sábado, 4 de octubre de 2014

Arte rebelde en Malmö*

Malmö es una ciudad rebelde. Preguntarle a un sueco común y corriente sobre esta ciudad más cercana a Copenhague que a cualquier otra concentración urbana en Suecia producirá, las más de las veces, una opinión oblicua sobre la naturaleza conflictiva de Malmö, un pobre representante de la placidez escandinava. Malmö, en términos discursivos, es un proyecto urbano de integración de culturas heterogéneas apuntalado por los fuertes principios democráticos de Suecia, en el que las fisuras son más visibles que en las otras ciudades principales del país, como se ve en la formación de guetos de migrantes en el distrito de Rosengård, donde las ambiciones de integración se mantienen irresueltas. 

Después de todo, Malmö no es solo Suecia, Malmö es Santiago, Malmö es Estambul, es Bagdad, es La Habana, Malmö es Kabul. No es de sorprenderse que, a diferencia de otras latitudes más sobrias del país nórdico, la ciudad aproveche estas grietas para embalarlas con expresiones culturales y artísticas vistas en sus calles y paredes pintadas que recuerdan más al DF que a su capital, Estocolmo, donde existen fuertes posturas anti-arte urbano de algunos de sus políticos.

El arte institucional de Malmö se muestra atento a esta noción del arte como reconquista del espacio ante el continuo avance de lo privado sobre lo público, y se acomete a explorar las identidades abatidas y erigidas en el terreno incierto de la modernidad. 

El Moderna Museet, uno de los museos más adelantados de arte moderno y contemporáneo en Europa, abre brechas de diálogo entre la ciudad y su habitante que ve su identidad desdibujada por los espacios coyunturales de su realidad cosmopolita, como se ve en The Modern Exhibition, exposición que reaparece cada cuatro años para ofrecer una mirada al arte contemporáneo en Suecia, y que por primera vez se muestra en Malmö.

La exhibición es una puesta en escena de la multiplicidad de identidades en esta faceta de una Suecia más incluyente. Artistas de Letonia, Lituania, Polonia, Dinamarca, Finlandia y Suecia se acometen a explorar desde el arte contemporáneo estos temas; de boca de su curador, Andreas Nilsson: “las obras cuestionan y desafían las identidades colectivas y privadas, la concepción de la esfera pública y los espacios institucionales, enmarcadas por expresiones performativas y participativas donde la relación entre la observación y la acción es central”.

En el contexto de una ciudad que se rehúsa a la placidez sin carácter, Nilsson apela a la pieza interpretativa de Emily Roysdon, I am a helicopter, Camera, Queen, para acentuar la importancia de reorganizar y desafiar las relaciones de poder dominantes: en las calles y museos de Malmö, uno siente pulsiones de osadía.

*Texto publicado en Picnic



Hoyuelos

Llegué a la casa de mis tíos con dos maletas llenas de ropa que en gran medida terminaría por desechar. En este lugar visten bien. Prudentes, colores lisos, sin exageraciones, como ellos mismos. Las mujeres llevan el pelo rubio largo y lacio. Los hombres, casi todos, Converse blancos. Tuve una novia que me reprochaba por usar Converse blancos. Le parecían tenis sin chiste. A mí, sobre todo, me gustaba que fueran una clase de lienzo sobre el que imprimía mi andar diario. En ese sentido fueron los tenis más sinceros que me calcé. Acá no les importa ese tipo de cosas. Guardan un afecto pasajero por la ropa, un afecto de temporada. Yo, como ya mencioné, terminé por adoptar esa misma actitud desenfadada y me deshice de buena parte de mi guardarropa, por llamarle de alguna manera, pues me tomó meses trasladar todos mis trapos de las maletas a un ropero. Me quedé con los bóxers y calcetines y algunas prendas de batalla, de esas que un día aparecían de la nada entre mi ropa, cautivas del tino venturoso de mi madre, y por las que enseguida sentía afinidad. Esa era una ventaja, sino es que la mayor, de compartir el techo con una persona más o menos de mis dimensiones y edad. 

Mi hermano dictaba, sin saberlo, mi sentido del estilo. Un día, quizá cursara el quinto grado, le pedí que me ayudara a vestirme como él, es decir, como a mi entender se vestía un estudiante carismático de secundaria. Mi hermano accedió buscando entre su armario ropa de mi talla, aunque ya por esos años estaría dando el estirón que finalmente, palabra lapidaria pero precisa, me llevaría a sacarle una cabeza. El resultado me pareció penoso. Mi hermano, quizá a manera evasiva, se lo tomó con bastante humor, por no decir que tras pitorrearse me dejó solo en el cuarto con aquel atuendo a todas luces afeminado: la camisa, abierta, se plegaba en un nudo que habría revelado mi ombligo de no llevar una camisa blanca por debajo. Quizá, ahora que lo pienso, se habría inspirado en algún video de MTV. Después de todo, viendo hacia atrás, no se le puede culpar de que la moda de los noventa fuera tan estrambótica. 

A todo esto, conservo una prenda que sobrevivió a la tiranía de la renovación: una playera blanca minada por pequeños hoyos en las axilas. Siempre he tomado este aparente pormenor como testimonio de la potencia y efecto del sudor de la región axilar. Pienso que el sudor, y por lo tanto el humor que brota de nuestras axilas, dice bastante sobre nosotros. La playera es especial pues habla de dos historias: la mía y la de mi hermano. Me gusta creer que el sudor de mi hermano ablandó las fibras, que yo no soy el autor en solitario de tan prodigiosos hoyuelos. De vez en cuando duermo con ella. La llevo como armadura: me blinda de la persona que soy con la persona que fui, sentir que aunque ahora soy capaz de actos de desapego, actos despóticos, como tirar o renovar mi armario entero, por así llamarlo, retengo los hilos imaginarios que me unen con las hebras del pasado. Sé que las personas que solamente desean lucir bien también tienen hermanos y hermanas, pero dudo, y los compadezco por ello, que sepan lo que es desgastar la ropa a fuerza de sudor y fraternidad.

sábado, 9 de agosto de 2014

El guerrero



En la última noche de su vida, un colibrí soñó que era un jaguar.

El jaguar se arrastraba entre la maleza del monte dejando un rastro purpúreo. Aunque deliraba, su sangre centelleando en fractales carmesí, no sentía dolor. Cuando miraba la cima de la montaña, por razón alguna, no sentía dolor. 

En la última noche de su vida, un guerrero jaguar soñó que era un colibrí.

jueves, 24 de julio de 2014

Música puerca

Ahora que los días se van sucediendo con frialdad, puedo decir, sin manías, que ya nadie escucha la música puerca que enturbia el aire, que viaja en las tuberías, los caños, que se arrastra en el fango. Recuerdo cuando mi tío empezó a llevarme al bar donde tocaba la Negra Wagner. Un lugar de trazos feroces. La clase de lugar donde iban tipos brumosos como mi tío, tipos que llevaban la noche tatuada en los ojos. Él sabía sobre blues de a madres. Podía hablarme por horas entre densas nubes de humo sobre las peleas a puño limpio entre Little Walter y Muddy Waters, el gusto de Elmore James por el licor y la cacería con perros y pistolas, la música de Son House que suena más vieja que el tiempo. Aunque bien visto su tema favorito eran las mujeres. Sentía que lo escuchaba desde una distancia incierta, lo miraba, su cigarro fluctuanto entre su boca y sus dedos índice y pulgar como si fuera un puro, como si él fuera un jodido gánster. Sólo era mi tío. Un tipo tristón, un tipo al que le mataba el blues, la música puerca, como le llamaba. No entendía gran cosa de lo que me decía, mujeres calientes del Magreb, esbozos de una serie de cuentos de sus andanzas por Europa, más mujeres. A veces no se podía contener, el blues lo ponía de un humor de locos, a mí apenas empezaban a interesarme las chicas pero me hablaba de las piernas largas y humeantes de las mujeres maduras que lo visitaban desde Veracruz. Creo que decía humeantes, quizá usara otra palabra. Sabía que a ese lugar iba por la Negra Wagner. Estuvo casado con una antropóloga holandesa que había conocido durante sus devaneos trotskistas. Tuvieron un hijo, muy pronto las cosas se fueron a la mierda y ella se lo llevó de regreso a su tierra de tulipanes. En la familia se decía que apenas una mujer muy necia podría haberlo aguantado esos años. Un día me arrastró al bar y creo que por efecto del alcohol o el blues o más bien por ambas me confesó que no estaba seguro que fuera su hijo, pero un día dejó de darle vueltas al asunto, lo quería igual. La Negra siempre era la última en presentarse. Era un lugar ruidoso, el blues y el griterío enrarecían el ambiente, un lugar en el que no podías estar de pie mucho rato, lo mejor era buscar una esquina en que arrumbarse. Mi tío siempre elegía un taburete bien metido entre el escenario y una columna revestida de un terciopelo rasgado, tomaba cerveza pero antes de que saliera la Negra ordenaba una margarita. Una margarita pa’ mí, una coca pal’ joven, decía en falso acento zacatecano. El bullicio se desvanece junto a las luces. Un par de reflectores azules iluminan el escenario, mi tío me habla al oído, algo que ver con una voz en ascuas, lo miro desde la oquedad del humo, hace una mueca repugnante que casi me deja helado, una sonrisa, lo miro como entre sueños, el tiempo se espesa y ya no quiero ver su horrenda sonrisa. En el escenario, ahora brasas, hay una mujer, su negrura es mineral. Ahí descalza parece frágil, se sienta en el banco, alcanza la guitarra a sus pies, se mueve a una velocidad distinta a nosotros, el sonido se suspende como polvo en una asta de luz, los cimientos crujen, su voz es sísmica y bella y nada más importa, el murmullo de la guitarra y su voz pactan con la nada, sus letras adolecen, hablan de lugares lejanos y solitarios, de amores verdaderos, de su abuela que baila con el diablo, de estrellas caídas en las planicies de Etiopía, en donde todas las estrellas caerán esta noche, recorre llanos secos, se detiene en pueblos sin sombra, remonta cerros, cava pozos, me sepulto en la ceniza de su relato, caminamos bajo un cielo metálico, me habla de Joe, un fantasma que escucha las aves cantar en los árboles durante el amanecer, no sabe más, trina un suirirí, el cielo está vivo, llegamos a una casa rodeada de arbustos desérticos y espinosos, refulge blanca entramos a tomar una taza de té con su abuela, que habla de un camino, el camino que lleva al pozo, velado por un hombre gris y viejo, creo que la Negra Wagner mira a mi tío. Él hace esa mueca parecida a una sonrisa, se toma la margarita de un trago, me toma de la solapa y me arrastra hasta la entrada. Salimos a las calles oscuras que espero encontrar húmedas y abandonadas, no sé por qué, quizá porque el buen blues me recuerda a la lluvia. Caminamos en silencio hasta su auto y me pide que maneje. A decir verdad no lo veo pedo. En ese momento me da la impresión de estar mirando a un tipo ajado, un tipo tristón, enamorado de la Negra, que escucha música puerca, música delirante que visita lugares lejanos y extraños. Unos días después mí tío se enferma, creo que de tristeza, lo sé porque ya no escucha y habla más el blues. Empiezo a salir con chicas e interesarme en otras cosas, a veces me habla por teléfono, lo escucho lejano, como si hablara desde el pasado, hasta que un día ya no sé más de él. No me deja nada tras su muerte pero me apropio de su colección de vinilos que imagino infinita pero en realidad, ya contados, no pasan de cien. Unos años después regreso al bar. La Negra no sale. Le pido una margarita a uno de los meseros más veteranos y le pregunto sobre la Negra. No sabe gran cosa pero escuchó que un tal Jon o Joe, un mulato gigante que tenía los ojos del diablo, se la llevó al otro lado, a Los Ángeles o quizá a Nueva Orleans. Salgo del bar sintiéndome amoratado, como si acabara de recibir una madriza de Little Walter. Camino sin rumbo por las calles húmedas y vacías.

