la describió como un espasmo del rostro en que el sujeto no se gobierna a sí mismo, regido por algo que no es ni la voluntad ni la razón. El zarandeo de la risa, que yo sepa, jamás ha desnucado a nadie. Sólo sugiero que su aparición tardía, venida paso a paso, mueca a gesto, aminora los temblores hacia el gozo estético. 

En Inmortalidad, Milan Kundera sostiene que nuestra época (la época de los oficinistas-brujos) hizo de la risa «el aspecto privilegiado del rostro humano» en que la ausencia de la voluntad y la razón se convirtieron en el estado ideal del individuo. 

Kundera sostiene que cuando sujetos como Kennedy –y aquí podríamos insertar a Peña Nieto como un trasunto más del modelo kennediano– agitan su dentadura ante una cámara, en realidad se ocultan tras un espasmo elevado por la sociedad a la categoría de imagen ideal. Si los gobernantes contemporáneos –o sus facsímiles copetudos– disponen de la risa para granjear las simpatías de su audiencia, ¿qué uso le darán los fatigados oficinistas que a diario zarpan desde un espejismo de edificios en llamas? Da la impresión, y lo escribo desde un cuarto que se crispa en silencio, que también se ocultan detrás de la risa. 

Yo sugiero que apostemos por el mismo gesto que los sátiros de Rubens y cedamos a los incentivos más elásticos de la sonrisa: de la sonrisa franca o resbaladiza, de la sonrisa desvergonzada o encuadrada por labios temblones. 

Admito, sin impugnar la gesticulación de mi voto, que tus compañeros quizá fueran arrastrados por el curso de las casualidades: eligieron –antes que habitar el mundo con la mirada– abandonarse al mecanismo ansiolítico de la carcajada. Apenas se les puede culpar que ocupen un escritorio en la Oficina de las Risas, ejerciendo el involuntario, acaso tristón, quehacer de la euforia. Más bien los que juzgarlos como subordinados de la burocracia afectiva, archivadores mecánicos de emociones color manila.   

Por eso sugiero que la sonrisa, esa hermana discreta de la risa –prudente y austera– valga de regate facial para sortear, sin prisas, la reputación de amargado o haragán de quien rehúye a las pirotecnias.

He pasado varias horas en remansos de conversaciones ociosas, intermitentes, sin escuchar las estridencias de una risa, sabiéndome testigo y cómplice de momentos de verdadera afinidad. Bien visto yo diría que eso es la sonrisa: un gesto, no simulado, de afinidad. Afinidad hacia un libro, una canción, la desobediencia civil, (las huellas somnolientas del tiempo), la insolencia de un gato, el olor a naranja. 

Cuando se dice que sonreír es un gesto social, una forma de corporizarse ante el otro, se olvida que también es un acto de internalización, de beber el mundo en pequeños frascos. A diferencia de las propiedades desiguales de la carcajada, sonreír suele ser un pequeño brinco de cognición: ¿acaso no acopiamos nuestro conocimiento entre las comisuras de los labios? Visto así, la sonrisa se convierte en un gesto insumiso, ocioso, ante las fuerzas cinéticas del jolgorio.

Querida, en éstas líneas descansa una descabellada petición: la próxima vez que nuestra llamada ultramarina sea violentada por los aullidos de tus compañeros de viaje, plántate frente a ellos y dedícales el mejor sopapo concebible: una sonrisa guillotinada por labios bien afilados.