domingo, 20 de julio de 2014

El palacio de Pekín

A finales del último verano que viví en Cuernavaca conocí El Palacio de Pekín, un restaurante chino sobre Rio Nazas y Río Mayo en la colonia Vista Hermosa. La colonia, como tantas otras zonas residenciales en Cuernavaca, ostentaba un cierto encanto marchito. En aquellos tiempos pasaba gran parte del día fumando marihuana pretendiendo hacer ejercicio en el parque de la colonia y leyendo escritores del boom latinoamericano, aunque por suerte también leía a gringos como King y Vonnegut. Esperaba como necio los resultados de un par de universidades en la Ciudad de México. Apenas soportaba la bruma inerte que se había asentado sobre Cuernavaca, las derivas en parques húmedos perdían su gracia con rapidez y mi mamá empezaba a sospechar, a falta de un progreso visible en mi cuerpo, que las largas sesiones de ejercicio venían viciadas. En general me pasaba gran parte del tiempo en mi cuarto, echado junto a la ventaba tomando café con leche, leyendo y escribiendo largas necrologías de personas que no me simpatizaban o me simpatizaban mucho. Por aquellos días escribí una sobre mi hermano menor. No era particularmente maligna, contenía algunas verdades duras y mierdecitas que pensaba sobre él. No tardó en encontrarla y dársela al jefe. Mi papá la leyó e intentó simular indignación aunque ya en privado me dijo que se había divertido leyéndola, luego me sugirió orientar mi imaginación a otras empresas. 

Podrías ayudar a tu tío en su laboratorio. Ya ves que siempre anda preguntando por ti. 

Antes de que mi mamá se incorporara a la monserga doméstica me salí de la casa y me encaminé hacia Río Mayo. Le marqué a Juan que sin pensarlo me acompañaría a echar humo. No llevaba crédito en el celular. Caminé al Oxxo de Av. Teopanzolco, le metí veinte pesos y compré una Coca de cinco pagando con un billete de cien que había hurtado de la bolsa de mi mamá. Salí al estacionamiento y me senté sobre una de las barreras, abrí la Coca y me zampé la mitad. Las nubes comenzaban a arremolinarse sobre mí. Miré al este donde se moldeaba el ojo morado de dios, iracundo y apunto de soltar a llorar ceniza. No tenía deseos de regresar a esa ratonera que era mi casa, pensé refugiarme en el Oxxo o en el Starbucks de la esquina pero ambas ideas me parecieron trágicas. Corrí en dirección a Río Mayo, cuando giré en Río Nazas las nubes sucumbieron. Vi tres negocios abiertos, dos sórdidas estéticas y un restaurante chino. Luego pensé que ver dos estéticas juntas era mal augurio y entré al restaurante.

En el recibidor aguardaba una menuda señora china, llevaba el pelo recogido en un prendedor del gato de la suerte y un delantal gris o azul. Su nombre, según el gafete, era Mei. El espacio estaba pintando de un rosa flamingo, con seis o siete mesas blancas traspuestas entre sillones de plástico rojo. Es decir, era un lugar horrendo y no parecía esconder gran cosa. Una señora y una niña comían mirando la tele engarzada en la esquina. Me senté en la última mesa y esperé. No sé qué esperé pero al cabo de unos minutos se me acercó la señora Mei. Me ojeaba abiertamente, como si le costara trabajo creer que sobre mí llevara los sesentaiochos pesos que costaba el buffet. Antes de que dijera nada le pedí una Coca. 

¿Buffet? me refutó. 

Le contesté que por el momento estaba bien. Supe que venía de tierras muy lejanas cuando se ahorró una mentada de madre. En cambio se tronó los dedos con destreza: entrelazó sus dedos como si hiciera cunitas de gato y detonó un intolerable crujido. Me pareció una ofensa de las grandes, aunque en realidad no supe como tomarlo.

Saqué de mi mochila un libro de Philip K. Dick que le había regalado a mi papá en navidad. Lo había encontrado unas semanas después aun envuelto en plástico y lo tomé sin gran intención de regresarlo. El libro era de ciencia ficción, naturalmente, pero en lugar de colonias espaciales y ovejas eléctricas recontaba el desenlace de la Segunda Guerra Mundial y la conquista de los Estados Unidos por parte de la Alemania Nazi y Japón. Estaba absorto en la lectura cuando alguien dejó la coca sobre la mesa. En la periferia de mi mirada se registró una silueta muy distinta a la de Mei, despegué mí vista de las páginas y vi a una hermosa chica de unos veinte años. En seguida la imaginé hija de Mei, luego lo dudé. Tenía ojos sesgados y pómulos altos, sus iris reñían entre destellos ocres y grises, su cabello, castaño y quebrado, iba sujeto en una coleta. Pensé que sería una política de Mei llevar el pelo recogido, aunque eso lo pensé después. Había dejado el refresco en mi mesa sin decir nada, se mantuvo unos instantes suspendida ante mí, supongo que esperando un gracias pero embobado como estaba no dije nada. Había dado unos pasos hacia la cocina, se detuvo y giró. 

Tendrás que pedir algo más si quieres leer tu libro un rato más, dijo. 

Afuera aun llovía. 

Cómo te llamas, pregunté por decir algo, retenerla unos segundos. 

Pensé que me haría pedir el buffet pero sólo dijo: Kumiko, y se metió a la cocina.

Comencé a visitar a Kumiko cada vez que podía, es decir, cada que me hacía de algunos pesos, una suerte de espejismo pecuniario. Por esos días publicaron los resultados de uno de los exámenes: había sido rechazado de la UAM. No le di mucha importancia, yo navegaba la mansa corriente me arrastraba a las costas extrañas de El Palacio. Me sentaba en el taburete, ordenaba el buffet, platicaba unos minutos con Kumiko. Con Mei ahí era difícil hacer gran cosa pero mi atracción por Kumiko ascendía como mi aversión por los platillos chinos que me producían abscesos agridulces. Al cabo de unas semanas aun no sabía mucho de ella, pero sus piernas flacas y nalgas respingadas me volvían loco. 

Una tarde me marcó Juan, lo visitaban unos tíos y andaba erizo. Le vendí dos churros por cien pesos y me fui directo a El Palacio. Vi unas camionetas de policía estacionadas frente al lugar. Entré, me recibió un estertor de risotadas porcinas. Unos policías patibularios estaban sentados en la mesa del centro. Kumiko, parada junto a ellos, reía aunque más bien me parecía sonreír con violencia. El más joven de ellos la sujetaba del brazo. Eché un vistazo al resto del restaurante buscando a la señora Mei. Vislumbré su brazo detrás de la puerta entornada de la cocina, parecía estar guisando. Me senté en la mesa contigua. Por aquellos días sentía un especial desdén hacia ese hatajo de lechones sobrealimentados, habían agarrado a un amigo con un guato unos meses antes en uno de aquellos retenes ilegales. Lo dejaron seco. 

Disculpe, va a ser un buffet y una Coca, dije con desaire.

Ella giró la cabeza, me miró sonriendo y se liberó del agarre del policía. 

En un momento, dijo y se dirigió a la cocina a prisa. 

El joven oficial se giró, mi miró serpenteando la lengua entre los dientes.

Buenas tardes oficial, dije. 

Después aprendería a controlar mi altivez hacia esos hijos de puta. En ese momento deseaba provocar, buscar una excusa para gritonear que mi tío era un pinche abogangster cercano a algún funcionario inventado y no un etnobotánico solterón. 

Ira, cabrón, azotó, ¿por qué no te vas a chingar a tu madre?

Tu trabajo es servirme, pinche puerco, échate al piso y rueda.