Pensándote en silencio,
X

*Texto publicado en Revista Monolito

viernes, 25 de noviembre de 2016

Rinoplastia

En algún momento Uriel y yo fuimos, a un grado que resultaría bochornoso, inseparables. Nuestra historia se remonta al segundo grado de primaria. Entre los compañeros de clase, Uriel tenía la reputación de mitómano. Era también, a la manera paradójica de los viajes iniciáticos, el más consentido. A pesar de la abundancia de cachivaches que pavoneaba, mentía sobre todo con lo que lograra salirse con la suya. Aprovechaba el breve respiro entre el receso y la clase de inglés para, con el lado masculino del grupo cautivo, ostentar sus rutilantes juguetes y estampillas de video juegos y caricaturas japonesas que la televisión abierta aún no transmitía en esos días. Ya ejemplares por sí mismos, Uriel les pintaba una pátina mitológica: su patrimonio, decía, viajaba genuinamente desde ultramar. Una tía rica, mujer de mundo que vivía en Japón, lo visitaba cada tantos meses cargando mercancías flamantes, inconseguibles en cualquier otro lugar. Habría que admirar su tenacidad: logró sostener el teatro unos cuantos años hasta el día en que un compañero lo sorprendió en la tienda de comics del centro vaciando el aparador de novedades. Con todo nos caía bien pues nunca dejó de ser compartido con su fortuna ficticia. En la juventud la imaginación desbordante aun no era razón de ultimátums. Al terminar la primaria sus padres tuvieron el buen tino de sacarlo del Centro Educativo Bilingüe, una decadente empresa educativa con desmedidas ambiciones curriculares que en mejores tiempos podía abarcar, con éxito variable, todo el ciclo escolar de un estudiante cautivo, desde el kínder hasta la preparatoria. El signo más obvio de su ocaso llegó cuando en los tres grados de preparatoria, ese rincón más bien apartado del resto del complejo en el que no parecía pegar la luz del sol, se inscribieron menos de veinte alumnos. A la distancia, mirando desde dominios en que aún se escuchaba el sano bullicio de la vida escolar, esos pocos estudiantes me parecían gigantes mohosos, de facciones borradas por el viento, abandonados por sus guardianes, los adultos, quienes sabían que su mejor oportunidad de graduarse descansaba en las exhalaciones finales de ese mastodonte formativo. La persona que llevaba la riendas de la bestia agonizante era conocido como el Ingeniero, una suerte de Santa Claus supurante que se erguía varias cabezas por encima de nosotros, sus pequeños, trampeados ayudantes. Era un rufián que todos sabíamos despreciable, alumnos y maestros y padres por igual, que exprimió la escuela hasta lo posible. Los últimos tiempos, antes de que la escuela cerrara las puertas, circulaban rumores sobre su fuga, de sueldos no pagados por años, de una red de complicidad entre directivos, de una colección de caballos pura sangre abandonados en su rancho. La familia de Uriel no esperó la inminente inmolación (que llegaría dos años después) y lo transfirieron a una escuela en un vecindario aledaño, también privada, que brindaba refugio a los exiliados del CEB, alumnos y docentes y padres por igual. Nos volvimos a reunir años después, junto con otros tantos compañeros, en La Salle, la preparatoria en boga, cuya reputación cosmopolita e instalaciones racionalistas prometían una experiencia a medio camino entre las escuelas privadas más exclusivas, como el Colegio Miraflores, y las del tipo de CEB, negocios antes que nada, pedagógicas casi por casualidad. Ahí, a fuerza de familiaridad, náufragos en costas extrañas, reiniciamos nuestra relación en el equipo de fútbol de la escuela. Uriel era malo pero voluntarioso, confinado a la defensa y apenas a ratos, pero igual fue una presencia constante en todos los entrenamientos y partidos y luego en el equipo que formamos algunos amigos del equipo fuera de la escuela. Después y antes de los partidos, usualmente miércoles y viernes, se redefinieron los límites de nuestra amistad, hasta ese punto más bien discreta. Empezamos a salir, sin falta, cada fin de semana, por lo regular solos, aunque a veces se sumaban otros compañeros. Pero siempre, como una unidad desproporcionada por donde la miraras, nosotros dos. La asimetría era difícil de ignorar. Él era feo y gordo y encantador, con una ambición y ganas de complacer patentes. Yo era flaco y alto y me creía feo, aunque no lo fuera, y era impertinente y tímido. Pero los dos éramos tenaces seguidores del Real Madrid, admiradores exaltados del mago Zidane. Por lo demás, él tenía auto, un Tsuru blanco, y a mí el papel de copiloto comedido me quedaba bien. La coreografía de nuestra amistad, en términos generales, se desenvolvía frente a video juegos, el cine, quizá un toquín si nos iba bien. No pasé por alto el hecho de que procedíamos más como una relación que como una amistad, ni tampoco mi hermano, que lo dejaba claro cuando lo jodía por alguna cosa. Diría que no hubo muchos cambios a lo largo de tres años. A veces él intentaba salir con alguna amiga aunque nunca le resultara, quizá por su nariz ancha y ojos hundidos. Yo, en mi poquedad tajante, ni lo intentaba, así que la delicada armonía de nuestra relación, para mí suerte, pues no fui muy amiguero hasta tiempo después, se mantuvo estable. En algún punto del segundo año se inventó desvergonzadamente un noviazgo con una chica a todas luces fuera de su alcance. Me mostraba fotos y me contaba historias elaboradas de cómo se conocieron en sus clases de guitarra, en donde floreció su amor inoportuno. Ella, por supuesto, se acababa de mudar a otro estado pero mantenían su relación, más fuerte que nunca, a distancia. Meses después descubrí que la foto que llevaba en su celular era de la hermana de una buena amiga suya. Cuando lo confronté negó todo y ahí quedó el asunto. A esas alturas tomaba buena parte de lo que me decía con una saludable pizca de sal. Un día, casi sin darme cuenta, la preparatoria llegó a su fin. Mis papás me mandaron a pasar el verano con mi madrina en Stuttgart, creo que me veían sin rumbo o deprimido, que viene a ser lo mismo, y no supieron qué más hacer conmigo. A mi regreso, tras un verano nebuloso, caí en cuenta de haber perdido el rastro de mis amistades. Por alguna razón, lejos de la estructura que la escuela le brindaba a mi vida, no me dio por buscar a Uriel. De acuerdo a las expectativas de nuestra progenie arribista, era tiempo de pensar en la universidad, y yo, que debía la materia de álgebra, aún no terminaba de graduarme del todo. Luego me enteré por un amigo en común que Uriel se había ido a estudiar a Puebla. Por esos tiempos la gente empezaba a usar redes sociales y muchos aprovecharon para ponerse al día. Un día me llegó un mensaje de Uriel, quería verme a mí y a otros amigos satélite. Nos invitó, naturalmente, al cine y a comer tacos. Llegó con una chica a la que presentó como su novia. Era delgada, de buen cuerpo, bastante fea. Uriel parecía estar muy contento. Yo le platiqué que me quedaría en la universidad en Cuernavaca. Creo que se decepcionó de mi decisión, lo que no es lo mismo que decir que se sorprendió. Nos contó que su universidad era una de las mejores instituciones privadas del país, que la ciudad entera estaba dedicada a ella, muchos bares, muchos fuereños, mucha vida. Lo decía como si su chica no estuviera presente, y en realidad parecía no estarlo, pues no había dicho gran cosa en todo el rato. Como buen tipo que era, o porque siempre le gustó estar tras el volante, nos fue a dejar a cada uno a nuestras casas. Antes de bajarme le pregunté si vendría seguido a la ciudad y me contestó que cada fin de semana. Prometimos mantenernos en contacto. Los primeros meses lo estuvimos, hacíamos lo mismo de siempre, cine, tacos, de pronto una cerveza. Caí en cuenta que nunca lo había visto embriagado, quizá él a mí tampoco. Gobernaba su ambición con rigor. Me sentí un poco avergonzado de que apenas a esas alturas, después de todo este tiempo, empezara a notar que llegaría lejos, que tenía todo para lograrlo. Me di cuenta que, por su fealdad, había tenido un sesgo hacia Uriel: en mi mente no lo había ubicado a la altura de otros compañeros que parecían destinados a hacerla en la vida. Pero ahora estudiaba en una universidad de primera, tenía una novia complaciente y era disciplinado. Parecía que su disposición a la mentira había menguado. Yo lo tomé como indicador de su satisfacción de vida. Con el tiempo la universidad se volvió exigente y yo conocí a una chica, una diseñadora de Celaya. La visitaba casi todos los fines de semana. Dejé de frecuentar a mis amigos que aún moraban, extraviados, por Cuernavaca. Estaba satisfecho con mi vida por primera vez en años y quizá por eso usé los nuevos medios a mi disposición para escribirle a Uriel. Deberíamos vernos durante algún fin de semana que ambos tengamos libre, echo de menos tu carota, le escribí. No se me había ocurrido visitarlo en Puebla. Por sus fotos veía que las cosas parecían irle bien o al menos lucían estables. Seguía con la misma chica y aún compraba el modelo más reciente de la playera del Real Madrid. Quedamos de vernos dos semanas después, junto con otros amigos. Los días se fueron sucediendo y un día mi di cuenta que habían pasado dos meses, pero al final nos vimos, sólo Uriel y yo. Fuimos a tomar un café, nos pusimos al día, él ahora trabajaba medio tiempo como vendedor de autos, más por la experiencia que por el dinero. La escuela iba bien, la relación también, le conté sobre la chica con quien salía. Con una dejadez que me sorprendió, apenas alcanzó a murmurar que le gustaría conocerla uno de estos días. Hagamos una cita doble la próxima vez. Pongamos en un mes. Listo, un mes. Ese día ya no me llevó a casa. Le había pedido prestado el coche a mi papá, pero igual noté que Uriel ya no tenía el Tsuru blanco, ahora era un Golf, también blanco. La cita doble nunca pasó porque yo dejé de salir con la chica de Celaya poco después. No tuve ganas de contarle, sólo le escribí que sería mejor salir, como en los viejos tiempos, nosotros dos. Ya le diría en persona. Seguro, me escribió, será difícil zafarme pero lo intentaré. Sin la distracción de la novia le empecé a tomar gusto a mis estudios. Los fines de semana los pasaba leyendo y dando clases de tenis y adopté una tardía personalidad fiestera. Cuando se me ocurrió buscarlo de nuevo había pasado casi medio año. No había reparado en su mutismo que a estas alturas empezaba a tener algo de inusual. Por lo general él era el primero en buscarme o mandarme algún video para iniciar una conversación. Pensé que visitarlo sería una buena oportunidad de ponernos al día y experimentar la escena de fiesta universitaria poblana, algo que en otros tiempos no hubiera cruzado por mi mente. Al principio me dio largas, que lo visitarían sus papás o que no estaría en la ciudad o que tenía exámenes. Le dije que no dejaría de insistir hasta que aceptara, aunque fuera por una noche. Eso pareció funcionar y me dio fecha: dentro de dos fines de semana. Ese día tomé un autobús y me dormí todo el camino y cuando desperté ya había oscurecido. Al llegar a la terminal le marqué y me dijo que iba un poco tarde, llegaría en quince minutos. Vi un auto blanco acercarse después de un rato y supuse que era él. Me subí al coche y en la penumbra lo saludé alegremente sin mirarlo ni arrimarme a él. Nunca fuimos de mucho contacto físico. Contrario a mi disposición más bien lacónica, no paré de hablar. Hablaba de cualquier cosa, sin punto ni rumbo, pero igual sentía que como invitado, después de todo ese tiempo, estaba obligado a tomar la iniciativa. Había mucho terreno por cubrir. De pronto, con algo de vergüenza, caí en cuenta del silencio poco común en él. Enmudecí y giré mi cabeza para cederle la palabra. Entonces noté una silueta que no correspondía con la de Uriel. Esta era angulosa y lustrosa. Sintió el peso de mi mirada, ladeó su rostro y me dedicó una sonrisa vanidosa que me pareció verdaderamente espantosa. Donde antes había estado una nariz amplia, ampulosa, la nariz de Uriel, ahora me saludaba un alfiler con aletas. Clavé mi mirada hacia enfrente y caí en un silencio plomizo. Uriel empezó a hablar con tranquilidad sobre lo que haríamos esa noche. Te encantará, las mujeres abundan y como están lejos de casa son más relajadas. Su trompa había mutado en un elefante mínimo que ahora abarcaba la habitación entera. Eché en falta la intimidad altanera de otros días que me hubiera dado recursos para suavizar el impacto. Llegamos al lugar donde se quedaba, un cuchitril que formaba parte de lo que parecía un deteriorado conjunto habitacional de paso. Durante el rato que estuvimos ahí para dejar mis cosas y bañarnos no dije nada ni lo miré directamente a los ojos. Sabía que él lo notaría tarde o temprano, pero decidí dejar las confidencias y turbaciones para más tarde. Me dije que con unos alcoholes encima esto perdería la dimensión catastrófica de la primera impresión. Me llevó a un ruidoso bar estudiantil en donde no parecía caber una persona más. Encontramos por suerte una mesa condicionada por la compra de una botella de Bacardí. Me zampé una cuba tras otra, aún sin poder mirarlo de frente ni hablarle con soltura, pretendiendo estar distraído por las mujeres del lugar, por lo demás decepcionantes. Cuando empecé a sentir el efecto del alcohol me puse a bailar en la pista improvisada, pretendiendo ser un estudiante más que vive para el fin de semana. De pronto ojeaba la mesa donde Uriel seguía sentado, su rostro iluminado por la pantalla del celular que arrojaba una luz mortecina sobre su rostro moreno. Su nariz, como recién salida de la fábrica, fulguraba con otra intensidad. Aunque doblaba la cabeza, la cima de la nariz me apuntaba como un dedo enjuiciador. Iba a la mesa sólo para servirme más ron y de inmediato regresaba a la pista. Queriendo lucir ocupado le hacía la plática a una chica chaparrita de Morelia. Vi a Uriel ponerse de pie y dirigirse a donde yo bailaba como un cretino. Hice como si no lo viera hasta que puso su mano sobre mi hombro. Giré. Mírame, cabrón, este es mi rostro ahora, este soy yo, el mismo de siempre, sólo que ahora tengo esta pinche nariz y si no puedes vivir con ello eres la mayor mierda sobre la tierra. Eso creía que diría pero sólo me pidió que nos fuéramos, tenía que trabajar en la agencia mañana a medio día. Pretendí ir dormido todo el camino, sintiéndome como la mayor mierda sobre la tierra. Al día siguiente, reducido a un ovillo en el sofá, lo escuché salir. Vomité y me di un baño y salí. Le mandé un mensaje agradeciéndole por todo, la próxima vez yo invitaría la salida en Cuernavaca. Sabía que eso no ocurriría. Había perdido la oportunidad de extirpar la estilizada aberración que había brotado entre nosotros: el instante en que la noté en el auto, o nunca más. Uriel, el rollizo y encantador mitómano, había muerto. Jamás imaginé que el rigor con que conducía su ambición pudiera llevarlo por el camino de la alteración plástica. Quería dejar de ser feo para ser la persona que podía llegar a ser, sólo para convertirse en un monstruo. Semanas después su foto de perfil había cambiado. Me miraba un trasunto pobremente remedado, mal distribuido, irreconocible, que exaltaba su fealdad hasta el infinito. Si lo permitía, la imagen de su nuevo rostro terminaría por entrometerse en nuestra biografía compartida. Su prístina nariz colonizaría los recuerdos de mi infancia y juventud, dándoles un grotesco brillo plastificado. Lo busqué entre mi lista de contactos. Encontré el botón de eliminar.

Click.

domingo, 3 de abril de 2016

La Invención del Amanecer*

Soy un hombre langosta, me gusta caminar bajo cielos estrellados y me gustan los exteriores, soy aventurero aunque tengo un lado sensible, me gustaría conocer alguien con quien pueda escalar montañas un domingo por la mañana y terminar el día viendo películas o escuchando jazz acurrucados en un diván. No me gusta tanto el agua, pero de vez en cuando me doy un chapuzón cuando mi caparazón es un horno. Mi color favorito es el rojo, y me gustan las mujeres de todo tipo, pero las prefiero altas de piernas flacas. Si te gustan las personas contemplativas pero apasionadas escríbeme, mi dirección es…

El hombre langosta no terminó de escribir la nota. Como siempre, se quedaba en la última línea, colmado de dudas, repasando los estropeados capítulos de su vida dedicados a las mujeres, todos tristes, todos incómodos como calcetines mojados. Le roía que en otros tiempos había sido diferente: como mancebo había gozado cierto éxito con las mujeres, a quienes les atraía su caparazón, en aquel entonces más robusto, sus tenazas angulosas, su fogoso tono rojizo, pero sobre todo –había que admitirlo–, su Impala 67 descapotado, comprado con la parte del dinero que a su padre le pareció justo cederle tras ganar una embrollada demanda contra el progenitor no oficial de ambos: el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras. Era una adquisición más bien caprichosa y lo sabía, pero a los diecinueve años poco le importaba: en aquellos días, de mente y caparazón tiernos, nada mejor que sentir el viento tibio lustrando su bermejo talante.