Tras soltar semejante estupidez debí largarme y correr hasta mi casa como un loco, pero me sentía rabioso como un perro o como un chacal. Los cuatro tipos se pusieron de pie. Kumiko salió de la cocina con una bandeja, ponderó la situación con presteza y se puso entre nosotros. Me pidió airada que dejara el lugar. Me salí sin pensarlo, mi cólera se disipaba y empezaba a comprender la situación en que me había metido. Llegué hasta mi casa hecho un trapo y me dieron unas ganas terribles de darme un tanque. Mi familia seguía en la casa, veían una película de Bruce Willis en la sala que daba a la entrada, mi mamá giró y me ordenó que me quitara la ropa y me bañara. El calentador tardaba quince minutos así que me quité la ropa y me eché al piso de mi cuarto. Me puse a escribir una necrología especialmente virulenta sobre los policías de Pekín. No guardaba la solemnidad que se espera de este tipo de misivas pero en esos momentos me valía madres acotarme al género.

Terminaba así: Qué descansen en un chiquero de sufrimiento y desolación. Amen. 

Me pareció mi peor necrología pero escribirla me hizo sentir mejor. Al día siguiente se la leí a Kumiko. No comentó nada, luego me dijo que el más joven de ellos la visitaba desde hacía unos meses. Su familia entera estaba en la policía, los tipos de ayer eran primos y tíos. 

¿Es tu novio?, le pregunté. 

Por supuesto que no. Por lo general viene a comer cada par de semanas, casi nunca salimos. 

Lo imaginé tocándole los senos bien formados, buscando debajo de su ropa interior, jugando con el clítoris mientras ella se la jalaba. Por alguna razón me sentí humillado aunque no pude evitar que se me pusiera dura. 

Quiero que dejes de salir con él, ¿te gusta la marihuana? Yo vivo por aquí, podríamos ir a fumar, dije con impotencia. 

Quería retenerla, no sabía cómo. Me miró con unos ojos serenos, tristes, ahora parecían negros, ya no brotaban los matices belicosos de aquél lluvioso primer día. 

Al día siguiente publicaron los resultados del examen la UNAM. Esa noche esperé a Kumiko hasta que Mei cerró El Palacio. Las luces neón del cristal se mantenían encendidas disimulando el interior entre sombras sin secretos. Después de cerciorarse que el lugar estaba bien cerrado, Mei carraspeó como si fuera a decir algo. Se limitó a mirarnos y se siguió de largo. Supongo que era su manera de decir que yo no estaba tan mal. La llevé a mi casa. Mi papá leía en la sala, le presenté rápidamente a Kumiko y no pude evitar notar su gesto de alivió. Nos encerramos en mi cuarto donde por timidez o por no saber qué hacer o por ambas le mostré algunas de mis necrologías favoritas. No dijo nada, se sentó en mi cama y empezó a quitarse la ropa. Afuera llovía. Habían pasado dos años desde mi última vez así que me vine en seguida. Después del bochorno inicial lo hicimos tres o cuatro veces más durante la noche. Quise decirle palabras primorosas, en cambio le pregunté tontamente si se había venido. 

Tres veces.

viernes, 11 de julio de 2014

La mirada triste de los martes

La luz de la superficie se filtra por el lechoso domo hexagonal. En las escaleras eléctricas que avanzan lentamente relucen diferentes matices del exilio humano. Entre ellos, dos personas, una junta a la otra, sin mirarse, conversan en voz baja.

Es difícil no sentirse miserable cuando te abandonas al ascenso acompasado de las escaleras eléctricas, dice uno, A veces miro mis agujetas por temor a que queden atrapadas entre las cuchillas de la superficie dentada del escalón.

Es un temor justo, contesta el otro, Muchos lo han olvidado pero hará una década cuando en la estación Santa Anna de la Línea Caqui uno de esos niños que retozan por la vida sin congoja se le enganchó una agujeta. Ante la negligencia de su madre que hurgaba las profundidades de una bolsa de dorilocos, fue molido entre las cuchillas de la escalera mecánica. Una escena horrenda, ¿verdad?

¡Verdad!

Pues imagina que tras haber asistido a tan brutal escena la chusma furibunda consideró que la mujer, como si no fuera suficiente condena ver a su hijo atomizado como las migas naranjas que pintabas sus dedos, la fustigaron a manazos y periodicazos. Hartos de que apenas lograran desgreñarla, le calzaron los tenis sucios de un hombre flemático que decía no necesitarlos más, sentenciándola a esa muerte tan operaria y, según la opinión de una desvergonzada marchanta rolliza, poética. Después de unos cuantos intentos fallidos, entre súplicas feroces, hallaron la manera de enlazar las agujetas entre los resquicios de los escalones. Se dice que la mayoría observó la sentencia en silencio. Otros esbozaron una sonrisa apenas visible.

En ese momento las dos personas llegan al final de la tercera escalera mecánica y doblan para montarse a la siguiente. Uno de ellos levanta la vista y hace un ágil cálculo: faltan veintidós niveles. Por un instante una luz blanquecina barre su mirada.

¡Alguna vez escuché esta historia!, dice el primero, La verdad es que lo descarté como un intento chapucero de crear una de esas leyendas urbanas subterráneas y no le presté mucha atención. Si mal no recuerdo dicen que la chusma, rabiosa aún, pues esa semana habían descontinuado su periódico de nota roja favorito, apenas saciaron su necesidad diaria de violencia y pornografía, así que la irritable marchanta, alzada espontáneamente a líder moral, decretó aquellas escaleras eléctricas como la guillotina del siglo XXI, sintiéndose secretamente más cercana que nunca a su personalidad favorita después de Carmen Salinas: Maximilien Robespierre.

Sólo te equivocas en un detalle, le corrige el segundo, Después del suceso la designaron líder espiritual, no moral, lo que le condecía absoluta autoridad sobre aquella chusma que rápidamente se consolidó como una fuerza política y religiosa a temer. Los mandos altos del gobierno, exhaustos tras una jornada especialmente emocionante de fútbol dominical, les permitieron hacer aquellos sacrificios rituales en nombre de la concupiscencia. Surgieron voces disidentes en algunos niveles del gobierno federal pero se dice que fueron amortiguadas rápidamente con regalitos en forma de calculadoras y calendarios. Un joven tecnócrata recién salido de la Universidad Leninista se mostró más reacio, pues aseguraba tener un celular que ya cumplía todas esas funciones. El gerente, un tipo anémico pero con la suficiente imaginación para improvisar sobre la marcha, decidió darle medio día libre. Medio día de ocio. Una oferta, si me lo permites, irrechazable en estos tiempos.

El hombre suspende su monólogo, un repiqueo lejano se funde con el sonido sordo que emite la gigantesca maquinaria elíptica. Dirige un vistazo mental hacia su mochila; hoy no cargó el paraguas. 

¡Pareces saber bastante sobre el tema!, señala el primero.

Mi prima hizo su tesis de maestría sobre los movimientos políticos post-ideológicos. Me la leí en una noche, no rebasaba las diez cuartillas. 

La Universidad Leninista sí que ha decaído, dice distraídamente el primero. 

El movimiento se nombró La Chusma. El mote era francamente fraternal y pronto sumaron simpatizantes de orígenes tan variados como los alegres lectores de semanarios de farándula, los madrugadores sectarios de Chabelo, los cristianos no raptados en la Segunda venida y los optimistas seguidores del Director General de Exploración Espacial, la cabeza en frasco de Jaime Maussan. La Chusma pareció llenar un vacío que nadie había intuido. Lo cierto es que buscaban una figura que concentrara lo mesiánico con lo mediático, y la fornida marchanta reunía varias características que darían pie a un culto burlesco a la personalidad: había asimilado las arrolladoras apariciones televisivas de Carmen Salinas, adoptó los gestos y ademanes peripatéticos de los presentadores de programas de chismes, y soldó su armazón teórico releyendo por diecisieteava vez Memorias de Robespierre, una obra apócrifa escrita en los años treinta por Jean-Luc Chifflet, plomizo historiador francés que, raptado por un delirio febril tras comer peyote en Ámsterdam, se nombró la reencarnación del revolucionario francés, llevándolo a escribir las memorias durante siete días farragosos. El aparente hallazgo de esta obra histórica perdida causó tal revuelo entre los vestigios de la Academia Mundial que, para cuando se percataron de la errata, ya había sido publicada por trece editoriales y traducido a nueve idiomas, aunque se dice que en la traducción al español se tomaron más libertades ya que fue realizada por un discípulo de Borges: la prosa contiene menos florituras, el orden de los sucesos históricos fue reordenado en favor a una lectura más quimérica, y el título cambiado a El hombre de la cabeza flotante. De ahí que la marchanta lo tomara por un libro de auto-ayuda metafísica cuando ojeaba los estantes de una librería de viejo. De Chifflet no se supo más aunque se dice que, persiguiendo el sueño escapista por excelencia, fue en busca de una playa mexicana donde sólo encontró cerveza quemada y una furiosa adicción a la coca.

La primera persona ya no escucha más el relato. Su mente divaga entre los engranes y articulaciones sebosos de la maquinaria que berrea a sus pies. Imagina pequeñas hormigas ungidas en grasa recorriendo los engranajes, perdidas en caos y guerra, desconociendo a los suyos, cegadas por una negrura viscosa, presas del balbuceo del fantasma que yace en las entrañas de la estructura. 