Pero ahora, muchos años después de que aquellas llantas dejaran de fijar el ritmo de los días, era una mañana nublada y poco más. Más de una vez se había arrepentido de no zanjar su vida en esa borrascosa cúspide, por lo general en las épocas rayanas a su cumpleaños: más y más el sol parecía negarle a su armadura ese resplandor antaño deslumbrante.

Y como casi todas las mañanas el hombre langosta salió de su departamento ubicado en una de las colonias indistinguibles de la ciudad, compró el periódico y fue a la cafetería de la esquina para sentarse a leer. Se dirigió, tal como sugería la métrica de su ritual, a la sección de avisos oportunos en busca del dócil verbo de un corazón, de preferencia un corazón insular como el suyo, sensible pero aventurero, con gusto por las laderas y las esquinas suaves, un corazón de piernas flacas. A pesar de su premura, esperaba los tradicionales anuncios escasamente velados de suplicios amorosos: esa mañana no fue la excepción, así que salió de la cafetería dejando su café con leche intacto y dirigió sus pasos a la heladería de su amigo. No solía abrir hasta las once, decía que no tenía caso abrir antes: sus mejores clientes eran estudiantes de secundaria que aprovechaban la hora del receso para fugarse y atiborrarse de azúcar. 

Eran diez para las once y decidió esperar sentado en la banquete de la paletería "El teacher", así: encomillado. El nombre era una consecuencia natural: por varios años su amigo había dado clases de inglés en la secundaria privada de la que ahora venía la mayor parte de su clientela, quienes apreciaban la ironía. Era bajito y panzón, con ojos azul hielo que parecían verlo todo, un güero de rancho, de físico y modales. Le encantaba que su amigo fuera una langosta, lo hacía presa fácil para alguien cuyas cabuleadas eran más bien mediocres. Aunque se lo guardara, el hombre langosta le tenía franco aprecio, sabía que a su amigo no le gustaba verlo solo y triste así que en ocasiones lo llevaba a rastras a algún club de caballeros. El temor que el hombre langosta le tenía a los burdeles era justificado: el diseño de las pinzas y los senos de silicona no hacen juego. Prefería acabar la noche en algún mirador viendo calladitos las estrellas.

Ahí sentado fue cuando notó a una mujer aparecer en el marco de una ventana del segundo piso del achatado edificio de enfrente. No era especialmente encantadora y parecía estar rondando la cuarentena, pero le atrajo el rojo inflexible de sus labios y su cautela al fumar un cigarro que no parecía de tabaco. Se fijó con impunidad en su semblante gatuno, ojos un poco enfermizos y bocanadas perezosas. Creyó ver algo de sí mismo en ella, o más bien la carencia de ese algo. El hombre langosta enderezó su coraza quizá por primera vez en años, como si ese espiritifláutico movimiento fuera a sacar del retiro a su jubilada visibilidad, como si no estuviera sentado frente a una heladería color rosa y verde limón. Pero esa tracción no respondía a una chispa consciente y quizá su caparazón había guardado en secreto todo ese tiempo pequeños rituales de emparejamiento.

Pero la mujer no lo vio, o no le importó que un hombre langosta se arrellanara frente a la unidad en la que vivía, como si fuera cosa de todos los días. En ese momento el hombre langosta escuchó el silbido alegre de su amigo. Lo vio doblar la esquina con su mirada desordenada recorriendo las planas de un periódico de nota roja. Hoy tenía la esperanza de no ver su triste jeta, le dijo su amigo mientras subía la cortina de "El teacher". Cállate, chato, y dime quién es esa, el hombre langosta proyectó su zarpa hacia la ventana, temiendo encontrar un marco vacío. Ella seguía ahí. Ahora blandía con displicencia un matamoscas. Su amigo enfocó sus ladinos ojos azules hacia el segundo piso. No lo sé y no me hagas caso pero parece una de esas recién-divorciadas que se quedan todo el día en la ventana imaginando el horizonte.

Espoleado por sus palabras, el hombre langosta se puso de pie con dificultad, le pidió dos paletas de limón a su amigo. Sin pensarlo dos veces cruzó la calle y se plantó bajo la ventana. Disculpa, con el calor que hace pensé que te gustaría probar algo frío. Le habló de con un hilo de voz y mostró la atenazada paleta sabiendo que era un día más bien fresco.

Ella lo miró quizá por primera vez. Seguro, por qué no subes. Luego desapareció. Subió y tocó la puerta frente a las escaleras. No hubo respuesta. Momentos después escuchó un piso arriba el crujir de unas bisagras. La mujer asomó sus ojos vaporosos entre los balaustres del tercer piso, hecho que quizá en otro momento le habría extrañado, pero el hombre langosta sólo atinó a flotar por las escaleras como embrujado.

La mujer, que se movía con silenciosa agilidad para su tremenda estatura, ahora lo esperaba en uno de los divanes individuales del diminuto departamento. Olía a orines de gato y plátano maduro, un aroma extrañamente acogedor. La mujer saltó del asiento. ¿Gustas algo de licor con tu paleta?, se dirigió a una vitrina dentada. Llevaba un pantalón holgado pero él juró distinguir unos popotes de piernas. Sintió un hormigueo en sus tenazas. La mujer le extendió uno de dos vasos servidos sin recato, él le correspondió con una paleta de limón y se dio cuenta que no había dicho nada en todo ese tiempo. Eres nueva por aquí, cierto... vengo casi todos los días a la heladería de mi amigo y nunca te había visto.

Yo si te había visto a ti y a tus escamas, es difícil no hacerlo. Siendo sincera te noto distinto, menos, no sé… como sea, me llamo Mirna, ¡pero llámame Mir! Sorbió ruidosamente la paleta. En realidad no es que me ande asomando mucho por la ventana. No hay mucho que ver por aquí. Sabes, anteayer se perdió mi gata…quizá no sean mis rumbos pero reconozco un barrio de gatos rufianes cuando lo veo.

Seguro que regresa, los gatos son vagabundos duchos, el hombre langosta buscó serenarla.

Aprecio su optimismo, señor crustáceo, pero la verdad es que creo que mi gata puede toparse con dos situaciones: uno, que el tintineo de su cascabel les evoque ese jazz vertical del que tanto gustan los gatos callejeros y la hagan uno de ellos. La mujer suspiró. La segunda y más probable es que caiga víctima de las fieras sospechas felinas en el campo de batalla. Fondeó el licor.

Como un samurái, dijo el hombre langosta como entre sueños.

Creo que justo así me gustaría recordarla, como un samurái, o como un ninja, pero los samuráis y los gatos se parecen en una cosa: desenvainan sus filos tan rápido como el viento. Su nombre es Celerina y el caso es que no creo volverla a ver nunca más.

Al hombre langosta le pareció la historia más triste que jamás había escuchado y se enamoró sin remedio. Aunque no sabía sobre animales extraviados sabía lo que era perder el rumbo hacia el hogar. La mujer cayó en silencio y su mirada se enturbió. El hombre le dio un sorbo al vaso: le supo a licor de caña. Por un momento pensó que Celarina era todo lo que Mir tenía en el mundo. 

Mi color favorito es el rojo y me gustan las piernas flacas, se escuchó diciendo el hombre langosta. Ella miraba el fondo de la copa vacía entre sus manos. En esos momentos imprecisos, de silencio espeso, detonó un rumor zigzagueante de origen incierto. El hombre langosta creyó reconocer el instrumento atolondrado de Coltrane. También me gustan las noches estrelladas… a veces voy con mi amigo el heladero a mirar las estrellas, pero a pesar de su compañía miro las estrellas y me siento solo y las siento solas a ellas, porque refulgen en un universo silencioso…. pero nuestro mundo no es silencioso, para eso tenemos a Coltrane.

Ella sonrió y levantó la vista. En ese instante, ese hombre metido en el apolillado caparazón le pareció más joven, menos triste. Afuera, más allá de toda lógica, parecía amanecer, pero no amanecía, no era afuera donde salía el sol, sino allí adentro, en ese minúsculo departamento en el que dos criaturas extrañas intercambiaban gestos extraños. Él sin decir nada más le tomó la mano con su blanda tenaza. También me gusta el color rojo. Le estrujo la tenaza.

*Texto publicado en Radiador Magazine

domingo, 31 de mayo de 2015

Geografía*

Un viaje no se emprende sin un viajero. Contrario a lo que se cree, el viajero no es aquel que recorre caminos de una cartografía de antemano trazada. El viajero, de entrada, forma parte de una cofradía de exploradores que no temen arribar a costas extrañas. El viajante sabe que hay distancias cósmicas que se recorren en la fugacidad de un instante, y vecindades inabarcables en el espacio de una vida. Hay viajes en que las ropas absorben la tierra de la intemperie y el sudor del cuerpo exigido. Hay otros que se afrontan en pantuflas y con un gato perezoso en el regazo. El viajero sabe que cuando recorre las líneas inmutables de un libro o anda por las calles arqueadas de Beirut, en realidad está abrevando de la misma corriente. El viajero no es aquel inquieto que va diligentemente de arriba abajo, sino el artesano que esculpe el tiempo con el estilete de la experiencia caminada. 

Viajar es darle sentido a la vida de los mapas.

El viaje hacia el interior y el viaje hacia el exterior son, pues, las caras contrapuestas de la misma moneda.

*Texto para exposición Cartografías figuradas

martes, 14 de abril de 2015

Segunda parte de un entierro escandinavo

En esta segunda parte de la historia, el hombre, ahora mirándose a sí mismo en tercera persona, ocupa un espacio inmediato a la mujer de pómulos altos más bella que ha visto de este lado del Atlántico. Hay cierta crispación en el aire, una agitación vivificada. Las miradas oblicuas, indirectas, antes retozando en el reflejo prematuro de los ventanales, ahora se friccionan sesgadamente, en un plano no intervenido por la virtualidad de los reflejos que pertenecen al pasado.

Ahora estas líneas caen y describen el campo gravitacional que ejerce la mujer, que llamarle mujer siempre estará de más, un prisma que sintetiza las características de una sinopsis femenina; morocha y alta, ojos oscuros labios afilados; como su nariz, sus pómulos cortan vidrio. Amparado por un lenguaje extranjero, el hombre escribe sobre ella.

Qué curioso, qué perverso, casi voyerista, componer líneas sobre alguien sentado a su lado, no a manera del reportero haciendo una entrevista, o el mecanógrafo que registra los diálogos en la corte, sino como un literato: el más sucio, ramplón, indigno de todos los escribanos sobre la tierra. Los escritores hablan de la escritura como un acto de aislamiento, de ausencia de sonido sobre todo, pero ¿alguno han hablado de la escritura en un espacio público que propugna el silencio casi absoluto? En este momento no se enfrenta a la provocación del sonido, sino a una amenaza gravitacional: la cercanía física de un campo de atracción granítico, de la mujer de pómulos altos y uñas negras como ampolletas de sangre seca, de voz queda e incandescente, ahora y siempre imaginada, pues este es un recinto silencioso.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Escribir no es morir

Escribir, en contra de lo que diga Noguchi, no es morir. Escribir es estar consciente de la muerte, es decir la vida. Es mirar la intensa hojarasca en otoño que se ilumina en tanto más cercano es el invierno, es decir la muerte.

Mi tiempo en Suecia está lleno de parcelas paradójicamente familiares. Siento, mientras superpongo las calles maltrechas y polvosas de Jardín Azpeitia sobre las sólidas avenidas de Staffanstorp, que este periodo debió haber sido uno de choques y de reapreciaciones, de aprendizajes inauditos, de inmundicia y quizá de rabia. Me pregunto con frecuencia si en su privación revelo el ahuecamiento de mi ser donde no cabe ya la construcción de un mundo interior, que aprecie y calibre el exterior a través de mecanismos de ficción, o narrativos, asignándole un valor, un peso emocional a cada elemento y la suma de éstos. ¿Soy una persona que dejó de serlo en los últimos ocho años, más o menos abarcando el periodo entre mi última visita a Suecia hasta mi regreso? Los cambios, ahora que lo pienso, o más bien me dispongo a enumerarlos, fueron o debieron ser un terremoto, una reconstrucción o destrucción de los cimientos de mi pilastra. Quizá no más sólidos, solo más flexibles, con ampliada capacidad de tensión.

La muerte de mi madre, capítulo que se entreteje y se entretejerá con el resto de las hilachas que desprenda mi vida, rasgó el agujero que tragó el caldo de mi espiritualidad cocida por entes absolutos. Mi dependencia a dios era la del pusilánime que fija sus esperanzas en el capricho de un autista celeste que retoza en el pantano, devorando los capullos de la felicidad perfecta, esa que brota a la sombra de la ignorancia o el velo con que cubrimos la miseria y el dolor, que elegimos que no nos pertenezca, que se atomice en cuartos oscuros.

Consigo se llevó mi posibilidad redención, de una moral propia e íntima, no divina, que nadie me echará en cara y, de no ser que alguien lea esto, no sabrán que me pueden echar en cara: dejarla enflaquecer en ese largo peregrinaje sobre clavos del cáncer sin que yo pasara a su lado más que una noche en el hospital, que casi o más bien se me fue impuesta, aunque sin reproche —no fuera a ser— llevé a cabo. Esa noche dormí a sus pies, sentado en una silla junto a sus pies hinchados como tubérculos, esa noche que la acaricié subrepticiamente y sentí su mirada sobre mí, como si no fuera capaz de cerrar los ojos, como si la idea de la muerte no le permitiera dormir. Llegada la mañana cometí una cobardía, un acto monstruoso: evadí el dolor y con ello toda posibilidad de sentir. El médico entra a la habitación, su semblante el que imagino muchos médicos adoptan para tampoco permitirse sentir, o simular valentía donde hay patetismo. Me coloco los auriculares y, en tanto él habla con ella, escucho música o más bien ruido. Algo contesta mi mamá, algo musita sin mucha fuerza. He cumplido mi labor como velador, no deseo paladear más ceniza, necesito salir de ahí, o que el médico adopte un semblante más esperanzador, pero no puede, cómo puede si lleve esa carátula de mármol, si carga un aura de llevar las manos encajadas en la bata, si mi madre profiere unas pocas palabras con el coraje de un samurái susurrando su muerte al viento, que seguro el médico olvidará tan pronto salga del cuarto.

Mi madre fue un samurái. Mi madre fue una valiente porque no deseó arrastrarnos a ese precipicio sin fin de oscuridad, no mientras viviéramos y camináramos descalzos en la alfombra de hojas agonizantes de otoño.

jueves, 30 de octubre de 2014

Fall

En un día cualquiera de otoño, Jesús mira desde la cornisa de la azotea de la biblioteca pública de Lund, próximo a Malmö, ciudad de Suecia, testigo del choque entre el mar Báltico y el Atlántico, vecino de Dinamarca y Noruega, países boreales, lejanos a Michoacán, de donde es su madre, y un tanto menos de Morelos, de donde es él, también su padre, Jesús ambos, que comparten su nombre con tantos otros, entre ellos el eternizado carpintero de Jerusalén, al menos ahora, entonces una persona común, luego ya no tanto, la posteridad así lo decidió, si es que existió, pero ese es otro relato. Ahora Jesús hijo mira por el borde del edificio las hojas pardas y amarillentas que se apilan cinco pisos abajo, piensa en su cuerpo ahí tendido, las hojas vistiéndolo, contando una escena de tragedia otoñal, con un tanto de encanto, pero también de horror, un horror otoñal. Piensa que las ideas tropicales sobre el otoño suelen ser generosas, o románticas, o cursis, un sendero impreciso ceñido de árboles flamígeros, que relumbran cuando intuyen o saben la proximidad del invierno, en Morelos no hay otoño, no como este, o como ningún otro. Hay verano, hay lluvias, hay primavera, hay sequedad, una condena que se perpetúa hasta el fin de los días de cada uno, a veces por elección propia, un acto de insolencia, calor sin concesiones, una afrenta al invierno europeo, o invierno nórdico, que es más cruel, pero antes arriba el otoño, esa estación romántica o cursi, aunque sólo en nuestro imaginario tropical, piensa Jesús mientras mira las hojas empalmarse cinco pisos abajo. Luego salta. No muere, el suelo es blando en otoño, húmedo y tapizado por hojas que yacen muertas, que resplandecen, que perecen en favor a la vida de otros. Jesús descansa, hay nobleza en el otoño, el frío reduce el tormento de sus piernas rotas, hojas como un dios que muere y renace y mueve una roca y se proyecta en las nubes y dice morir por ti, o más bien por tus errores. En este país tan lejano de Morelos y Michoacán y de los carpinteros eternizados, aunque no de la carpintería, en que son diestros, las hojas viven aunque caigan, yacen agonizantes desde donde llaman a Jesús y tantos otros. Pronto las hojas lo cubren y pintan una escena trágica, romántica, no cursi, pues el otoño sólo es cursi en las enfebrecidas mentes tropicales.

lunes, 13 de octubre de 2014

Entierro escandinavo de un mexicano que extraña el sol

De pronto te encuentras ante la disyuntiva de actuar o permanecer sentado, pretendiendo hacer algo de interés, mostrar un semblante de arduo labor intelectual, justificar tu existencia más allá de la de un fisgón que aprovecha los grandes ventanales para ver el reflejo de la chica que siempre se sienta a espaldas de la sala de computadoras, favoreciendo el exterior al interior, como si entendiera, y en ese momento dispusiera una distancia imprecisa de los demás, que la vida está afuera, aunque ese afuera se mantiene esquivo, y suele ser una noción más elocuente en lugares cálidos, no como ese, que no solo no es cálido, sino que oscurece con prontitud, como si el sol cargara un ansia incontrolable por finalizar su labor diaria asignada por el Estado, como si entendiera su condición de habitante europeo, con todo lo que implica, y exigiera una jornada laboral de menos horas, y así cumplir con el rito, como el resto, de consumar las expectativas productivas del ciudadano, recompensada con la oportunidad de ocultarse en ese cuarto iluminado no por su propio resplandor, sino por el pequeño televisor que chilla imágenes parpadeantes, finalizar el día para comenzar un nuevo proceso de aislamiento selectivo, es decir, de aislamiento transitorio, es decir, de nada, quizá solo de permanecer sentado y preguntarse si actuar, ponerse de pie y aproximarse a la chica con el Jesús en la boca, tiene algún sentido en ese ciclo interminable de días que se suceden con frialdad, hasta que ya no lo hacen, y se van, paso a pasito, alargándose, agarrando confianza, aproximándose un poco más al calor que emana la chica que da la espalda, que tiene pómulos altos, piel cobriza, y es la sueca no sueca más hermosa que has visto, lo cual es mucho decir, si no es que una exageración, pero las exageraciones son el sustento del narrador, el que se exige a sí mismo no ser un mero eco de la realidad, o las realidades, que se superponen y aplanan al individuo, como un ser de cuatro dimensiones observando a un ser de tres o dos o una dimensión, como quizá seas tú, observador pasivo, aunque la observación nunca es pasiva, de a una chica que existe en el reflejo de un ventanal, que se muestra más real entre más se oscurece, como si el sol fuera una venda transdimensional, y eres ese observador que no puede intervenir, solo mirar, mirar día tras día, que frente a la pregunta de actuar o permanecer encuentra una respuesta onerosa, pues actuar implica corporizarse, entrar en un juego de contacto, de roce, de fricción, de calor y rugosidad, de sentir con los dedos o algo parecido a los dedos, y tú apenas tienes eso, apenas lo otro, un lector de la oscuridad, un detractor del acto y de la luz que acompaña al acto, un escritor de la opacidad en tres partes, la primera, la segunda, la tercera, que son la misma, naturalmente, pues la opacidad es incorpórea, como tú, en la realidad que habita la joven de perfil perfecto, que solo ves cuando el objeto lo permite, o sea ella, pues tú, aquí sentado, no eres capaz de modificar el punto de observación, no sin irte, sin ponerte de pie y recular hacia las sombras del sueño, alejarte del reflejo que supone una mirada a través de la ventana a esa otra realidad, de pómulos altos y poco más, que comparte el frío y la noche y la noche y la noche.

sábado, 4 de octubre de 2014

Arte rebelde en Malmö*

Malmö es una ciudad rebelde. Preguntarle a un sueco común y corriente sobre esta ciudad más cercana a Copenhague que a cualquier otra concentración urbana en Suecia producirá, las más de las veces, una opinión oblicua sobre la naturaleza conflictiva de Malmö, un pobre representante de la placidez escandinava. Malmö, en términos discursivos, es un proyecto urbano de integración de culturas heterogéneas apuntalado por los fuertes principios democráticos de Suecia, en el que las fisuras son más visibles que en las otras ciudades principales del país, como se ve en la formación de guetos de migrantes en el distrito de Rosengård, donde las ambiciones de integración se mantienen irresueltas. 