…la gente empezó a evitar la línea, continúa el segundo sujeto, El temor al implacable juicio de la gran marchanta que juzgaba desde las alturas de La Escalera empujó a hordas suburbanas a buscar otros caminos para hacer sus rondas diarias. Un equipo televisivo de última línea se emplazaba en el recinto que alojaba Las Escaleras. Se instalaba un foro donde las figuras de los talk shows más mórbidos se congregaban para hacer los pre y post-comentarios de alguna condena particularmente jugosa. En alguna ocasión sentenciaron a un popular jugador de fútbol por hacer la seña V hacia la cámara durante un partido sabatino, que como bien sabes puede significar ‘victoria’, pero también ‘paz’. El gesto fue tomado como una afrenta directa a La Chusma que había decretado el sábado como su día oficial, jornada en que todos los programas de radio y televisión habrían de contener temáticas, implícita o explícitamente, pornográficas y violentas. Un productor apenas se libró de la guillotina gracias a una convincente defensa en que alegaba que su película para televisión sobre un niño que reencuentra a su gato perdido tras varias semanas contiene trasfondos de violencia, si bien no física, si psicológica, pues explora las huellas de su relación con la hermana mayor, quien abusa de él. Los miembros de La Chusma, que en su mayoría habían interiorizado el manoseo intrafamiliar como algo normal, e incluso sano, sortearon este pormenor. Por temor a mostrar ignorancia sobre los géneros más sutiles de violencia y pornografía, la Marchanta aceptó el alegato, absolviendo al artero productor de televisión.

Las dos personas se encuentran ante unas escaleras averiadas. Uno interrumpe su parloteo, el otro busca huellas negras de hormigas. Se abre una escotilla al pie de la escalera de la que emerge un tipo grueso cargando una caja de herramientas. Detrás surge otro macetón idéntico. Abre la tapa del maletín, juntos estudian con celo cada herramienta, proceden a disponerlas en el suelo guardando un orden simétrico. Se apiña un gentío a espaldas de los hombres. Uno de ellos siente la hormigas ascender por su espina.

Las cosas no se podían mantener así, dice el segundo tipo manteniendo su mirada sobre los técnicos, La misma gente que había robustecido las filas de La Chusma comenzaba a mostrar, a escondidas, disconformidad. La Marchanta enjuiciaba a histriones a diestra y siniestra sin reparar en estatus o estirpe mediática. Después del fiasco del productor de televisión, vinieron otros. La Jefecita, a raíz de un comentario más chusco que tóxico sobre sus pobres nociones de moda, intentó enjuiciar al sobrino del Secretario de Educación, Bisogno III. Todos, aun la cúpula de La Chusma, sabían que la descendencia de la progenie de la primera mujer canonizada en México, Patricia Chapoy, era intocable. Se dice que a raíz de estos continuos deslices y las vigentes tradiciones misóginas de la sociedad, altos miembros del grupo comenzaron a revelarse organizando tomas de poder y vulnerando la legitimidad de la Matrona al divulgar rumores sobre principios de demencia que la afligían. Ignoraban que, según informes posteriores, llevaba años padeciendo ofuscaciones espirituales: el mismo día que enjuiciaron a la Mujer del Pecado Original, madre del Santito de las Agujetas, se había fugado de la institución mental que la retenía. 

La primera persona observa sus agujetas. 

Una calurosa tarde de junio, la Marchanta convocó a todos los miembros a la estancia de Las Escaleras, unos tres mil miembros, que si bien eran demasiados para el espacio, consideraban el hacinamiento uno de sus principales edictos. Algunos adeptos cerraron con tablas las puertas y orificios del lugar. La Marchanta pronunció un críptico discurso sobre tiempos venideros, nuevos vientos que recorrerían los cauces que habían surcado en la cara de la sociedad. Los miembros antagónicos lo interpretaron como una despedida, un guiño hacia un nuevo liderazgo. Después de algunas horas de peroratas y cánticos de temas clásicos de telenovela, los fisgones a los alrededores del recinto escucharon un fuerte ruido y se percataron que salían llamas del santuario. Se dice que, dada la brea que aloja esta maquinaria, todos murieron calcinados en el interior en pocos minutos. 

La escalera comienza a funcionar. El repiqueo sobre el domo se ha detenido. La luz lechosa desmantela la penumbra de los últimos niveles. Los hombres, uno junta al otro, sin mirarse, ascienden el último escalón dentado.

domingo, 25 de mayo de 2014

Los extranjeros de la vida*


Eran las 2:36pm de un día cualquiera de 1992 cuando Francis De Smedt, con una pistola en mano y una multiplicidad de ideas en la cabeza sobre la tensión política y poética de espacios urbanos, caminaba por las calles del centro de la Ciudad de México, específicamente en el recodo formado por las calles de Caridad y Obreros. En ese momento, un observador más novelesco que perspicaz de ese peculiarísimo flâneur hubiera conjeturado una de dos cosas: que era un pinche gringo en camino a tronarse a alguna bribona prostituta de cabello rojizo —pues las furcias de cabello rojizo y piel cobriza representan la quimera de todo extranjero fustigado por la coca y el sol mexicano— o era un gringo desorientado por la coca y el sol camino a ningún lugar. 

En cualquier caso hubiera sido difícil adivinar que Francis De Smedt más bien era un belga conocido como Francis Alÿs que, fiel a su senda, pretendía poner en manifiesto la invisibilidad que acarreamos en nuestro andar por las ciudades en las que nadie presta atención a nadie y asume con indiferencia cualquier tipo de actitud. Es difícil creer que nuestro imaginativo observador hubiera abandonado la sombra de aquella vetusta tienda de abarrotes con intención de salvar a la rojiza damisela en peligro; pero supongamos que lo hizo. Quizá Alÿs reparó en este joven de gorra y mostacho ralo y adivinó sus pensamientos mientras dejaba atrás la calle de Obreros para adentrarse a Eje 1, con una sensación de morriña ventilada por ideas transversales sobre la memoria individual y la mitología colectiva, temiendo por primera vez que su experimento encontrara una afrenta y, así, una hipótesis desgranada. El joven tal vez pensaría en seguirlo unas cuantas cuadras, calibrar sus pasos. La selva citadina tiene sus propias reglas de rastreo, Alÿs las conoce, y acaso por eso, sintiéndose perseguido, hubiera renunciado a su ruta original para librarse de su cazador, virando sobre Manuel Doblado, luego en República de Venezuela. El joven vería con alarma al gringo aproximarse al cruce con la esquina de República de Argentina donde yace el Mercado Abelardo Rodriguez. Podemos imaginar que Alÿs, a punto de doblar la esquina, se sentiría inesperadamente atraído por aquellos arcos paquidérmicos que abrigan al Mercado. Fiel a su querella contra la indolencia urbana, y a manera de eludir a su perseguidor, no es difícil suponer que hubiera cruzado el umbral para echar un ojo a los confines del espacio: buscar la magia en el abandono. A primera vista quizá hubiera creído que era un mercado más, pero su mirada es osada, y su cabeza embrollada con la mística urbana no tardaría en definirlo como el hogar del fin del mundo, refugio intranquilo, el ombligo del mundo, dédalo de vegetales y confituras, la quintaesencia del germen, de los gruesos aguacates, la fritanga de la tarde, de los suspiros sosegados, de las cálidas tunas, de pollos y crustáceos desnudos al pie del cañón. 

Extraviado una vez más entre sus pensamientos transversales, habría olvidado al joven de gorra y mostacho, que en ese momento miraría con agobio al gringo desorientado, acaso no desorientado, sino abiertamente tras el rastro de Laurita, que trabajaría en las mañanas en el puesto de comida rápida de su papá, ignorante ante las andanzas nocturnas de su hija. El gringo seguiría portando la pistola, no podría arremeter así como así, pero tendría que llegar con Laurita de pelo rojo antes que él. Alÿs, el orientado Alÿs, en ese momento estaría llegando a un pasillo inundado de la plaza, el cual provocaría una desviación que rezuma destino: lo conduciría a una pequeña entrada diagonal del mercado, envuelta por un mural de aparente factura riveriana.

El joven de gorra no encontraría a Alÿs de inmediato y tal vez le preguntaría al tipo de delantal manchado que vende frutas sobre un güero alto y flaco. El tipo, absorto en su celular, no lo habría visto. El joven iría directamente al puesto de Laurita, la chulísima Laurita, que a veces no le cobraría los acostones por conocerse desde pequeños. En un acuerdo tácito, secreto, él la cuidaría. Ella ahí estaría, junto a su padre y el homosexual de copete decolorado, amante del padre de Laurita, bostezando, ignorante ante la amenaza desgarbada. El gringo no se vería por ningún lado. Agitado, el joven recorrería los pasillos con mirada desbocada buscando a ese larguirucho que sobresaldría poco menos que un pepino mutante. 

Pero no lo encontraría, pues en ese momento Alÿs estaría ascendiendo por unas escalinatas demarcadas por el título Centro Comunitario, siguiendo el rastro del mural. Un destello de consciencia de sí mismo lo llevaría a guardar la pistola en el cinto del pantalón. 

El joven seguiría entre los pasillos con la agitación dando paso a la confusión. Pasaría una vez más por el puesto de Laurita para advertirle, llevarla lejos, cuidarla como dictaría ese pacto unilateral. Pero la meretriz de cabello teñido de betabel ya no estaría ahí. El joven percibiría sus pies mojados por el pasillo inundado: una sensación muy parecida al pánico. El gringo, pensaría, la habría raptado debajo de las narices de su padre y su amante. Mierda. Consideraría correr hacia cualquier dirección y gritar su nombre, pero el gringo la remataría en ese instante. Tal vez, aun ese joven ofuscado por la anarquía de sus ideas y el sol mexicano se hubiera parado en seco, recordando de pronto la tranquilidad del padre de Laurita y, acaso infundido por esa escena, evocaría el lugar donde Laurita acostumbraría descansar para ocultar el cansancio venido de la noche anterior. Correría hacia las escaleras.