Después de todo, Malmö no es solo Suecia, Malmö es Santiago, Malmö es Estambul, es Bagdad, es La Habana, Malmö es Kabul. No es de sorprenderse que, a diferencia de otras latitudes más sobrias del país nórdico, la ciudad aproveche estas grietas para embalarlas con expresiones culturales y artísticas vistas en sus calles y paredes pintadas que recuerdan más al DF que a su capital, Estocolmo, donde existen fuertes posturas anti-arte urbano de algunos de sus políticos.

El arte institucional de Malmö se muestra atento a esta noción del arte como reconquista del espacio ante el continuo avance de lo privado sobre lo público, y se acomete a explorar las identidades abatidas y erigidas en el terreno incierto de la modernidad. 

El Moderna Museet, uno de los museos más adelantados de arte moderno y contemporáneo en Europa, abre brechas de diálogo entre la ciudad y su habitante que ve su identidad desdibujada por los espacios coyunturales de su realidad cosmopolita, como se ve en The Modern Exhibition, exposición que reaparece cada cuatro años para ofrecer una mirada al arte contemporáneo en Suecia, y que por primera vez se muestra en Malmö.

La exhibición es una puesta en escena de la multiplicidad de identidades en esta faceta de una Suecia más incluyente. Artistas de Letonia, Lituania, Polonia, Dinamarca, Finlandia y Suecia se acometen a explorar desde el arte contemporáneo estos temas; de boca de su curador, Andreas Nilsson: “las obras cuestionan y desafían las identidades colectivas y privadas, la concepción de la esfera pública y los espacios institucionales, enmarcadas por expresiones performativas y participativas donde la relación entre la observación y la acción es central”.

En el contexto de una ciudad que se rehúsa a la placidez sin carácter, Nilsson apela a la pieza interpretativa de Emily Roysdon, I am a helicopter, Camera, Queen, para acentuar la importancia de reorganizar y desafiar las relaciones de poder dominantes: en las calles y museos de Malmö, uno siente pulsiones de osadía.

*Texto publicado en Picnic



Hoyuelos

Llegué a la casa de mis tíos con dos maletas llenas de ropa que en gran medida terminaría por desechar. En este lugar visten bien. Prudentes, colores lisos, sin exageraciones, como ellos mismos. Las mujeres llevan el pelo rubio largo y lacio. Los hombres, casi todos, Converse blancos. Tuve una novia que me reprochaba por usar Converse blancos. Le parecían tenis sin chiste. A mí, sobre todo, me gustaba que fueran una clase de lienzo sobre el que imprimía mi andar diario. En ese sentido fueron los tenis más sinceros que me calcé. Acá no les importa ese tipo de cosas. Guardan un afecto pasajero por la ropa, un afecto de temporada. Yo, como ya mencioné, terminé por adoptar esa misma actitud desenfadada y me deshice de buena parte de mi guardarropa, por llamarle de alguna manera, pues me tomó meses trasladar todos mis trapos de las maletas a un ropero. Me quedé con los bóxers y calcetines y algunas prendas de batalla, de esas que un día aparecían de la nada entre mi ropa, cautivas del tino venturoso de mi madre, y por las que enseguida sentía afinidad. Esa era una ventaja, sino es que la mayor, de compartir el techo con una persona más o menos de mis dimensiones y edad. 

Mi hermano dictaba, sin saberlo, mi sentido del estilo. Un día, quizá cursara el quinto grado, le pedí que me ayudara a vestirme como él, es decir, como a mi entender se vestía un estudiante carismático de secundaria. Mi hermano accedió buscando entre su armario ropa de mi talla, aunque ya por esos años estaría dando el estirón que finalmente, palabra lapidaria pero precisa, me llevaría a sacarle una cabeza. El resultado me pareció penoso. Mi hermano, quizá a manera evasiva, se lo tomó con bastante humor, por no decir que tras pitorrearse me dejó solo en el cuarto con aquel atuendo a todas luces afeminado: la camisa, abierta, se plegaba en un nudo que habría revelado mi ombligo de no llevar una camisa blanca por debajo. Quizá, ahora que lo pienso, se habría inspirado en algún video de MTV. Después de todo, viendo hacia atrás, no se le puede culpar de que la moda de los noventa fuera tan estrambótica. 

A todo esto, conservo una prenda que sobrevivió a la tiranía de la renovación: una playera blanca minada por pequeños hoyos en las axilas. Siempre he tomado este aparente pormenor como testimonio de la potencia y efecto del sudor de la región axilar. Pienso que el sudor, y por lo tanto el humor que brota de nuestras axilas, dice bastante sobre nosotros. La playera es especial pues habla de dos historias: la mía y la de mi hermano. Me gusta creer que el sudor de mi hermano ablandó las fibras, que yo no soy el autor en solitario de tan prodigiosos hoyuelos. De vez en cuando duermo con ella. La llevo como armadura: me blinda de la persona que soy con la persona que fui, sentir que aunque ahora soy capaz de actos de desapego, actos despóticos, como tirar o renovar mi armario entero, por así llamarlo, retengo los hilos imaginarios que me unen con las hebras del pasado. Sé que las personas que solamente desean lucir bien también tienen hermanos y hermanas, pero dudo, y los compadezco por ello, que sepan lo que es desgastar la ropa a fuerza de sudor y fraternidad.

sábado, 9 de agosto de 2014

El guerrero



En la última noche de su vida, un colibrí soñó que era un jaguar.

El jaguar se arrastraba entre la maleza del monte dejando un rastro purpúreo. Aunque deliraba, su sangre centelleando en fractales carmesí, no sentía dolor. Cuando miraba la cima de la montaña, por razón alguna, no sentía dolor. 

En la última noche de su vida, un guerrero jaguar soñó que era un colibrí.

jueves, 24 de julio de 2014

Música puerca

Ahora que los días se van sucediendo con frialdad, puedo decir, sin manías, que ya nadie escucha la música puerca que enturbia el aire, que viaja en las tuberías, los caños, que se arrastra en el fango. Recuerdo cuando mi tío empezó a llevarme al bar donde tocaba la Negra Wagner. Un lugar de trazos feroces. La clase de lugar donde iban tipos brumosos como mi tío, tipos que llevaban la noche tatuada en los ojos. Él sabía sobre blues de a madres. Podía hablarme por horas entre densas nubes de humo sobre las peleas a puño limpio entre Little Walter y Muddy Waters, el gusto de Elmore James por el licor y la cacería con perros y pistolas, la música de Son House que suena más vieja que el tiempo. Aunque bien visto su tema favorito eran las mujeres. Sentía que lo escuchaba desde una distancia incierta, lo miraba, su cigarro fluctuanto entre su boca y sus dedos índice y pulgar como si fuera un puro, como si él fuera un jodido gánster. Sólo era mi tío. Un tipo tristón, un tipo al que le mataba el blues, la música puerca, como le llamaba. No entendía gran cosa de lo que me decía, mujeres calientes del Magreb, esbozos de una serie de cuentos de sus andanzas por Europa, más mujeres. A veces no se podía contener, el blues lo ponía de un humor de locos, a mí apenas empezaban a interesarme las chicas pero me hablaba de las piernas largas y humeantes de las mujeres maduras que lo visitaban desde Veracruz. Creo que decía humeantes, quizá usara otra palabra. Sabía que a ese lugar iba por la Negra Wagner. Estuvo casado con una antropóloga holandesa que había conocido durante sus devaneos trotskistas. Tuvieron un hijo, muy pronto las cosas se fueron a la mierda y ella se lo llevó de regreso a su tierra de tulipanes. En la familia se decía que apenas una mujer muy necia podría haberlo aguantado esos años. Un día me arrastró al bar y creo que por efecto del alcohol o el blues o más bien por ambas me confesó que no estaba seguro que fuera su hijo, pero un día dejó de darle vueltas al asunto, lo quería igual. La Negra siempre era la última en presentarse. Era un lugar ruidoso, el blues y el griterío enrarecían el ambiente, un lugar en el que no podías estar de pie mucho rato, lo mejor era buscar una esquina en que arrumbarse. Mi tío siempre elegía un taburete bien metido entre el escenario y una columna revestida de un terciopelo rasgado, tomaba cerveza pero antes de que saliera la Negra ordenaba una margarita. Una margarita pa’ mí, una coca pal’ joven, decía en falso acento zacatecano. El bullicio se desvanece junto a las luces. Un par de reflectores azules iluminan el escenario, mi tío me habla al oído, algo que ver con una voz en ascuas, lo miro desde la oquedad del humo, hace una mueca repugnante que casi me deja helado, una sonrisa, lo miro como entre sueños, el tiempo se espesa y ya no quiero ver su horrenda sonrisa. En el escenario, ahora brasas, hay una mujer, su negrura es mineral. Ahí descalza parece frágil, se sienta en el banco, alcanza la guitarra a sus pies, se mueve a una velocidad distinta a nosotros, el sonido se suspende como polvo en una asta de luz, los cimientos crujen, su voz es sísmica y bella y nada más importa, el murmullo de la guitarra y su voz pactan con la nada, sus letras adolecen, hablan de lugares lejanos y solitarios, de amores verdaderos, de su abuela que baila con el diablo, de estrellas caídas en las planicies de Etiopía, en donde todas las estrellas caerán esta noche, recorre llanos secos, se detiene en pueblos sin sombra, remonta cerros, cava pozos, me sepulto en la ceniza de su relato, caminamos bajo un cielo metálico, me habla de Joe, un fantasma que escucha las aves cantar en los árboles durante el amanecer, no sabe más, trina un suirirí, el cielo está vivo, llegamos a una casa rodeada de arbustos desérticos y espinosos, refulge blanca entramos a tomar una taza de té con su abuela, que habla de un camino, el camino que lleva al pozo, velado por un hombre gris y viejo, creo que la Negra Wagner mira a mi tío. Él hace esa mueca parecida a una sonrisa, se toma la margarita de un trago, me toma de la solapa y me arrastra hasta la entrada. Salimos a las calles oscuras que espero encontrar húmedas y abandonadas, no sé por qué, quizá porque el buen blues me recuerda a la lluvia. Caminamos en silencio hasta su auto y me pide que maneje. A decir verdad no lo veo pedo. En ese momento me da la impresión de estar mirando a un tipo ajado, un tipo tristón, enamorado de la Negra, que escucha música puerca, música delirante que visita lugares lejanos y extraños. Unos días después mí tío se enferma, creo que de tristeza, lo sé porque ya no escucha y habla más el blues. Empiezo a salir con chicas e interesarme en otras cosas, a veces me habla por teléfono, lo escucho lejano, como si hablara desde el pasado, hasta que un día ya no sé más de él. No me deja nada tras su muerte pero me apropio de su colección de vinilos que imagino infinita pero en realidad, ya contados, no pasan de cien. Unos años después regreso al bar. La Negra no sale. Le pido una margarita a uno de los meseros más veteranos y le pregunto sobre la Negra. No sabe gran cosa pero escuchó que un tal Jon o Joe, un mulato gigante que tenía los ojos del diablo, se la llevó al otro lado, a Los Ángeles o quizá a Nueva Orleans. Salgo del bar sintiéndome amoratado, como si acabara de recibir una madriza de Little Walter. Camino sin rumbo por las calles húmedas y vacías.

domingo, 20 de julio de 2014

El palacio de Pekín

A finales del último verano que viví en Cuernavaca conocí El Palacio de Pekín, un restaurante chino sobre Rio Nazas y Río Mayo en la colonia Vista Hermosa. La colonia, como tantas otras zonas residenciales en Cuernavaca, ostentaba un cierto encanto marchito. En aquellos tiempos pasaba gran parte del día fumando marihuana pretendiendo hacer ejercicio en el parque de la colonia y leyendo escritores del boom latinoamericano, aunque por suerte también leía a gringos como King y Vonnegut. Esperaba como necio los resultados de un par de universidades en la Ciudad de México. Apenas soportaba la bruma inerte que se había asentado sobre Cuernavaca, las derivas en parques húmedos perdían su gracia con rapidez y mi mamá empezaba a sospechar, a falta de un progreso visible en mi cuerpo, que las largas sesiones de ejercicio venían viciadas. En general me pasaba gran parte del tiempo en mi cuarto, echado junto a la ventaba tomando café con leche, leyendo y escribiendo largas necrologías de personas que no me simpatizaban o me simpatizaban mucho. Por aquellos días escribí una sobre mi hermano menor. No era particularmente maligna, contenía algunas verdades duras y mierdecitas que pensaba sobre él. No tardó en encontrarla y dársela al jefe. Mi papá la leyó e intentó simular indignación aunque ya en privado me dijo que se había divertido leyéndola, luego me sugirió orientar mi imaginación a otras empresas. 

Podrías ayudar a tu tío en su laboratorio. Ya ves que siempre anda preguntando por ti. 

Antes de que mi mamá se incorporara a la monserga doméstica me salí de la casa y me encaminé hacia Río Mayo. Le marqué a Juan que sin pensarlo me acompañaría a echar humo. No llevaba crédito en el celular. Caminé al Oxxo de Av. Teopanzolco, le metí veinte pesos y compré una Coca de cinco pagando con un billete de cien que había hurtado de la bolsa de mi mamá. Salí al estacionamiento y me senté sobre una de las barreras, abrí la Coca y me zampé la mitad. Las nubes comenzaban a arremolinarse sobre mí. Miré al este donde se moldeaba el ojo morado de dios, iracundo y apunto de soltar a llorar ceniza. No tenía deseos de regresar a esa ratonera que era mi casa, pensé refugiarme en el Oxxo o en el Starbucks de la esquina pero ambas ideas me parecieron trágicas. Corrí en dirección a Río Mayo, cuando giré en Río Nazas las nubes sucumbieron. Vi tres negocios abiertos, dos sórdidas estéticas y un restaurante chino. Luego pensé que ver dos estéticas juntas era mal augurio y entré al restaurante.

En el recibidor aguardaba una menuda señora china, llevaba el pelo recogido en un prendedor del gato de la suerte y un delantal gris o azul. Su nombre, según el gafete, era Mei. El espacio estaba pintando de un rosa flamingo, con seis o siete mesas blancas traspuestas entre sillones de plástico rojo. Es decir, era un lugar horrendo y no parecía esconder gran cosa. Una señora y una niña comían mirando la tele engarzada en la esquina. Me senté en la última mesa y esperé. No sé qué esperé pero al cabo de unos minutos se me acercó la señora Mei. Me ojeaba abiertamente, como si le costara trabajo creer que sobre mí llevara los sesentaiochos pesos que costaba el buffet. Antes de que dijera nada le pedí una Coca. 

¿Buffet? me refutó. 

Le contesté que por el momento estaba bien. Supe que venía de tierras muy lejanas cuando se ahorró una mentada de madre. En cambio se tronó los dedos con destreza: entrelazó sus dedos como si hiciera cunitas de gato y detonó un intolerable crujido. Me pareció una ofensa de las grandes, aunque en realidad no supe como tomarlo.

Saqué de mi mochila un libro de Philip K. Dick que le había regalado a mi papá en navidad. Lo había encontrado unas semanas después aun envuelto en plástico y lo tomé sin gran intención de regresarlo. El libro era de ciencia ficción, naturalmente, pero en lugar de colonias espaciales y ovejas eléctricas recontaba el desenlace de la Segunda Guerra Mundial y la conquista de los Estados Unidos por parte de la Alemania Nazi y Japón. Estaba absorto en la lectura cuando alguien dejó la coca sobre la mesa. En la periferia de mi mirada se registró una silueta muy distinta a la de Mei, despegué mí vista de las páginas y vi a una hermosa chica de unos veinte años. En seguida la imaginé hija de Mei, luego lo dudé. Tenía ojos sesgados y pómulos altos, sus iris reñían entre destellos ocres y grises, su cabello, castaño y quebrado, iba sujeto en una coleta. Pensé que sería una política de Mei llevar el pelo recogido, aunque eso lo pensé después. Había dejado el refresco en mi mesa sin decir nada, se mantuvo unos instantes suspendida ante mí, supongo que esperando un gracias pero embobado como estaba no dije nada. Había dado unos pasos hacia la cocina, se detuvo y giró. 

Tendrás que pedir algo más si quieres leer tu libro un rato más, dijo. 

Afuera aun llovía. 

Cómo te llamas, pregunté por decir algo, retenerla unos segundos. 

Pensé que me haría pedir el buffet pero sólo dijo: Kumiko, y se metió a la cocina.

Comencé a visitar a Kumiko cada vez que podía, es decir, cada que me hacía de algunos pesos, una suerte de espejismo pecuniario. Por esos días publicaron los resultados de uno de los exámenes: había sido rechazado de la UAM. No le di mucha importancia, yo navegaba la mansa corriente me arrastraba a las costas extrañas de El Palacio. Me sentaba en el taburete, ordenaba el buffet, platicaba unos minutos con Kumiko. Con Mei ahí era difícil hacer gran cosa pero mi atracción por Kumiko ascendía como mi aversión por los platillos chinos que me producían abscesos agridulces. Al cabo de unas semanas aun no sabía mucho de ella, pero sus piernas flacas y nalgas respingadas me volvían loco. 

Una tarde me marcó Juan, lo visitaban unos tíos y andaba erizo. Le vendí dos churros por cien pesos y me fui directo a El Palacio. Vi unas camionetas de policía estacionadas frente al lugar. Entré, me recibió un estertor de risotadas porcinas. Unos policías patibularios estaban sentados en la mesa del centro. Kumiko, parada junto a ellos, reía aunque más bien me parecía sonreír con violencia. El más joven de ellos la sujetaba del brazo. Eché un vistazo al resto del restaurante buscando a la señora Mei. Vislumbré su brazo detrás de la puerta entornada de la cocina, parecía estar guisando. Me senté en la mesa contigua. Por aquellos días sentía un especial desdén hacia ese hatajo de lechones sobrealimentados, habían agarrado a un amigo con un guato unos meses antes en uno de aquellos retenes ilegales. Lo dejaron seco. 

Disculpe, va a ser un buffet y una Coca, dije con desaire.

Ella giró la cabeza, me miró sonriendo y se liberó del agarre del policía. 

En un momento, dijo y se dirigió a la cocina a prisa. 

El joven oficial se giró, mi miró serpenteando la lengua entre los dientes.

Buenas tardes oficial, dije. 

Después aprendería a controlar mi altivez hacia esos hijos de puta. En ese momento deseaba provocar, buscar una excusa para gritonear que mi tío era un pinche abogangster cercano a algún funcionario inventado y no un etnobotánico solterón. 

Ira, cabrón, azotó, ¿por qué no te vas a chingar a tu madre?

Tu trabajo es servirme, pinche puerco, échate al piso y rueda.

Tras soltar semejante estupidez debí largarme y correr hasta mi casa como un loco, pero me sentía rabioso como un perro o como un chacal. Los cuatro tipos se pusieron de pie. Kumiko salió de la cocina con una bandeja, ponderó la situación con presteza y se puso entre nosotros. Me pidió airada que dejara el lugar. Me salí sin pensarlo, mi cólera se disipaba y empezaba a comprender la situación en que me había metido. Llegué hasta mi casa hecho un trapo y me dieron unas ganas terribles de darme un tanque. Mi familia seguía en la casa, veían una película de Bruce Willis en la sala que daba a la entrada, mi mamá giró y me ordenó que me quitara la ropa y me bañara. El calentador tardaba quince minutos así que me quité la ropa y me eché al piso de mi cuarto. Me puse a escribir una necrología especialmente virulenta sobre los policías de Pekín. No guardaba la solemnidad que se espera de este tipo de misivas pero en esos momentos me valía madres acotarme al género.

Terminaba así: Qué descansen en un chiquero de sufrimiento y desolación. Amen. 