En esos momentos Alÿs llevaría un par de minutos completamente raptado por el mural con el que se habría dado de bruces, no el riveriano, sino uno superior, de orígenes misteriosos y relieves provocadores. Ni si quiera los afilados pasos sobre la losa de las escaleras lo hubieran arrancado de ese hechizo. Pero, como un goteo sobre su subconsciente, los pasitos lo retornarían poco a poco a la urbana realidad y a las amenazas que encierra, haciéndole llevar la mano hacia la pistola. Giraría y ante la figura de aquella menuda chica de cabello rojizo y corto, ojos grandes, negros, se sentiría oprimido por esas dos presencias pujantes: el mural ignoto y la hermosa joven. Ella lo miraría extrañada, quizá un tanto soñolienta, pero desviaría la mirada y se encaminaría a una de las dos columnas que resguardan el mural. Con abulia, se recargaría y arrellanaría en el suelo. Alÿs notaría la familiaridad de la chica hacia el recinto y, posiblemente, le pediría develar el misterio del mural. La joven suspendería su mirada un instante y tras un carraspeo, le contaría con inesperada naturalidad que en 1934, Abelardo Rodríguez, presidente grandilocuente, impulsó la construcción de un gran proyecto sociocultural, que, además de mercado, contaría con teatro, biblioteca, centro de atención juvenil y, por qué no, muestras ejemplares del muralismo mexicano de la mano de Pablo O’Higgins, Ramón Alva, Antonio Pujol, Grace Greenwood y el mismo Diego Rivera. Un par de años después, Rivera invitaría a Isamu Noguchi, escultor californiano, a convergir con el ambicioso proyecto, resultando en el portento de mural que tendrían adelante. Laurita dejaría de rezar panfletariamente la historia del lugar, pues en esos momentos unos pasos de tempestad sacudirían las escaleras, llevando a Alÿs sacar la pistola. El joven de mostacho ralo y gorra se encontraría ante una escena abierta a la interpretación que decidiría desentrañar de una sola manera: el gringo sometiendo a Laurita ante la columna para darle un tiro. Se abalanzaría, sin duda, hacia Alÿs, que en un acto reflejo ganado por experiencias en barrios silvestres, apuntaría la pistola y, click, no pasaría nada. La pistola, acaso, nunca tuvo balas. Pero quizá sí, entonces en un segundo intento proyectaría un chispazo de fuego que acabaría con todas estas figuraciones del observador imaginativo.

*Texto Publicado en Art District

martes, 25 de marzo de 2014

Dédalo de arena*

Dicen que el escritor muere cada vez que escribe –dijo el señor Noguchi. Le había permitido quedarse en aquél herrumbroso desván detrás de su estudio en el que nadie había puesto pie en años. Se sentía cansado y con ganas de abandonar el pequeño comedor donde tomaban el té desde hacía horas entre prolongados silencios de tanto en tanto interrumpidos por aforismos ininteligibles como aquél. Se puso de pie y dijo que si no le importaba se iría a acostar. El señor Noguchi miraba el fondo de su taza, sus ojos brumosos parecían haber enfrascado la neblina que rodeaba el patio de la casa. Hizo una imperceptible venia y el joven escritor se retiró de inmediato. Entró al estudio de Noguchi, un espacio sobrio saturado de obras que parecían inacabadas, aun las que ya contaban con aquella firma arabesca que entretejía de un trazo su nombre de pila, Antonio, y su apellido de ultramar. Se detuvo un rato a mirar el espacio hasta que sintió nauseas. Noguchi ya había habituado el desván. Junto a la ventana se arrimaba un escritorio pequeñísimo y una silla. Se sentó en el borde de la cama y miró el techo surcado de hendiduras por las que caminaban pequeños bichos negros. Le había pedido el cuarto a Noguchi unas cuantas semanas con el argumento de estar buscando un puesto de redactor en una revista o un periódico. Sentía cómo la criatura instalada en sus entrañas se agitaba cada que vez que pensaba en el vacilante rumbo de su pluma. Pensó, aún con resistencia, que la madurez es saber distinguir entre el capricho y la realidad, hacer concesiones exigía sacrificios insospechados por parte de cualquier artista. Le vino a la mente Kafka, secretario legal de una aseguradora hasta el último día de su nocturna vida. Luego Carver, a tiempos conserje y cartero. Pero entretenía una idea consoladora: el trabajo en una publicación, cualquiera que fuera, afianzaría las ataduras de su escritura, a tiempos francamente torpe, de bordes mancillados. 

Pero él no era Carver, ni mucho menos Kafka. Se acercó al escritorio recubierta por hojas en blanco y textos truncados: revelaban una clase de abandono muy diferente al de la obra de Noguchi –pensó– la cual evocaba un náufrago capaz de mirar las fulgurantes costas del arte y se ve alejado por la inexorable marea del tiempo. Lo que veía en sus páginas en blanco y textos deshilados era un escritor que no moría cada vez que escribía. Se encontraba en una ladera desde la cual miraba la tiranía de ese mar metálico, veía los esqueletos de grandes fragatas entre las rocas que protegían la costa, el mar derramándose sobre la bahía con rabia. Sólo un puñado había cruzado esa trampa. Noguchi no era Kafka, pero comprendió que aquellos ojos nublados divisaban un pasado delineado por las huellas desnudas sobre la fina arena blanca. Habría medido su pie con la de Malevich, sólo para verse perdido en la suela de un coloso. Miró las hojas con desasosiego. Quería tocar la rabia del mar, que su espuma exiliara a la criatura de sus entrañas. Empezó a escribir sobre un hombre vestido de negro sentado en la acera, mira la corriente del agua de lluvia deslizarse por las coladeras, su rostro de una lejanía plácida. Extiende sus manos manchadas para limpiarlas con el agua sucia. Se pone de pie y gira hacia la reja de la casa tras la neblina que acaba de abandonar. La reja permanece abierta. Piensa en el viejo tomando el té en silencio, como si esperara ese momento, su rostro impreciso. Recordó seguir por el pasillo, entrar en un espacio amplio. No se detuvo a mirar. Al final una puerta entreabierta. Con tres dedos largos abrió el resto. Sentado frente a la ventana un mancebo mugriento escribía sobre su muerte. El hombre vacante levantó la porra y le atizó un golpe en la nuca que emitió un crujido seco. Tachó el texto con violencia y pensó que morir en la escritura no era matarse a sí mismo. Se puso de pie y miró la puerta al otro lado del estudio que daba hacia el pasillo del comedor. Pensó en llamar a Noguchi. Se sentó frente a los papeles ciñendo la pluma. Unos momentos después escuchó el crujido de la puerta más apartada del taller. La figura del viejo se aproximaba, portaba una soga roída. La instaló en el centro de su estudio como si lo hubiera hecho muchas veces antes. El joven escritor arrastró la silla, la dispuso junto al viejo pintor. Cuando la soga hubo atenazado su garganta, Noguchi no esperó la señal.

*Texto publicado en Los Bastardos de la Uva

jueves, 13 de marzo de 2014

Barbacoa

El viernes 28 de mayo de 2004 abrí la ventana de mi buhardilla para que la neblina inundara el cuarto. Ese día marcó el inicio de la temporada de lluvias. 

El tres de mayo, apenas una semana después, salí del cuartucho de Los Girasoles donde me había acuartelado desde hace unos días con la Chula, una poeta de veintitantos años con un gusto depravado por la coca y Mallarmé a quien había conocido en la redada de un table. Traía unas ganas terribles de zamparme un caldo de gallina aunque no estaba para ser exigente. Revisé mis bolsas y encontré cincuenta pesos y media grapa de coca. La avenida Cuauhtémoc es intranquila y larga como la erección de un pony. Caminé por sus venas húmedas por la lluvia buscando algún rincón vaporoso. Tropecé con lugar llamado Barbacoa el Misterio: un toldo azul y dos mesas largas dispuestas junto a la acera, una mujer entrada en años y un mocetón con playera del América que supuse su hijo comían en silencio. No vi a nadie que atendiera, sólo un tipo trozando carne al margen de las mesas. Me senté, lo miré unos segundos a los ojos y creí reconocerlo, luego me di cuenta que lo había visto en todos los otros puestos de barbacoa en que me había parado en mi vida, a veces con un mostacho ralo, a veces hosco y cuarentón, a veces un cabrito bizco, pero siempre ataviado con esa gorra y delantal amarillos o rojos. 

— ¡Cuánto tiempo! –espeté efusivo– Sírvame tres de maciza con cuerito y un Boing de guayaba, manito. –No sé por qué pero me miró raro, aunque quizá, pensé, una mirada estrábica todo lo ve raro. Los tacos estaban secos y naturalmente no traían cuerito, pero con el hambre que tenía tras comer Maruchan y Cheetos durante tres días me sabían a la vagina de Dios. Me paré dispuesto a pagar la cuenta y regresar con la Chula cuando emergieron dos tipos trajeados y torvos de alguno de los pliegues de la calle. Se sentaron frente a la vieja y su larva de hijo.
— ¿Señora Velarde? –preguntó el mayor de los trajes. La señora asintió y sin decir nada produjo una carpeta abultada.
— Este es el plano del terreno. Es de fácil acceso y no es necesario adentrarse al pueblo. Es un pueblo de mucha fiesta, pero tranquilo. –dijo la Sra. Martínez. Parecía nerviosa, gustosa de agradar. El hecho de que prescindieran de frases de introducción llamó mi atención. Me senté y pedí otro de maciza.
— Excelente. Me dijo que son 16,000 m² por 9,600 al mes. ¿Esta zona roja qué representa?
— Ese terreno le pertenece a mi tío. –intervino el mocetón– No creo que podamos disponer de él. No es tierra de siembra.
— Hágalo posible, joven Velarde. –dijo el mayor con una voz perfectamente modulada– Saben, mi papá trabajó como supervisor de la Coca-Cola, mi hermano nació en Jojutla y mi hermana es de Guanajuato. Yo soy de Tejupilco. El sueño de mi padre era que nos dedicáramos a la política. Mi hermano está muerto y mi hermana se mudó a Coahuila hace treinta años y no he sabido nada de ella desde entonces. Y heme aquí, con un bosquejo de valores de político de Atlacomulco y unas ganas tremendas de hacerme rico.
— Entonces conoce bien la zona. ¿Hace cuánto vive en la Ciudad? –preguntó la señora.
— 49 años.
— No pues ya es de aquí, verdad. –dijo Velarde hijo– Déjeme le digo que en el pueblo hacen la mejor barbacoa del mundo. Ahí grabaron la novela de Lucerito…
— Vamos a sembrar hierba no de visita turística. –levantó la voz el más joven y rufianesco de los trajeados.