Me pareció mi peor necrología pero escribirla me hizo sentir mejor. Al día siguiente se la leí a Kumiko. No comentó nada, luego me dijo que el más joven de ellos la visitaba desde hacía unos meses. Su familia entera estaba en la policía, los tipos de ayer eran primos y tíos. 

¿Es tu novio?, le pregunté. 

Por supuesto que no. Por lo general viene a comer cada par de semanas, casi nunca salimos. 

Lo imaginé tocándole los senos bien formados, buscando debajo de su ropa interior, jugando con el clítoris mientras ella se la jalaba. Por alguna razón me sentí humillado aunque no pude evitar que se me pusiera dura. 

Quiero que dejes de salir con él, ¿te gusta la marihuana? Yo vivo por aquí, podríamos ir a fumar, dije con impotencia. 

Quería retenerla, no sabía cómo. Me miró con unos ojos serenos, tristes, ahora parecían negros, ya no brotaban los matices belicosos de aquél lluvioso primer día. 

Al día siguiente publicaron los resultados del examen la UNAM. Esa noche esperé a Kumiko hasta que Mei cerró El Palacio. Las luces neón del cristal se mantenían encendidas disimulando el interior entre sombras sin secretos. Después de cerciorarse que el lugar estaba bien cerrado, Mei carraspeó como si fuera a decir algo. Se limitó a mirarnos y se siguió de largo. Supongo que era su manera de decir que yo no estaba tan mal. La llevé a mi casa. Mi papá leía en la sala, le presenté rápidamente a Kumiko y no pude evitar notar su gesto de alivió. Nos encerramos en mi cuarto donde por timidez o por no saber qué hacer o por ambas le mostré algunas de mis necrologías favoritas. No dijo nada, se sentó en mi cama y empezó a quitarse la ropa. Afuera llovía. Habían pasado dos años desde mi última vez así que me vine en seguida. Después del bochorno inicial lo hicimos tres o cuatro veces más durante la noche. Quise decirle palabras primorosas, en cambio le pregunté tontamente si se había venido. 

Tres veces.

viernes, 11 de julio de 2014

La mirada triste de los martes

La luz de la superficie se filtra por el lechoso domo hexagonal. En las escaleras eléctricas que avanzan lentamente relucen diferentes matices del exilio humano. Entre ellos, dos personas, una junta a la otra, sin mirarse, conversan en voz baja.

Es difícil no sentirse miserable cuando te abandonas al ascenso acompasado de las escaleras eléctricas, dice uno, A veces miro mis agujetas por temor a que queden atrapadas entre las cuchillas de la superficie dentada del escalón.

Es un temor justo, contesta el otro, Muchos lo han olvidado pero hará una década cuando en la estación Santa Anna de la Línea Caqui uno de esos niños que retozan por la vida sin congoja se le enganchó una agujeta. Ante la negligencia de su madre que hurgaba las profundidades de una bolsa de dorilocos, fue molido entre las cuchillas de la escalera mecánica. Una escena horrenda, ¿verdad?

¡Verdad!

Pues imagina que tras haber asistido a tan brutal escena la chusma furibunda consideró que la mujer, como si no fuera suficiente condena ver a su hijo atomizado como las migas naranjas que pintabas sus dedos, la fustigaron a manazos y periodicazos. Hartos de que apenas lograran desgreñarla, le calzaron los tenis sucios de un hombre flemático que decía no necesitarlos más, sentenciándola a esa muerte tan operaria y, según la opinión de una desvergonzada marchanta rolliza, poética. Después de unos cuantos intentos fallidos, entre súplicas feroces, hallaron la manera de enlazar las agujetas entre los resquicios de los escalones. Se dice que la mayoría observó la sentencia en silencio. Otros esbozaron una sonrisa apenas visible.

En ese momento las dos personas llegan al final de la tercera escalera mecánica y doblan para montarse a la siguiente. Uno de ellos levanta la vista y hace un ágil cálculo: faltan veintidós niveles. Por un instante una luz blanquecina barre su mirada.

¡Alguna vez escuché esta historia!, dice el primero, La verdad es que lo descarté como un intento chapucero de crear una de esas leyendas urbanas subterráneas y no le presté mucha atención. Si mal no recuerdo dicen que la chusma, rabiosa aún, pues esa semana habían descontinuado su periódico de nota roja favorito, apenas saciaron su necesidad diaria de violencia y pornografía, así que la irritable marchanta, alzada espontáneamente a líder moral, decretó aquellas escaleras eléctricas como la guillotina del siglo XXI, sintiéndose secretamente más cercana que nunca a su personalidad favorita después de Carmen Salinas: Maximilien Robespierre.

Sólo te equivocas en un detalle, le corrige el segundo, Después del suceso la designaron líder espiritual, no moral, lo que le condecía absoluta autoridad sobre aquella chusma que rápidamente se consolidó como una fuerza política y religiosa a temer. Los mandos altos del gobierno, exhaustos tras una jornada especialmente emocionante de fútbol dominical, les permitieron hacer aquellos sacrificios rituales en nombre de la concupiscencia. Surgieron voces disidentes en algunos niveles del gobierno federal pero se dice que fueron amortiguadas rápidamente con regalitos en forma de calculadoras y calendarios. Un joven tecnócrata recién salido de la Universidad Leninista se mostró más reacio, pues aseguraba tener un celular que ya cumplía todas esas funciones. El gerente, un tipo anémico pero con la suficiente imaginación para improvisar sobre la marcha, decidió darle medio día libre. Medio día de ocio. Una oferta, si me lo permites, irrechazable en estos tiempos.

El hombre suspende su monólogo, un repiqueo lejano se funde con el sonido sordo que emite la gigantesca maquinaria elíptica. Dirige un vistazo mental hacia su mochila; hoy no cargó el paraguas. 

¡Pareces saber bastante sobre el tema!, señala el primero.

Mi prima hizo su tesis de maestría sobre los movimientos políticos post-ideológicos. Me la leí en una noche, no rebasaba las diez cuartillas. 

La Universidad Leninista sí que ha decaído, dice distraídamente el primero. 

El movimiento se nombró La Chusma. El mote era francamente fraternal y pronto sumaron simpatizantes de orígenes tan variados como los alegres lectores de semanarios de farándula, los madrugadores sectarios de Chabelo, los cristianos no raptados en la Segunda venida y los optimistas seguidores del Director General de Exploración Espacial, la cabeza en frasco de Jaime Maussan. La Chusma pareció llenar un vacío que nadie había intuido. Lo cierto es que buscaban una figura que concentrara lo mesiánico con lo mediático, y la fornida marchanta reunía varias características que darían pie a un culto burlesco a la personalidad: había asimilado las arrolladoras apariciones televisivas de Carmen Salinas, adoptó los gestos y ademanes peripatéticos de los presentadores de programas de chismes, y soldó su armazón teórico releyendo por diecisieteava vez Memorias de Robespierre, una obra apócrifa escrita en los años treinta por Jean-Luc Chifflet, plomizo historiador francés que, raptado por un delirio febril tras comer peyote en Ámsterdam, se nombró la reencarnación del revolucionario francés, llevándolo a escribir las memorias durante siete días farragosos. El aparente hallazgo de esta obra histórica perdida causó tal revuelo entre los vestigios de la Academia Mundial que, para cuando se percataron de la errata, ya había sido publicada por trece editoriales y traducido a nueve idiomas, aunque se dice que en la traducción al español se tomaron más libertades ya que fue realizada por un discípulo de Borges: la prosa contiene menos florituras, el orden de los sucesos históricos fue reordenado en favor a una lectura más quimérica, y el título cambiado a El hombre de la cabeza flotante. De ahí que la marchanta lo tomara por un libro de auto-ayuda metafísica cuando ojeaba los estantes de una librería de viejo. De Chifflet no se supo más aunque se dice que, persiguiendo el sueño escapista por excelencia, fue en busca de una playa mexicana donde sólo encontró cerveza quemada y una furiosa adicción a la coca.

La primera persona ya no escucha más el relato. Su mente divaga entre los engranes y articulaciones sebosos de la maquinaria que berrea a sus pies. Imagina pequeñas hormigas ungidas en grasa recorriendo los engranajes, perdidas en caos y guerra, desconociendo a los suyos, cegadas por una negrura viscosa, presas del balbuceo del fantasma que yace en las entrañas de la estructura. 

…la gente empezó a evitar la línea, continúa el segundo sujeto, El temor al implacable juicio de la gran marchanta que juzgaba desde las alturas de La Escalera empujó a hordas suburbanas a buscar otros caminos para hacer sus rondas diarias. Un equipo televisivo de última línea se emplazaba en el recinto que alojaba Las Escaleras. Se instalaba un foro donde las figuras de los talk shows más mórbidos se congregaban para hacer los pre y post-comentarios de alguna condena particularmente jugosa. En alguna ocasión sentenciaron a un popular jugador de fútbol por hacer la seña V hacia la cámara durante un partido sabatino, que como bien sabes puede significar ‘victoria’, pero también ‘paz’. El gesto fue tomado como una afrenta directa a La Chusma que había decretado el sábado como su día oficial, jornada en que todos los programas de radio y televisión habrían de contener temáticas, implícita o explícitamente, pornográficas y violentas. Un productor apenas se libró de la guillotina gracias a una convincente defensa en que alegaba que su película para televisión sobre un niño que reencuentra a su gato perdido tras varias semanas contiene trasfondos de violencia, si bien no física, si psicológica, pues explora las huellas de su relación con la hermana mayor, quien abusa de él. Los miembros de La Chusma, que en su mayoría habían interiorizado el manoseo intrafamiliar como algo normal, e incluso sano, sortearon este pormenor. Por temor a mostrar ignorancia sobre los géneros más sutiles de violencia y pornografía, la Marchanta aceptó el alegato, absolviendo al artero productor de televisión.

Las dos personas se encuentran ante unas escaleras averiadas. Uno interrumpe su parloteo, el otro busca huellas negras de hormigas. Se abre una escotilla al pie de la escalera de la que emerge un tipo grueso cargando una caja de herramientas. Detrás surge otro macetón idéntico. Abre la tapa del maletín, juntos estudian con celo cada herramienta, proceden a disponerlas en el suelo guardando un orden simétrico. Se apiña un gentío a espaldas de los hombres. Uno de ellos siente la hormigas ascender por su espina.