Escuché lo que tenía que escuchar. Recordé que no traía mi pieza conmigo. Ventilé la idea de sacar la radio y pedir refuerzos o terminarme en silencio el taco. Mi dolor de cabeza se había esfumado, pensé en las piernas jodidamente buenas de la Chula. Dejé el billete de cincuenta sobre la mesa, me puse de pie y dirigí mis pasos a ese cuartucho de Los Girasoles donde no llovía.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Botas sucias

Hoy se lee en los periódicos: Real Madrid machaca al Schalke 1-6. Machaca. Está de más decir que sobran palabras para sintetizar uno de los partidos culminantes de la etapa final del torneo de fútbol de más alto nivel en el mundo, pero se han enquistado en una jerigonza chapucera porque así se comunica al nivel de las tetas y el escarnio público. Le pregunto al tendero del puesto si sigue el fútbol europeo. Lo duda un segundo y sacude sus manos diciendo no tres veces. Intensidad, alto voltaje, descargas al hilo, no canten victoria, metáforas que remiten más a un descampado polaco tras la invasión rusa que a una pugna entre dos mulas del mercado deportivo. Sigo sin dudarlo: el lugar más alejado de la verdadera sustancia del fútbol es el estadio. Eso es algo que todos sabemos, o al menos, todos los que hemos pasado silentes tardes frente a una humilde cancha de primaria de pueblo ver a críos patear el balón de aquí a allá, despreocupados. Habré visto unas cuantas docenas de partidos, casi siempre desde mi camioneta, a veces en las improvisadas gradas. Aquel es un lugar terso; más que la iglesia, la cancha de fútbol es donde las almas cansinas reposan. Emulan al domingo agonizante: los maestros abandonan durante treinta o cuarenta minutos a los colegiales para zamparse unas chelas frías y olvidarse de todo. Treinta o cuarenta minutos es suficiente. Con eso basta para que uno de ellos abandone el rebaño y busque un rincón para mear u ocultar su agotamiento.

Me estaciono a una distancia prudente y desciendo. Rincón de incipiente pasto, ramas desperdigas, merodeo agazapado tras los pasos del porterito. Cuando meas eres dócil, liado al sosiego del abandono. Ahí es cuando actúo. En ese rincón donde nadie mira. Lo someto sin dificultad. El cloroformo actúa al instante en un párvulo de 30 kilos. Lo cargo y lo colocó en el sucio asiento trasero de mi camioneta. Miro sus brazos flacos, sus piernas de cabra. Asciendo. Este día no compré el periódico pero miro la portada del periódico del lunes que reposa junto a mí. El América es una vergüenza, 1-3 frente los Pumas en el Azteca. Ya no sorprende que lo llamen el Gallinero, hace mucho que dejó de ser un bastión. Lo mismo ocurre cuando juega la selección nacional en casa, se doblegan ante la proximidad del público local. El deportista mexicano es así: timorato, tapizado de una gallardía parda cuando está frente al pariente, el que lo conoce y puede sentir su vacilación. Arranco, prendo la radio, me encamino a la ciudad.

martes, 10 de diciembre de 2013

Hoy aprendí que no se dar paseos tan buenos como los de Robert Walser así que escuché música

Fraccionamiento Insurgentes, Cuernavaca, Morelos. Son las 4:06pm, el experimento es el siguiente: pasear con mi perro, aquella fuerza de la naturaleza que obedece a leyes menos certeras de la probabilidad, canino que no ha conocido los extramuros del jardín en varias semanas y trazará la aleatoriedad – alimentada por esa ansiedad errática del encierro – de un camino, un territorio, que conozco bien. Pasear con mi perro, pues, es una afrenta a la conceptualización más común del paseo, sometida a la preposición a y reducida a obedecer una lógica de utilidad mercantil. Para qué pasear, por tanto, si no es lucrativo. Ejemplo: darle la vuelta a tu abuelo a cambio de tu domingo.

El fraccionamiento es un lugar dulce y aislado, a sus espaldas cumbres boscosas, en la lejanía ruidos citadinos y diáfanos gritos de plenitud dominguera, a mi vista hileras de casas abrigadas por muros. Aunque las quiero mirar como bardas excluyentes, propiciadores de espacios capsulares, me parecen el menor de los culpables de nuestra cultura amurallada, simples moles bobaliconas que miran desde las alturas nuestra pequeñez, nuestro miedo a la concertación pública. Aún controlo a Chuck con la cadena: su brío me asusta. Recuerdo vagamente los consejos del Encantador de Perros y le atizo un golpe al costado de su cuello. Chuck, cristiano inflexible, prefiere poner la otra mejilla. Es mejor que yo. Decido soltarlo. Sale impelido por el meñique de Dios hacia la derecha. Anticipando la dificultad del ejercicio, empuño mi Ipod con la canción que lubricará la sublimación del paseo aguardando en el cilindro. Activo mi aparato extraterrestre y camino hacia la calle periférica del fraccionamiento, Chamizal, .

Hay canciones que te extraen del flujo del tiempo y te colocan en una extraña clase de arcoíris cósmico sobre el que por pura fuerza de atracción te pones a dar piruetas de loco. Hay canciones, no muchas. AMOK, la mejor creación de Atoms for Peace, es una de ellas. Más que súperbanda, Atoms for Peace da la impresión de ser una clase de jam desenfadado entre hinchas de la buena música, una indeliberada reunión de músicos –muy a su manera– extravagantes. Vemos un Flea que francamente no ha lucido tan gozoso en dos décadas y un Thom Yorke que encuentra el espejo de aquella energía que no supo hacia donde proyectar en The Eraser, disco con otra de esas canciones extirpadoras de la realidad y tras la cual decidieron, campechanamente, nombrarse: Atoms for Piece, una clase de balada espectral ejecutada con una confianza que asusta, humedecida por la llovizna nostálgica de Worrywort. En AMOK, la voz de Yorke se desliza como aceite y agua por el sonido fantasmagórico del bajo de Flea y los rumores electrónicos de Nigel Godrich, derivando en un cauce que se desembaraza con lisura en la cresta de ese arcoíris que te permite ver la monstruosidad de la Tierra. Pero a la vez es un asomo al infinito, o al infinito silencio que rodea a la Tierra, así que de nuevo diriges tu mirada a la Tierra, más deslumbrante que nunca, con luz propia, ese pequeño chispazo improbable, el gran Accidente; no es un faro en la oscuridad del mar, es una maldita reja de clavos que se ciñe a la carne y forma boquetes de donde escurre vida, rojísima y purulenta. Y desde aquellas alturas vislumbras las calle de Chamizal, sobre la cual paseo con Chuck, que ahora se dirige hacia el gran imán de la Bomba de Agua, lugar cardinal en la mitología de mi infancia: la base máxima de las Guerras de Frutas, el bastión a colonizar, el lugar de las borracheras iniciáticas; más tarde, próximo a la decadencia adulta, el rincón donde perdíamos tardes enteras fumando marihuana mientras les mirábamos las piernas a las vecinas argentinas que salían a hacer ejercicio.

Pauso el Ipod y permito que los aromas de la memoria tomen un asiento protagónico en el ejercicio. Ya en los parajes de la Bomba me siento en una mesa de piedra deteriorada y aferro la cadena de Chuck. Ya no hay vecinas argentinas, sólo moradores domingueros y anodinos paseantes de perros (no como yo), y pienso, una vez más, en la severidad del tiempo que se lleva las bellezas porteñas a lugares misteriosos que no son tan misteriosos, sino lejanos y ocultos a mi mirada. Contengo las reflexiones y retomo el paseo. Salgo del terreno de la Bomba y desciendo por Chamizal para cubrir el otro frente del Fraccionamiento. Chuck, ya serenado, me sigue a cierta distancia deteniéndose de tanto en tanto a mear. Observo las casas intentando franquear con la mirada las rejas y los muros, detectar la palpitante vida detrás de las moles bobaliconas: desgranar el misterio. Frente la mayoría no descubro nada, ante otras prefiero pasarme de largo para evitar posibles encuentros enredosos –incómodos– con conocidos. Ahora ni Ipod ni morriña. Cada paso se hunde más y más en el fango impreciso de la memoria, entiendo sin ir más lejos que estoy en una trampa mortal. Considero detener el paseo, estoy casi a la altura de Beltrán y Puga donde vive mi papá pero me detengo. Chuck ya está algo cansado, yo no aunque me siento aturdido y con hambre. Recuerdo que mi papá cocinará los hongos silvestres que recogió este otoño en los bosques de Estocolmo. Doblo por Beltrán y Puga y dirijo mis pasos a la promesa trascendental de la cocina de mi padre.

lunes, 4 de noviembre de 2013

La katana de Veracruz

A Liam Kitano lo conocí cuando aún pertenecía a los Yakuza y yo apenas salía de la carrera de Comunicación de la UAM Xochimilco terriblemente decepcionado y sin mucha idea de qué hacer, así que me pasaba las tardes en la Alameda Central sentado en una banca comiendo tortas o leyendo. Creo que cuando vi a Kitano por primera vez yo leía algún libro de cuentos de Enrique Serna algo liviano pero que tenía un cuento bastante divertido sobre una yerma escritora francesa que pesca un trabajo como delegada cultural en una dictadura africana en que el gobierno en turno sostiene una pantomima entre la hueca casta literaria y la veneración del pueblo iletrado. Recuerdo haber pensado que era un premisa bastante absurda pero por alguna razón hoy en día no me parece tan improbable. Kitano llevaba gafas Windsor, traje oscuro y un aura tan lejana a los orientales que entonces abundaban por la ciudad: los ejecutivos nipones de mirada vidriosa y los absortos tenderos sudasiáticos que ven todo el día la televisión marciana de su país. Una segunda mirada lo distanciaba aún más, pues traslucía los pasos de un sinuoso peregrino que conoce perfectamente su destino y prefiere no llegar, y así lo empecé a ver a diario, iba y pasaba una o dos veces por el parque, o se sentaba y veía o creo que veía a la gente pasar con un sosiego cada vez más parecido al de un hombre esperando el fin del mundo, hasta que un día me ganó la curiosidad y lo seguí a un banco al margen de la Alameda y sin más me senté a su lado, él me miró un instante, metió las manos en los bolsillos, sacó un cigarro y me preguntó en un español fracturado si tenía fuego, en ese entonces llevaba un par de meses de haber dejado de fumar pero recordé que tenía un encendedor en la mochila. Prendí su cigarro y le pregunté de dónde era y me dijo que de Japón. Yo había leído Caballos Desbocados de Yukio Mishima unos meses antes y de ahí me tomé para hacer conversación, hablé tontamente por un rato de cosas que sabía o creía saber de Japón, él seguía mirando hacia enfrente pero asentía de tanto en tanto, después me callé algo avergonzado por mi parloteo. De pronto dijo que había leído un libro de Mishima cuando era joven aunque ahora no recordaba el título, pero que más que sus libros le gustaba su vida, recuerdo que lo llamó el último samurái, y a pesar de haberlo dicho como entre sueños me dejó bastante deslumbrado. 

Después de esa vez lo vi durante unos días, lo saludaba y no pasaba a más. Luego se ausentó durante un tiempo y yo dejé de callejear porque mi abuela estaba de visita. El mismo día que partió a Veracruz regresé al Centro y decidí pasar por el café del mirador de Sears a tomar un café con leche y leer. Era temprano y esperaba el lugar sólo para mí. En el café encontré a Kitano. Me alegró verlo ahí con su camisa floreada haciéndome señas para que lo acompañara. Me senté a su lado visiblemente contento y le conté sobre mi abuela, hija de un latifundista brasileño que a los veinte años se había fugado de Bahía con un comerciante de pieles veracruzano bastante anodino sin mucha estrella para los negocios, que más tarde dejaría por un estudiante de Derecho de Xalapa cinco años menor que ella, Enrique Cruz, mi abuelo. Kitano pareció interesarse por la historia y me pidió que le contara sobre Veracruz, le dije lo que sabía y me detuve un rato en los mares metálicos y los relieves tropicales. Creo que le agradó escuchar de un lugar tan foráneo como Veracruz y se puso más parlanchín. Me confesó sin más que era Yakuza y preguntó si sabía lo que era, yo le contesté que sí pues después de la mafia italiana eran el hampa más retratada en las películas, y además, aunque esto no lo dije, ya me había olido algo así. Lo meditó unos segundos y asintió. Me contó que llevaba apostado unas cuantas semanas en el DF esperando la orden para ultimar a un industrial minero de su país que había proveído información ventajosa a mineras canadienses en México, provocando furor entre sus rabiosos empleadores. Me dijo que los negocios en su país eran así, despiadados, y no era raro que emplearan el servicio de los Yakuza. Gruño o pareció gruñir, luego dijo que más bien sabía poco sólo que por motivos ocultos era necesario que ocurriera en territorios extranjeros.

Me di cuenta que Kitano tenía una idea de México un tanto adusta, tras el segundo café con leche expresó que México era silencio, una sucesión de balcones y tardes grises quebrantadas por retumbos a la distancia. La verdad es que no sabía cómo tomar gran parte de lo que me decía y lo atribuía a discernimientos propios del temperamento nipón. En cualquier caso creía distinguir cierta tristeza hermética en él, pues aquellas tardes grises no eran grises, sino más bien soleadas y vistas a través de los lentes ahumados de sus Windsor. Pagó la cuenta y me pidió que lo acompañara al lugar donde se alojaba. Llegamos a un invisible hostal en la calle de República de Cuba entre una farmacia y una pollería, saludó al viejo portero y entramos. Me dijo que le gustaba pues no lo molestaban y desde su cuarto del tercer piso se podía ver Bellas Artes y una parte de la Alameda. En la habitación no había gran cosa, un armario dentado, una cama individual y enseres. Me pidió que me sentara en la única silla del lugar, amagó con tumbarse en la cama, se detuvo y desenfundó una pistola enorme y, pensé, escrupulosamente limpia. Consideré obvio que los Yakuza tuvieran vínculos en México. Le quise preguntar para saber más pero me lo callé. Ahí tumbado mirando el techo en silencio me dio la impresión de verlo en su estado natural, con una falta de voluntad silente, como si el mundo no tuviera más que desplegar. Entonces le pedí que me hablara de su vida para mitigar el silencio. Recuerdo la sonrisa que esbozó, un tanto socarrona, como si hablar del pasado fuera una niñería. Me dio su pistola sin más, me dijo que la valorara, pude notar que era una buena pieza aunque yo de armas no sabía nada. 

Empezó a contarme que había nacido en un distrito pobre de Kioto donde creció con su madre y abuela, señoras tozudas que subsistían como almacenistas en un mercado local. Cuando su abuela murió su madre se lio con un inmigrante peruano, un hijo de puta del que aprendió unos cuantos oficios útiles y algo de español. Evocó una juventud más aburrida que triste, más bribona que severa entre los callejones húmedos de su distrito en que encontraba cierto encanto, sin ser capaz de desasirse de una sensación de sinsentido. Un día sin decirle a nadie tomó un tren a Hiroshima donde estuvo un tiempo sin encontrar trabajo, así que pasaba el rato visitando parajes asolados por la guerra de los que hacía retratos bastante malos para vender. Más tarde conoció a Fuu, una chica apocada de veintidós años, se mudaron a un departamento en el centro cerca de la cafetería donde ella trabajaba. Un día Kitano llegó del almacén en que trabajaba y la encontró en la sala con un tipo rufianesco. El tipo resultó ser su tío, líder de una facción de brutos de los Yakuza que servían a los Tsukasa, familia de gran poder en la capital. Su tío lo invitó a unirse a la familia, Fuu le había contado sobre su carestía y e incertidumbre, dijo que su facción estaba lleno de tipos como él que ahora eran hombres de respeto. Kitano no se lo pensó mucho y unos días después ya estaba haciendo trabajos de vigilancia para los Tsukasa. 

De pronto dejó de hablar y prendió un cigarro, consideré milagroso que revelara tanta información de sí mismo así que no pregunté más. Mencioné que era el cumpleaños de mi hermana y había prometido acompañarlos a comer, aunque era una excusa más bien pobre para salirme de ahí. Le dije que lo vería pronto, él no contesto, parecía extraviado entre sus recuerdos. Tres días después regresé a la Alameda, por alguna razón no sentía muchas ganas de verlo, aun así lo busqué sin mucha suerte. Los días empezaban a sucederse con tibieza y creía escuchar los retumbos a la distancia de los que hablaba Kitano. Luego caí en cuenta que el encanto estacionario de la Alameda se había disipado y empecé a buscar trabajo. Me puse a trabajar en una librería de viejo en el Centro ordenando los libros que la gente iba a arrumbar a montones. Me mantenía ocupado y de vez en cuando traían joyas entre tan prodigiosa cantidad de basura. Una de esos hallazgos fue Los Sables de Yukio Mishima. Esa tarde después de cerrar me fui directo a la posada de Kitano. No había nadie en la entrada así que pasé, toqué la puerta de su cuarto, nadie respondió. La puerta estaba abierta, el cuarto, vacío, olía a resina. Escuché voces sordas a través de la pared. Llamé a la puerta del cuarto del que provenían las voces, entreabrió una joven adolescente que me miró con irritación, le pregunté si sabía algo del japonés que se quedaba ahí, me ojeó dudosa, una mujer mayor abrió el resto de la puerta, me lanzó un qué quieres. Le conté que buscaba a Kitano, lo había visitado unas semanas atrás, dijo que no sabía nada pero había visto a un chino conversar varias veces con el portero. En la entrada aun no había nadie, esperé un rato hasta que apareció el portero, sus ojos vidriosos me hicieron pensar que regresaba de tomar. Me pasó de largo y se arrellanó en la silla detrás del mostrador soltando un bufido, no quise aproximarlo en ese estado así que me fui. 