Las cosas no se podían mantener así, dice el segundo tipo manteniendo su mirada sobre los técnicos, La misma gente que había robustecido las filas de La Chusma comenzaba a mostrar, a escondidas, disconformidad. La Marchanta enjuiciaba a histriones a diestra y siniestra sin reparar en estatus o estirpe mediática. Después del fiasco del productor de televisión, vinieron otros. La Jefecita, a raíz de un comentario más chusco que tóxico sobre sus pobres nociones de moda, intentó enjuiciar al sobrino del Secretario de Educación, Bisogno III. Todos, aun la cúpula de La Chusma, sabían que la descendencia de la progenie de la primera mujer canonizada en México, Patricia Chapoy, era intocable. Se dice que a raíz de estos continuos deslices y las vigentes tradiciones misóginas de la sociedad, altos miembros del grupo comenzaron a revelarse organizando tomas de poder y vulnerando la legitimidad de la Matrona al divulgar rumores sobre principios de demencia que la afligían. Ignoraban que, según informes posteriores, llevaba años padeciendo ofuscaciones espirituales: el mismo día que enjuiciaron a la Mujer del Pecado Original, madre del Santito de las Agujetas, se había fugado de la institución mental que la retenía. 

La primera persona observa sus agujetas. 

Una calurosa tarde de junio, la Marchanta convocó a todos los miembros a la estancia de Las Escaleras, unos tres mil miembros, que si bien eran demasiados para el espacio, consideraban el hacinamiento uno de sus principales edictos. Algunos adeptos cerraron con tablas las puertas y orificios del lugar. La Marchanta pronunció un críptico discurso sobre tiempos venideros, nuevos vientos que recorrerían los cauces que habían surcado en la cara de la sociedad. Los miembros antagónicos lo interpretaron como una despedida, un guiño hacia un nuevo liderazgo. Después de algunas horas de peroratas y cánticos de temas clásicos de telenovela, los fisgones a los alrededores del recinto escucharon un fuerte ruido y se percataron que salían llamas del santuario. Se dice que, dada la brea que aloja esta maquinaria, todos murieron calcinados en el interior en pocos minutos. 

La escalera comienza a funcionar. El repiqueo sobre el domo se ha detenido. La luz lechosa desmantela la penumbra de los últimos niveles. Los hombres, uno junta al otro, sin mirarse, ascienden el último escalón dentado.

domingo, 25 de mayo de 2014

Los extranjeros de la vida*


Eran las 2:36pm de un día cualquiera de 1992 cuando Francis De Smedt, con una pistola en mano y una multiplicidad de ideas en la cabeza sobre la tensión política y poética de espacios urbanos, caminaba por las calles del centro de la Ciudad de México, específicamente en el recodo formado por las calles de Caridad y Obreros. En ese momento, un observador más novelesco que perspicaz de ese peculiarísimo flâneur hubiera conjeturado una de dos cosas: que era un pinche gringo en camino a tronarse a alguna bribona prostituta de cabello rojizo —pues las furcias de cabello rojizo y piel cobriza representan la quimera de todo extranjero fustigado por la coca y el sol mexicano— o era un gringo desorientado por la coca y el sol camino a ningún lugar. 

En cualquier caso hubiera sido difícil adivinar que Francis De Smedt más bien era un belga conocido como Francis Alÿs que, fiel a su senda, pretendía poner en manifiesto la invisibilidad que acarreamos en nuestro andar por las ciudades en las que nadie presta atención a nadie y asume con indiferencia cualquier tipo de actitud. Es difícil creer que nuestro imaginativo observador hubiera abandonado la sombra de aquella vetusta tienda de abarrotes con intención de salvar a la rojiza damisela en peligro; pero supongamos que lo hizo. Quizá Alÿs reparó en este joven de gorra y mostacho ralo y adivinó sus pensamientos mientras dejaba atrás la calle de Obreros para adentrarse a Eje 1, con una sensación de morriña ventilada por ideas transversales sobre la memoria individual y la mitología colectiva, temiendo por primera vez que su experimento encontrara una afrenta y, así, una hipótesis desgranada. El joven tal vez pensaría en seguirlo unas cuantas cuadras, calibrar sus pasos. La selva citadina tiene sus propias reglas de rastreo, Alÿs las conoce, y acaso por eso, sintiéndose perseguido, hubiera renunciado a su ruta original para librarse de su cazador, virando sobre Manuel Doblado, luego en República de Venezuela. El joven vería con alarma al gringo aproximarse al cruce con la esquina de República de Argentina donde yace el Mercado Abelardo Rodriguez. Podemos imaginar que Alÿs, a punto de doblar la esquina, se sentiría inesperadamente atraído por aquellos arcos paquidérmicos que abrigan al Mercado. Fiel a su querella contra la indolencia urbana, y a manera de eludir a su perseguidor, no es difícil suponer que hubiera cruzado el umbral para echar un ojo a los confines del espacio: buscar la magia en el abandono. A primera vista quizá hubiera creído que era un mercado más, pero su mirada es osada, y su cabeza embrollada con la mística urbana no tardaría en definirlo como el hogar del fin del mundo, refugio intranquilo, el ombligo del mundo, dédalo de vegetales y confituras, la quintaesencia del germen, de los gruesos aguacates, la fritanga de la tarde, de los suspiros sosegados, de las cálidas tunas, de pollos y crustáceos desnudos al pie del cañón. 

Extraviado una vez más entre sus pensamientos transversales, habría olvidado al joven de gorra y mostacho, que en ese momento miraría con agobio al gringo desorientado, acaso no desorientado, sino abiertamente tras el rastro de Laurita, que trabajaría en las mañanas en el puesto de comida rápida de su papá, ignorante ante las andanzas nocturnas de su hija. El gringo seguiría portando la pistola, no podría arremeter así como así, pero tendría que llegar con Laurita de pelo rojo antes que él. Alÿs, el orientado Alÿs, en ese momento estaría llegando a un pasillo inundado de la plaza, el cual provocaría una desviación que rezuma destino: lo conduciría a una pequeña entrada diagonal del mercado, envuelta por un mural de aparente factura riveriana.

El joven de gorra no encontraría a Alÿs de inmediato y tal vez le preguntaría al tipo de delantal manchado que vende frutas sobre un güero alto y flaco. El tipo, absorto en su celular, no lo habría visto. El joven iría directamente al puesto de Laurita, la chulísima Laurita, que a veces no le cobraría los acostones por conocerse desde pequeños. En un acuerdo tácito, secreto, él la cuidaría. Ella ahí estaría, junto a su padre y el homosexual de copete decolorado, amante del padre de Laurita, bostezando, ignorante ante la amenaza desgarbada. El gringo no se vería por ningún lado. Agitado, el joven recorrería los pasillos con mirada desbocada buscando a ese larguirucho que sobresaldría poco menos que un pepino mutante. 

Pero no lo encontraría, pues en ese momento Alÿs estaría ascendiendo por unas escalinatas demarcadas por el título Centro Comunitario, siguiendo el rastro del mural. Un destello de consciencia de sí mismo lo llevaría a guardar la pistola en el cinto del pantalón. 

El joven seguiría entre los pasillos con la agitación dando paso a la confusión. Pasaría una vez más por el puesto de Laurita para advertirle, llevarla lejos, cuidarla como dictaría ese pacto unilateral. Pero la meretriz de cabello teñido de betabel ya no estaría ahí. El joven percibiría sus pies mojados por el pasillo inundado: una sensación muy parecida al pánico. El gringo, pensaría, la habría raptado debajo de las narices de su padre y su amante. Mierda. Consideraría correr hacia cualquier dirección y gritar su nombre, pero el gringo la remataría en ese instante. Tal vez, aun ese joven ofuscado por la anarquía de sus ideas y el sol mexicano se hubiera parado en seco, recordando de pronto la tranquilidad del padre de Laurita y, acaso infundido por esa escena, evocaría el lugar donde Laurita acostumbraría descansar para ocultar el cansancio venido de la noche anterior. Correría hacia las escaleras.

En esos momentos Alÿs llevaría un par de minutos completamente raptado por el mural con el que se habría dado de bruces, no el riveriano, sino uno superior, de orígenes misteriosos y relieves provocadores. Ni si quiera los afilados pasos sobre la losa de las escaleras lo hubieran arrancado de ese hechizo. Pero, como un goteo sobre su subconsciente, los pasitos lo retornarían poco a poco a la urbana realidad y a las amenazas que encierra, haciéndole llevar la mano hacia la pistola. Giraría y ante la figura de aquella menuda chica de cabello rojizo y corto, ojos grandes, negros, se sentiría oprimido por esas dos presencias pujantes: el mural ignoto y la hermosa joven. Ella lo miraría extrañada, quizá un tanto soñolienta, pero desviaría la mirada y se encaminaría a una de las dos columnas que resguardan el mural. Con abulia, se recargaría y arrellanaría en el suelo. Alÿs notaría la familiaridad de la chica hacia el recinto y, posiblemente, le pediría develar el misterio del mural. La joven suspendería su mirada un instante y tras un carraspeo, le contaría con inesperada naturalidad que en 1934, Abelardo Rodríguez, presidente grandilocuente, impulsó la construcción de un gran proyecto sociocultural, que, además de mercado, contaría con teatro, biblioteca, centro de atención juvenil y, por qué no, muestras ejemplares del muralismo mexicano de la mano de Pablo O’Higgins, Ramón Alva, Antonio Pujol, Grace Greenwood y el mismo Diego Rivera. Un par de años después, Rivera invitaría a Isamu Noguchi, escultor californiano, a convergir con el ambicioso proyecto, resultando en el portento de mural que tendrían adelante. Laurita dejaría de rezar panfletariamente la historia del lugar, pues en esos momentos unos pasos de tempestad sacudirían las escaleras, llevando a Alÿs sacar la pistola. El joven de mostacho ralo y gorra se encontraría ante una escena abierta a la interpretación que decidiría desentrañar de una sola manera: el gringo sometiendo a Laurita ante la columna para darle un tiro. Se abalanzaría, sin duda, hacia Alÿs, que en un acto reflejo ganado por experiencias en barrios silvestres, apuntaría la pistola y, click, no pasaría nada. La pistola, acaso, nunca tuvo balas. Pero quizá sí, entonces en un segundo intento proyectaría un chispazo de fuego que acabaría con todas estas figuraciones del observador imaginativo.

*Texto Publicado en Art District