Regresé al día siguiente un poco más temprano, esperé hasta que abandonó su mostrador, lo seguí a una cierta distancia, dobló en Ignacio Allende, se enfiló hasta Honduras, lo vi meterse a una cantina sin nombre, esperé unos minutos y entré al lugar. Estaba sentado en la barra lo cual suponía una gran oportunidad, me senté a un par de butacas y pedí una cerveza. El portero tomaba un líquido ambarino, lo tomó lentamente, luego, afortunadamente, pidió una cerveza, lo miré fijamente para llamar su atención, mi vio con abierto mosqueo, por alguna razón pedí disculpas y le pregunté si era el portero de la posada sobre República de Cuba, me apresuré a explicar que buscaba desde hace un tiempo a Kitano, bajó la mirada y espetó que no sabía de quién hablaba, dejó un billete y se puso de pie. Salí detrás de él, no se movía como un viejo encorvado, regresé a la cantina y me acabé la cerveza. Cuando llegué a la posada, el viejo se mantuvo sereno. Prendió un cigarro, me ofreció uno y dijo que ahora recordaba haberme visto con Kitano. Desde hacía tiempo lo buscaban, lo habían amenazado y tuvo que decirles la verdad, que se había ido a Veracruz. Algo de por allá le había llamado la atención pero no sabía más, platicamos un rato y me di cuenta que conocía mejor que yo sobre los caudales negros en que se movía Kitano, le pregunté si la gente que lo amenazó eran japoneses como él y me dijo que no, eran mexicanos, de esos que da miedo ver a los ojos pues parecen ojos de cadáveres. Yo sabía que nunca más vería a Kitano. Lo imaginé viendo el amanecer con sus Windsor en las playas de Tuxpan o quizá las de Papantla, que son más bonitas, fumando y enterrando sus pies en la arena. Esa noche soñé con un samurái que peleaba con un ave gigante de hollín, como si viviera en un volcán. 



domingo, 20 de octubre de 2013

Pedro Jimena

Un poco como en Pedro Páramo, la familia entera de Pedro Jimena son fantasmas, excepto su abuelita Valeria, a quien Pedro Jimena siempre ha llamado Abu o Vali porque su nombre no le suena a nombre de abuela. Esto lo lleva constantemente a divagaciones sobre la trascendencia de los nombres, específicamente el suyo, que le gusta por raro, o más acertado sería decir le gusta ahora, pues lo abjuró durante años haciéndose llamar ante los demás Pedro Rulfo, hasta que alguien, un desdichado con ínfulas de literato, le echó en cara el evidente desfalco al escritor jalisciense. El camino de regreso hacia su legado lo indujo a sus primeras reflexiones metafísicas sobre el valor de un nombre y, gracias a ello, pudo palpar los rostros de su familiares fantasma, los Jimena, pero sobre todo, logró esbozar la senda hacia el redescubrimiento de Abu, a quien siempre ha querido mucho pero francamente daba por su lado. Ocurrió así: una tarde grisácea –escenario perfecto para husmear en viejos baúles– se sentó a su lado y le preguntó sobre el origen de su nombre, ella, anciana ya, no le concedió una respuesta directa, sino que erró por la genealogía entera de la familia, recorrió llanos remotos pero sobre todo secos, se detuvo en pueblos sin sombra, remontó cerros y cavó pozos. Al cabo del relato, Pedro Jimena le hizo una sola pregunta: ¿Abu, has oído alguna vez el quejido de un muerto? No, contesto ella, los muertos no sollozan.

martes, 8 de octubre de 2013

Pedro Jimena

Un poco como en Pedro Páramo, la familia entera de Pedro Jimena son fantasmas, excepto su abuelita Valeria, a quien Pedro Jimena siempre ha llamado Abu o Vali porque su nombre no le suena a nombre de abuela. Esto lo lleva constantemente a divagaciones sobre la trascendencia de los nombres, específicamente el suyo, el cual le gusta por raro, o más acertado sería decir le gusta ahora, pues lo renegó durante años haciéndose llamar ante los demás Pedro Rulfo, hasta que alguien, un desdichado con ínfulas de literato, le echó en cara el evidente desfalco al escritor Jalisciense. Para Pedro Jimena, el proceso de re-adopción de su nombre inicial lo indujo a sus primeras reflexiones existenciales sobre el valor de un nombre y, gracias a ello, pudo palpar los rostros de su familiares fantasma, los Jimena, pero sobre todas las cosas, pudo esbozar el camino hacia el redescubrimiento de Abu, a quien siempre ha querido mucho pero francamente daba por su lado. Ocurrió así: una tarde grisácea – escenario perfecto para husmear viejos baúles – se sentó a su lado y le preguntó sobre el origen de su nombre, ella, anciana ya, no le concedió una respuesta directa, sino que erró por la genealogía entera de la familia, recorrió llanos remotos pero sobre todo secos, se detuvo en pueblos sin sombra, remontó cerros y cavó pozos. Al cabo de la rememoración, Pedro Jimena le hizo una sola pregunta: ¿Abu, has oído alguna vez el quejido de un muerto? No, contesto ella, los muertos no sollozan.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Otros Ojos

Ya voy tarde. Me topo a César mi vecino, el enérgico perito de coches, no lo reconozco con pantalón de vestir y lentes sin marco, contra mi voluntad caminamos juntos sobre Salónica, conversamos sobre nada, es decir sobre nuestros lugares de trabajo, el suyo el Panteón Francés (no puedo ni empezar a imaginar qué hace ahí), el mío Lomas de Chapultec. Durante el diálogo me doy cuenta que recorreremos más de medio trecho del camino juntos, así que me invento que voy al Oxxo a comprar algo de desayunar y nos despedimos. El Oxxo dispara, algo prematuramente, mi munchies y compro un panqué de 19 pesos que promete ser orgánico, lo que sea que eso signifique.

Mi recorrido diario hacia el trabajo está fraccionado en tres partes, travesía del camión hasta el metro Camarones, primera fracción, trayecto hasta la estación Auditorio, segunda fracción, camión hasta la Fuente de Petróleos, tercera fracción. Me subo al camión hacia Camarones, soy el único de pie, siento la indolencia matinal reptar por mi espalda, recuerdo un fragmento sobre la escritura durante el paseo, una escritura desapegada de sus alrededores, tengo la impresión de haberlo leído en algún libro de Vila-Matas aunque sé perfectamente que no es cierto y fue aludido en uno de los talleres de Luigi Amara. El agujero crece. Quiero sacar el libro que traigo en la mochila para taparlo pero no lo hago, en cambio pienso en la lectura ambulante, esa actividad inmóvil que se realiza en movimiento. Ahora me viene a la mente Camus, es una pesadez leerlo de camino a la oficina, te contagia de un sentimiento de catarata, como si pudieras caer en los entresijos del absurdo que hiende toda actividad oficinesca. Me obligo a encauzar mis sentidos hacia mi entorno, miro los rostros de los pasajeros, todos sentados, algunos escuchan música, otro lee lo que parece un libro de texto de secundaria, la mayoría mira a ningún lado — quién dice que ir en el camión no es un acto reflexivo — yo anoto en una libretita como pazguato. Me hacen pensar en el cliché del mexicano festivo, si tan sólo fuéramos un país con un hálito de autoconsciencia, si pudiéramos mirar esta escena itinerante de completa ausencia de sentimiento. Hay tráfico, entramos en la zona comercial de Camarones, Crazy little thing called love revienta desde alguna tienda cuyos empleados creen en la festividad maquinal del mexicano. Veo anuncios del evento de Monster Truck por todos lados. El día de mi cumpleaños: al menos alguien pasará un buen rato ese día. Miro más allá del camión y me planteo la misma pregunta de siempre: ¿A dónde van todos? A las 8am bajo cualquier otra circunstancia estaría dando vueltas entre mis cobijas, pero aquí estoy, aquí estamos, camino a ningún lugar. Me bajo del camión, cruzo la calle que me separa de la estación del metro, entro, un jazz horrendo proviene de no sé dónde, hay una entidad detrás de la discontinua música del metro, no puedo evitar imaginar un ser solitario en alguna cabina sin salida, pretendiendo de todo corazón paliar el desesperante ritual mañanero de miles de infelices con un poco de jazz de elevador. Recuerdo haber escuchado alguna vez la banda sonora de Amelié. De pronto una chica alta sale disparada a mi lado, la reconozco, lo cual es casi un milagro — idea algo perturbadora — siempre baja las escaleras eléctricas hecha un rayo, la supongo hija de un relojero que se volvió loco y nunca ajustó un reloj correctamente.

Segunda fracción del viaje. El tiempo, los no lugares, la hiperrealidad. Los teóricos franceses posmodernos nunca han estado en el metro del D.F. No se puede evitar ver la escalada al metro como un acto voluntarioso, somos un ejército de valientes guerreros. Veo a un tipo leyendo. Ciudad de México = Literatura de autoayuda. Somos valientes sin rumbo, no hay nada peor, voluntad sin fin, voluntad a la deriva. Llegamos a Auditorio. Busco al hombre de la multitud de Poe. Veo una chica con folder en mano. Folder manila: símbolo universal del desempleo. Miro por enésima vez el mural de Auditorio, creo adivinar por fin quién es la chica de las alas de ángel, tiene que ser Nico, ¡pero dónde está Lou Reed! Nota: Investigar si Nico tuvo una etapa de ángel de Victoria’s Secret. Paso por la exposición de La alegría de servir conformada principalmente por fotografías de servidores públicos callejeros, algunos de ellos se ven genuinamente afables, me pregunto dónde están los policías, dónde están los servidores burocráticos. Salgo del metro, me formo en una de las desordenas filas para ascender al camión (tercera fracción), se suscita un diálogo entre el chofer y quien controla el flujo de los camiones, me pregunto por qué los defeños se empecinan en alargar las palabras con ese brío casi infantil. Decido seguir el resto del camino a pie sobre Reforma, la banqueta está deshecha, llego a un tramo recién pavimentado pero ya seco, noto unas huellas menudas para siempre impresas. Evocan la escena de Los Simpsons en que Bart imagina que en un distante futuro es traído a la vida a partir de sus huellas en el pavimento, me pregunto si todas las personas que dejan deliberadamente sus huellas juzgan posible ser revividos en un futuro distante. Creo ver a uno de los tres jefes de mi empresa, específicamente al español lanudo, en uno de los camiones que parecen escoltarnos sobre la avenida. Mi respeto por él, sabiendo que seguramente no es el gachupín, crece de golpe. Llego a la altura de Polanco que en ese momento me da la impresión de ser una jaula de la que todos quieren escapar, una jaula de las locas. Me atropella una loca de Polanco a 2 km/p día, suscita una extraña escena donde yo finjo ser golpeado y una aún más torpe disculpa del conductor. Ignoro su disculpa y camino el resto del trayecto por el parque, noto granaderos en los márgenes del parque. Definitivamente no tiene nada de bucólico este recorrido.